Otros
Jorge Riechmann
Verwisch Die Spuren
que se arroja ácido a la cara durante los recitales
y escribe en el cielo preprogramado de California
con humo de aeroplanos
y me impresiona la calidad de esta ética laboral
tan a la altura
de nuestros tiempos de paleocapitalismo posmoderno:
todo por la patria
por el patrón
por el poder
por la poesía...
pero me temo
que ni siquiera con tanto sacrificio
consigue durar más de diez segundos en los telediarios.
Prefiero
otra estrategia lateral, contraria:
escribir en la arena
y hablar en voz muy baja
para que tú me oigas.
Borrar las huellas.
Luis Antonio de Villena
Magia En Verano
imprevisto. Me sorprende verte en la desnudez juvenil,
y ansío recorrerlo, como una anhelada geografía.
Me ves pensando en la umbría vegetal de algunas
grutas, o en el agua del muslo donde brillan las venas.
Me perderé en un bosque que cruzo con mis manos,
y pediré una larga estepa donde los labios hablen.
Me ves sorprendido, anonadado, pensando en habitarte.
Y tú, mientras, te abandonas al cálido primor del aire.
Te dejas en la luz, que te navega; y si miro tus ojos
vuelvo al jardín oscuro donde es verano el verde.
Te miro otra vez y casi no te creo posible. Fulges,
encantas, guarda tu cuerpo el hechizo insabido de la tierra.
Y despacio sonríes al irme yo acercando, atónito,
hacia ti mientras el sol nos cubre con su luz, nos desdibuja,
y nos va metiendo en la calma inmensa y rubia de la tarde.
Luis Antonio de Villena
Magia En Verano
imprevisto. Me sorprende verte en la desnudez juvenil,
y ansío recorrerlo, como una anhelada geografía.
Me ves pensando en la umbría vegetal de algunas
grutas, o en el agua del muslo donde brillan las venas.
Me perderé en un bosque que cruzo con mis manos,
y pediré una larga estepa donde los labios hablen.
Me ves sorprendido, anonadado, pensando en habitarte.
Y tú, mientras, te abandonas al cálido primor del aire.
Te dejas en la luz, que te navega; y si miro tus ojos
vuelvo al jardín oscuro donde es verano el verde.
Te miro otra vez y casi no te creo posible. Fulges,
encantas, guarda tu cuerpo el hechizo insabido de la tierra.
Y despacio sonríes al irme yo acercando, atónito,
hacia ti mientras el sol nos cubre con su luz, nos desdibuja,
y nos va metiendo en la calma inmensa y rubia de la tarde.
Nicolás Guillén
Nieve
nieva también dentro de mí.
(Verlaine con nieve, ¿no es así?)
De ti me acuerdo —ya sin ti.
¿A qué llorar, me digo yo,
por quien no llora ni lloró?
Si estuve escrito, me borró,
si ardí un instante, me apagó.
Caiga la nieve, está muy bien.
Mas no por eso va Guillén
a entristecerse si no hay quien
del mismo mal muera también.
Literatura, en realidad,
nimia de toda nimiedad.
¿Que está nevando en la ciudad?
Al fin y al cabo es la verdad.
Nicolás Guillén
Nieve
nieva también dentro de mí.
(Verlaine con nieve, ¿no es así?)
De ti me acuerdo —ya sin ti.
¿A qué llorar, me digo yo,
por quien no llora ni lloró?
Si estuve escrito, me borró,
si ardí un instante, me apagó.
Caiga la nieve, está muy bien.
Mas no por eso va Guillén
a entristecerse si no hay quien
del mismo mal muera también.
Literatura, en realidad,
nimia de toda nimiedad.
¿Que está nevando en la ciudad?
Al fin y al cabo es la verdad.
Nicolás Guillén
Canción
se me adentra usted sonriendo,
como si fuera
la primavera!
(Yo, muriendo.)
Y de qué modo sutil
me derramó en la camisa
todas las flores de abril.
¿Quién le dijo que yo era
risa siempre, nunca llanto,
como si fuera
la primavera?
(No soy tanto.)
En cambio, ¡qué espiritual
que usted me brinde una rosa
de su rosal principal!
