Poemas en este tema
Muerte y Luto
Gustavo Adolfo Bécquer
Solitario, Triste Y Mudo
Solitario, triste y mudo
hállase aquel cementerio;
sus habitantes no lloran...
¡Qué felices son los muertos!
hállase aquel cementerio;
sus habitantes no lloran...
¡Qué felices son los muertos!
2.197
2
Federico García Lorca
Soneto De La Dulce Queja
Tengo miedo a perder la maravilla
de tus ojos de estatua y el acento
que de noche me pone en la mejilla
la solitaria rosa de tu aliento.
Tengo pena de ser en esta orilla
tronco sin ramas; y lo que más siento
es no tener la flor, pulpa o arcilla,
para el gusano de mi sufrimiento.
Si tú eres el tesoro oculto mío,
si eres mi cruz y mi dolor mojado,
si soy el perro de tu señorío,
no me dejes perder lo que he ganado
y decora las aguas de tu río
con hojas de mi otoño enajenado.
de tus ojos de estatua y el acento
que de noche me pone en la mejilla
la solitaria rosa de tu aliento.
Tengo pena de ser en esta orilla
tronco sin ramas; y lo que más siento
es no tener la flor, pulpa o arcilla,
para el gusano de mi sufrimiento.
Si tú eres el tesoro oculto mío,
si eres mi cruz y mi dolor mojado,
si soy el perro de tu señorío,
no me dejes perder lo que he ganado
y decora las aguas de tu río
con hojas de mi otoño enajenado.
1.037
2
Amado Nervo
Sin Rumbo
Por diez años su diáfana existencia fue mía.
Diez años en mi mano su mano se apoyó,
¡y en sólo unos instantes se me puso tan fría,
que por siempre mis besos congeló!
¡Adonde iréis ahora, pobre nidada loca
de mis huérfanos besos, si sus labios están
cerrados, si hay un sello glacial sobre su boca,
si su frente divina se heló bajo su toca,
si sus ojos ya nunca se abrirán!
Diez años en mi mano su mano se apoyó,
¡y en sólo unos instantes se me puso tan fría,
que por siempre mis besos congeló!
¡Adonde iréis ahora, pobre nidada loca
de mis huérfanos besos, si sus labios están
cerrados, si hay un sello glacial sobre su boca,
si su frente divina se heló bajo su toca,
si sus ojos ya nunca se abrirán!
1.006
2
Xuan Bello
Historia Universal de Paniceiros
La güestia produce miedo, pavor, espanto, horror al que la ve, aunque lo que se teme, en realidad, no es la muerte. La güestia, penando por el mundo quién sabe qué pecados, es el símbolo de los muertos en vida, el brillo temeroso de la cara leprosa de la vida. Nadie debe mirar con respeto a la güestia; si la miras con miedo ya eres parte de ellos, otro esqueleto más que sigue, con lentos pasos de neblina, los caminos de la muerte.
607
1
Claudio Bertoni
Hogar dulce hogar
el cáncer
la muerte no sería tan mala
si se pudiera traer a casa
si no hubiera que levantarse
si no hubiera que salir de la cama
si no hubiera que subirse a una ambulancia
si no hubiera que vivir en un hospital
si no hubiera que vivir entre desconocidos
si no hubiera que prescindir de las frazadas
del color de las frazadas de la casa
de la temperatura del color de las frazadas de la casa.
morir no sería tan malo si todo pasara en la casa
y con los de la casa
si uno tuviera la suerte de tener una casa
lo peor del cáncer y de la muerte son la burocracia y el ajetreo
de los cambios de ropa y el frío de los pasillos y el frío de
las miradas de los extraños (de los que no sufren porque tú sufres
de los que no sufren porque tú vas a morir)
y la indiferencia de las calles y de los muros de las calles
y la indiferencia mortal del hospital y de todo lo que lame
y cubre por dentro a un hospital.
morir no sería tan malo
sufrir no sería tan malo
si se sufriera en la casa
si se supiera que nada ni nadie nos sacará
-en caso de morir o sufrir-
de la casa.
la muerte no sería tan mala
si se pudiera traer a casa
si no hubiera que levantarse
si no hubiera que salir de la cama
si no hubiera que subirse a una ambulancia
si no hubiera que vivir en un hospital
si no hubiera que vivir entre desconocidos
si no hubiera que prescindir de las frazadas
del color de las frazadas de la casa
de la temperatura del color de las frazadas de la casa.
morir no sería tan malo si todo pasara en la casa
y con los de la casa
si uno tuviera la suerte de tener una casa
lo peor del cáncer y de la muerte son la burocracia y el ajetreo
de los cambios de ropa y el frío de los pasillos y el frío de
las miradas de los extraños (de los que no sufren porque tú sufres
de los que no sufren porque tú vas a morir)
y la indiferencia de las calles y de los muros de las calles
y la indiferencia mortal del hospital y de todo lo que lame
y cubre por dentro a un hospital.
morir no sería tan malo
sufrir no sería tan malo
si se sufriera en la casa
si se supiera que nada ni nadie nos sacará
-en caso de morir o sufrir-
de la casa.
843
1
Alejo Carpentier
El siglo de las luces
Detrás de él, en acongojado diapasón, volvía el Albacea a su recuento de responsos, crucero, ofrendas, vestuario, blandones, bayetas y flores, obituario y réquiem -y había venido éste de gran uniforme, y había llorado aquél, y había dicho el otro que no éramos nada...- sin que la idea de la muerte acabara de hacerse lúgubre a bordo de aquella barca que cruzaba la bahía bajo un tórrido sol de media tarde, cuya luz rebrillaba en todas las olas, encandilando por la espuma y la burbuja, quemante en descubierto, quemante bajo el toldo, metido en los ojos, en los poros, intolerable para las manos que buscaban un descanso en las bordas. Envuelto en sus improvisados lutos que olían a tintas de ayer, el adolescente miraba la ciudad, extrañamente parecida, a esta hora de reverberaciones y sombras largas, a un gigantesco lampadario barroco, cuyas cristalerías verdes, rojas, anaranjadas, colorearan una confusa rocalla de balcones, arcadas, cimborrios, belvederes y galerías de persianas -siempre erizada de andamios, maderas aspadas, horcas y cucañas de albañilería, desde que la fiebre de la construcción se había apoderado de sus habitantes enriquecidos por la última guerra de Europa.
4.278
1
Miguel Ángel Asturias
El señor presidente
Los pordioseros se arrastraban por las cocinas del mercado, perdidos en la sombra de la Catedral helada, de paso hacia la Plaza de Armas, a lo largo de calles tan anchas como mares, en la ciudad que se iba quedando atrás íngrima y sola. La noche los reunía al mismo tiempo que a las estrellas. Se juntaban a dormir en el Portal del Señor sin más lazo común que la miseria, maldiciendo unos de otros, insultándose a regañadientes con tirria de enemigos que se buscan pleito, riñendo muchas veces a codazos y algunas con tierra y todo, revolcones en los que, tras escupirse, rabiosos, se mordían.
(...)
Una aldea vino, anduvo por allí y se fue por allá, una aldea al parecer deshabitada, una aldea de casas de alfeñique en tuza de milperíos secos entre iglesia y cementerio.¡Que la fe que construyó a la iglesia sea mi fe, la iglesia y el cementerio; no quedaron vivos más que la fe y los muertos! Pero la alegría del que se va alejando se le empañó en los ojos. Aquella tierra de asidua primavera era su tierra, su ternura, su madre, y por mucho que resucitara al ir dejando atrás aquellas aldeas, siempre estaría muerto entre los vivos, eclipsado entre los hombres de los otros países por la presencia invisible de sus árboles en cruz y de sus piedras para tumbas.
