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Edgar Brau

Edgar Brau

El Dios olvidado , de El Viaje

La débil voz se confundía con el rumor del oleaje, que ascendía como una plegaria por los flancos verdosos y herrumbrados de la montaña. El titán retiró la mano del rostro y atisbó el cielo. El joven, entretanto, continuaba balbuceando su nombre. Después se adelantó unos pasos y se afirmó en una saliente de la roca; desde allí siguió nombrando al dios. Este permanecía con la cabeza vuelta hacia arriba. Desde esa posición su mirada se encontró con la del joven, y por un instante tuvo la impresión de observarse a sí mismo con los ojos del otro. Se volvió hacia un lado y cerró los ojos. El joven comenzó a hablar atropelladamente. Pero Prometeo no lo escuchaba: sumergido en sus recuerdos, buscaba un momento. Halló, al cabo, las tinieblas acogedoras en las que un yo agradecido se había disuelto lentamente, al fin olvidado. Se aventuró un poco más... justo hasta el borde donde empezaba el acoso de la agitación, del dolor... Regresó de inmediato a su refugio de sombra. Pero otro acoso llegaba hasta ese sitio de dicha: el acoso de una tozudez candorosa, que insistía en su llamado... Se volvió otra vez y abrió los ojos: el asombrado rumor de un mundo parecía crepitar en torno del joven, cuya mirada era radiante. Los cerró nuevamente. Enseguida fue sobresaltado por un chillido; sus manos se crisparon y una mueca de dolor le desfiguró el rostro. Después de un momento giró hacia el joven, que trataba de hacerse entender, y le hizo una seña para que cesara de hablar; luego le mostró las cadenas. El joven, cuyo semblante se iluminó de inteligencia, le contestó con un gesto y abandonó su sitio. Empezó a trepar cuidadosamente, aferrado a la roca. Prometeo lo alentaba con señas. Al final llegó junto al titán. Un filoso escalonamiento de precipicios refulgía alrededor de la roca. El joven se incorporó para tirar de las cadenas; pero se detuvo al ver que Prometeo trataba de unir los brazos. Las miradas se encontraron. Y aun cuando el joven percibió el empujón, sus ojos no se apartaron de esa mirada triste que lo acompañó al abismo.
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Rubén Darío

Rubén Darío

Canto A La Argentina

¡Argentina! el cantor ha oteado
desde la alta región tu futuro.
Y vio en lo inmemorial del pasado
las metrópolis reinas que fueron,
las que por Dios malditas cayeron
en instante pestífero; el muro
que crujió remordido de llamas
la hervorosa Persépolis, Tiro,
la imperial Babilonia que aún brama,
y las urbes que vieron a Ciro,
a Alejandro, y a todos los fuertes
que escoltaron victorias y muertes.
Y miró a Bizancio y a Atenas,
y a la que, domadora del mundo,
siendo Lupa indomable, fue Roma.
Y vio tronos, suplicios, cadenas,
y con tiaras a tigres y hienas.
Y cien más capitales precitas
donde el hombre fue ciego a la vasta
Libertad, donde fueron escritas
terroríficas y duras leyes,
contra tribus y pueblos y casta,
o las leyes fueron voluntades;
y a través de tragedias y gestas,
derrumbáronse tronos y reyes,
o se hicieron cenizas ciudades
por ensalmos de frases funestas.
Y después otros siglos y luchas,
otra vez lo que arrasa y escombra,
muchos reinos que surgen y muchas
vanidades que caen en la sombra
infinita. Mane, Thecel, Phares.
Y el poeta miró un astro eterno
sobre ruinas y tierras y mares,
que alumbraba con su claridad
nuevos cultos, cultura y gobierno,
y a su brillo quedó deslumbrado:
era el astro de la Libertad.
Argentinos, la inmortal estrella
a vosotros simbólica es Sol:
las naciones son grandes por ella;
lo sabía el abuelo español.
Dad a todas las almas abrigo,
sed nación de naciones hermana,
convidad a la fiesta del trigo,
al domingo del lino y la lana
thanks-giving, yon kipour, romería,
la confraternidad de destinos.
la confraternidad de oraciones,
la confraternidad de canciones,
bajo los colores argentinos.
643 3
Manuel Gutiérrez Nájera

Manuel Gutiérrez Nájera

La Duquesa Job (1884)

En dulce charla de sobremesa,
mientras devoro fresa tras fresa,
y abajo ronca tu perro Bob,
te haré el retrato de la duquesa
que adora a veces el duque Job.

No es la condesa de Villasana
caricatura, ni la poblana
de enagua roja, que Prieto amó;
no es la criadita de pies nudosos,
ni la que sueña con los gomosos
y con los gallos de Micoló.