¡De qué callada manera
se me adentra usted sonriendo,
como si fuera
la primavera!
(Yo, muriendo.)
Nicolás Guillén
Pas De Téléphone
Pas de téléphone
lejos de ti.
(Me duele el corazón).
¿Qué hacer para saber
si ahora, en esta hora
de lluvia y cielo gris,
te duele el corazón
como me duele a mí?
Pas de téléphone
lejos de ti.
Ay, en París
mejoraría la situación
un pneumatique.
Oh mi adorada, pero aquí
no existe el pneumatique,
y pas de téléphone
lejos de ti.
Tus ojos de ámbar quiero
sentir cerca de mí;
saber si en esta tarde
de lluvia y cielo gris
te duele el corazón
como me duele a mí.
Pas de téléphone
lejos de ti.
Nicolás Guillén
A Veces
para decir: La amo a usted con locura.
A veces tengo ganas de ser tonto
para gritar: ¡La quiero tanto!
A veces tengo ganas de ser un niño
para llorar acurrucado en su seno.
A veces tengo ganas de estar muerto
para sentir, bajo la tierra húmeda de mis jugos,
que me crece una flor rompiéndome el pecho,
una flor, y decir: Esta flor,
para usted.
Nicolás Guillén
El Árbol
a cada primavera,
no es más feliz que yo,
de nuevo verdiflor.
Las amarillas hojas
cayeron, y en mi tronco
vuelven los novios trémulos
a entrelazar sus cifras,
y hay corazones fijos
por flechas traspasados,
vivos en esa muerte.
Cuando digo «te amo»,
mi voz repite el viento
y en mi alta copa juega
con tu nombre y un pájaro
hijo de abril y marzo.
Nicolás Guillén
Un Poema De Amor
Desconozco todo el tiempo que anduve
sin encontrarla nuevamente.
¿Tal vez un siglo? Acaso.
Acaso un poco menos: noventa y nueve años.
¿O un mes? Pudiera ser. En cualquier forma,
un tiempo enorme, enorme, enorme.
Al fin, como una rosa súbita,
repentina campánula temblando,
la noticia.
Saber de pronto
que iba a verla otra vez, que la tendría
cerca, tangible, real, como en los sueños.
¡Qué explosión contenida!
¡Qué trueno sordo
rodándome en las venas,
estallando allá arriba
bajo mi sangre, en una
nocturna tempestad!
¿Y el hallazgo, en seguida? ¿Y la manera
de saludarnos, de manera
que nadie comprendiera
que ésa es nuestra propia manera?
Un roce apenas, un contacto eléctrico,
un apretón conspirativo, una mirada,
un palpitar del corazón
gritando, aullando con silenciosa voz.
Después
(ya lo sabéis desde los quince años)
ese aletear de las palabras presas,
palabras de ojos bajos,
penitenciales,
entre testigos enemigos.
Todavía
un amor de «lo amo»,
de «usted», de «bien quisiera,
pero es imposible»... De «no podemos,
no, piénselo usted mejor»...
Es un amor así,
es un amor de abismo en primavera,
cortés, cordial, feliz, fatal.
La despedida, luego,
genérica,,
en el turbión de los amigos.
Verla partir y amarla como nunca;
seguirla con los ojos,
y ya sin ojos seguir viéndola lejos,
allá lejos, y aun seguirla
más lejos todavía,
hecha de noche,
de mordedura, beso, insomnio,
veneno, éxtasis, convulsión,
suspiro, sangre, muerte...
Hecha
de esa sustancia conocida
con que amasamos una estrella.
Nicolás Guillén
Martí
es un suspiro! Que tiene
manos de sombra, y que es
su mirada lenta gota
lunar temblando de frío
sobre una rosa.
Su voz
abre la piedra, y sus manos
parten el hierro. Sus ojos
llegan ardiendo a los bosques
nocturnos; los negros bosques.
Tocadle: Veréis que os quema.
Dadle la mano: Veréis
su mano abierta en que cabe
Cuba como un encendido
tomeguín de alas seguras
en la tormenta. Miradlo:
Veréis que su luz os ciega.
Pero seguidlo en la noche:
¡Oh, por qué claros caminos
su luz en la noche os lleva!
