Efraín Huerta

Efraín Huerta

1914–1982 · vivió 67 años -- --

Efraín Huerta fue un poeta, periodista y militante comunista mexicano, conocido por su poesía social y su compromiso político. Su obra se caracteriza por una voz apasionada y combativa, que retrata la realidad de los marginados, los trabajadores y la lucha por la justicia. Apodado "El Ciano", su estilo directo y su lenguaje coloquial conectaron profundamente con las clases populares. Fue un cronista de su tiempo, abordando temas como la desigualdad social, la opresión y la esperanza de un mundo mejor.

n. 1914-06-18, Silao de la Victoria Municipality · m. 1982-02-03, Cidade do México

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¿quién Que Es No Ama A Virginia Woolf?

¿QUIÉN QUE ES NO AMA A VIRGINIA WOOLF?


Señora mía: sus labios son perfectos

y su mirada tan grande me tiembla la piel;

su falda de terciopelo naranja me parece infinita

—y su andar, como su bañar y hablar a solas, es

un cisne afilado corrigiendo vocablos, diciendo cómo

amasar correctamente la pasta para

cocer los panes nuestros de cada mañana.


Fue usted, Virginia, la que dijo

un lleno de neblina domingo de marzo:

Me hundiré con mis banderas flameando.


Ahora bien, ¿por qué siempre supe

que había sido en el mar y con su perro en brazos?


Esta mañana de octubre, muy clara y muy domingo,

Louie su sirvienta, sollozando cual herida gaviota,

me cuenta que fue en un río de lirios

y palomas y olas, olitas que devoraron

su falda, su lisa cabellera y esos ojos

que no dejan de mirarme

jamás, Señora nuestra,

porque leo y releo Orlando y To the Lighthouse

y Three Guineas y me hundo en el agua tan dulce

de su Diario —y ahora soy yo

quien cae, Virginia-luz, rayísimo,

y se pierde y ahoga de dicha

porque el suicidio —diga que sí—

es una corriente de palabras bien dichas

y las olitas nos comen otra vez

los huesos y yo muero feliz

porque la amé hasta

no cansarme nunca de amarla

tanto.

21 de octubre de 1974

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Biografía

Identificación y contexto básico

Efraín Huerta, conocido popularmente como "El Ciano", fue un poeta, periodista y activista político mexicano, nacido el 18 de junio de 1914 en Ciudad de México. Murió el 3 de noviembre de 1982 en la misma ciudad. Escribió en español y vivió gran parte del siglo XX, un periodo de intensos cambios sociales y políticos en México.

Infancia y formación

Nació en el seno de una familia humilde. A pesar de las dificultades económicas, mostró desde joven una gran inquietud intelectual y literaria. Fue autodidacta en gran medida, pero su militancia política y su trabajo periodístico le permitieron estar en contacto con diversas realidades y corrientes de pensamiento.

Trayectoria literaria

Su carrera literaria estuvo intrínsecamente ligada a su activismo político. Comenzó a publicar poesía en revistas y periódicos de izquierda en la década de 1930. Fue fundador de importantes publicaciones como "El Machete" y "La Voz de México". Su obra poética, que se extendió a lo largo de varias décadas, se caracteriza por su evolución y constancia en la defensa de los ideales sociales.

Obra, estilo y características literarias

La obra de Huerta es eminentemente social y política. Su poesía es un canto a los oprimidos, a los trabajadores, a la lucha por la libertad y la justicia. Utilizó un lenguaje directo, a menudo coloquial, lleno de fuerza y pasión. Temas recurrentes son la desigualdad, la explotación, la resistencia, la dignidad humana y la utopía de un mundo mejor. Su estilo se aleja de las convenciones elitistas para conectar directamente con el sentir popular. Obras destacadas incluyen "Estación de violencia" (1941), "Poesía para jóvenes" (1945), "El mismo amor" (1950) y "Los hombres del alba" (1954).

Contexto cultural e histórico

Vivió y participó activamente en el México de la post-revolución, un periodo marcado por la consolidación de un proyecto nacional y, a la vez, por profundas contradicciones sociales. Fue un miembro prominente del Partido Comunista Mexicano y un intelectual comprometido con las causas populares. Estuvo influenciado por poetas como Pablo Neruda y Nicolás Guillén, y a su vez, su obra dialogó con las inquietudes de su generación y de los movimientos sociales de su tiempo.

Vida personal

"El Ciano" fue una figura querida y respetada en los círculos de izquierda y entre los trabajadores. Su vida estuvo marcada por la militancia, el periodismo y la escritura. Fue un hombre de convicciones firmes, cuya vida personal se entrelazó de manera inseparable con su compromiso social y político.

