Lista de Poemas

A Sara

A SARA


A J. de j. Núñez y Domínguez


A mi paso y al azar te desprendiste

como el fruto más profano

que pudiera concederme la benévola

actitud de este verano.

(Blonda Sara, uva en sazón: mi apego franco

a tu persona, hoy me incita

a burlarme de mi ayer, por la inaudita

buena fe con que creí mi sospechosa

vocación, la de un levita).

Sara, Sara: eres flexible cual la honda

de David y contundente

como el lírico guijarro del mancebo;

y das, paralelamente,

una tortura de hielo y una combustión de pira;

y si en vértigo de abismo tu pelo se desmadeja,

todavía, con brazo heroico

y en caída acelerada, sostienes a tu pareja.

Sara, Sara, golosina de horas muelles;

racimo copioso y magno de promisión, que fatigas.

el dorso de dos hebreos:

siempre te sean amigas

la llamarada del sol y del clavel; si tu brava

arquitectura se rompe como un hilo inconsistente,

que bajo la tierra lóbrega

esté incólume tu frente;

y que refulja tu blonda melena, como tesoro

escondido; y que se guarden indemnes como real sello

tus brazos y la columna

de tu cuello.


479

El Campanero

Me contó el campanero esta mañana
que el año viene mal para los trigos.
Que Juan es novio de una prima hermana
rica y hermosa. Que murió Susana.
El campanero y yo somos amigos.

Me narró amores de sus juventudes
y con su voz cascada de hombre fuerte,
al ver pasar los negros ataúdes
me hizo la narración de mil virtudes
y hablamos de la vida y de la muerte.

—¿Y su boda, señor?

—Cállate, anciano.
—¿Será para el invierno?

—Para entonces,
y si vives, aún cuando su mano
me dé la Muerte, campanero hermano,
haz doblar por mi ánima tus bronces.
523

Boca Flexible, Ávida

Cumplo a mediodía
con el buen precepto de oír misa entera
los domingos, y a estas misas cenitales
concurres tú, agudo perfil; cabellera
tormentosa, nuca morena, ojos fijos;
boca flexible, ávida de lo concienzudo,
hecha para dar los besos prolijos
y articular la sílaba lenta
de un minucioso idilio, y también
para persuadir a un agonizante
a que diga amén.

Figura cortante y esbelta, escapada
de una asamblea de oblongos vitrales
o de la redoma de un alquimista:
ignoras que en estas misas cenitales,
al ver, con zozobra,
tus ojos nublados en una secuencia
de Evangelio, estuve cerca de tu llanto
con una solícita condescendencia;
y tampoco sabes que eres un peligro
armonioso para mi filosofía
petulante... Como los dedos rosados
de un párvulo para la torre baldía
de naipes o dados.
408

La Tejedora

Tarde de lluvia en que se agravan
al par que una íntima tristeza
un desdén manso de las cosas
y una emoción sutil y contrita que reza.

Noble delicia desdeñar
con un desdén que no se mide,
bajo el equívoco nublado:
alba que se insinúa, tarde que se despide.

Sólo tú no eres desdeñada,
pálida que al arrimo de la turbia vidriera,
tejes en paz en la hora gris
tejiendo los minutos de inmemorial espera.

Llueve con quedo sonsonete,
nos da el relámpago luz de oro
y entra un suspiro, en vuelo de ave fragante y húmeda,
a buscar tu regazo, que es refugio y decoro.

¡Oh, yo podría poner mis manos
sobre tus hombros de novicia
y sacudirte en loco vértigo
por lograr que cayese sobre mí tu caricia,
cual se sacude el árbol prócer
(que preside las gracias floridas de un vergel)
por arrancarle la primicia
de sus hojas provectas y sus frutos de miel!

Pero pareces balbucir,
toda callada y elocuente:
«Soy un frágil otoño que teme maltratarse»
e infiltras una casta quietud convaleciente
y se te ama en una tutela suave y leal,
como a una párvula enfermiza
hallada por el bosque un día de vendaval.