Mi duquesita, la que me adora,
no tiene humos de gran señora:
es la griseta de Paul de Kock.
No baila Boston, y desconoce
de las carreras el alto goce
y los placeres del five o'clock.

Pero ni el sueño de algún poeta,
ni los querubes que vio Jacob,
fueron tan bellos cual la coqueta
de ojitos verdes, rubia griseta,
que adora a veces el duque Job.

Si pisa alfombras no es en su casa;
si por Plateros alegre pasa
y la saluda Madame Marnat,
no es, sin disputa, porque la vista;
sí porque a casa de otra modista
desde temprano rápida va.

No tiene alhajas mi duquesita,
pero es tan guapa y es tan bonita,
y tiene un cuerpo tan v'lan, tan pschutt;
de tal manera trasciende a Francia
que no la igualan en elegancia
ni las clientes de Hélène Kossut.

Desde las puertas de la Sorpresa
hasta la esquina del Jockey Club,
no hay española, yanqui o francesa,
ni más bonita, ni más traviesa
que la duquesa del duque Job.

¡Cómo resuena su taconeo
en las baldosas! ¡Con qué meneo
luce su talle de tentación!
¡Con qué airecito de aristocracia
mira a los hombres, y con qué gracia
frunce los labios —¡Mimí Pinson!

Si alguien la alcanza, si la requiebra,
ella, ligera como una cebra,
sigue camino del almacén;
pero, ¡ay del tuno si alarga el brazo!
¡Nadie se salva del sombrillazo
que le descarga sobre la sien!

¡No hay en el mundo mujer más linda!
Pie de andaluza, boca de guinda,
esprit rociado de Veuve Clicquot;
talle de avispa, cutis de ala,
ojos traviesos de colegiala
como los ojos de Louise Théo.

Ágil, nerviosa, blanca, delgada,
media de seda bien restirada,
gola de encaje, corsé de ¡crac!,
nariz pequeña, garbosa, cuca,
y palpitantes sobre la nuca
rizos tan rubios como el coñac.

Sus ojos verdes bailan el tango;
nada hay más bello que el arremango
provocativo de su nariz.
Por ser tan joven y tan bonita,
cual mi sedosa, blanca gatita,
diera sus pajes la emperatriz.

¡Ah tú no has visto cuando se peina,
sobre sus hombros de rosa reina
caer los rizos en profusión!
Tú no has oído que alegre canta,
mientras sus brazos y su garganta
de fresca espuma cubre el jabón.

¡Y los domingos!... ¡Con qué alegría,
oye en su lecho bullir el día
y hasta las nueve quieta se está!
¡Cuál se acurruca la perezosa,
bajo la colcha color de rosa,
mientras a misa la criada va!

La breve cofia de blanco encaje
cubre sus rizos, el limpio traje
aguarda encima del canapé;
altas, lustrosas y pequeñitas,
sus puntas muestran las dos botitas,
abandonadas del catre al pie.

Después, ligera, del lecho brinca.
¡Oh quién la viera cuando se hinca
blanca y esbelta sobre el colchón!
¿Qué valen junto de tanta gracia
las niñas ricas, la aristocracia,
ni mis amigas del cotillón?

Toco; se viste; me abre; almorzamos;
con apetito los dos tomamos
un par de huevos y un buen biftec,
media botella de rico vino,
y en coche juntos, vamos camino
del pintoresco Chapultepec.

Desde las puertas de la Sorpresa
hasta la esquina del Jockey Club,
no hay española, yanqui o francesa,
ni más bonita ni más traviesa
que la duquesa del duque Job.
1.710 3
José Gorostiza

José Gorostiza

Muerte Sin Fin

Lleno de mí, sitiado en mi epidermis
por un dios inasible que me ahoga,
mentido acaso
por su radiante atmósfera de luces
que oculta mi conciencia derramada,
mis alas rotas en esquirlas de aire,
mi torpe andar a tientas por el lodo;
lleno de mí —ahíto— me descubro
en la imagen atónita del agua,
que tan sólo es un tumbo inmarcesible,
un desplome de ángeles caídos
a la delicia intacta de su peso,
que nada tiene
sino la cara en blanco
hundida a medias, ya, como una risa agónica,
en las tenues holandas de la nube
y en los funestos cánticos del mar
—más resabio de sal o albor de cúmulo
que sola prisa de acosada espuma.
No obstante —oh paradoja— constreñida
por el rigor del vaso que la aclara,
el agua toma forma.
En él se asienta, ahonda y edifica,
cumple una edad amarga de silencios
y un reposo gentil de muerte niña,
sonriente, que desflora
un más allá de pájaros
en desbandada.
En la red de cristal que la estrangula,
allí, como en el agua de un espejo,
se reconoce;
atada allí, gota con gota,
marchito el tropo de espuma en la garganta
¡qué desnudez de agua tan intensa,
qué agua tan agua,
está en su orbe tornasol soñando,
cantando ya una sed de hielo justo!
¡Mas qué vaso —también— más providente
éste que así se hinche
como una estrella en grano,
que así, en heroica promisión, se enciende
como un seno habitado por la dicha,
y rinde así, puntual,
una rotunda flor
de transparencia al agua,
un ojo proyectil que cobra alturas
y una ventana a gritos luminosos
sobre esa libertad enardecida
que se agobia de cándidas prisiones!

