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Poemas en este tema

Sociedad y el Mundo

Luis de Góngora y Argote

Luis de Góngora y Argote

Ya De Mi Dulce Instrumento

Ya de mi dulce instrumento
Cada cuerda es un cordel,
Y en vez de vihuela, él
Es potro de dar tormento;
Quizá con celoso intento
De hacerme decir verdades,
Contra estados, contra edades,
Contra costumbres al fin.
No las comente el ruin,
Ni las tuerza el enemigo,

Y digan que yo lo digo.

Si el pobre a su mujer bella
Le da licencia que vaya
A pedir sobre la saya,
Y le dan debajo della,
¿Qué gruñe?, ¿qué se querella
Que se burlan dél los Ecos?
¿Y qué teme en años secos,
Si el necio a su casa lleva
Quien en años secos llueva?
Coja, pues, en paz su trigo,

Y diga que yo lo digo.

De veinte y cuatro quilates
Es como un oro la niña,
Y hay quien le dé la basquiña
Y la sarta de granates:
Tiénelo por disparates
Su madre y búrlase dello;
Mas él se los echa al cuello,
Porque el mismo fruto espera
Que han de hacer, que en la higuera
La sarta del cabrahigo;

Y digan que yo lo digo.

Del mercader, si es lo mismo,
Con vara y pluma en la mano,
Condenarse en castellano
Que irse al infierno en guarismo,
Desátenme el silogismo
Sus pulgadas y sus ceros,
Su conciencia y sus dineros,
Y tenga por cosa cierta
Que, si le cierran la puerta,
En el Cielo no hay postigo;

Y diga que yo lo digo.

Ver sus tocas blanquear
A la viuda, eso me mueve
Que ver cubierto de nieve
El puerto del Muladar;
Déjase a solas pasar
De cualquiera forastero,
O peón o caballero;
Y con sus amigas llora
A su esposo la señora,
Como la Cava a Rodrigo;

Y digan que yo lo digo.

Viendo el escribano que
Dan a su legalidad
(Por ser poco el de verdad),
Nombre las leyes de fe,
Su pluma sin ojos ve,
Y su bolsa, aunque sin lengua,
Por la boca crece o mengua
Las razones del culpado,
La bolsa hecha abogado,
La pluma hecha testigo;

Y digan que yo lo digo.

Como consulta la dama
Con el espejo su tez,
¿No consultará una vez
Con la honestidad su fama?
Áspid al vecino llama
Que la muerde el calcañar,
Cuando sale a visitar
Al copete o la corona,
Y a los dos no les perdona
Desde la joya al bodigo;

Y digan que yo lo digo.

Milagros hizo, por cierto,
Un Alcalde, y lo vi yo,
Que siendo vivo le dio
Almas de oro a un gato muerto;
Y aun es de tanto concierto
Que se iguala y no se ajusta,
Y si acaso a doña Justa
Algo entre platos le viene,
Deja la verdad, y tiene
A Platón por más amigo;

Y digan que yo lo digo.

Éntrase en vuestros rincones
Comadreando la vieja,
Bien como la comadreja
En nido de gorriones;
Con madejas y oraciones
Os quiebra o degüella en suma,
Ora en huevos, ora en pluma,
La honra de vuestra hija;
Destas terceras, clavija
Sea la rama de un quejigo;

Y digan que yo lo digo.

El doctor mal entendido,
De guantes no muy estrechos,
Con más homicidios hechos
Que un catalán forajido,
Si son de puñal buido
Las hojas de su Galeno,
Y si partir puede el freno
Y el dinero con su mula,
Mate, y sírvale de bula
La carta que trae consigo;

Y diga que yo lo digo.
310
Luis de Góngora y Argote

Luis de Góngora y Argote

Ya De Mi Dulce Instrumento

Ya de mi dulce instrumento
Cada cuerda es un cordel,
Y en vez de vihuela, él
Es potro de dar tormento;
Quizá con celoso intento
De hacerme decir verdades,
Contra estados, contra edades,
Contra costumbres al fin.
No las comente el ruin,
Ni las tuerza el enemigo,

Y digan que yo lo digo.

Si el pobre a su mujer bella
Le da licencia que vaya
A pedir sobre la saya,
Y le dan debajo della,
¿Qué gruñe?, ¿qué se querella
Que se burlan dél los Ecos?
¿Y qué teme en años secos,
Si el necio a su casa lleva
Quien en años secos llueva?
Coja, pues, en paz su trigo,

Y diga que yo lo digo.