Nicolás Guillén
Cuando Yo Vine A Este Mundo
nadie me estaba esperando;
así mi dolor profundo
se me alivia caminando,
pues cuando vine a este mundo,
te digo,
nadie me estaba esperando.
Miro a los hombres nacer,
miro a los hombres pasar;
hay que andar,
hay que mirar para ver,
hay que andar.
Otros lloran, yo me río,
porque la risa es salud:
Lanza de mi poderío,
coraza de mi virtud.
Otros lloran, yo me río,
porque la risa es salud.
Camino sobre mis pies,
sin muletas ni bastón,
y mi voz entera es
la voz entera del son.
Camino sobre mis pies,
sin muletas ni bastón.
Con el alma en carne viva,
abajo, sueño y trabajo;
ya estará el de abajo arriba
cuando el de arriba esté abajo.
Con el alma en carne viva,
abajo, sueño y trabajo.
Hay gentes que no me quieren,
porque muy humilde soy;
ya verán cómo se mueren
y que hasta a su entierro voy,
con eso y que no me quieren
porque muy humilde soy.
Miro a los hombres nacer,
miro a los hombres pasar;
hay que andar,
hay que vivir para ver,
hay que andar.
Cuando yo vine a este mundo,
te digo,
nadie me estaba esperando;
así mi dolor profundo,
te digo,
se me alivia caminando,
te digo,
pues cuando vine a este mundo,
te digo,
¡nadie me estaba esperando!
Nicolás Guillén
Rosa Tú Melancólica
buscándote a lo lejos,
Rosa tú, melancólica
rosa de mi recuerdo.
Cuando la madrugada
va el campo humedeciendo,
y el día es como un niño
que despierta en el cielo,
Rosa tú, melancólica,
ojos de sombra llenos,
desde mi estrecha sábana
toco tu firme cuerpo.
Cuando ya el alto sol
ardió con su alto fuego,
cuando la tarde cae
del ocaso deshecho,
yo en mi lejana mesa
tu oscuro pan contemplo.
Y en la noche cargada
de ardoroso silencio,
Rosa tú, melancólica
rosa de mi recuerdo,
dorada, viva y húmeda,
bajando vas del techo,
tomas mi mano fría
y te me quedas viendo.
Cierro entonces los ojos,
pero siempre te veo
clavada allí, clavando
tu mirada en mi pecho,
larga mirada fija,
como un puñal de sueño.
Nicolás Guillén
Guitarra
A Francisco Guillén
Tendida en la madrugada,
la firme guitarra espera:
Voz de profunda madera
desesperada.
Su clamorosa cintura,
en la que el pueblo suspira,
preñada de son, estira
la carne dura.
Arde la guitarra sola,
mientras la luna se acaba;
arde libre de su esclava
bata de cola.
Dejó al borracho en su coche,
dejó el cabaret sombrío,
donde se muere de frío,
noche tras noche,
y alzó la cabeza fina,
universal y cubana,
sin opio, ni mariguana,
ni cocaína.
¡Venga la guitarra vieja,
nueva otra vez al castigo
con que la espera el amigo,
que no la deja!
Alta siempre, no caída,
traiga su risa y su llanto,
clave las uñas de amianto
sobre la vida.
Cógela tú, guitarrero,
límpiale de alcol la boca,
y en esa guitarra, toca
tu son entero.
El son del querer maduro,
tu son entero;
el del abierto futuro,
tu son entero;
el del pie por sobre el muro,
tu son entero. . .
Cógela tú, guitarrero,
límpiale de alcol la boca,
y en esa guitarra, toca
tu son entero.
Nicolás Guillén
José Ramon Cantaliso
¡canta liso!, canta liso,
José Ramón.
Duro espinazo insumiso:
por eso es que canta liso
José Ramón Cantaliso,
José Ramón.
En bares, bachas, bachatas,
a los turistas a gatas,
y a los nativos también,
a todos, el son preciso
José Ramón Cantaliso
les canta liso, muy liso,
para que lo entiendan bien.
Voz de cancerosa entraña.
humo de solar y caña,
que es nube prieta después:
son de guitarra madura,
cuya cuerda ronca y dura
no se enreda en la cintura,
ni prende fuego en los pies.