Tejedora: teje en tu hilo
la inercia de mi sueño y tu ilusión confiada;
teje el silencio; teje la sílaba medrosa
que cruza nuestros labios y que no dice nada;
teje la fluida voz del Ángelus
con el crujido de las puertas;
teje la sístole y la diástole
de los penados corazones
que en la penumbra están alertas.

Divago entre quimeras difuntas y entre sueños
nacientes, y propenso a un llanto sin motivo,
voy, con el ánima dispersa
en el atardecer brumoso y efusivo,
contemplándote, Amor, a través de una niebla
de pésame, a través de una cortina ideal
de lágrimas, en tanto que tejes dicha y luto
en un limbo sentimental.
725

En La Plaza De Armas

Plaza de Armas, plaza de musicales nidos,
frente a frente del rudo y enano soportal;
plaza en que se confunden un obstinado aroma
lírico y una cierta prosa municipal;
plaza frente a la cárcel lóbrega y frente al lúcido
hogar en que nacieron y murieron los míos;
he aquí que te interroga un discípulo, fiel
a tus fuentes cantantes y tus prados umbríos.

¿Qué se hizo, Plaza de Armas, el coro de chiquillas
que conmigo llegaban en la tarde de asueto
del sábado, a tu kiosko, y que eran actrices
de muñeca excesiva y de exiguo alfabeto?

¿Qué fue de aquellas dulces colegas que rieron
para mí, desde un marco de verdor y de rosas?
¿Qué de las camaradas de los juegos impúberes?
¿Son vírgenes intactas o madres dolorosas?

Es verdad, sé el destino casto de aquella pobre
pálida, cuyo rostro, como una indulgencia
plenaria, miré ayer tras un vidrio lloroso;
me ha inundado en recuerdos pueriles la presencia
de Ana, que al tutearme decía el «tú» de antaño
como una obra maestra, y que hoy me habló con
ceremonia forzada; he visto a Catalina,
exangüe, al exhibir su maternal fortuna
cuando en un cochecillo de blondas y de raso
lleva el fruto cruel y suave de su idilio
por los enarenados senderos...

Más no sé
de todas las demás que viven en exilio.

Y por todas quiero. He de saber de todas
las pequeñas torcaces que me dieron el gusto
de la voz de mujer. ¡Torcaces que cantaban
para mí, en la mañana de un día claro y justo!

Dime, plaza de nidos musicales, de las
actrices que impacientes por salir a la escena
del mundo, chuscamente fingían gozosos líos
de noviazgos y negros episodios de pena.

Dime, Plaza de Armas, de las párvulas lindas
y bobas, que vertieron con su mano inconsciente
un perfume amistoso en el umbral del alma
y una gota del filtro del amor en mi frente.

Mas la plaza está muda, y su silencio trágico
se va agravando en mí con el mismo dolor
del bisoño escolar que sale a vacaciones
pensando en la benévola acogida de Abel,
y halla muerto, en la sala, al hermano menor.
496

Por Este Sobrio Estilo

Esta manera de esparcir su aroma
de azahar silencioso en mi tiniebla;
esta manera de envolver en luto
su marfil y su nácar; esta única
manera con que porta la golilla
de encaje; esta manera de tornar
su mutismo en venero de palabras
y su boca en ahorro...

Esta manera
que es reservada y que es acogedora,
con que viene a encontrar mis panegíricos;
esta manera de decir mi nombre
con mofa y mimo, en homenaje y burla,
como que sabe que mi interno drama
es, a la vez, sentimental y cómico;
esta manera con que en la honda noche,
de sobremesa en vagos parlamentos,
se abate su sonrisa desmayada
sobre el mantel; esta feliz manera
con que niega su brazo y con que otorga
la emoción, cuando vamos de paseo
por la alameda colonial y adusta...
Por este suspitante y sobrio estilo
de amor, te reverencio, estrella fiel
que gustas de enlutarte; generoso
y escondido azahar; caritativa
madurez que presides mis treinta años
con la abnegada castidad de un búcaro
cuyas rosas adultas embalsaman
la cebecera de un convaleciente;
enfermera medrosa; cohibida
escanciadora; amiga que te turbas
con turbación de niña al repasar
nuestra común lectura; asustadizo
comensal de mi fiesta; aliada tímida;
torcaz humilde que zureas al alba,
en un tono menor, para ti sola.
¡Bien hayas, creatura pequeñita
y suprema; adueñada de la cumbre
del corazón; artista a un mismo tiempo
mínima y prócer; que en las manos llevas
mi vida como objeto de tu arte!
Estrella y azahar: que te marchites
mecida en una paz celibataria
y que agonices como un lucero
que se extinguiese en el verdor de un prado
o como flor que se transfigurase
en el ocaso azul, como en un lecho.
438