(...)
Las tumbas no besan a los muertos, ella no lo debía besar; en cambio, los oprimen mucho, mucho, como ella lo estaba haciendo. Son camisas de fuerza y de cariño que los obligan a soportar quietos, inmóviles, las cosquillas de los gusanos, los ardores de la descomposición. Apenas aumentó la luz incierta de la rendija un incierto afán cada mil años. Las sombras, perseguidas por el claror que iba subiendo, ganaban los muros paulatinamente como alacranes. Eran los muros de hueso...Huesos tatuados por dibujos obscenos. Niña Fedina cerró los ojos-las tumbas son oscuras por dentro-y no dijo palabra ni quiso quejido-las tumbas son calladas por fuera.
(...)
Una aldea vino, anduvo por allí y se fue por allá, una aldea al parecer deshabitada, una aldea de casas de alfeñique en tuza de milperíos secos entre iglesia y cementerio.¡Que la fe que construyó a la iglesia sea mi fe, la iglesia y el cementerio; no quedaron vivos más que la fe y los muertos! Pero la alegría del que se va alejando se le empañó en los ojos. Aquella tierra de asidua primavera era su tierra, su ternura, su madre, y por mucho que resucitara al ir dejando atrás aquellas aldeas, siempre estaría muerto entre los vivos, eclipsado entre los hombres de los otros países por la presencia invisible de sus árboles en cruz y de sus piedras para tumbas.
(...)
Las tumbas no besan a los muertos, ella no lo debía besar; en cambio, los oprimen mucho, mucho, como ella lo estaba haciendo. Son camisas de fuerza y de cariño que los obligan a soportar quietos, inmóviles, las cosquillas de los gusanos, los ardores de la descomposición. Apenas aumentó la luz incierta de la rendija un incierto afán cada mil años. Las sombras, perseguidas por el claror que iba subiendo, ganaban los muros paulatinamente como alacranes. Eran los muros de hueso...Huesos tatuados por dibujos obscenos. Niña Fedina cerró los ojos-las tumbas son oscuras por dentro-y no dijo palabra ni quiso quejido-las tumbas son calladas por fuera.
4.002
1
Rubén Darío
Thanatos
En medio del camino de la Vida...
dijo Dante. Su verso se convierte:
En medio del camino de la Muerte.
Y no hay que aborrecer a la ignorada
emperatriz y reina de la Nada.
Por ella nuestra tela esta tejida,
y ella en la copa de los sueños vierte
un contrario nepente: ¡ella no olvida!
dijo Dante. Su verso se convierte:
En medio del camino de la Muerte.
Y no hay que aborrecer a la ignorada
emperatriz y reina de la Nada.
Por ella nuestra tela esta tejida,
y ella en la copa de los sueños vierte
un contrario nepente: ¡ella no olvida!
1.014
1
Pablo de Rokha
Poesía Funeraria
Indiscutiblemente, en casas de arriendo,
a la ribera del pan y su situación aldeana de sombrero de sol,
contra empleados grandes o desesperados
y viudas terribles, que desprenden cabellos de estructura amarilla,
así moriremos, tal vez, al bramar contra la montaña.
Después de haber gastado electricidad y pantalones,
sudando terror y dignidad de asesino al cual van a fusilar los aterrados
soldados,
y mirando, con la dentadura repleta de misterio,
cómo la querida mujer ya estará ruinosa y rajada de años,
y enormemente
grandiosa de grandiosidad inútil,
y aprieta su triste carne contra las murallas,
o estará llena de llamas, como en la época del durazno
que fue paloma, y cuando nos miramos ante un muerto.
Se destruye la esperanza humana, la azucena,
y su escudo va corroyéndose de herrumbre entre azules tiestos
y serios difuntos
en espectáculo,
luego se gasta la gana llevada adentro
y unos orines con cementerio azotan este sepulcro de condición
boreal, que el catre parece,
resonando.
No haber bebido,
¡ah!, no haber bebido más tinajas del principal vino tinto,
del substancial elemento de abejas
eternas,
no haber tenido el cintunón del general de tribu,
y aquella gran cama tirada de mundo a mundo,
en donde creciesen bestias agrestes,
abejas de funeral, panteras del tormento a la guitarra, relampagueando,
y una gran espada roja
con la cual escribir la revolución proletaria,
y, en aquellos millones de atardeceres,
en los que nos sacamos los zapatos, sollozando,
no haber venido la luna desnuda
que florece, eternamente, a consolar a los moribundos.
A la criatura, cómo se le despluma y cómo se le inunda,
a la simultaneidad, el reflejo
de materia de sepulcro,
porque es lúgubre cuando fallan las glándulas,
y en lo hondo del hígado del hombre se deshojan las violetas.
Hay que poseer el heroísmo de agonizar correctamente,
clavando los dedos de los ojos y su puñal en la tiniebla acumulada,
sin abandonar la voluntad de podrirse.
Ahora, si sabemos de qué manera las plantas de los pies rajan
la miseria solar y alguna vez le oímos la bala a la tumba,
y el oro y el hecho en la garganta se nos va a atajar.
Si catre de bronce adquiere, morirá el burócrata contento como gusano,
con la lengua afuera entre la familia,
enderezando su conciencia de bruto y de pájaro y de siervo,
como quien levanta la casa
y la va a ubicar en donde concluyen las cosas.
Se apagaron todas las lámparas, gotea el viento, y el sol toma
la forma del embudo.
En aquel entonces entenderemos al que asaltó y degolló a la humanidad para comprarle
laureles a su amiga,
al que edificó su tribu en la plaza pública gritando como acero,
al que desgarró mujeres y naciones y se revolcó con todos los relámpagos, en la sociedad
y sus potreros de desventura,
y no nos entenderemos nosotros, porque todo ha sido inútil y se ha perdido:
un traje, heroico de terrores, cubriendo tiempos eternos, y el infinito alimento provinciano,
morir en colchón, enormemente estupendo y afligido,
rempujando amargos carros de tercera, rempujando empeños, rempujando
cantando, rempujando abismos, rempujando palomas, abandonados,
porque el que se muere es él y su corazón, el que se muere, entonces,
y a quien invaden las poderosas arenas, el mar océano, su caballo gris, y la
perla obscura, que está dentro de la naranja,
aunque se designe Lucho o Domingo o Pancho.
Los que ardientes y alegres estábamos,
cabelleras de sepultura arrastrando, nos iremos descomponiendo y haciendo aceite,
haciendo narices, haciendo gusanos, haciendo historia,
hasta que quedemos desnudos, sin carne, sin entrañas, sin huesos,
nosotros, sin nosotros,
solamente un agujero de lo que fuimos, cuando con esto éramos esta misma lengua,
cuando ni siquiera el hombre
nunca fue lo que quería y lo que podía, nunca,
y toma, también, hacia la vida dispersa,
cansado e insatisfecho, como los caballos del idealista.
Allí, una sola uva será igual a una culebra y a una idea, o a un becerro de parafina,
y el escorpión sobre muchachas en violeta,
o anidará la araña religiosa en cuna de pájaro, desnudándose;
deshojando sus árboles, los acontecimientos
cubrirán el rol de la hoja caída, su silabario amarillo;
a tal altura, miserables botellas de soldado,
la espantosa necesidad de agarrarse a los propios suspiros, arañándolos
colchón abajo,
derrumbándose,
cuando inicia la agonía su invasión de naufragio, de
inundación tremenda,
y pierden los muebles hecho, empieza a hacerse uno todo girando, gritando,
rodando en vorágine,
para que caiga ahí el difunto en su pellejo.