El sabe que no hay trabajo,
que el pobre se pudre abajo.
y que tras tanto luchar,
el que no perdió el resuello,
o tiene en la frente un sello,
o está con el agua al cuello
sin poderlo remediar.
Por eso de fiesta en fiesta
con su guitarra protesta,
que es su corazón también,
y a todos el son preciso,
José Ramón Cantaliso
les canta liso, muy liso,
para que lo entiendan bien.
Nicolás Guillén
Adivinanzas
y la noche en el pellejo.
¿Quién será, quién no será?
—El negro.
Con ser hembra y no ser bella,
harás lo que ella te mande.
¿Quién será, quién no será?
—El hambre.
Esclava de los esclavos,
y con los dueños tirana.
¿Quién será, quién no será?
—La caña.
Escándalo de una mano
que nunca ignora la otra.
¿Quién será, quién no será?
—La limosna.
Un hombre que está llorando
con la risa que aprendió.
¿Quién será, quién no será?
—Yo.
Nicolás Guillén
El Abuelo
que vive atenta al ritmo de su sangre europea,
ignora que lo hondo de ese ritmo golpea
un negro al parche duro de roncos atabales.
Bajo la línea escueta de su nariz aguda,
la boca, en fino trazo, traza una raya breve,
y no hay cuervo que manche la solitaria nieve
de su carne, que fulge temblorosa y desnuda.
¡Ah, mi señora! Mírate las venas misteriosas;
boga en el agua viva que allá dentro te fluye,
y ve pasando lirios, nelumbios, lotos, rosas;
que ya verás, inquieta, junto a la fresca orilla
la dulce sombra oscura del abuelo que huye,
el que rizó por siempre tu cabeza amarilla.
Nicolás Guillén
El Abuelo
que vive atenta al ritmo de su sangre europea,
ignora que lo hondo de ese ritmo golpea
un negro al parche duro de roncos atabales.
Bajo la línea escueta de su nariz aguda,
la boca, en fino trazo, traza una raya breve,
y no hay cuervo que manche la solitaria nieve
de su carne, que fulge temblorosa y desnuda.
¡Ah, mi señora! Mírate las venas misteriosas;
boga en el agua viva que allá dentro te fluye,
y ve pasando lirios, nelumbios, lotos, rosas;
que ya verás, inquieta, junto a la fresca orilla
la dulce sombra oscura del abuelo que huye,
el que rizó por siempre tu cabeza amarilla.
Nicolás Guillén
Chévere
se vuelve él mismo navaja:
Pica tajadas de luna,
mas la luna se le acaba;
pica tajadas de canto,
mas el canto se le acaba;
pica tajadas de sombra,
mas la sombra se le acaba,
y entonces pica que pica
carne de su negra mala.
Nicolás Guillén
La Canción Del Bongó
—Aquí el que más fino sea,
responde, si llamo yo.
Unos dicen: Ahora mismo,
otros dicen: Allá voy.
Pero mi repique bronco,
pero mi profunda voz,
convoca al negro y al blanco,
que bailan el mismo son,
cueripardos y almiprietos
más de sangre que de sol,
pues quien por fuera no es de noche,
por dentro ya oscureció.
Aquí el que más fino sea,
responde, si llamo yo.
En esta tierra, mulata
de africano y español
(Santa Bárbara de un lado,
del otro lado, Changó),
siempre falta algún abuelo,
cuando no sobra algún Don
y hay títulos de Castilla
con parientes en Bondó:
Vale más callarse, amigos,
y no menear la cuestión,
porque venimos de lejos,
y andamos de dos en dos.
Aquí el que más fino sea,
responde si llamo yo.
Habrá quién llegue a insultarme,
pero no de corazón;
habrá quién me escupa en público,
cuando a solas me besó...
A ése, le digo:
—Compadre,
ya me pedirás perdón,
ya comerás de mi ajiaco,
ya me darás la razón,
ya me golpearás el cuero,
ya bailarás a mi voz,
ya pasearemos del brazo,
ya estarás donde yo estoy:
ya vendrás de abajo arriba,
¡que aquí el más alto soy yo!