¡Más que vaso —también— más providente!
Tal vez esta oquedad que nos estrecha
en islas de monólogos sin eco,
aunque se llama Dios,
no sea sino un vaso
que nos amolda el alma perdidiza,
pero que acaso el alma sólo advierte
en una transparencia acumulada
que tiñe la noción de Él, de azul.
El mismo Dios,
en sus presencias tímidas,
ha de gastar la tez azul
y una clara inocencia imponderable,
oculta al ojo, pero fresca al tacto,
como este mar fantasma en que respiran
—peces del aire altísimo—
los hombres.
¡Sí, es azul! ¡Tiene que ser azul!
Un coagulado azul de lontananza,
un circundante amor de la criatura,
en donde el ojo de agua de su cuerpo
que mana en lentas ondas de estatura
entre fiebres y llagas;
en donde el río hostil de su conciencia
¡agua fofa, mordiente, que se tira,
ay, incapaz de cohesión al suelo!
en donde el brusco andar de la criatura
amortigua su enojo,
se redondea
como una cifra generosa,
se pone en pie, veraz, como una estatua.
¿Qué puede ser —si no— si un vaso no?
Un minuto quizá que se enardece
hasta la incandescencia,
que alarga el arrebato de su brasa,
ay, tanto más hacia lo eterno mínimo
cuanto es más hondo el tiempo que lo colma.
Un cóncavo minuto del espíritu
que una noche impensada,
al azar
y en cualquier escenario irrelevante
con el vuelo del pájaro,
estalla en él como un cohete herido
y en sonoras estrellas precipita
su desbandada pólvora de plumas.
Mas en la médula de esta alegría,
no ocurre nada, no;
sólo un cándido sueño que recorre
las estaciones todas de su ruta
tan amorosamente
que no elude seguirla a sus infiernos,
ay, y con qué miradas de atropina,
tumefactas e inmóviles, escruta
el curso de la luz, su instante fúlgido,
en la piel de una gota de rocío;
concibe el ojo
y el intangible aceite
que nutre de esbeltez a la mirada;
gobierna el crecimiento de las uñas
y en la raíz de la palabra esconde
el frondoso discurso de ancha copa
y el poema de diáfanas espigas.
Pero aún más —porque en su cielo impío
nada es tan cruel como este puro goce—
somete sus imágenes al fuego
de especiosas torturas que imagina
—las infla de pasión,
en la prisma del llanto las deshace,
las ciega con el lustre de un barniz,
las satura de odios purulentos,
rencores zánganos
como una mala costra,
angustias secas como la sed del yeso.
Pero aún más —porque, inmune a la mácula,
tan perfecta crueldad no cede a límites—
perfora la substancia de su gozo
con rudos alfileres;
piensa el tumor, la úlcera y el chancro
que habrán de festonar la tez pulida,
toma en su mano etérea a la criatura
y la enjuta, la hincha o la demacra,
como a un copo de cera sudorosa,
y en un ilustre hallazgo de ironía
la estrecha enternecido
con los brazos glaciales de la fiebre.
Mas nada ocurre, no, sólo este sueño
desorbitado
que se mira a sí mismo en plena marcha;
presume, pues, su término inminente
y adereza en el acto
el plan de su fatiga,
su justa vacación
su domingo de gracia allá en el campo,
al fresco albor de las camisas flojas.
¡Qué trebolar mullido, qué parasol de niebla
se regala en el ánimo
para gustar la miel de sus vigilias!
Pero el ritmo es su norma, el solo paso,
la sola marcha en círculo, sin ojos;
así, aun de su cansancio, extrae
¡hop!
largas cintas de cintas de sorpresas
que en un constante perecer enérgico,
en un morir absorto,
arrasan sin cesar su bella fábrica
hasta que —hijo de su misma muerte,
gestado en la aridez de sus escombros—
siente que su fatiga se fatiga,
se erige a descansar de su descanso
y sueña que su sueño se repite,
irresponsable, eterno,
muerte sin fin de una obstinada muerte,
sueño de garza anochecido a plomo
que cambia sí de pie, mas no de sueño,
que cambia sí la imagen,
mas no la doncellez de su osadía
¡oh inteligencia, soledad en llamas!
que lo consume todo hasta el silencio,
sí, como una semilla enamorada
que pudiera soñarse germinando,
probar en el rencor de la molécula
el salto de las ramas que aprisiona
y el gusto de su fruta prohibida,
ay, sin hollar, semilla casta,
sus propios impasibles tegumentos.