De veinte y cuatro quilates
Es como un oro la niña,
Y hay quien le dé la basquiña
Y la sarta de granates:
Tiénelo por disparates
Su madre y búrlase dello;
Mas él se los echa al cuello,
Porque el mismo fruto espera
Que han de hacer, que en la higuera
La sarta del cabrahigo;

Y digan que yo lo digo.

Del mercader, si es lo mismo,
Con vara y pluma en la mano,
Condenarse en castellano
Que irse al infierno en guarismo,
Desátenme el silogismo
Sus pulgadas y sus ceros,
Su conciencia y sus dineros,
Y tenga por cosa cierta
Que, si le cierran la puerta,
En el Cielo no hay postigo;

Y diga que yo lo digo.

Ver sus tocas blanquear
A la viuda, eso me mueve
Que ver cubierto de nieve
El puerto del Muladar;
Déjase a solas pasar
De cualquiera forastero,
O peón o caballero;
Y con sus amigas llora
A su esposo la señora,
Como la Cava a Rodrigo;

Y digan que yo lo digo.

Viendo el escribano que
Dan a su legalidad
(Por ser poco el de verdad),
Nombre las leyes de fe,
Su pluma sin ojos ve,
Y su bolsa, aunque sin lengua,
Por la boca crece o mengua
Las razones del culpado,
La bolsa hecha abogado,
La pluma hecha testigo;

Y digan que yo lo digo.

Como consulta la dama
Con el espejo su tez,
¿No consultará una vez
Con la honestidad su fama?
Áspid al vecino llama
Que la muerde el calcañar,
Cuando sale a visitar
Al copete o la corona,
Y a los dos no les perdona
Desde la joya al bodigo;

Y digan que yo lo digo.

Milagros hizo, por cierto,
Un Alcalde, y lo vi yo,
Que siendo vivo le dio
Almas de oro a un gato muerto;
Y aun es de tanto concierto
Que se iguala y no se ajusta,
Y si acaso a doña Justa
Algo entre platos le viene,
Deja la verdad, y tiene
A Platón por más amigo;

Y digan que yo lo digo.

Éntrase en vuestros rincones
Comadreando la vieja,
Bien como la comadreja
En nido de gorriones;
Con madejas y oraciones
Os quiebra o degüella en suma,
Ora en huevos, ora en pluma,
La honra de vuestra hija;
Destas terceras, clavija
Sea la rama de un quejigo;

Y digan que yo lo digo.

El doctor mal entendido,
De guantes no muy estrechos,
Con más homicidios hechos
Que un catalán forajido,
Si son de puñal buido
Las hojas de su Galeno,
Y si partir puede el freno
Y el dinero con su mula,
Mate, y sírvale de bula
La carta que trae consigo;

Y diga que yo lo digo.
310
Ignacio de Luzán

Ignacio de Luzán

Canción A La Defensa De Orán

Dame segunda vez, Euterpe amiga,
bien templada la lira y nuevo aliento,
que alcance a referir nuevas hazañas:
ya de Orán y de Ceuta las campañas
ofrecen otra vez alto argumento
que a renovar aplausos nos obliga.
El África enemiga
ya produce otras palmas y laureles
para adornar del vencedor la frente.
Tú, diurna Piéride, consiente
que del furor sagrado con que sueles
grandes héroes cantar, y sus renombres,
a pesar del olvido, entre los hombres,
inmortales hacer, pida hoy no poco:
es justa la razón por que te invoco.

Como la generosa águila altiva,
sobre las vagas aves hecha reina,
y que sirve al Tonante al pronto rayo,
si de su arrojo en el primer ensayo
culebra arrebató que escamas peina,
y erguida la cerviz su furia aviva,
en vano ya cautiva,
de la garra feroz, silba y forceja,
que el ave, uñas y pico, ensangrentada,
no suelta más la presa, y remontada
por la región suprema, el vuelo aleja,
hasta que el monstruo al fiero orgullo abate;
y destrozado en desigual combate,
palpitando algún miembro, en tierra yace;
lo demás en el aire su hambre pace;

así la osada juventud de España
contra el moro obstinado ahora defiende
las conquistas debidas a su brío.
En vano el ya perdido señorío
la descendencia de Ismael pretende
recobrar con la fuerza o con la maña.
Verase la campaña
de Marruecos, de Argel y Terudante
de púrpura teñida y ríos rojos;
revolcarán los bárbaros despojos
al mar de Mediodía y al de Atlante,
destinados juguete al Euro y Noto,
cuando después sulcase algún piloto
las playas hasta donde fue Cartago,
conocerá en los huesos el estrago.