Rosas sobre negro y negros pueblos de viento,
amargura en fermentación de adioses, temporal de tripas a las
lágrimas, creciendo los pelos en la obscuridad su alarido.
No digamos el porvenir de sollozos,
cuando la futura ciudad con nosotros cal y cemento organice,
entonces, soledad colosal del átomo,
contra nuestra forma y su ámbito: su ámbito, ¡oh!
naufragado corazón,
la intimidad desencadenada,
su no oído grito, su grito tenaz, su grito de sangre que perece,
recuperando el terror inicial.
Solamente, no haber podido nunca comprender adentro, en los huesos,
que lo substancial no somos nosotros, nuestro proceder, nuestros zapatos,
nuestros amores, nuestros sentidos, nuestras costillas, nuestras ideas,
sino el universo infinito y la sociedad aclamándolo,
la energía histórico-dialéctica, expresándose
por la persona y la transitoriedad de la persona,
sobre estos atados turbios y polvorosos,
que pudiesen ser manzanas o pólvora grande,
la afligida costumbre, el héroe,
lo abandonado, lo obscuro y copretérito en las burocracias acumuladas,
el afán de afanes, tantas cosas duras con pecho rosado,
en las que ubicamos nuestro poderoso amor y su látigo — y a
alga marina su calzón echaba aroma-,
porque la abrazábamos desnuda, se ponía más bonita,
riéndose, blanca como plata o como agua, al agitar la bandera
negra del pelo contra los desiertos,
encima de éste, aquéste montón de terror en el que nos morimos.
He ahí la conciencia y el ser, mezclándose de árboles
incendiados y panoramas, a la canción pretérita,
revolviendo sesos y versos en la memoria —un grande espacio—, y entra el muerto
a la izquierda, y aquel pájaro en cántico de los álamos del cementerio,
peleando con nosotros, agusanados, como sardina podrida, o embalsamados
en caricatura de almacén triste,
Porque tiene gusto a muerte la comida,
y olor a adiós y a muerte la piel y todos los negocios,
la fruta, la plata, la ropa, la sepultura,
y sólo la hoz y el martillo nos alumbran la materia,
como grandes casas de hierro con incendio.
a la ribera del pan y su situación aldeana de sombrero de sol,
contra empleados grandes o desesperados
y viudas terribles, que desprenden cabellos de estructura amarilla,
así moriremos, tal vez, al bramar contra la montaña.
Después de haber gastado electricidad y pantalones,
sudando terror y dignidad de asesino al cual van a fusilar los aterrados
soldados,
y mirando, con la dentadura repleta de misterio,
cómo la querida mujer ya estará ruinosa y rajada de años,
y enormemente
grandiosa de grandiosidad inútil,
y aprieta su triste carne contra las murallas,
o estará llena de llamas, como en la época del durazno
que fue paloma, y cuando nos miramos ante un muerto.
Se destruye la esperanza humana, la azucena,
y su escudo va corroyéndose de herrumbre entre azules tiestos
y serios difuntos
en espectáculo,
luego se gasta la gana llevada adentro
y unos orines con cementerio azotan este sepulcro de condición
boreal, que el catre parece,
resonando.
No haber bebido,
¡ah!, no haber bebido más tinajas del principal vino tinto,
del substancial elemento de abejas
eternas,
no haber tenido el cintunón del general de tribu,
y aquella gran cama tirada de mundo a mundo,
en donde creciesen bestias agrestes,
abejas de funeral, panteras del tormento a la guitarra, relampagueando,
y una gran espada roja
con la cual escribir la revolución proletaria,
y, en aquellos millones de atardeceres,
en los que nos sacamos los zapatos, sollozando,
no haber venido la luna desnuda
que florece, eternamente, a consolar a los moribundos.
A la criatura, cómo se le despluma y cómo se le inunda,
a la simultaneidad, el reflejo
de materia de sepulcro,
porque es lúgubre cuando fallan las glándulas,
y en lo hondo del hígado del hombre se deshojan las violetas.
Hay que poseer el heroísmo de agonizar correctamente,
clavando los dedos de los ojos y su puñal en la tiniebla acumulada,
sin abandonar la voluntad de podrirse.
Ahora, si sabemos de qué manera las plantas de los pies rajan
la miseria solar y alguna vez le oímos la bala a la tumba,
y el oro y el hecho en la garganta se nos va a atajar.
Si catre de bronce adquiere, morirá el burócrata contento como gusano,
con la lengua afuera entre la familia,
enderezando su conciencia de bruto y de pájaro y de siervo,
como quien levanta la casa
y la va a ubicar en donde concluyen las cosas.
Se apagaron todas las lámparas, gotea el viento, y el sol toma
la forma del embudo.
En aquel entonces entenderemos al que asaltó y degolló a la humanidad para comprarle
laureles a su amiga,
al que edificó su tribu en la plaza pública gritando como acero,
al que desgarró mujeres y naciones y se revolcó con todos los relámpagos, en la sociedad
y sus potreros de desventura,
y no nos entenderemos nosotros, porque todo ha sido inútil y se ha perdido:
un traje, heroico de terrores, cubriendo tiempos eternos, y el infinito alimento provinciano,
morir en colchón, enormemente estupendo y afligido,
rempujando amargos carros de tercera, rempujando empeños, rempujando
cantando, rempujando abismos, rempujando palomas, abandonados,
porque el que se muere es él y su corazón, el que se muere, entonces,
y a quien invaden las poderosas arenas, el mar océano, su caballo gris, y la
perla obscura, que está dentro de la naranja,
aunque se designe Lucho o Domingo o Pancho.
Los que ardientes y alegres estábamos,
cabelleras de sepultura arrastrando, nos iremos descomponiendo y haciendo aceite,
haciendo narices, haciendo gusanos, haciendo historia,
hasta que quedemos desnudos, sin carne, sin entrañas, sin huesos,
nosotros, sin nosotros,
solamente un agujero de lo que fuimos, cuando con esto éramos esta misma lengua,
cuando ni siquiera el hombre
nunca fue lo que quería y lo que podía, nunca,
y toma, también, hacia la vida dispersa,
cansado e insatisfecho, como los caballos del idealista.
Allí, una sola uva será igual a una culebra y a una idea, o a un becerro de parafina,
y el escorpión sobre muchachas en violeta,
o anidará la araña religiosa en cuna de pájaro, desnudándose;
deshojando sus árboles, los acontecimientos
cubrirán el rol de la hoja caída, su silabario amarillo;
a tal altura, miserables botellas de soldado,
la espantosa necesidad de agarrarse a los propios suspiros, arañándolos
colchón abajo,
derrumbándose,
cuando inicia la agonía su invasión de naufragio, de
inundación tremenda,
y pierden los muebles hecho, empieza a hacerse uno todo girando, gritando,
rodando en vorágine,
para que caiga ahí el difunto en su pellejo.
Rosas sobre negro y negros pueblos de viento,
amargura en fermentación de adioses, temporal de tripas a las
lágrimas, creciendo los pelos en la obscuridad su alarido.
No digamos el porvenir de sollozos,
cuando la futura ciudad con nosotros cal y cemento organice,
entonces, soledad colosal del átomo,
contra nuestra forma y su ámbito: su ámbito, ¡oh!
naufragado corazón,
la intimidad desencadenada,
su no oído grito, su grito tenaz, su grito de sangre que perece,
recuperando el terror inicial.