Sus Ventanas

SUS VENTANAS


A Artemio de Valle-Arizpe.


Sus ventanas floridas,

que miran al oriente,

llevan buena amistad con las auroras

que, como primicias fúlgidas, esmaltan

al campo de victorias de su frente.

Aquella madrugada

apareció el Amor tras de su reja

y la dejó lavada

con el cristal cerúleo de su pozo...

¡Y todavía, adentro

de mi alma, hay un gozo

fluido, de mujer madrugadora

que riega su ventana y la decora!

Ventanas que rondé

en la alborada de mis mocedades;

rejas con caracoles

en que Ella gusta de escuchar el sordo

fragor de las marinas tempestades;

rejas depositarias

de aquellos soliloquios de noctívago

y de mi donjuanismo adolescente;

que yo os mire de nuevo

¡oh ventanas abiertas al oriente!


504

En El Piélago Veleidoso

Entré a la vasta veleidad del piélago
con humos de pirata...
Y me sentía ya un poco delfín
y veía la plata
de los flancos de la última sirena,
cuando mi devaneo
anacrónico viose reducido
a un amago humillante de mareo.

Mas no guardo rencor
a la inestable eternidad de espuma
y efímeros espejos.
Porque sobre ella fui como una suma
de nostalgias y arraigos, y sobre ella
me sentí, en alta mar,
más de viaje que nunca y más fincado
en la palma de aquella mano impar.
464

Del Pueblo Natal

Ingenuas provincianas: cuando mi vida se halle
desahuciada por todos, iré por los caminos
por donde vais cantando los más sonoros trinos
y en fraternal confianza ceñiré vuestro talle.

A la hora del Angelus, cuando vais por la calle,
enredados al busto los chales blanquecinos,
decora vuestros rostros —¡oh rostros peregrinos!—
la luz de los mejores crepúsculos del valle.

De pecho en los balcones de vetusta madera,
platicáis en las tardes tibias de primavera
que Rosa tiene novio, que Virginia se casa;

y oyendo los poetas vuestros discursos sanos
para siempre se curan de males ciudadanos,
y en la aldea la vida buenamente se pasa.
449

Hermana, Hazme Llorar

Fuensanta:
dame todas las lágrimas del mar.
Mis ojos están secos y yo sufro
unas inmensas ganas de llorar.

Yo no sé si estoy triste por el alma
de mis fieles difuntos
o porque nuestros mustios corazones
nunca estarán sobre la tierra juntos.

Hazme llorar, hermana,
y la piedad cristiana
de tu manto inconsútil
enjúgueme los llantos con que llore.
el tiempo amargo de mi vida inútil.

Fuensanta:
¿tú conoces el mar?
Dicen que es menos grande y menos hondo
que el pesar.
Yo no sé ni por qué quiero llorar:
será tal vez por el pesar que escondo,
tal vez por mi infinita sed de amar.

Hermana:
dame todas las lágrimas del mar...
464

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Identificación y contexto básico

Ramón López Velarde fue un destacado poeta mexicano. Nació el 15 de junio de 1888 en Jerez, Zacatecas, y falleció el 19 de junio de 1921 en la Ciudad de México. Es una figura clave del modernismo literario en México y un poeta considerado por muchos como el "poeta nacional".