¡Oh inteligencia, soledad en llamas
que todo lo concibe sin crearlo!
Finge el calor del lodo,
su emoción de substancia adolorida,
el iracundo amor que lo embellece
y lo encumbra más allá de las alas
a donde sólo el ritmo
de los luceros llora,
mas no le infunde el soplo que lo pone en pie
y permanece recreándose a sí misma,
única en Él, inmaculada, sola en Él,
reticencia indecible,
amoroso temor de la materia,
angélico egoísmo que se escapa
como un grito de júbilo sobre la muerte
—oh inteligencia, páramo de espejos!
helada emanación de rosas pétreas
en la cumbre de un tiempo paralítico;
pulso sellado;
como una red de arterias temblorosas,
hermético sistema de eslabones
que apenas se apresura o se retarda
según la intensidad de su deleite;
abstinencia angustiosa
que presume el dolor y no lo crea,
que escucha ya en la estepa de sus tímpanos
retumbar el gemido del lenguaje
y no lo emite;
que nada más absorbe las esencias
y se mantiene así, rencor sañudo,
una, exquisita, con su dios estéril,
sin alzar entre ambos
la sorda pesadumbre de la carne,
sin admitir en su unidad perfecta
el escarnio brutal de esa discordia
que nutren vida y muerte inconciliables,
siguiéndose una a otra
como el día y la noche,
una y otra acampadas en la célula
como en un tardo tiempo de crepúsculo,
ay, una nada más, estéril, agria,
con Él, conmigo, con nosotros tres;
como el vaso y el agua, sólo una
que reconcentra su silencio blanco
en la orilla letal de la palabra
y en la inminencia misma de la sangre.

¡ALELUYA, ALELUYA!

Iza la flor su enseña,
agua, en el prado.
¡Oh, qué mercadería
de olor alado!

¡Oh, qué mercadería
de tenue olor!
¡cómo inflama los aires
con su rubor!

¡Qué anegado de gritos
está el jardín!
«¡Yo, el heliotropo, yo!»
«¿Yo? El jazmín.»

Ay, pero el agua,
ay, si no huele a nada.


Tiene la noche un árbol
con frutos de ámbar;
tiene una tez la tierra,
ay, de esmeraldas.

El tesón de la sangre
anda de rojo;
anda de añil el sueño;
la dicha, de oro.

Tiene el amor feroces
galgos morados;
pero también sus mieses,
también sus pájaros.

Ay, pero el agua,
ay, si no luce a nada.


Sabe a luz, a luz fría,
sí, la manzana.
¡Qué amanecida fruta
tan de mañana!
¡Qué anochecido sabes,
tú, sinsabor!
¡cómo pica en la entraña
tu picaflor!

Sabe la muerte a tierra,
la angustia a hiel.
Este morir a gotas
me sabe a miel.

Ay, pero el agua,
ay, si no sabe a nada.
10.022 3
José Gorostiza

José Gorostiza

Muerte Sin Fin

Lleno de mí, sitiado en mi epidermis
por un dios inasible que me ahoga,
mentido acaso
por su radiante atmósfera de luces
que oculta mi conciencia derramada,
mis alas rotas en esquirlas de aire,
mi torpe andar a tientas por el lodo;
lleno de mí —ahíto— me descubro
en la imagen atónita del agua,
que tan sólo es un tumbo inmarcesible,
un desplome de ángeles caídos
a la delicia intacta de su peso,
que nada tiene
sino la cara en blanco
hundida a medias, ya, como una risa agónica,
en las tenues holandas de la nube
y en los funestos cánticos del mar
—más resabio de sal o albor de cúmulo
que sola prisa de acosada espuma.
No obstante —oh paradoja— constreñida
por el rigor del vaso que la aclara,
el agua toma forma.
En él se asienta, ahonda y edifica,
cumple una edad amarga de silencios
y un reposo gentil de muerte niña,
sonriente, que desflora
un más allá de pájaros
en desbandada.
En la red de cristal que la estrangula,
allí, como en el agua de un espejo,
se reconoce;
atada allí, gota con gota,
marchito el tropo de espuma en la garganta
¡qué desnudez de agua tan intensa,
qué agua tan agua,
está en su orbe tornasol soñando,
cantando ya una sed de hielo justo!
¡Mas qué vaso —también— más providente
éste que así se hinche
como una estrella en grano,
que así, en heroica promisión, se enciende
como un seno habitado por la dicha,
y rinde así, puntual,
una rotunda flor
de transparencia al agua,
un ojo proyectil que cobra alturas
y una ventana a gritos luminosos
sobre esa libertad enardecida
que se agobia de cándidas prisiones!