Solamente, no haber podido nunca comprender adentro, en los huesos,
que lo substancial no somos nosotros, nuestro proceder, nuestros zapatos,
nuestros amores, nuestros sentidos, nuestras costillas, nuestras ideas,
sino el universo infinito y la sociedad aclamándolo,
la energía histórico-dialéctica, expresándose
por la persona y la transitoriedad de la persona,
sobre estos atados turbios y polvorosos,
que pudiesen ser manzanas o pólvora grande,
la afligida costumbre, el héroe,
lo abandonado, lo obscuro y copretérito en las burocracias acumuladas,
el afán de afanes, tantas cosas duras con pecho rosado,
en las que ubicamos nuestro poderoso amor y su látigo — y a
alga marina su calzón echaba aroma-,
porque la abrazábamos desnuda, se ponía más bonita,
riéndose, blanca como plata o como agua, al agitar la bandera
negra del pelo contra los desiertos,
encima de éste, aquéste montón de terror en el que nos morimos.
He ahí la conciencia y el ser, mezclándose de árboles
incendiados y panoramas, a la canción pretérita,
revolviendo sesos y versos en la memoria —un grande espacio—, y entra el muerto
a la izquierda, y aquel pájaro en cántico de los álamos del cementerio,
peleando con nosotros, agusanados, como sardina podrida, o embalsamados
en caricatura de almacén triste,
Porque tiene gusto a muerte la comida,
y olor a adiós y a muerte la piel y todos los negocios,
la fruta, la plata, la ropa, la sepultura,
y sólo la hoz y el martillo nos alumbran la materia,
como grandes casas de hierro con incendio.
547
1
Pablo Neruda
La Gota Viva Del Azogue
La gota viva del azogue
corre hacia abajo o hacia siempre?
Mi poesía desdichada
mirará con los ojos míos?
Tendré mi olor y mis dolores
cuando yo duerma destruido?
corre hacia abajo o hacia siempre?
Mi poesía desdichada
mirará con los ojos míos?
Tendré mi olor y mis dolores
cuando yo duerma destruido?
869
1
Pablo Neruda
No Será La Muerte Por Fin
No será la muerte por fin
una cocina interminable?
Qué harán tus huesos disgregados,
buscarán otra vez tu forma?
Se fundirá tu destrucción
en otra voz y en otra luz?
Formarán parte tus gusanos
de perros o de mariposas?
una cocina interminable?
Qué harán tus huesos disgregados,
buscarán otra vez tu forma?
Se fundirá tu destrucción
en otra voz y en otra luz?
Formarán parte tus gusanos
de perros o de mariposas?
991
1
Pablo Neruda
Oda A La Guitarra
Delgada
línea pura
de corazón sonoro,
eres la claridad cortada al vuelo:
cantando sobrevives:
todo se irá menos tu forma.
No sé si el llanto ronco
que de ti se desploma,
tus toques de tambor, tu
enjambre de alas,
será de ti lo mío,
o si eres
en silencio
más decididamente arrobadora,
sistema de paloma
o de cadera,
molde que de su espuma
resucita
y aparece, turgente, reclinada
y resurrecta rosa.
Debajo de una higuera,
cerca del ronco y raudo Bío Bío,
guitarra,
saliste de tu nido como un ave
y a unas manos
morenas
entregaste
las citas enterradas,
los sollozos oscuros,
la cadena sin fin de los adioses.
De ti salía el canto,
el matrimonio
que el hombre
consumó con su guitarra,
los olvidados besos,
la inolvidable ingrata,
y así se transformó
la noche entera
en estrellada caja
de guitarra,
temblando el firmamento
con su copa sonora
y el río
sus infinitas cuerdas
afinaba
arrastrando hacia el mar
una marea pura
de aromas y lamentos.
Oh soledad sabrosa
con noche venidera,
soledad como el pan terrestre,
soledad con un río de guitarras!
El mundo se recoge
en una sola gota
de miel, en una estrella,
todo es azul entre las hojas,
toda la altura temblorosa
canta.
Y la mujer que toca
la tierra y la guitarra
lleva en su voz
el duelo
y la alegría
de la profunda hora.
El tiempo y la distancia
caen a la guitarra:
somos un sueño,
un canto
entrecortado:
el corazón campestre
se va por los caminos a caballo:
sueña y sueña la noche y su silencio,
canta y canta la tierra y su guitarra.
línea pura
de corazón sonoro,
eres la claridad cortada al vuelo:
cantando sobrevives:
todo se irá menos tu forma.
No sé si el llanto ronco
que de ti se desploma,
tus toques de tambor, tu
enjambre de alas,
será de ti lo mío,
o si eres
en silencio
más decididamente arrobadora,
sistema de paloma
o de cadera,
molde que de su espuma
resucita
y aparece, turgente, reclinada
y resurrecta rosa.
Debajo de una higuera,
cerca del ronco y raudo Bío Bío,
guitarra,
saliste de tu nido como un ave
y a unas manos
morenas
entregaste
las citas enterradas,
los sollozos oscuros,
la cadena sin fin de los adioses.
De ti salía el canto,
el matrimonio
que el hombre
consumó con su guitarra,
los olvidados besos,
la inolvidable ingrata,
y así se transformó
la noche entera
en estrellada caja
de guitarra,
temblando el firmamento
con su copa sonora
y el río
sus infinitas cuerdas
afinaba
arrastrando hacia el mar
una marea pura
de aromas y lamentos.
Oh soledad sabrosa
con noche venidera,
soledad como el pan terrestre,
soledad con un río de guitarras!
El mundo se recoge
en una sola gota
de miel, en una estrella,
todo es azul entre las hojas,
toda la altura temblorosa
canta.
Y la mujer que toca
la tierra y la guitarra
lleva en su voz
el duelo
y la alegría
de la profunda hora.
El tiempo y la distancia
caen a la guitarra:
somos un sueño,
un canto
entrecortado:
el corazón campestre
se va por los caminos a caballo:
sueña y sueña la noche y su silencio,
canta y canta la tierra y su guitarra.
1.293
1
Pablo Neruda
Estatuto Del Vino
Cuando a regiones, cuando a sacrificios
manchas moradas como lluvias caen,
el vino abre las puertas con asombro,
y en el refugio de los meses vuela
su cuerpo de empapadas alas rojas.
Sus pies tocan los muros y las tejas
con humedad de lenguas anegadas,
y sobre el filo del día desnudo
sus abejas en gotas van cayendo.
Yo sé que el vino no huye dando gritos
a la llegada del invierno,
ni se esconde en iglesias tenebrosas
a buscar fuego en trapos derrumbados,
sino que vuela sobre la estación,
sobre el invierno que ha llegado ahora
con un puñal entre las cejas duras.
Yo veo vagos sueños,
yo reconozco lejos,
y miro frente a mí, detrás de los cristales,
reuniones de ropas desdichadas.
A ellas la bala del vino no llega,
su amapola eficaz, su rayo rojo
mueren ahogados en tristes tejidos,
y se derrama por canales solos,
por calles húmedas, por ríos sin nombre,
el vino amargamente sumergido,
el vino ciego y subterráneo y solo.
Yo estoy de pie en su espuma y sus raíces,
yo lloro en su follaje y en sus muertos,
acompañado de sastres caídos
en medio del invierno deshonrado,
yo subo escalas de humedad y sangre
tanteando las paredes,
y en la congoja del tiempo que llega
sobre una piedra me arrodillo y lloro.
Y hacia túneles acres me encamino
vestido de metales transitorios,
hacia bodegas solas, hacia sueños,
hacia betunes verdes que palpitan,
hacia herrerías desinteresadas,
hacia sabores de lodo y garganta,
hacia imperecederas mariposas.