Infancia y formación

Su infancia transcurrió en el ambiente provinciano y rural de Zacatecas, una experiencia que marcó profundamente su sensibilidad y su obra. Estudió en el Seminario Conciliar de Zacatecas y posteriormente en la Escuela de Jurisprudencia de la misma ciudad. Durante su formación, mostró una inclinación temprana por la literatura, cultivando la poesía y publicando sus primeros versos en revistas locales.

Trayectoria literaria

La trayectoria literaria de López Velarde, aunque truncada por su temprana muerte, fue de gran intensidad y significación. Se trasladó a la Ciudad de México en 1911, donde se integró en los círculos literarios de la capital y colaboró en importantes publicaciones de la época, como "Revista Moderna". Su obra evoluciona desde el modernismo de sus inicios hacia una voz más personal y nacionalista, que se aleja de los excesos retóricos del modernismo para anclar en la realidad mexicana.

Obra, estilo y características literarias

Su obra cumbre es "El son del corazón" (1915), donde explora temas como el amor, el erotismo, la religiosidad y la nostalgia por su tierra natal. Otro libro fundamental es "Zozobra" (1919), que profundiza en la complejidad de la identidad mexicana, la angustia existencial y la búsqueda de un sentido. Su estilo se caracteriza por una gran originalidad, una prosa poética rica en imágenes y metáforas, y un lenguaje que conjuga lo culto con lo coloquial, lo provinciano con lo cosmopolita. López Velarde es un maestro en el uso de la sinestesia y en la creación de atmósferas evocadoras. Su poesía es íntima, confesional y a la vez representativa de una nación. Se le asocia al modernismo tardío y a la búsqueda de una expresión literaria genuinamente mexicana.

Contexto cultural e histórico

López Velarde vivió la turbulenta época de la Revolución Mexicana, un contexto que, aunque no se refleja directamente en su obra con hechos concretos, sí influyó en la búsqueda de una identidad nacional y en la reflexión sobre el "ser mexicano". Su obra dialoga con la tradición literaria española pero busca una voz propia y distintiva para México.

Vida personal

Ramón López Velarde llevó una vida marcada por la sensibilidad, la introspección y, en ocasiones, la melancolía. Sus relaciones personales y amorosas, a menudo complejas y frustradas, se plasmaron en la intensidad erótica y sentimental de su poesía. Su conexión con su tierra natal, Zacatecas, fue una constante en su vida y obra, representando un refugio y una fuente de inspiración.

Reconocimiento y recepción

En vida, López Velarde fue reconocido por un círculo selecto de intelectuales y poetas, pero su verdadera dimensión como poeta nacional se consolidó póstumamente. Hoy es considerado uno de los pilares de la poesía mexicana del siglo XX, cuya obra sigue siendo objeto de estudio y admiración por su originalidad y profundidad.

Influencias y legado

Influenciado por poetas como Rubén Darío, pero también por la tradición lírica española, López Velarde legó una obra que sentó las bases para una poesía mexicana más arraigada y reflexiva. Su capacidad para fusionar lo local con lo universal, lo terrenal con lo espiritual, y su exploración de la identidad nacional, lo convierten en una figura ineludible en la historia de la literatura en español.

Interpretación y análisis crítico

La crítica ha destacado en López Velarde su habilidad para crear una poesía que es a la vez profundamente personal y representativa de México. Sus poemas son analizados por su riqueza simbólica, su complejidad emocional y su habilidad para capturar la esencia del alma mexicana.

Infancia y formación

Se dice que López Velarde era un hombre de hábitos tranquilos y reflexivos, que disfrutaba de la soledad y de la contemplación. Su amor por la provincia y su nostalgia por ella son elementos recurrentes en su vida y obra.

Muerte y memoria

Ramón López Velarde falleció en la Ciudad de México a causa de una neumonía, a la edad de 33 años. Su muerte prematura conmocionó al mundo literario y dejó un gran vacío en la poesía mexicana. Su legado perdura a través de sus obras, que continúan siendo leídas y celebradas como un reflejo de la identidad y la sensibilidad mexicana.