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Poemas en este tema

Belleza

José Antonio Ramos Sucre

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La Inspiración

LA INSPIRACIÓN


Yo me esforzaba en subir el curso de un río.
No soltaba de la mano los remos de un bajel fugaz, fabricado de una
corteza. Yo la había desprendido de un árbol
independiente, familiar de las alondras y pregonero de sus flores
virginales en una selva augusta, reflejada en el espejo del éter.

Yo dibujé en la frente del bajel la imagen
fácil del amor y redimí sus ojos del cautiverio de la
venda. Había usado en penetrar la corteza fragante un estilo de
hierro.

Vine a dar en una llanura libre, donde se encrespaba
y corría, vencedora de un asalto de leones, la hueste de unos
caballos ardientes.

Se adelantaba hasta la presencia del océano y
se volvía al sentir el sonido frenético de unas
trompetas. La belleza del porte y de la carrera me presentaba a cada
instante un motivo nuevo y singular de admiración. Yo pensaba en
unos retóricos de la gentilidad, divididos y hostiles al
calificar méritos en los caballos de un friso, agilitados por el
cincel de Fidias.

El sonido frenético de las trompetas
repercutía en el cielo diáfano y anunciaba la soberana
del país quimérico. Vino a la cabeza de una escolta de
monteros y de prohombres ancianos, pares de una orden cortés en
los días de una briosa juventud. Había dejado un mundo
inefable, a semejanza de Beatriz y con el mismo atavío de sus
llamas, y esgrimía el acero de Clorinda. Me invitó al
estribo de su carro e impuso en mi frente una señal de su
autoridad, por donde me visitaron pensamientos y sentimientos de una
grandeza ilimitada.


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José Antonio Ramos Sucre

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El Ensueño Del Cazador

EL ENSUEÑO DEL CAZADOR

Yo me había avecindado en un país
remoto, donde corrían libres las auras de los cielos. Recuerdo
la ventura de los moradores y sus costumbres y sus diversiones
inocentes. Habitaban mansiones altas y francas. Se entretenían
en medio del campo, al pie de árboles dispersados, de talla
ascendente. Corrían al encuentro de la aurora en naves floridas.

Se decían dóciles al consejo de sus
divinidades, agentes de la naturaleza, y sentían a cada paso los
efectos de su presencia invisible. Debían abominar los dictados
del orgullo e invocarlas, humildes y escrupulosos, en la ocasión
de algún nacimiento.

Señalaban a la hija de los magnates,
olvidados de la invocación ritual, y a su amante, el cazador
insumiso.

El joven había imitado las costumbres de la
nación vecina. Renegaba el oficio tradicional por los azares de
la montería y retaba, fiado en sí mismo, la saña
del bisonte y del lobo.

Olvidó las gracias de la armada y las
tentaciones de la juventud, merced a un sueño desvariado,
fantasma de una noche cálida. Perseguía un animal
soberbio, de giba montuosa, de rugidos coléricos, y sobresaltaba
con risas y clamores el reposo de una fuente inmaculada. Una mujer
salía del seno de las aguas, distinguiéndose apenas del
aire límpido.

El cazador despertó al fijar la
atención en la imagen tenue.

Se retiró de los hombres para dedicarse, sin
estorbo, a una meditación extravagante.

Rastreaba ansiosamente los indicios de una belleza
inaudita.


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