Es difícil empresa al enemigo
la firmeza vencer de tales pechos,
que honra sólo, valor y fe respiran.
Ya vulgares ejemplos no se admiran,
ya del brazo español no salen hechos
sin conducir la heroicidad consigo.
Del infeliz Rodrigo
no dura más el ocio y muelle trato:
entre noble vergüenza y rabia lucha
cualquiera de nosotros cuando escucha
el nombre pronunciar de Mauregato.
Ya en defender circunvalado muro
con varia muerte es del ibero duro
propio, innato el tesón, del cual arguyo
que sería obstinado, a no ser suyo.

¡Oh Cantabria feroz! ¡Oh de Sagunto
inflexible valor! ¡Oh gran Numancia,
cuyas pérdidas hoy son nuestra gloria!
Siempre que se renueva la victoria
de nuestra heroica, indómita constancia,
falta voz a la fama en tal asunto.
Cuando el extremo punto
llegó del hado, el fiero numantino
al fuego se arrojó de rogos varios,
dejando admiración a los contrarios;
trofeos no; que el vencedor latino,
cuyo valor no en vano se eterniza
sólo pudo triunfar de la ceniza:
no haga otra gente de constancia alarde,
que a esto no llegó nunca, o llegó tarde.

Nace del fuerte el fuerte, y de la interna
virtud del padre toma el becerrillo
que en las dehesas de Jarama pace.
¿Acaso alguno vio jamás que nace
del águila feroz triste cuclillo,
nocturno búho o palomita tierna?
Como en cadena eterna
se eslabona el valor, y la prudencia
se infunde al español de sus pasados.
De aquellos ascendientes celebrados
esta nació valiente descendencia,
de quien ahora tiembla el mauritano;
después vendrán, y no lo espero en vano,
emulándose en glorias y en efetos,
los hijos de los hijos y los nietos.

Canción, si yo pudiese, bien querría
hacer de modo que tu voz oyese
la zona ardiente, la templada y fría;
y que en tus alas fuese
la fama de mi patria y sus trofeos
a los pueblos del Indo, a los sabeos,
a los de Arauco, Taura, Ida, Erimanto.
Pero no son tus alas para tanto.
799
Ignacio de Luzán

Ignacio de Luzán

Canción A La Defensa De Orán

Dame segunda vez, Euterpe amiga,
bien templada la lira y nuevo aliento,
que alcance a referir nuevas hazañas:
ya de Orán y de Ceuta las campañas
ofrecen otra vez alto argumento
que a renovar aplausos nos obliga.
El África enemiga
ya produce otras palmas y laureles
para adornar del vencedor la frente.
Tú, diurna Piéride, consiente
que del furor sagrado con que sueles
grandes héroes cantar, y sus renombres,
a pesar del olvido, entre los hombres,
inmortales hacer, pida hoy no poco:
es justa la razón por que te invoco.

Como la generosa águila altiva,
sobre las vagas aves hecha reina,
y que sirve al Tonante al pronto rayo,
si de su arrojo en el primer ensayo
culebra arrebató que escamas peina,
y erguida la cerviz su furia aviva,
en vano ya cautiva,
de la garra feroz, silba y forceja,
que el ave, uñas y pico, ensangrentada,
no suelta más la presa, y remontada
por la región suprema, el vuelo aleja,
hasta que el monstruo al fiero orgullo abate;
y destrozado en desigual combate,
palpitando algún miembro, en tierra yace;
lo demás en el aire su hambre pace;

así la osada juventud de España
contra el moro obstinado ahora defiende
las conquistas debidas a su brío.
En vano el ya perdido señorío
la descendencia de Ismael pretende
recobrar con la fuerza o con la maña.
Verase la campaña
de Marruecos, de Argel y Terudante
de púrpura teñida y ríos rojos;
revolcarán los bárbaros despojos
al mar de Mediodía y al de Atlante,
destinados juguete al Euro y Noto,
cuando después sulcase algún piloto
las playas hasta donde fue Cartago,
conocerá en los huesos el estrago.


Es difícil empresa al enemigo
la firmeza vencer de tales pechos,
que honra sólo, valor y fe respiran.
Ya vulgares ejemplos no se admiran,
ya del brazo español no salen hechos
sin conducir la heroicidad consigo.
Del infeliz Rodrigo
no dura más el ocio y muelle trato:
entre noble vergüenza y rabia lucha
cualquiera de nosotros cuando escucha
el nombre pronunciar de Mauregato.
Ya en defender circunvalado muro
con varia muerte es del ibero duro
propio, innato el tesón, del cual arguyo
que sería obstinado, a no ser suyo.