¡Más que vaso —también— más providente!
Tal vez esta oquedad que nos estrecha
en islas de monólogos sin eco,
aunque se llama Dios,
no sea sino un vaso
que nos amolda el alma perdidiza,
pero que acaso el alma sólo advierte
en una transparencia acumulada
que tiñe la noción de Él, de azul.
El mismo Dios,
en sus presencias tímidas,
ha de gastar la tez azul
y una clara inocencia imponderable,
oculta al ojo, pero fresca al tacto,
como este mar fantasma en que respiran
—peces del aire altísimo—
los hombres.
¡Sí, es azul! ¡Tiene que ser azul!
Un coagulado azul de lontananza,
un circundante amor de la criatura,
en donde el ojo de agua de su cuerpo
que mana en lentas ondas de estatura
entre fiebres y llagas;
en donde el río hostil de su conciencia
¡agua fofa, mordiente, que se tira,
ay, incapaz de cohesión al suelo!
en donde el brusco andar de la criatura
amortigua su enojo,
se redondea
como una cifra generosa,
se pone en pie, veraz, como una estatua.
¿Qué puede ser —si no— si un vaso no?
Un minuto quizá que se enardece
hasta la incandescencia,
que alarga el arrebato de su brasa,
ay, tanto más hacia lo eterno mínimo
cuanto es más hondo el tiempo que lo colma.
Un cóncavo minuto del espíritu
que una noche impensada,
al azar
y en cualquier escenario irrelevante
con el vuelo del pájaro,
estalla en él como un cohete herido
y en sonoras estrellas precipita
su desbandada pólvora de plumas.
Mas en la médula de esta alegría,
no ocurre nada, no;
sólo un cándido sueño que recorre
las estaciones todas de su ruta
tan amorosamente
que no elude seguirla a sus infiernos,
ay, y con qué miradas de atropina,
tumefactas e inmóviles, escruta
el curso de la luz, su instante fúlgido,
en la piel de una gota de rocío;
concibe el ojo
y el intangible aceite
que nutre de esbeltez a la mirada;
gobierna el crecimiento de las uñas
y en la raíz de la palabra esconde
el frondoso discurso de ancha copa
y el poema de diáfanas espigas.
Pero aún más —porque en su cielo impío
nada es tan cruel como este puro goce—
somete sus imágenes al fuego
de especiosas torturas que imagina
—las infla de pasión,
en la prisma del llanto las deshace,
las ciega con el lustre de un barniz,
las satura de odios purulentos,
rencores zánganos
como una mala costra,
angustias secas como la sed del yeso.
Pero aún más —porque, inmune a la mácula,
tan perfecta crueldad no cede a límites—
perfora la substancia de su gozo
con rudos alfileres;
piensa el tumor, la úlcera y el chancro
que habrán de festonar la tez pulida,
toma en su mano etérea a la criatura
y la enjuta, la hincha o la demacra,
como a un copo de cera sudorosa,
y en un ilustre hallazgo de ironía
la estrecha enternecido
con los brazos glaciales de la fiebre.
Mas nada ocurre, no, sólo este sueño
desorbitado
que se mira a sí mismo en plena marcha;
presume, pues, su término inminente
y adereza en el acto
el plan de su fatiga,
su justa vacación
su domingo de gracia allá en el campo,
al fresco albor de las camisas flojas.
¡Qué trebolar mullido, qué parasol de niebla
se regala en el ánimo
para gustar la miel de sus vigilias!
Pero el ritmo es su norma, el solo paso,
la sola marcha en círculo, sin ojos;
así, aun de su cansancio, extrae
¡hop!
largas cintas de cintas de sorpresas
que en un constante perecer enérgico,
en un morir absorto,
arrasan sin cesar su bella fábrica
hasta que —hijo de su misma muerte,
gestado en la aridez de sus escombros—
siente que su fatiga se fatiga,
se erige a descansar de su descanso
y sueña que su sueño se repite,
irresponsable, eterno,
muerte sin fin de una obstinada muerte,
sueño de garza anochecido a plomo
que cambia sí de pie, mas no de sueño,
que cambia sí la imagen,
mas no la doncellez de su osadía
¡oh inteligencia, soledad en llamas!
que lo consume todo hasta el silencio,
sí, como una semilla enamorada
que pudiera soñarse germinando,
probar en el rencor de la molécula
el salto de las ramas que aprisiona
y el gusto de su fruta prohibida,
ay, sin hollar, semilla casta,
sus propios impasibles tegumentos.