Nicolás Guillén
Canto Negro
Repica el congo solongo,
repica el negro bien negro;
congo solongo del Songo
baila yambó sobre un pie.
Mamatomba,
serembe cuserembá.
El negro canta y se ajuma,
el negro se ajuma y canta,
el negro canta y se va.
Acuememe serembó,
aé
yambó,
aé.
Tamba, tamba, tamba, tamba,
tamba del negro que tumba;
tumba del negro, caramba,
caramba, que el negro tumba:
¡yamba, yambó, yambambé!
Nicolás Guillén
Canto Negro
Repica el congo solongo,
repica el negro bien negro;
congo solongo del Songo
baila yambó sobre un pie.
Mamatomba,
serembe cuserembá.
El negro canta y se ajuma,
el negro se ajuma y canta,
el negro canta y se va.
Acuememe serembó,
aé
yambó,
aé.
Tamba, tamba, tamba, tamba,
tamba del negro que tumba;
tumba del negro, caramba,
caramba, que el negro tumba:
¡yamba, yambó, yambambé!
Nicolás Fernández de Moratín
Oda En Alabanza De Dalmiro Imitando El Estilo Sublime De Píndaro
La cítara lesbiana apliqué al pecho
Aliviando mi suspiro
Al ejercicio usado
Con peine ebúrneo y pulso a trizas hecho
En lauro coronado
Porque te aplauda cuando mi voz cante
Con cuerdas lloro el ébano sonante.
Y tres veces Timbreo
Áurea palabra destilo en mi oído
Cogida con deseo
Dulcísima y sonora
Cual su rayo en mar Índico ha cogido
Irisiada concha o nácar erithea
Que mansamente el flujo la menea
Con aura matutina
Y arrullo de los céfiros serenos
Y Febo la divina
Lira puso cantando
Y versos me inspiró de néctar llenos:
A cuyo acenia blando
Rompen el agua en escuchar conformes
Las sacras ninfas del nevado Tormes.
Teniendo cairelada
Con espadaña junco y verdes ovas
Frente de oro crinadas
Y el viejo dios del río
Dejando allá en sus húmedas alcobas
Dosel de plata frío,
Salió a escuchar la célica armonía
Y en la mano la barba entretenía.
Mil gotas destilando
Y no (merced a Apolo) te cantaba,
Ni marcial, como cuando
En la traciona orilla
Mueve el Bistonio Marte guerra brava
Blandiendo alta cuchilla
O la terrible lanza, con violento
Impulso y junta la lengueta y cuento.
Con hierro engastonado,
Y túnica vestida de diamante
Ancho escudo embrazado
De láminas de bronce,
Con sangre rociado de gigante
En las esferas once
Relinchan sus caballos y al estruendo
Del carro tronador, Ebro el horrendo
Curso pasó. de esta arte,
Con la fulmínea espada hiriendo el viento,
No aspiro yo a cantarte
Que el vuelo que levanta
El águila dircea al firmamento
Es corto a empresa tanta
Y a Palas y Minerva no es bastante
La cítara de Píndaro sonante.
Con nuevo y dulce empleo,
esparciendo de casia olor sagrado,
y cínamo panqueo,
mi siempre humilde Musa,
como alcarrena abeja al matizado
Romeral en confusa
Selva amena hizo moradas flores
Cantará los suavísimos amores.
Que Athenas te ofreciera
con lampo de belleza irresistible
Cual rayo de la esfera.
Dichosa tu hermosura,
No solo porque en ti miré asequible
Cuanto pudo natura,
Mas porque te ensalzó la voz discreta
Del divino y grandioso poeta.
Que el coro de Helícona
Del laurel y arrayán ciñe a su frente,
Y rosas la corona.
Muchos ha dulces días
Que este amor conocieron felizmente.
Présagas ansias mías
Que el pecho y corazón de quien tiernamente
Arde por dentro en resonante llama.
No oculta a fiel amigo,
A favor de la dulce poesía
Él es así testigo
De cuanto vibran rayo
Los soles que a la ninfa ilustran mía,
Cuanto clavel da mayo,
Y cuanto incendió al híado oriente
Los cerros de oro undoso de su frente.