¡Oh Cantabria feroz! ¡Oh de Sagunto
inflexible valor! ¡Oh gran Numancia,
cuyas pérdidas hoy son nuestra gloria!
Siempre que se renueva la victoria
de nuestra heroica, indómita constancia,
falta voz a la fama en tal asunto.
Cuando el extremo punto
llegó del hado, el fiero numantino
al fuego se arrojó de rogos varios,
dejando admiración a los contrarios;
trofeos no; que el vencedor latino,
cuyo valor no en vano se eterniza
sólo pudo triunfar de la ceniza:
no haga otra gente de constancia alarde,
que a esto no llegó nunca, o llegó tarde.

Nace del fuerte el fuerte, y de la interna
virtud del padre toma el becerrillo
que en las dehesas de Jarama pace.
¿Acaso alguno vio jamás que nace
del águila feroz triste cuclillo,
nocturno búho o palomita tierna?
Como en cadena eterna
se eslabona el valor, y la prudencia
se infunde al español de sus pasados.
De aquellos ascendientes celebrados
esta nació valiente descendencia,
de quien ahora tiembla el mauritano;
después vendrán, y no lo espero en vano,
emulándose en glorias y en efetos,
los hijos de los hijos y los nietos.

Canción, si yo pudiese, bien querría
hacer de modo que tu voz oyese
la zona ardiente, la templada y fría;
y que en tus alas fuese
la fama de mi patria y sus trofeos
a los pueblos del Indo, a los sabeos,
a los de Arauco, Taura, Ida, Erimanto.
Pero no son tus alas para tanto.
799
Ignacio de Luzán

Ignacio de Luzán

Canción A La Defensa De Orán

Dame segunda vez, Euterpe amiga,
bien templada la lira y nuevo aliento,
que alcance a referir nuevas hazañas:
ya de Orán y de Ceuta las campañas
ofrecen otra vez alto argumento
que a renovar aplausos nos obliga.
El África enemiga
ya produce otras palmas y laureles
para adornar del vencedor la frente.
Tú, diurna Piéride, consiente
que del furor sagrado con que sueles
grandes héroes cantar, y sus renombres,
a pesar del olvido, entre los hombres,
inmortales hacer, pida hoy no poco:
es justa la razón por que te invoco.

Como la generosa águila altiva,
sobre las vagas aves hecha reina,
y que sirve al Tonante al pronto rayo,
si de su arrojo en el primer ensayo
culebra arrebató que escamas peina,
y erguida la cerviz su furia aviva,
en vano ya cautiva,
de la garra feroz, silba y forceja,
que el ave, uñas y pico, ensangrentada,
no suelta más la presa, y remontada
por la región suprema, el vuelo aleja,
hasta que el monstruo al fiero orgullo abate;
y destrozado en desigual combate,
palpitando algún miembro, en tierra yace;
lo demás en el aire su hambre pace;

así la osada juventud de España
contra el moro obstinado ahora defiende
las conquistas debidas a su brío.
En vano el ya perdido señorío
la descendencia de Ismael pretende
recobrar con la fuerza o con la maña.
Verase la campaña
de Marruecos, de Argel y Terudante
de púrpura teñida y ríos rojos;
revolcarán los bárbaros despojos
al mar de Mediodía y al de Atlante,
destinados juguete al Euro y Noto,
cuando después sulcase algún piloto
las playas hasta donde fue Cartago,
conocerá en los huesos el estrago.


Es difícil empresa al enemigo
la firmeza vencer de tales pechos,
que honra sólo, valor y fe respiran.
Ya vulgares ejemplos no se admiran,
ya del brazo español no salen hechos
sin conducir la heroicidad consigo.
Del infeliz Rodrigo
no dura más el ocio y muelle trato:
entre noble vergüenza y rabia lucha
cualquiera de nosotros cuando escucha
el nombre pronunciar de Mauregato.
Ya en defender circunvalado muro
con varia muerte es del ibero duro
propio, innato el tesón, del cual arguyo
que sería obstinado, a no ser suyo.

¡Oh Cantabria feroz! ¡Oh de Sagunto
inflexible valor! ¡Oh gran Numancia,
cuyas pérdidas hoy son nuestra gloria!
Siempre que se renueva la victoria
de nuestra heroica, indómita constancia,
falta voz a la fama en tal asunto.
Cuando el extremo punto
llegó del hado, el fiero numantino
al fuego se arrojó de rogos varios,
dejando admiración a los contrarios;
trofeos no; que el vencedor latino,
cuyo valor no en vano se eterniza
sólo pudo triunfar de la ceniza:
no haga otra gente de constancia alarde,
que a esto no llegó nunca, o llegó tarde.

