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Belleza

Juan de Tassis y Peralta

Juan de Tassis y Peralta

Romance

Francelisa, la más bella
ninfa que pisó cristal,
y sobre coturnos de oro
lleva su tributo al mar,

doliente y correspondida
de Amarilis en el mal,
ella sabe por qué llora
y cuán llorosa estará.

Primas son y las primeras
flores que dio Portugal:
una, formación de estrellas;
otra, de rayos no más;

lo que rubrica la perla,
la siempre luz orïental,
tensa imagen del Aurora
y sol que amanece ya.

Rojos anima claveles
en los dos labios que más
bella afrenta de las perlas
el Amor supo celar.

De sí mismo dé sus flechas,
pues las que al arco da
hebras son finas que Clori
apenas sabe envidiar.

El aliento que respira
quintaesencia es del azahar;
abriles y mayos pisa
con su animado cristal.

Si con dos luceros mira
-que aun no se dejan mirar-,
qué no rinde, qué no vence,
y qué no conquistará.

Presa tiene a Francelisa,
y ella en sus brazos está;
el peligro de sus brazos
de mi muerte lo sabrá.

Con rayos el sol
a cuya lumbre jamás
habrá libre corazón,
habrá exenta libertad.

Dulces son de Amor cadenas,
y aun dellas no liberal,
en la mezcla de los ojos
donde es dulce el espirar.

Cuanto dice y cuanto hace
es peligroso ademán,
el buen aire es su retrato,
si se puede retratar.

La que en su norte es estrella
y no de lumbre polar,
sino de la luz más fija
que venera nuestra edad;

es la suya en pocos años
muchos siglos de beldad,
hermosura con veneno
y peligro que adorar.

Que se le huye y que vive
y que se deja alcanzar,
que no envidie el escarmiento,
que no desprecie el afán.

Por ella llora Amarilis,
por ella llorando están
cuantos saben entender,
cuantos supieren mirar.

Francelisa, agradecida,
o teniendo que pagar,
con su hermosísima prima
dio celos y aun quizá más;

pues para sacar de Amor
misterio que oculto está,
hoy le faltará el deseo
y mañana le sobrará.

Discursos son de la envidia
en la culpa de un mordaz,
Francelisa y Amarilis
magna conjunción es ya.

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Juan de Tassis y Peralta

Juan de Tassis y Peralta

Carlos Pellicer

Carlos Pellicer

Retórica Del Paisaje

En el tiempo compacto

de los dos mil trescientos metros de la altura,

los paisajes están en un solo acto.

El aire es siempre exacto

en su tiempo tonal; sabe escultura

porque un pintor en tan vastos andamios

puede fraguar los delirantes cadmios

y acompasar geométricas figuras.


(Los claros adjetivos

ecuestres en caballos sustantivos...)


Porque la realidad es cosa mía,

es decir, lo que usted nunca verá,

en un plato le da Santa Lucía

los ojos convenientes. (Cortesía

de la Iglesia Romana que usted devolverá).

Veamos:

la flora es intocable; en cutis verde

la aguja del tatuaje, defensiva

punza el tacto a distancia.

Chillan flores carnales

sobre el nopal que sesga sus etapas

rimadas en elipse. Si hundo los pedales

surge en esbelto prisma el cactus órgano,

cuyo bisel alfiletero agarra

pequeñas nubes de heno.

El cactus cuya fálica erección

límite varonil marca al terreno.

El maguey en hileras militares

alerta el armamento y en su espera

endulza al agua de su sed de guerra

y emborracha al ladrón de sus panales.

Cuando se rinde al tiempo alza una lanza

de heroica flor.


Con su sombra metálica

endosela el mezquite siestas largas.

Un toro y una nube y el arbusto.

(Se hace el ojo al espacio, juega y carga).


Así es el verde quieto, la esperanza

de escultórico juego en el paisaje.

En los cambios de cielo hay un celaje

inmóvil, que se borra en su constancia.


Sólo el árbol pirú, primo del sauce,

su copa vuelca en el mantel del llano,

y en ramos de coral tiende la mano

junto a los lavaderos de algún cauce.


El verde cae en la trampa de los grises.

Cien pueblos apedrearon este valle

y por eso las casas y la calle

son de una sola pieza.

Se reduce el lenguaje y la tristeza

es sobria como sombra de detalle.

El amarillo seco se encamina,

ya entre la milpa vieja que el viento papelea,

o en la resbaladiza llaga de la mina

de arena.


Si echo la cara atrás de lo que digo,

la cordillera sube hasta las nieves

perpetuas.

Detrás de ellas el sol desnuda el cielo

y cuando le abandona sus soberbios harapos,

las dos enormes cumbres echan su historia al fuego.