Entonces surgen los hombres del vino
vestidos de morados cinturones
y sombreros de abejas derrotadas,
y traen copas llenas de ojos muertos,
y terribles espadas de salmuera,
y con roncas bocinas se saludan
cantando cantos de intención nupcial.
Me gusta el canto ronco de los hombres del vino,
y el ruido de mojadas monedas en la mesa,
y el olor de zapatos y de uvas
y de vómitos verdes:
me gusta el canto ciego de los hombres,
y ese sonido de sal que golpea
las paredes del alba moribunda.
Hablo de cosas que existen, Dios me libre
de inventar cosas cuando estoy cantando!
Hablo de la saliva derramada en los muros,
hablo de lentas medias de ramera,
hablo del coro de los hombres del vino
golpeando el ataúd con un hueso de pájaro.
Estoy en medio de ese canto, en medio
del invierno que rueda por las calles,
estoy en medio de los bebedores,
con los ojos abiertos hacia olvidados sitios,
o recordando en delirante luto,
o durmiendo en cenizas derribado.
Recordando noches, navíos, sementeras,
amigos fallecidos, circunstancias,
amargos hospitales y niñas entreabiertas:
recordando un golpe de ola en cierta roca
con un adorno de harina y espuma,
y la vida que hace uno en ciertos países,
en ciertas costas solas,
un sonido de estrellas en las palmeras,
un golpe del corazón en los vidrios,
un tren que cruza oscuro de ruedas malditas
y muchas cosas tristes de esta especie.
A la humedad del vino, en las mañanas,
en las paredes a menudo mordidas por los días de invierno
que caen en bodegas sin duda solitarias,
a esa virtud del vino llegan luchas,
y cansados metales y sordas dentaduras,
y hay un tumulto de objeciones rotas,
hay un furioso llanto de botellas,
y un crimen, como un látigo caído.
El vino clava sus espinas negras,
y sus erizos lúgubres pasea,
entre puñales, entre mediasnoches,
entre roncas gargantas arrastradas,
entre cigarros y torcidos pelos,
y como ola de mar su voz aumenta
aullando llanto y manos de cadáver.
Y entonces corre el vino perseguido
y sus tenaces odres se destrozan
contra las herraduras, y va el vino en silencio,
y sus toneles, en heridos buques en donde el aire muerde
rostros, tripulaciones de silencio,
y el vino huye por las carreteras,
por las iglesias, entre los carbones,
y se caen sus plumas de amaranto,
y se disfraza de azufre su boca,
y el vino ardiendo entre calles usadas,
buscando pozos, túneles, hormigas,
bocas de tristes muertos,
por donde ir al azul de la tierra
en donde se confunden la lluvia y los ausentes.
manchas moradas como lluvias caen,
el vino abre las puertas con asombro,
y en el refugio de los meses vuela
su cuerpo de empapadas alas rojas.
Sus pies tocan los muros y las tejas
con humedad de lenguas anegadas,
y sobre el filo del día desnudo
sus abejas en gotas van cayendo.
Yo sé que el vino no huye dando gritos
a la llegada del invierno,
ni se esconde en iglesias tenebrosas
a buscar fuego en trapos derrumbados,
sino que vuela sobre la estación,
sobre el invierno que ha llegado ahora
con un puñal entre las cejas duras.
Yo veo vagos sueños,
yo reconozco lejos,
y miro frente a mí, detrás de los cristales,
reuniones de ropas desdichadas.
A ellas la bala del vino no llega,
su amapola eficaz, su rayo rojo
mueren ahogados en tristes tejidos,
y se derrama por canales solos,
por calles húmedas, por ríos sin nombre,
el vino amargamente sumergido,
el vino ciego y subterráneo y solo.
Yo estoy de pie en su espuma y sus raíces,
yo lloro en su follaje y en sus muertos,
acompañado de sastres caídos
en medio del invierno deshonrado,
yo subo escalas de humedad y sangre
tanteando las paredes,
y en la congoja del tiempo que llega
sobre una piedra me arrodillo y lloro.
Y hacia túneles acres me encamino
vestido de metales transitorios,
hacia bodegas solas, hacia sueños,
hacia betunes verdes que palpitan,
hacia herrerías desinteresadas,
hacia sabores de lodo y garganta,
hacia imperecederas mariposas.
Entonces surgen los hombres del vino
vestidos de morados cinturones
y sombreros de abejas derrotadas,
y traen copas llenas de ojos muertos,
y terribles espadas de salmuera,
y con roncas bocinas se saludan
cantando cantos de intención nupcial.
Me gusta el canto ronco de los hombres del vino,
y el ruido de mojadas monedas en la mesa,
y el olor de zapatos y de uvas
y de vómitos verdes:
me gusta el canto ciego de los hombres,
y ese sonido de sal que golpea
las paredes del alba moribunda.
Hablo de cosas que existen, Dios me libre
de inventar cosas cuando estoy cantando!
Hablo de la saliva derramada en los muros,
hablo de lentas medias de ramera,
hablo del coro de los hombres del vino
golpeando el ataúd con un hueso de pájaro.
Estoy en medio de ese canto, en medio
del invierno que rueda por las calles,
estoy en medio de los bebedores,
con los ojos abiertos hacia olvidados sitios,
o recordando en delirante luto,
o durmiendo en cenizas derribado.
Recordando noches, navíos, sementeras,
amigos fallecidos, circunstancias,
amargos hospitales y niñas entreabiertas:
recordando un golpe de ola en cierta roca
con un adorno de harina y espuma,
y la vida que hace uno en ciertos países,
en ciertas costas solas,
un sonido de estrellas en las palmeras,
un golpe del corazón en los vidrios,
un tren que cruza oscuro de ruedas malditas
y muchas cosas tristes de esta especie.
A la humedad del vino, en las mañanas,
en las paredes a menudo mordidas por los días de invierno
que caen en bodegas sin duda solitarias,
a esa virtud del vino llegan luchas,
y cansados metales y sordas dentaduras,
y hay un tumulto de objeciones rotas,
hay un furioso llanto de botellas,
y un crimen, como un látigo caído.
El vino clava sus espinas negras,
y sus erizos lúgubres pasea,
entre puñales, entre mediasnoches,
entre roncas gargantas arrastradas,
entre cigarros y torcidos pelos,
y como ola de mar su voz aumenta
aullando llanto y manos de cadáver.
Y entonces corre el vino perseguido
y sus tenaces odres se destrozan
contra las herraduras, y va el vino en silencio,
y sus toneles, en heridos buques en donde el aire muerde
rostros, tripulaciones de silencio,
y el vino huye por las carreteras,
por las iglesias, entre los carbones,
y se caen sus plumas de amaranto,
y se disfraza de azufre su boca,
y el vino ardiendo entre calles usadas,
buscando pozos, túneles, hormigas,
bocas de tristes muertos,
por donde ir al azul de la tierra
en donde se confunden la lluvia y los ausentes.
1.229
1
Octavio Paz
Monólogo
Bajo las rotas columnas,
entre la nada y el sueño,
cruzan mis horas insomnes
las sílabas de tu nombre.
Tu largo pelo rojizo,
relámpago del verano,
vibra con dulce violencia
en la espalda de la noche.
Corriente oscura del sueño
que mana entre las rüinas
y te construye de nada:
amargas trenzas, olvido,
húmeda costa nocturna
donde se tiende y golpea
un mar sonámbulo, ciego.
entre la nada y el sueño,
cruzan mis horas insomnes
las sílabas de tu nombre.
Tu largo pelo rojizo,
relámpago del verano,
vibra con dulce violencia
en la espalda de la noche.