Nace del fuerte el fuerte, y de la interna
virtud del padre toma el becerrillo
que en las dehesas de Jarama pace.
¿Acaso alguno vio jamás que nace
del águila feroz triste cuclillo,
nocturno búho o palomita tierna?
Como en cadena eterna
se eslabona el valor, y la prudencia
se infunde al español de sus pasados.
De aquellos ascendientes celebrados
esta nació valiente descendencia,
de quien ahora tiembla el mauritano;
después vendrán, y no lo espero en vano,
emulándose en glorias y en efetos,
los hijos de los hijos y los nietos.

Canción, si yo pudiese, bien querría
hacer de modo que tu voz oyese
la zona ardiente, la templada y fría;
y que en tus alas fuese
la fama de mi patria y sus trofeos
a los pueblos del Indo, a los sabeos,
a los de Arauco, Taura, Ida, Erimanto.
Pero no son tus alas para tanto.
799
Álvarez Quintero, Serafín y Joaquín

Álvarez Quintero, Serafín y Joaquín

La Rosa Del Jardinero

Era un jardín sonriente;
era una tranquila fuente
de cristal;
era a su borde asomada,
una rosa inmaculada
de un rosal.
Era un viejo jardinero
que cuidaba con esmero
del vergel,
y era la rosa un tesoro
de más quilates que el oro
para él.

A la orilla de la fuente
un caballero pasó,
y la rosa dulcemente
de su tallo separó.
Y al notar el jardinero
que faltaba en el rosal,
cantaba así, plañidero,
receloso de su mal:

—Rosa la más delicada
que por mi amor cultivada
nunca fue;
rosa, la más encendida,
la más fragante y pulida
que cuidé;
blanca estrella que del cielo
curiosa del ver el suelo
resbaló;
a la que una mariposa
de mancharla temerosa
no llegó.

¿Quién te quiere? ¿Quién te llama
por tu bien o por tu mal?
¿Quién te llevó de la rama
que no estás en tu rosal?

¿Tú no sabes que es grosero
el mundo? ¿Que es traicionero
el amor?
¿Que no se aprecia en la vida
la pura miel escondida
en la flor?
¿Bajo qué cielo caíste?
¿A quién tu tesoro diste
virginal?
¿En qué manos te deshojas?
¿Qué aliento quema tus hojas
infernal?
¿Quién te cuida con esmero
como el viejo jardinero
te cuidó?
¿Quién por ti sólo suspira?
¿Quién te quiere? ¿Quién te mira
como yo?

¿Quién te miente que te ama
con fe y con ternura igual?
¿Quién te llevó de la rama,
que no estás en tu rosal?

¿Por qué te fuiste tan pura
de otra vida a la ventura
o al dolor?
¿Qué faltaba a tu recreo?
¿Qué a tu inocente deseo
soñador?
En la fuente limpia y clara
¿espejo que te copiara
no te di?
¿Los pájaros escondidos,
no cantaban en sus nidos
para ti?
¿Cuando era el aire de fuego,
no refresqué con mi riego
tu calor?
¿No te dio mi trato amigo
en las heladas abrigo
protector?
¿Quién para sí te reclama?
¿te hará bien o te hará mal?
¿Quién te llevó de la rama
que no estás en tu rosal?

Así un día y otro día,
entre espinas y entre flores,
el jardinero plañía
imaginando dolores,
desde aquel en que a la fuente
un caballero llegó
y la rosa dulcemente
de su tallo separó.
694
Guillermo Valencia

Guillermo Valencia

Los Camellos

LOS CAMELLOS

Lo triste es así...
Peter Altenberg

Dos lánguidos camellos, de elásticas cervices,

de verdes ojos claros y piel sedosa y rubia,

los cuellos recogidos, hinchadas las narices,

a grandes pasos miden un arenal de Nubia.

Alzaron la cabeza para orientarse, y luego

el soñoliento avance de sus vellosas piernas

—bajo el rojizo dombo de aquel cénit de fuego—

pararon silenciosos, al pie de las cisternas...

Un lustro apenas cargan bajo el azul magnífico,

y ya sus ojos quema la fiebre del tormento;

tal vez leyeron, sabios, borroso jeroglífico

perdido entre las ruinas de infausto monumento.

Vagando taciturnos por la dormida alfombra,

cuando cierra los ojos el moribundo día,

bajo la virgen negra que los llevó en la sombra,

copiaron el desfile de la Melancolía...