¡Oh inteligencia, soledad en llamas
que todo lo concibe sin crearlo!
Finge el calor del lodo,
su emoción de substancia adolorida,
el iracundo amor que lo embellece
y lo encumbra más allá de las alas
a donde sólo el ritmo
de los luceros llora,
mas no le infunde el soplo que lo pone en pie
y permanece recreándose a sí misma,
única en Él, inmaculada, sola en Él,
reticencia indecible,
amoroso temor de la materia,
angélico egoísmo que se escapa
como un grito de júbilo sobre la muerte
—oh inteligencia, páramo de espejos!
helada emanación de rosas pétreas
en la cumbre de un tiempo paralítico;
pulso sellado;
como una red de arterias temblorosas,
hermético sistema de eslabones
que apenas se apresura o se retarda
según la intensidad de su deleite;
abstinencia angustiosa
que presume el dolor y no lo crea,
que escucha ya en la estepa de sus tímpanos
retumbar el gemido del lenguaje
y no lo emite;
que nada más absorbe las esencias
y se mantiene así, rencor sañudo,
una, exquisita, con su dios estéril,
sin alzar entre ambos
la sorda pesadumbre de la carne,
sin admitir en su unidad perfecta
el escarnio brutal de esa discordia
que nutren vida y muerte inconciliables,
siguiéndose una a otra
como el día y la noche,
una y otra acampadas en la célula
como en un tardo tiempo de crepúsculo,
ay, una nada más, estéril, agria,
con Él, conmigo, con nosotros tres;
como el vaso y el agua, sólo una
que reconcentra su silencio blanco
en la orilla letal de la palabra
y en la inminencia misma de la sangre.

¡ALELUYA, ALELUYA!

Iza la flor su enseña,
agua, en el prado.
¡Oh, qué mercadería
de olor alado!

¡Oh, qué mercadería
de tenue olor!
¡cómo inflama los aires
con su rubor!

¡Qué anegado de gritos
está el jardín!
«¡Yo, el heliotropo, yo!»
«¿Yo? El jazmín.»

Ay, pero el agua,
ay, si no huele a nada.


Tiene la noche un árbol
con frutos de ámbar;
tiene una tez la tierra,
ay, de esmeraldas.

El tesón de la sangre
anda de rojo;
anda de añil el sueño;
la dicha, de oro.

Tiene el amor feroces
galgos morados;
pero también sus mieses,
también sus pájaros.

Ay, pero el agua,
ay, si no luce a nada.


Sabe a luz, a luz fría,
sí, la manzana.
¡Qué amanecida fruta
tan de mañana!
¡Qué anochecido sabes,
tú, sinsabor!
¡cómo pica en la entraña
tu picaflor!

Sabe la muerte a tierra,
la angustia a hiel.
Este morir a gotas
me sabe a miel.

Ay, pero el agua,
ay, si no sabe a nada.
10.022 3
José Coronel Urtecho

José Coronel Urtecho

Oda A Rubén Darío

"¿Ella? No la anuncian. No llega aún."Rubén Darío. Heraldos

I



(Acompañamiento de papel de lija)


Burlé tu león de cemento al cabo.

Tú sabes que mi llanto fue de lágrimas,

i no de perlas. Te amo.

Soy el asesino de tus retratos.

Por vez primera comimos naranjas.

Il n’y a pas de chocolat —dijo tu ángel de la guarda.


Ahora podías perfectamente

mostrarme tu vida por la ventana

como unos cuadros que nadie ha pintado.

Tu vestido de emperador, que cuelga

de la pared, bordado de palabras,

cuánto más pequeño que ese pajama

con que duermes ahora,

que eres tan sólo un alma.


Yo te besé las manos.

"Stella —tú hablabas contigo mismo—

llegó por fin después de la parada",

i no recuerdo qué dijiste luego.

Sé que reímos de ello.


(Por fin te dije: "Maestro, quisiera

ver el fauno".


Mas tú: "Vete a un convento").


Hablamos de Zorrilla. Tu dijiste:

"Mi padre" i hablamos de los amigos.

"Et le reste est literature" de nuevo

tu ángel impertinente.

Tú te exaltaste mucho.

"Literatura todo —el resto es esto".

Entonces comprendimos la tragedia.

Es como el agua cuando

inunda un campo, un pueblo

sin alboroto i se entra

por las puertas i llena los salones

de los palacios —en busca de un cauce,

del mar, nadie sabe.


Tú que dijiste tantas veces "Ecce

Homo" frente al espejo

i no sabías cuál de los dos era

el verdadero, si acaso era alguno.

(¿Te entraban deseos de hacer pedazos

el cristal?) Nada de esto

(mármol bajo el azul) en tus jardínes

—donde antes de morir rezaste al cabo—

donde yo me paseo con mi novia

i soy irrespetuoso con los cisnes.

II



(Acompañamiento de tambores)


He tenido una reyerta

con el Ladrón de tus Corbatas

(yo mismo cuando iba a la escuela),

el cual me ha roto tus ritmos

a puñetazos en las orejas…


Libertador, te llamaría,

si esto no fuera una insolencia

contra tus manos provenzales

(i el Cancionero de Baena)

en el "Clavicordio de la Abuela"

—tus manos, que beso de nuevo,

Maestro.