Corriente oscura del sueño
que mana entre las rüinas
y te construye de nada:
amargas trenzas, olvido,
húmeda costa nocturna
donde se tiende y golpea
un mar sonámbulo, ciego.
836
1
Nicomedes Santa Cruz
Ritmos Negros Del Perú
Ritmos de la esclavitud
Contra amarguras y penas.
Al compás de las cadenas
Ritmos negros del Perú.
De África llegó mi abuela
vestida con caracoles,
la trajeron lo` epañoles
en un barco carabela.
La marcaron con candela,
la carimba fue su cruz.
Y en América del Sur
al golpe de sus dolores
dieron los negros tambores
ritmos de la esclavitud
Por una moneda sola
la revendieron en Lima
y en la Hacienda “La Molina”
sirvió a la gente española.
Con otros negros de Angola
ganaron por sus faenas
zancudos para sus venas
para dormir duro suelo
y naíta`e consuelo
contra amarguras y penas...
En la plantación de caña
nació el triste socavón,
en el trapiche de ron
el negro cantó la zaña.
El machete y la guadaña
curtió sus manos morenas;
y los indios con sus quenas
y el negro con tamborete
cantaron su triste suerte
al compás de las cadenas.
Murieron los negros viejos
pero entre la caña seca
se escucha su zamacueca
y el panalivio muy lejos.
Y se escuchan los festejos
que cantó en su juventud.
De Cañete a Tombuctú,
De Chancay a Mozambique
llevan sus claros repiques
ritmos negros del Perú.
Contra amarguras y penas.
Al compás de las cadenas
Ritmos negros del Perú.
De África llegó mi abuela
vestida con caracoles,
la trajeron lo` epañoles
en un barco carabela.
La marcaron con candela,
la carimba fue su cruz.
Y en América del Sur
al golpe de sus dolores
dieron los negros tambores
ritmos de la esclavitud
Por una moneda sola
la revendieron en Lima
y en la Hacienda “La Molina”
sirvió a la gente española.
Con otros negros de Angola
ganaron por sus faenas
zancudos para sus venas
para dormir duro suelo
y naíta`e consuelo
contra amarguras y penas...
En la plantación de caña
nació el triste socavón,
en el trapiche de ron
el negro cantó la zaña.
El machete y la guadaña
curtió sus manos morenas;
y los indios con sus quenas
y el negro con tamborete
cantaron su triste suerte
al compás de las cadenas.
Murieron los negros viejos
pero entre la caña seca
se escucha su zamacueca
y el panalivio muy lejos.
Y se escuchan los festejos
que cantó en su juventud.
De Cañete a Tombuctú,
De Chancay a Mozambique
llevan sus claros repiques
ritmos negros del Perú.
2.122
1
Marilina Rébora
Renacer
Estoy sola, Señor, y hay mucha gente en torno,
estoy triste —no obstante la riente algazara—
y mi imagen es débil, perdida, sin contorno,
bien que la luz del sol le dé sobre la cara.
Temerosa, Señor, del más humilde adorno
y de otras tantas cosas que el mundo nos depara,
pienso en la noche próxima del viaje sin retorno,
el instante postrero que a todos nos separa.
Mas te siento, Señor, junto a mí por momentos,
tu divina presencia ilumina el ambiente
y percibo que vuelven a su ritmo mis días,
para que así se acaben entonces mis lamentos,
renaciendo a mi propia existencia sonriente
pues que Tú me regalas con nuevas alegrías.
estoy triste —no obstante la riente algazara—
y mi imagen es débil, perdida, sin contorno,
bien que la luz del sol le dé sobre la cara.
Temerosa, Señor, del más humilde adorno
y de otras tantas cosas que el mundo nos depara,
pienso en la noche próxima del viaje sin retorno,
el instante postrero que a todos nos separa.
Mas te siento, Señor, junto a mí por momentos,
tu divina presencia ilumina el ambiente
y percibo que vuelven a su ritmo mis días,
para que así se acaben entonces mis lamentos,
renaciendo a mi propia existencia sonriente
pues que Tú me regalas con nuevas alegrías.
1.086
1
Miguel Hernández
Llegó Con Tres Heridas
Llegó con tres heridas:
la del amor,
la de la muerte,
la de la vida.
Con tres heridas viene:
la de la vida,
la del amor,
la de la muerte.
Con tres heridas yo:
la de la vida,
la de la muerte,
la del amor.
la del amor,
la de la muerte,
la de la vida.
Con tres heridas viene:
la de la vida,
la del amor,
la de la muerte.
Con tres heridas yo:
la de la vida,
la de la muerte,
la del amor.
1.006
1
Mario Benedetti
Recién Nacido
Ignorante del mundo y de sí mismo
deja el recién nacido su caverna
lejos y cerca de la piel materna
inaugura el candor de su egoísmo
mira en su entorno y es un espejismo /
la apenas asumida vida externa
no es todavía despiadada o tierna
pero ya muestra señas del abismo
aprenderá sin duda ese paisaje
que poco a poco en niebla se convierte
y empezará a enterarse del mensaje
donde estará la clave de su suerte /
ya ha reservado sitio para el viaje
sutil e inexorable hacia la muerte
deja el recién nacido su caverna
lejos y cerca de la piel materna
inaugura el candor de su egoísmo
mira en su entorno y es un espejismo /
la apenas asumida vida externa
no es todavía despiadada o tierna
pero ya muestra señas del abismo
aprenderá sin duda ese paisaje
que poco a poco en niebla se convierte
y empezará a enterarse del mensaje
donde estará la clave de su suerte /
ya ha reservado sitio para el viaje
sutil e inexorable hacia la muerte
4.552
1
Jaime Torres Bodet
Continuidad
No has muerto. Has vuelto a mí. Lo que en la tierra
—donde una parte de tu ser reposa—
sepultaron los hombres, no te encierra;
porque yo soy tu verdadera fosa.
Dentro de esta inquietud del alma ansiosa
que me diste al nacer, sigues en guerra
contra la insaciedad que nos acosa
y que, desde la cuna, nos destierra.
Vives en lo que pienso, en lo que digo,
y con vida tan honda que no hay centro,
hora y lugar en que no estés conmigo;
pues te clavó la muerte tan adentro
del corazón filial con que te abrigo
que, mientras más me busco, más te encuentro.
—donde una parte de tu ser reposa—
sepultaron los hombres, no te encierra;
porque yo soy tu verdadera fosa.
Dentro de esta inquietud del alma ansiosa
que me diste al nacer, sigues en guerra
contra la insaciedad que nos acosa
y que, desde la cuna, nos destierra.
Vives en lo que pienso, en lo que digo,
y con vida tan honda que no hay centro,
hora y lugar en que no estés conmigo;
pues te clavó la muerte tan adentro
del corazón filial con que te abrigo
que, mientras más me busco, más te encuentro.
2.456
1
Jaime Sabines
Hay Un Modo De Que Me Hagas Completamente Feliz
Hay un modo de que me hagas completamente feliz, amor mío: muérete.
922
1
José Antonio Ramos Sucre
Preludio
PRELUDIO
Yo quisiera estar entre vacías tinieblas, porque el mundo
lastima cruelmente mis sentidos y la vida me aflige, impertinente amada
que me cuenta amarguras.
Entonces me habrán abandonado los recuerdos: ahora huyen y
vuelven con el ritmo de infatigables olas y son lobos aullantes en la
noche que cubre el desierto de nieve.
El movimiento, signo molesto de la realidad, respeta mi
fantástico asilo; mas yo lo habré escalado de brazo con
la muerte. Ella es una blanca Beatriz, y, de pies sobre el creciente de
la luna, visitará la mar de mis dolores. Bajo su hechizo
reposaré eternamente y no lamentaré más la
ofendida belleza ni el imposible amor.