Son hijos del desierto: prestóles la palmera

un largo cuello móvil que sus vaivenes finge,

y en sus marchitos rostros que esculpe la Quimera

¡sopló cansancio eterno la boca de la Esfinge!

Dijeron las Pirámides que el viejo sol rescalda:

«Amamos la fatiga con inquietud secreta...»

y vieron desde entonces correr sobre su espalda,

tallada en carne viva, su triangular silueta.

Los átomos de oro que el torbellino esparce

quisieron en sus giros ser grácil vestidura,

y unidos en collares por invisible engarce

vistieron del giboso la escuálida figura...

Todo el fastidio, toda la fiebre, toda el hambre,

la sed sin agua, el yermo sin hembras, los despojos

de caravanas... huesos en blanquecino enjambre...

todo en el cerco bulle de sus dolientes ojos.

Ni las sutiles mirras, ni las leonadas pieles,

ni las volubles palmas que riegan sombra amiga,

ni el ruido sonoro de claros cascabeles

alegran las miradas del rey de la fatiga.

¡Bebed dolor en ellas, flautistas de Bizancio,

que amáis pulir el dáctilo al son de las cadenas;

sólo esos ojos pueden deciros el cansancio

de un mundo que agonia sin sangre entre las venas!

¡Oh, artistas! ¡Oh, camellos de la llanura vasta

que vais llevando a cuestas el sacro monolito!

¡Tristes de esfinge! ¡Novios de la palmera casta!

¡Sólo calmáis vosotros la sed de lo infinito!

¿Qué pueden los ceñudos? ¿Qué logran
las melenas

de las zarpadas tribus cuando la sed oprime?

Sólo el poeta es lago sobre este mar de arenas,

sólo su arteria rota la Humanidad redime.

Se pierde ya a lo lejos la errante caravana

dejándome —camello que cabalgó el Excidio...—

¡Cómo buscar sus huellas al sol de la mañana,

entre las ondas grises del lóbrego fastidio!

¡No! Buscaré dos ojos que he visto, fuente pura

hoy a mi labio exhausta, y aguardaré paciente

hasta que suelta en hilos de mística dulzura

refresque las entrañas del lírico doliente.

Y si a mi lado cruza la sorda muchedumbre

mientras el vago fondo de esas pupilas miro,

dirá que vio un camello con onda pesadumbre

mirando, silencio, dos fuentes de zafiro.


986
Guillermo Valencia

Guillermo Valencia

Los Camellos

LOS CAMELLOS

Lo triste es así...
Peter Altenberg

Dos lánguidos camellos, de elásticas cervices,

de verdes ojos claros y piel sedosa y rubia,

los cuellos recogidos, hinchadas las narices,

a grandes pasos miden un arenal de Nubia.

Alzaron la cabeza para orientarse, y luego

el soñoliento avance de sus vellosas piernas

—bajo el rojizo dombo de aquel cénit de fuego—

pararon silenciosos, al pie de las cisternas...

Un lustro apenas cargan bajo el azul magnífico,

y ya sus ojos quema la fiebre del tormento;

tal vez leyeron, sabios, borroso jeroglífico

perdido entre las ruinas de infausto monumento.

Vagando taciturnos por la dormida alfombra,

cuando cierra los ojos el moribundo día,

bajo la virgen negra que los llevó en la sombra,

copiaron el desfile de la Melancolía...

Son hijos del desierto: prestóles la palmera

un largo cuello móvil que sus vaivenes finge,

y en sus marchitos rostros que esculpe la Quimera

¡sopló cansancio eterno la boca de la Esfinge!

Dijeron las Pirámides que el viejo sol rescalda:

«Amamos la fatiga con inquietud secreta...»

y vieron desde entonces correr sobre su espalda,

tallada en carne viva, su triangular silueta.

Los átomos de oro que el torbellino esparce

quisieron en sus giros ser grácil vestidura,

y unidos en collares por invisible engarce

vistieron del giboso la escuálida figura...

Todo el fastidio, toda la fiebre, toda el hambre,

la sed sin agua, el yermo sin hembras, los despojos

de caravanas... huesos en blanquecino enjambre...

todo en el cerco bulle de sus dolientes ojos.

Ni las sutiles mirras, ni las leonadas pieles,

ni las volubles palmas que riegan sombra amiga,

ni el ruido sonoro de claros cascabeles

alegran las miradas del rey de la fatiga.

¡Bebed dolor en ellas, flautistas de Bizancio,

que amáis pulir el dáctilo al son de las cadenas;

sólo esos ojos pueden deciros el cansancio

de un mundo que agonia sin sangre entre las venas!