Y hay águilas que cambian huracanes

por resonantes víboras,

aunque hayan de cogerlas en nopales.


La prodigiosa juventud del aire

convida a estar desnudo.

Y en un modesto orgullo de silencio

ganarse loterías de momentos

para costear los oros del escudo.


La escenografía de las quietudes.

Ya no importa el color, sino lo claro.

Sola sabiduría de los grises

que está bien en la huerta y en el teatro.

¿Para qué el adjetivo si las cosas

todas, claras, se ven por cuatro lados?


¡Los nombres de las cosas!

De este valle,

es toda la retórica.
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Carlos Pellicer

Carlos Pellicer

Invitación Al Paisaje

Invitar al paisaje a que venga a mi mano,

invitarlo a dudar de sí mismo,

darle a beber el sueño del abismo

en la mano espiral del cielo humano.


Que al soltar los amarres de los ríos

la montaña a sus mármoles apele

y en la cumbre el suspiro que se hiele

tenga el valor frutal de dos estíos.


Convencer a la nube

del riesgo de la altura y de la aurora,

que no es el agua baja la que sube

sino la plenitud de cada hora.


Atraer a la sombra

al seno de rosales jardineros.

(Suma el amor la resta de lo que amor se nombra

y da a comer la sobra a un palomar de ceros).


¡Si el mar quisiera abandonar sus perlas

y salir de la concha...!

Si por no derramarlas o beberlas

—copa y copo de espumas— las olvida.


Quién sabe si la piedra

que en cualquier recodo es maravilla

quiera participar de exacta exedra,

taza-fuente-jardín-amor-orilla.


Y si aquel buen camino

que va, viene y está, se inutiliza

por el inexplicable desatino

de una cascada que lo magnetiza.


¿Podrán venir los árboles con toda

su escuela abecedaria de gorjeos?

(Siento que se aglomeran mis deseos

como el pueblo a las puertas de una boda).


El río allá es un niño y aquí un hombre

que negras hojas junta en un remanso.

Todo el mundo le llama por su nombre

y le pasa la mano como a un perro manso.


¿En qué estación han de querer mis huéspedes

descender? ¿En otoño o primavera?

¿O esperarán que el tono de los céspedes

sea el ángel que anuncie la manzana primera?


De todas las ventanas, que una sola

sea fiel y se abra sin que nadie la abra.

Que se deje cortar como amapola

entre tantas espigas, la palabra.


Y cuando los invitados

ya estén aquí —en mí—, la cortesía

única y sola por los cuatro lados,

será dejarlos solos, y en signo de alegría

enseñar los diez dedos que no fueron tocados

sino

por

la

sola

poesía.
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Carlos Marzal

Carlos Marzal

Carolina Coronado

Carolina Coronado

A La Mujer Más Fea De España

Venid, señora, a escuchar
la unánime votación
que España acaba de dar:
venid; que os va a coronar
FEA por aclamación.

Monstruos mil se presentaron;
mas con voz solemne y clara
los tribunales fallaron,
que otra cara no encontraron
semejante a vuestra cara.

Cual vuestra cara no hay dos:
hay de feas copia extraña,
muchas feas ¡vive Dios!
pero sin disputa vos
sois la más fea de España.

Os dieron la primacía:
señora, ¡cuánto me alegro!
mas, ¡cielos! ¿quién la osadía
de mostrar, cual vos, tendría
ojo azul en campo negro?

¿Quién, no siendo, cual vos, loca
mostrara a la humanidad
boca igual a vuestra boca,
aunque tuviese muy poca
vergonzosa vanidad?

La fealdad tiene pudor;
y yo en el caso presente
(os lo digo sin rencor)
por modestia, por rubor
me escondiera de la gente.

¡Ay! ¡cuánto hacéis padecer,
mostrando vuestra cabeza
al que procura creer
en la belleza del ser,
en su bondad y pureza!

Sois una horrible creación;
porque aun hay cosa más rara
en esa organización:
que tenéis el corazón
mucho peor que la cara.

Todos vuestros pensamientos
son torpes y maldicientes:
aborrecéis los talentos,
las virtudes eminentes
y los nobles sentimientos.

No hay honra libre e vos,
aunque bendita se acoja
al manto del mismo Dios;
porque en medio de los dos
vuestra calumnia se arroja.

¡Ay! ¿por qué si de la huesa,
mala anciana, a un paso estás,
no dejas la humana presa?
¿por qué en la fama ilesa
te irritas y ensañas más?

Déjame con mi poesía
pasar la vida inocente,
si no quieres que algún día
tu horrorosa biografía
a las criaturas presente.

Aunque no sé si te diga
que es mi más gloriosa hazaña
el que me odie y persiga
como mortal enemiga,
la mujer más fea de España.
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