Yo quisiera estar entre vacías tinieblas, porque el mundo
lastima cruelmente mis sentidos y la vida me aflige, impertinente amada
que me cuenta amarguras.
Entonces me habrán abandonado los recuerdos: ahora huyen y
vuelven con el ritmo de infatigables olas y son lobos aullantes en la
noche que cubre el desierto de nieve.
El movimiento, signo molesto de la realidad, respeta mi
fantástico asilo; mas yo lo habré escalado de brazo con
la muerte. Ella es una blanca Beatriz, y, de pies sobre el creciente de
la luna, visitará la mar de mis dolores. Bajo su hechizo
reposaré eternamente y no lamentaré más la
ofendida belleza ni el imposible amor.
798
1
José Antonio Ramos Sucre
El Error Vespertino
EL ERROR VESPERTINO
Unos jinetes bravíos me escoltaban durante la
visita al país de las ruinas legendarias. Nos detuvimos a
maravillar los arabescos y perfiles de un puente de arcos ojivales.
Invadimos la ciudad fatídica por una avenida
de cipreses violados. Yo me extasiaba en el ambiente de pureza, a la
vista de un cielo de tintes ideales. La imagen de un alminar brillante
se dibujaba en el río de linfas indolentes.
Yo adelantaba, peregrino del desencanto, en el
sosiego inverosímil.
Un cortejo nupcial, pregonado por los sones de una
melodía sensible, me despertó del ensueño, me
volvió a la presencia del infortunio. La joven se dirigía
al cautiverio en un carro de usanza agreste.
Yo traté de seguir los vestigios sutiles del
cortejo a la luz del crepúsculo de éter y me
encontré solo y a ciegas en el circuito de unas tumbas
idénticas.
Unos jinetes bravíos me escoltaban durante la
visita al país de las ruinas legendarias. Nos detuvimos a
maravillar los arabescos y perfiles de un puente de arcos ojivales.
Invadimos la ciudad fatídica por una avenida
de cipreses violados. Yo me extasiaba en el ambiente de pureza, a la
vista de un cielo de tintes ideales. La imagen de un alminar brillante
se dibujaba en el río de linfas indolentes.
Yo adelantaba, peregrino del desencanto, en el
sosiego inverosímil.
Un cortejo nupcial, pregonado por los sones de una
melodía sensible, me despertó del ensueño, me
volvió a la presencia del infortunio. La joven se dirigía
al cautiverio en un carro de usanza agreste.
Yo traté de seguir los vestigios sutiles del
cortejo a la luz del crepúsculo de éter y me
encontré solo y a ciegas en el circuito de unas tumbas
idénticas.
377
1
Juan Meléndez Valdés
Oda Vi A Dorila
¡Cómo se van las horas,
y tras ellas los días
y los floridos años
de nuestra dulce vida!
Luego la vejez viene,
del amor enemiga,
y entre fúnebres sombras
la muerte se avecina,
con pálidos temblores
aguándonos las dichas:
que escuálida y temblando,
fea, informe, amarilla,
nos aterra, y apaga
nuestros fuegos y dichas.
El cuerpo se entorpece,
los ayes nos fatigan,
nos huyen los placeres
y deja la alegría.
Pues si esto nos espera,
¿para qué, mi Dorila,
son los floridos años
de nuestra dulce vida?
Para vinos y bailes
y amorosas delicias
Citeres los señala
Cupido los destina.
¡Pues ay! ¿qué te detienes?
Ven, ven, paloma mía,
debajo de estas parras
do el Céfiro suspira;
y entre ducles cantares
y sabrosa bebida
de la niñez gocemos,
pues vuela tan aprisa.
y tras ellas los días
y los floridos años
de nuestra dulce vida!
Luego la vejez viene,
del amor enemiga,
y entre fúnebres sombras
la muerte se avecina,
con pálidos temblores
aguándonos las dichas:
que escuálida y temblando,
fea, informe, amarilla,
nos aterra, y apaga
nuestros fuegos y dichas.
El cuerpo se entorpece,
los ayes nos fatigan,
nos huyen los placeres
y deja la alegría.
Pues si esto nos espera,
¿para qué, mi Dorila,
son los floridos años
de nuestra dulce vida?
Para vinos y bailes
y amorosas delicias
Citeres los señala
Cupido los destina.
¡Pues ay! ¿qué te detienes?
Ven, ven, paloma mía,
debajo de estas parras
do el Céfiro suspira;
y entre ducles cantares
y sabrosa bebida
de la niñez gocemos,
pues vuela tan aprisa.
2.390
1
José Martí
Yo Ni De Dioses
Yo ni de dioses ni de filtro tengo
Fuerzas maravillosas: he vivido,
¡Y la divinidad está en la vida! :
¡Mira si no la frente de los viejos!
Estréchame la mano: no, no esperes
A que yo te la tienda: ¡yo sabía
Antes tenderla, de mi hermoso modo
Que envolvía en sombra de amor el Universo!
Hoy, ya no puedo alzarla de la piedra,
Donde me siento: aunque el corazón en
Plumas nuevas se viste y tiende el ala.
¡No acaba el alma humana en este mundo!
Ya cual bucles de piedra, en mi mondado
Cráneo cuelgan mis últimos cabellos;
¡Pero debajo no! ¡debajo vibra
Todo el fuego magnifico y sonoro
Que mantiene la tierra!
¡Ven y toma
Esta mano que ha visto mucha pena!
Dicen que así verás lo que yo he visto.
¡Aprieta bien, aprieta bien mi mano! —
¡Es bueno ir de la mano de los jóvenes!
¡Ahí, de sombra a luz, crece la vida!
¡Déjame divagar: la mente vaga
Como las nubes, madres de la tierra!
Mozo, ven, pues: ase mi mano y mira:
Aquí están, a tus ojos, en hilera,
Frías y dormidas como estatuas, todas
Las que de amor el pecho te han movido:
¡Las llaves falsas, Jóveno, del cielo!
Una no más sencillamente lo abre
Como nuestro dominio: pero nota
Como estas barbas a la tierra llegan
Blancas y ensangrentadas, y aún no topo
Con la que me pudiera abrir el cielo.
En cambio, mira a mi redor: la tierra
Está amasada con las llaves rotas
Con que he probado a abrirlo: — ¡y que éste es todo
El mundo dicen los bellacos luego!
¡Viene después un cierto olor de rosa,
Un trono en una nube, un vuelo vago,
Y un aire y una sangre hecha a besos!
¡Pompa de claridad la muerte miro!
¡Palpa cual, de pensarla, están calientes,
Finos, como si fuesen a una boda,
Ágiles como alas, y sedosos
Como la mocedad después del baño,
Estos bucles de piedra! Gruñes, gruñes
De estas cosas de viejo...
Ahí están todas
Las mujeres que amaste; llaves falsas
Con que en vano echa el hombre a abrir el cielo.
Por la magia sutil de mi experiencia
Las miro como son: cáscaras todas.
Esta de nácar, cual la Aurora brinda,
Humo como la Aurora: ésta de bronce:
Marfil ésta; ésa ébano; y aquélla,
¡De esos diestros barrillos italianos
De diversos colores...! ¡cuenta! Es fijo...
¿Cuántos años cumpliste? ¿Treinta? Es fijo
Que has amado, y es poco, a más de ciento:
¡Se hacen muy fácilmente y duran poco,
Las estatuas de cieno! Gruñes, gruñes
De estas cosas de viejo...
...¡A ver qué tienen
Las cáscaras por dentro! ¡Abajo, abajo
Esa hermosa de nácar! ¡qué riqueza
Viene al suelo de espalda y hombros finos!