¡Oh, artistas! ¡Oh, camellos de la llanura vasta

que vais llevando a cuestas el sacro monolito!

¡Tristes de esfinge! ¡Novios de la palmera casta!

¡Sólo calmáis vosotros la sed de lo infinito!

¿Qué pueden los ceñudos? ¿Qué logran
las melenas

de las zarpadas tribus cuando la sed oprime?

Sólo el poeta es lago sobre este mar de arenas,

sólo su arteria rota la Humanidad redime.

Se pierde ya a lo lejos la errante caravana

dejándome —camello que cabalgó el Excidio...—

¡Cómo buscar sus huellas al sol de la mañana,

entre las ondas grises del lóbrego fastidio!

¡No! Buscaré dos ojos que he visto, fuente pura

hoy a mi labio exhausta, y aguardaré paciente

hasta que suelta en hilos de mística dulzura

refresque las entrañas del lírico doliente.

Y si a mi lado cruza la sorda muchedumbre

mientras el vago fondo de esas pupilas miro,

dirá que vio un camello con onda pesadumbre

mirando, silencio, dos fuentes de zafiro.


986
Gonzalo Rojas

Gonzalo Rojas

Octubre Ocho

Así que me balearon la izquierda, ¡lo que anduve
con esta pierna izquierda por el mundo! Ni un árbol
para decirle nada, y víboras, y víboras,
víboras como balas, y agárrenlo y reviéntenlo,
y el asma, y otra cosa,
y el asma, y son las tres. Y el asma, el asma, el asma.

Así que son las tres, o ya no son las tres,
ni es el ocho, ni octubre. Así que aquí termina
la quebrada del Yuro, así que la Quebrada
del Mundo, y va a estallar. Así que va a estallar
la grande, y me balearon en octubre.

Así que daban cinco mil dólares por esto, o eran cincuenta
mil,
sangre mía, por esto que fuimos y que somos,
¡y todo lo que fuimos y somos! Cinco mil
por mis ojos, mis manos, cincuenta mil por todo,
con asma y todo. Y eso, roncos pulmones míos,
que íbamos a cumplir los cuarenta cantando.

Cantando los fatídicos mosquitos de la muerte:
arriba, arriba, arriba los pobres, la conducta
de la línea de fuego, bienvenida la ráfaga
si otros vienen después. Vamos, vamos veloces,
vamos veloces a vengar al muerto.

Lo mío —¿qué es lo mío?—: esta rosa, esta
América
con sus viejas espinas. Toda la madrugada
me juzgan en inglés. ¿Qué es lo mío y lo
mío
sino lo tuyo, hermano? La cosa fue de golpe
y al corazón. Aquí
va a empezar el origen, y cómanse su miedo.

Así que me carnearon y después me amarraron.
A Vallegrande —a qué— ¡y en helicóptero!
Bueno es regar con sangre colorada el oxígeno
aunque después me quemen y me corten las manos,
las dos manos.
—Dispara sin parar
mientras voy con Bolívar, pero vuelvo.
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Gonzalo Rojas

Gonzalo Rojas

Octubre Ocho

Así que me balearon la izquierda, ¡lo que anduve
con esta pierna izquierda por el mundo! Ni un árbol
para decirle nada, y víboras, y víboras,
víboras como balas, y agárrenlo y reviéntenlo,
y el asma, y otra cosa,
y el asma, y son las tres. Y el asma, el asma, el asma.

Así que son las tres, o ya no son las tres,
ni es el ocho, ni octubre. Así que aquí termina
la quebrada del Yuro, así que la Quebrada
del Mundo, y va a estallar. Así que va a estallar
la grande, y me balearon en octubre.

Así que daban cinco mil dólares por esto, o eran cincuenta
mil,
sangre mía, por esto que fuimos y que somos,
¡y todo lo que fuimos y somos! Cinco mil
por mis ojos, mis manos, cincuenta mil por todo,
con asma y todo. Y eso, roncos pulmones míos,
que íbamos a cumplir los cuarenta cantando.

Cantando los fatídicos mosquitos de la muerte:
arriba, arriba, arriba los pobres, la conducta
de la línea de fuego, bienvenida la ráfaga
si otros vienen después. Vamos, vamos veloces,
vamos veloces a vengar al muerto.

Lo mío —¿qué es lo mío?—: esta rosa, esta
América
con sus viejas espinas. Toda la madrugada
me juzgan en inglés. ¿Qué es lo mío y lo
mío
sino lo tuyo, hermano? La cosa fue de golpe
y al corazón. Aquí
va a empezar el origen, y cómanse su miedo.