Pero también él sabe
Como me dio palabras que ligeras
Volaron más que el ave
De Jove, por la altura
De la etérea mansión: o tú no quieras
Con tanta hermosura
Que en los melífluos versos de Dalmiro
Que el Indio desde el mar honde retiro
De la intacta señora
Atiende, con plumeros y aljabado,
Y el río que colora
Su arena, al son se para
Resuene tu desdén. ¡Ay que culpado
Será, y su saña rara!
Y cuanta diosa envía, dará más pía
tan celeste y angélica armonía.
Nicolás Fernández de Moratín
Oda En Alabanza De Dalmiro Imitando El Estilo Sublime De Píndaro
La cítara lesbiana apliqué al pecho
Aliviando mi suspiro
Al ejercicio usado
Con peine ebúrneo y pulso a trizas hecho
En lauro coronado
Porque te aplauda cuando mi voz cante
Con cuerdas lloro el ébano sonante.
Y tres veces Timbreo
Áurea palabra destilo en mi oído
Cogida con deseo
Dulcísima y sonora
Cual su rayo en mar Índico ha cogido
Irisiada concha o nácar erithea
Que mansamente el flujo la menea
Con aura matutina
Y arrullo de los céfiros serenos
Y Febo la divina
Lira puso cantando
Y versos me inspiró de néctar llenos:
A cuyo acenia blando
Rompen el agua en escuchar conformes
Las sacras ninfas del nevado Tormes.
Teniendo cairelada
Con espadaña junco y verdes ovas
Frente de oro crinadas
Y el viejo dios del río
Dejando allá en sus húmedas alcobas
Dosel de plata frío,
Salió a escuchar la célica armonía
Y en la mano la barba entretenía.
Mil gotas destilando
Y no (merced a Apolo) te cantaba,
Ni marcial, como cuando
En la traciona orilla
Mueve el Bistonio Marte guerra brava
Blandiendo alta cuchilla
O la terrible lanza, con violento
Impulso y junta la lengueta y cuento.
Con hierro engastonado,
Y túnica vestida de diamante
Ancho escudo embrazado
De láminas de bronce,
Con sangre rociado de gigante
En las esferas once
Relinchan sus caballos y al estruendo
Del carro tronador, Ebro el horrendo
Curso pasó. de esta arte,
Con la fulmínea espada hiriendo el viento,
No aspiro yo a cantarte
Que el vuelo que levanta
El águila dircea al firmamento
Es corto a empresa tanta
Y a Palas y Minerva no es bastante
La cítara de Píndaro sonante.
Con nuevo y dulce empleo,
esparciendo de casia olor sagrado,
y cínamo panqueo,
mi siempre humilde Musa,
como alcarrena abeja al matizado
Romeral en confusa
Selva amena hizo moradas flores
Cantará los suavísimos amores.
Que Athenas te ofreciera
con lampo de belleza irresistible
Cual rayo de la esfera.
Dichosa tu hermosura,
No solo porque en ti miré asequible
Cuanto pudo natura,
Mas porque te ensalzó la voz discreta
Del divino y grandioso poeta.
Que el coro de Helícona
Del laurel y arrayán ciñe a su frente,
Y rosas la corona.
Muchos ha dulces días
Que este amor conocieron felizmente.
Présagas ansias mías
Que el pecho y corazón de quien tiernamente
Arde por dentro en resonante llama.
No oculta a fiel amigo,
A favor de la dulce poesía
Él es así testigo
De cuanto vibran rayo
Los soles que a la ninfa ilustran mía,
Cuanto clavel da mayo,
Y cuanto incendió al híado oriente
Los cerros de oro undoso de su frente.
Pero también él sabe
Como me dio palabras que ligeras
Volaron más que el ave
De Jove, por la altura
De la etérea mansión: o tú no quieras
Con tanta hermosura
Que en los melífluos versos de Dalmiro
Que el Indio desde el mar honde retiro
De la intacta señora
Atiende, con plumeros y aljabado,
Y el río que colora
Su arena, al son se para
Resuene tu desdén. ¡Ay que culpado
Será, y su saña rara!
Y cuanta diosa envía, dará más pía
tan celeste y angélica armonía.