En nuestra casa nos reuníamos

para verte partir en globo

i tú partías en una galera

—después descubrimos que la luna

era una bicicleta—

y regresabas a la gran fiesta

de la apertura de tu maleta.

La Abuela se enfurecía

de tus sinfonías parisienses,

i los chicuelos nos comíamos

tus peras de cera.


(Oh tus sabrosas frutas de cera)


Tú comprendes.

Tú que estuviste en el Louvre,

entre los mármoles de Grecia,

y ejecutaste una marcha

a la Victoria de Samotracia,

tú comprendes por qué te hablo

como una máquina fotográfica

en la plaza de la Independencia

de las Cosmópolis de América,

donde enseñaste a criar Centauros

a los ganaderos de las Pampas.


Porque, buscándome en vano

entre tus cortinajes de ensueño,

he terminado por llamarte

"Maestro, maestro",

donde tu música suntuosa

es la armonía de tu silencio…

(¿Por qué has huído, maestro?)

(Hay unas gotas de sangre

en tus tapices).


Comprendo.

Perdón. Nada ha sido.

Vuelvo a la cuerda de mi contento.

¿Rubén? Sí. Rubén fue un mármol

griego. (¿No es esto?)


"All’s right with the world", nos dijo

con su prosaísmo soberbio

nuestro querido sir Roberto

Browning. Y es cierto.

FINAL




(Con pito)


En fin, Rubén,

paisano inevitable, te saludo

con mi bombín,

que se comieron los ratones en

mil novecientos veinte i cin-

co. Amén.


2.448 3
José Coronel Urtecho

José Coronel Urtecho

Oda A Rubén Darío

"¿Ella? No la anuncian. No llega aún."Rubén Darío. Heraldos

I



(Acompañamiento de papel de lija)


Burlé tu león de cemento al cabo.

Tú sabes que mi llanto fue de lágrimas,

i no de perlas. Te amo.

Soy el asesino de tus retratos.

Por vez primera comimos naranjas.

Il n’y a pas de chocolat —dijo tu ángel de la guarda.


Ahora podías perfectamente

mostrarme tu vida por la ventana

como unos cuadros que nadie ha pintado.

Tu vestido de emperador, que cuelga

de la pared, bordado de palabras,

cuánto más pequeño que ese pajama

con que duermes ahora,

que eres tan sólo un alma.


Yo te besé las manos.

"Stella —tú hablabas contigo mismo—

llegó por fin después de la parada",

i no recuerdo qué dijiste luego.

Sé que reímos de ello.


(Por fin te dije: "Maestro, quisiera

ver el fauno".


Mas tú: "Vete a un convento").


Hablamos de Zorrilla. Tu dijiste:

"Mi padre" i hablamos de los amigos.

"Et le reste est literature" de nuevo

tu ángel impertinente.

Tú te exaltaste mucho.

"Literatura todo —el resto es esto".

Entonces comprendimos la tragedia.

Es como el agua cuando

inunda un campo, un pueblo

sin alboroto i se entra

por las puertas i llena los salones

de los palacios —en busca de un cauce,

del mar, nadie sabe.


Tú que dijiste tantas veces "Ecce

Homo" frente al espejo

i no sabías cuál de los dos era

el verdadero, si acaso era alguno.

(¿Te entraban deseos de hacer pedazos

el cristal?) Nada de esto

(mármol bajo el azul) en tus jardínes

—donde antes de morir rezaste al cabo—

donde yo me paseo con mi novia

i soy irrespetuoso con los cisnes.

II



(Acompañamiento de tambores)


He tenido una reyerta

con el Ladrón de tus Corbatas

(yo mismo cuando iba a la escuela),

el cual me ha roto tus ritmos

a puñetazos en las orejas…


Libertador, te llamaría,

si esto no fuera una insolencia

contra tus manos provenzales

(i el Cancionero de Baena)

en el "Clavicordio de la Abuela"

—tus manos, que beso de nuevo,

Maestro.


En nuestra casa nos reuníamos

para verte partir en globo

i tú partías en una galera

—después descubrimos que la luna

era una bicicleta—

y regresabas a la gran fiesta

de la apertura de tu maleta.

La Abuela se enfurecía

de tus sinfonías parisienses,

i los chicuelos nos comíamos

tus peras de cera.


(Oh tus sabrosas frutas de cera)


Tú comprendes.

Tú que estuviste en el Louvre,

entre los mármoles de Grecia,

y ejecutaste una marcha

a la Victoria de Samotracia,

tú comprendes por qué te hablo

como una máquina fotográfica

en la plaza de la Independencia

de las Cosmópolis de América,

donde enseñaste a criar Centauros

a los ganaderos de las Pampas.