Así que me carnearon y después me amarraron.
A Vallegrande —a qué— ¡y en helicóptero!
Bueno es regar con sangre colorada el oxígeno
aunque después me quemen y me corten las manos,
las dos manos.
—Dispara sin parar
mientras voy con Bolívar, pero vuelvo.
869
Gonzalo Rojas

Gonzalo Rojas

Materia De Testamento

A mi padre, como corresponde, de Coquimbo a Lebu, todo el mar,
a mi madre la rotación de la Tierra,
al asma de Abraham Pizarro aunque no se me entienda un tren de humo,
a don Héctor el apellido May que le robaron,
a Débora su mujer el tercero día de las rosas,
a mis 5 hermanas la resurrección de las estrellas,
a Vallejo que no llega, la mesa puesta con un solo servicio,
a mi hermano Jacinto, el mejor de los conciertos,
al Torreón del Renegado donde no estoy nunca: Dios,
a mi infancia, ese potro colorado,
a la adolescencia, el abismo,
a Juan Rojas, un pez pescado en el remolino con su paciencia de santo,
a las mariposas los alerzales del sur,
a Hilda, l'amour fou, y ella está ahí durmiendo,
a Rodrigo Tomás mi primogénito el número áureo
del coraje y el alumbramiento,
a Concepción un espejo roto,
a Gonzalo hijo el salto de la Poesía por encima de mi cabeza,
a Catalina y Valentina las bodas con hermosura y espero que me inviten,
a Valparaíso esa lágrima,
a mi Alonso de 12 años el nuevo automóvil siglo veintiuno
listo para el vuelo,
a Santiago de Chile con sus 5 millones la mitología que le falta,
al año 73 la mierda,
al que calla y por lo visto otorga el Premio Nacional,
al exilio un par de zapatos sucios y un traje baleado,
a la nieve manchada con nuestra sangre otro Nüremberg,
a los desaparecidos la grandeza de haber sido hombres en el suplicio
y haber muerto cantando,
al Lago Choshuenco la copa púrpura de sus aguas,
a las 300 a la vez, el riesgo,
a las adivinas, su esbeltez
a la calle 42 de New York City el paraíso,
a Wall Street un dólar cincuenta,
a la torrencialidad de estos días, nada,
a los vecinos con ese perro que no me deja dormir, ninguna cosa,
a los 200 mineros de El Orito a quienes enseñé a leer
en el silabario de Heráclito, el encantamiento,
a Apollinaire la llave del infinito que le dejó Huidobro,
al surrealismo, él mismo,
a Buñuel el papel de rey que se sabía de memoria,
a la enumeración caótica el hastío,
a la Muerte un crucifijo grande de latón.
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Gonzalo Rojas

Gonzalo Rojas

Contra La Muerte

Me arranco las visiones y me arranco los ojos cada día que pasa.
No quiero ver ¡no puedo! ver morir a los hombres cada día.
Prefiero ser de piedra, estar oscuro,
a soportar el asco de ablandarme por dentro y sonreír
a diestra y siniestra con tal de prosperar en mi negocio.

No tengo otro negocio que estar aquí diciendo la verdad
en mitad de la calle y hacia todos los vientos:
la verdad de estar vivo, únicamente vivo,
con los pies en la tierra y el esqueleto libre en este mundo.

¿Qué sacamos con eso de saltar hasta el sol con nuestras
máquinas
a la velocidad del pensamiento, demonios: qué sacamos
con volar más allá del infinito
si seguimos muriendo sin esperanza alguna de vivir
fuera del tiempo oscuro?

Dios no me sirve. Nadie me sirve para nada.
Pero respiro, y como, y hasta duermo
pensando que me faltan unos diez o veinte años para irme
de bruces, como todos, a dormir en dos metros de cemento allá
abajo.

No lloro, no me lloro. Todo ha de ser así como ha de ser,
pero no puedo ver cajones y cajones
pasar, pasar, pasar, pasar cada minuto
llenos de algo, rellenos de algo, no puedo ver
todavía caliente la sangre en los cajones.

Toco esta rosa, beso sus pétalos, adoro
la vida, no me canso de amar a las mujeres: me alimento
de abrir el mundo en ellas. Pero todo es inútil,
porque yo mismo soy una cabeza inútil
lista para cortar, pero no entender qué es eso
de esperar otro mundo de este mundo.

Me hablan del Dios o me hablan de la Historia. Me río
de ir a buscar tan lejos la explicación del hambre
que me devora, el hambre de vivir como el sol
en la gracia del aire, eternamente.
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