¡Parece una onda de ópalo cuajada!
¡Sube un aroma que perfuma el viento,
Que me enciende la carne, que me anubla
El juicio, a tanta costa trabajado!
Pero vuélvela a diestra y siniestra,
A la luna y el sol: ¡no hay nada adentro!
¿Y en la de bronce? ¿qué hallas? ¡con
qué modo
Loco y ardiente buscas! aún humea
Esa de bronce en restos: ¿qué has hallado
Que con espanto tal la echas en tierra?
¡Ah, lo que corre el duende negro: un cerdo!
Y ¿esa? ¡una uña! Y ¿ésa? ¡ay!
una piedra
Mas dura que mis bucles: ¡la más terrible
Es esa de la piedra! Y ¿esta moza
Toda de colorines? ¡saca! ¡saca!
¡Esta por corazón tiene un vasillo
Hueco, forrado en láminas de modas!
¿Esa? ¡nada! ¿Esa? ¡nada! ¿Esa? Una
doble
Dentadura, y manchado cada diente
De una sangre distinta: ¡mata, mata!
¡Mata con el talón a esa culebra!
Y ¿ésa? ¡Una hamaca! Y ¿ésa, pues, la
última,
La postrer de las cien, qué le has hallado
Que le besas los pies, que la rehaces
De prisa con tus manos, que la cubres
Con sus mismos cabellos, que la amparas
Con tu cuerpo, que te echas de rodillas?
¿,Qué tienes? ¿,qué levantas en las manos
Lentamente como una ofrenda al cielo?
¿,Entrañas de mujer? No en vano el cielo
Con una luz tan suave se ilumina.
¡Eso es arpa: eso es sol...!
¿De cien mujeres, una con entrañas?
¡Abrázala! ¡arrebátala! con ella
Vive, que serás rey, doquier que vivas:
Cruza los bosques, que los lobos mismos
Su presa te darán, y acatamiento:
Cruza los mares, y las olas lomo
Blando te prestarán; los hombres cruza
Que no te morderán, aunque te juro
Que lo que ven lo muerden, y si es bello
Lo muerden más; y dondequier que muerden
Lo despedazan todo y envenenan.
¡ Ya no eres hombre, Jóveno, si hallaste
Una mujer amante! : o no — ¡ya lo eres!
Fuerzas maravillosas: he vivido,
¡Y la divinidad está en la vida! :
¡Mira si no la frente de los viejos!
Estréchame la mano: no, no esperes
A que yo te la tienda: ¡yo sabía
Antes tenderla, de mi hermoso modo
Que envolvía en sombra de amor el Universo!
Hoy, ya no puedo alzarla de la piedra,
Donde me siento: aunque el corazón en
Plumas nuevas se viste y tiende el ala.
¡No acaba el alma humana en este mundo!
Ya cual bucles de piedra, en mi mondado
Cráneo cuelgan mis últimos cabellos;
¡Pero debajo no! ¡debajo vibra
Todo el fuego magnifico y sonoro
Que mantiene la tierra!
¡Ven y toma
Esta mano que ha visto mucha pena!
Dicen que así verás lo que yo he visto.
¡Aprieta bien, aprieta bien mi mano! —
¡Es bueno ir de la mano de los jóvenes!
¡Ahí, de sombra a luz, crece la vida!
¡Déjame divagar: la mente vaga
Como las nubes, madres de la tierra!
Mozo, ven, pues: ase mi mano y mira:
Aquí están, a tus ojos, en hilera,
Frías y dormidas como estatuas, todas
Las que de amor el pecho te han movido:
¡Las llaves falsas, Jóveno, del cielo!
Una no más sencillamente lo abre
Como nuestro dominio: pero nota
Como estas barbas a la tierra llegan
Blancas y ensangrentadas, y aún no topo
Con la que me pudiera abrir el cielo.
En cambio, mira a mi redor: la tierra
Está amasada con las llaves rotas
Con que he probado a abrirlo: — ¡y que éste es todo
El mundo dicen los bellacos luego!
¡Viene después un cierto olor de rosa,
Un trono en una nube, un vuelo vago,
Y un aire y una sangre hecha a besos!
¡Pompa de claridad la muerte miro!
¡Palpa cual, de pensarla, están calientes,
Finos, como si fuesen a una boda,
Ágiles como alas, y sedosos
Como la mocedad después del baño,
Estos bucles de piedra! Gruñes, gruñes
De estas cosas de viejo...
Ahí están todas
Las mujeres que amaste; llaves falsas
Con que en vano echa el hombre a abrir el cielo.
Por la magia sutil de mi experiencia
Las miro como son: cáscaras todas.
Esta de nácar, cual la Aurora brinda,
Humo como la Aurora: ésta de bronce:
Marfil ésta; ésa ébano; y aquélla,
¡De esos diestros barrillos italianos
De diversos colores...! ¡cuenta! Es fijo...
¿Cuántos años cumpliste? ¿Treinta? Es fijo
Que has amado, y es poco, a más de ciento:
¡Se hacen muy fácilmente y duran poco,
Las estatuas de cieno! Gruñes, gruñes
De estas cosas de viejo...
...¡A ver qué tienen
Las cáscaras por dentro! ¡Abajo, abajo
Esa hermosa de nácar! ¡qué riqueza
Viene al suelo de espalda y hombros finos!
¡Parece una onda de ópalo cuajada!
¡Sube un aroma que perfuma el viento,
Que me enciende la carne, que me anubla
El juicio, a tanta costa trabajado!
Pero vuélvela a diestra y siniestra,
A la luna y el sol: ¡no hay nada adentro!
¿Y en la de bronce? ¿qué hallas? ¡con
qué modo
Loco y ardiente buscas! aún humea
Esa de bronce en restos: ¿qué has hallado
Que con espanto tal la echas en tierra?
¡Ah, lo que corre el duende negro: un cerdo!
Y ¿esa? ¡una uña! Y ¿ésa? ¡ay!
una piedra
Mas dura que mis bucles: ¡la más terrible
Es esa de la piedra! Y ¿esta moza
Toda de colorines? ¡saca! ¡saca!
¡Esta por corazón tiene un vasillo
Hueco, forrado en láminas de modas!
¿Esa? ¡nada! ¿Esa? ¡nada! ¿Esa? Una
doble
Dentadura, y manchado cada diente
De una sangre distinta: ¡mata, mata!
¡Mata con el talón a esa culebra!
Y ¿ésa? ¡Una hamaca! Y ¿ésa, pues, la
última,
La postrer de las cien, qué le has hallado
Que le besas los pies, que la rehaces
De prisa con tus manos, que la cubres
Con sus mismos cabellos, que la amparas
Con tu cuerpo, que te echas de rodillas?
¿,Qué tienes? ¿,qué levantas en las manos
Lentamente como una ofrenda al cielo?
¿,Entrañas de mujer? No en vano el cielo
Con una luz tan suave se ilumina.
¡Eso es arpa: eso es sol...!
¿De cien mujeres, una con entrañas?
¡Abrázala! ¡arrebátala! con ella
Vive, que serás rey, doquier que vivas:
Cruza los bosques, que los lobos mismos
Su presa te darán, y acatamiento:
Cruza los mares, y las olas lomo
Blando te prestarán; los hombres cruza
Que no te morderán, aunque te juro
Que lo que ven lo muerden, y si es bello
Lo muerden más; y dondequier que muerden
Lo despedazan todo y envenenan.
¡ Ya no eres hombre, Jóveno, si hallaste
Una mujer amante! : o no — ¡ya lo eres!
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