Porque, buscándome en vano

entre tus cortinajes de ensueño,

he terminado por llamarte

"Maestro, maestro",

donde tu música suntuosa

es la armonía de tu silencio…

(¿Por qué has huído, maestro?)

(Hay unas gotas de sangre

en tus tapices).


Comprendo.

Perdón. Nada ha sido.

Vuelvo a la cuerda de mi contento.

¿Rubén? Sí. Rubén fue un mármol

griego. (¿No es esto?)


"All’s right with the world", nos dijo

con su prosaísmo soberbio

nuestro querido sir Roberto

Browning. Y es cierto.

FINAL




(Con pito)


En fin, Rubén,

paisano inevitable, te saludo

con mi bombín,

que se comieron los ratones en

mil novecientos veinte i cin-

co. Amén.


2.448 3
José Coronel Urtecho

José Coronel Urtecho

Oda A Rubén Darío

"¿Ella? No la anuncian. No llega aún."Rubén Darío. Heraldos

I



(Acompañamiento de papel de lija)


Burlé tu león de cemento al cabo.

Tú sabes que mi llanto fue de lágrimas,

i no de perlas. Te amo.

Soy el asesino de tus retratos.

Por vez primera comimos naranjas.

Il n’y a pas de chocolat —dijo tu ángel de la guarda.


Ahora podías perfectamente

mostrarme tu vida por la ventana

como unos cuadros que nadie ha pintado.

Tu vestido de emperador, que cuelga

de la pared, bordado de palabras,

cuánto más pequeño que ese pajama

con que duermes ahora,

que eres tan sólo un alma.


Yo te besé las manos.

"Stella —tú hablabas contigo mismo—

llegó por fin después de la parada",

i no recuerdo qué dijiste luego.

Sé que reímos de ello.


(Por fin te dije: "Maestro, quisiera

ver el fauno".


Mas tú: "Vete a un convento").


Hablamos de Zorrilla. Tu dijiste:

"Mi padre" i hablamos de los amigos.

"Et le reste est literature" de nuevo

tu ángel impertinente.

Tú te exaltaste mucho.

"Literatura todo —el resto es esto".

Entonces comprendimos la tragedia.

Es como el agua cuando

inunda un campo, un pueblo

sin alboroto i se entra

por las puertas i llena los salones

de los palacios —en busca de un cauce,

del mar, nadie sabe.


Tú que dijiste tantas veces "Ecce

Homo" frente al espejo

i no sabías cuál de los dos era

el verdadero, si acaso era alguno.

(¿Te entraban deseos de hacer pedazos

el cristal?) Nada de esto

(mármol bajo el azul) en tus jardínes

—donde antes de morir rezaste al cabo—

donde yo me paseo con mi novia

i soy irrespetuoso con los cisnes.

II



(Acompañamiento de tambores)


He tenido una reyerta

con el Ladrón de tus Corbatas

(yo mismo cuando iba a la escuela),

el cual me ha roto tus ritmos

a puñetazos en las orejas…


Libertador, te llamaría,

si esto no fuera una insolencia

contra tus manos provenzales

(i el Cancionero de Baena)

en el "Clavicordio de la Abuela"

—tus manos, que beso de nuevo,

Maestro.


En nuestra casa nos reuníamos

para verte partir en globo

i tú partías en una galera

—después descubrimos que la luna

era una bicicleta—

y regresabas a la gran fiesta

de la apertura de tu maleta.

La Abuela se enfurecía

de tus sinfonías parisienses,

i los chicuelos nos comíamos

tus peras de cera.


(Oh tus sabrosas frutas de cera)


Tú comprendes.

Tú que estuviste en el Louvre,

entre los mármoles de Grecia,

y ejecutaste una marcha

a la Victoria de Samotracia,

tú comprendes por qué te hablo

como una máquina fotográfica

en la plaza de la Independencia

de las Cosmópolis de América,

donde enseñaste a criar Centauros

a los ganaderos de las Pampas.


Porque, buscándome en vano

entre tus cortinajes de ensueño,

he terminado por llamarte

"Maestro, maestro",

donde tu música suntuosa

es la armonía de tu silencio…

(¿Por qué has huído, maestro?)

(Hay unas gotas de sangre

en tus tapices).


Comprendo.

Perdón. Nada ha sido.

Vuelvo a la cuerda de mi contento.

¿Rubén? Sí. Rubén fue un mármol

griego. (¿No es esto?)


"All’s right with the world", nos dijo

con su prosaísmo soberbio

nuestro querido sir Roberto

Browning. Y es cierto.

FINAL




(Con pito)


En fin, Rubén,

paisano inevitable, te saludo

con mi bombín,

que se comieron los ratones en

mil novecientos veinte i cin-

co. Amén.


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