Reconocimiento y recepción

Aunque su obra tuvo una gran resonancia entre las clases populares y los círculos de izquierda, su reconocimiento académico y oficial tardó en llegar. Sin embargo, con el tiempo, se ha consolidado como uno de los poetas sociales más importantes de México, valorándose su autenticidad, su fuerza expresiva y su compromiso ético.

Influencias y legado

Fue influenciado por la poesía social de Pablo Neruda y la lírica comprometida de otros autores latinoamericanos. Su legado reside en su capacidad para dar voz a los sin voz, en su poesía que es a la vez arte y herramienta de lucha social. Ha influenciado a generaciones de poetas y activistas que buscan una literatura comprometida con la realidad.

Interpretación y análisis crítico

Se ha analizado su poesía como un reflejo de las luchas sociales y políticas de México en el siglo XX, destacando su realismo crudo, su lirismo combativo y su profunda humanidad.

Infancia y formación

El apodo "El Ciano" proviene de su intensa actividad y "colorido" en la lucha política y periodística. Era conocido por su carácter directo y su gran sentido del humor.

Muerte y memoria

Falleció en 1982, dejando un importante legado literario y político. Su memoria se mantiene viva en los corazones de quienes luchan por un mundo más justo y en la obra de los escritores que continúan su tradición de poesía comprometida.

Poemas

95

El Tajín

EL TAJÍN


a David Huerta
a Pepe Gelada


...el nombre de El Tajín le fue dado por los indígenas
totonacas

de la región por la frecuencia con que caían rayos sobre
la pirámide...
1


Andar así es andar a ciegas,

andar inmóvil en el aire inmóvil,

andar pasos de arena, ardiente césped.

Dar pasos sobre agua, sobre nada

—el agua que no existe, la nada de una astilla—,

dar pasos sobre muertes,

sobre un suelo de cráneos calcinados.


Andar así no es andar sino quedarse

sordo, ser ala fatigada o fruto sin aroma;

porque el andar es lento y apagado,

porque nada está vivo

en esta soledad de tibios ataúdes.

Muertos estamos, muertos

en el instante, en la hora canicular,

cuando el ave es vencida

y una dulce serpiente se desploma.


Ni un aura fugitiva habita este recinto

despiadado. Nadie aquí, nadie en ninguna sombra.

Nada en la seca estela, nada en lo alto.

Todo se ha detenido, ciegamente,

como un fiero puñal de sacrificio.

Parece un mar de sangre

petrificada

a la mitad de su ascensión.

Sangre de mil heridas, sangre turbia,

sangre y cenizas en el aire inmóvil.
2


Todo es andar a ciegas, en la

fatiga del silencio, cuando ya nada nace

y nada vive y ya los muertos

dieron vida a sus muertos

y los vivos sepultura a los vivos.

Entonces cae una espada de este cielo metálico

y el paisaje se dora y endurece

o bien se ablanda como la miel

bajo un espeso sol de mariposas.


No hay origen. Sólo los anchos y labrados ojos

y las columnas rotas y las plumas agónicas.

Todo aquí tiene rumores de aire prisionero,

algo de asesinato en el ámbito de todo silencio.

Todo aquí tiene la piel

de los silencios, la húmeda soledad

del tiempo disecado; todo es dolor.

No hay un imperio, no hay un reino.

Tan sólo el caminar sobre su propia sombra,

sobre el cadáver de uno mismo,

al tiempo que el tiempo se suspende

y una orquesta de fuego y aire herido

irrumpe en esta casa de los muertos

—y un ave solitaria y un puñal resucitan.
3


Entonces ellos —son mi hijo y mi amigo—

ascienden la colina

como en busca del trueno y el relámpago.

Yo descanso a la orilla del abismo,

al pie de un mar de vértigos, ahogado

en un inmenso río de helechos doloridos.

Puedo cortar el pensamiento con una espiga,

la voz con un sollozo, o una lágrima,

dormir un infinito dolor, pensar

un amor infinito, una tristeza divina;

mientras ellos, en la suave colina,

sólo encuentran

la dormida raíz de una columna rota

y el eco de un relámpago.


Oh Tajín, oh naufragio,

tormenta demolida,

piedra bajo la piedra;

cuando nadie sea nada y todo quede

mutilado, cuando ya nada sea

y sólo quedes tú, impuro templo desolado,

cuando el país-serpiente sea la ruina y el polvo,

la pequeña pirámide podrá cerrar los ojos

para siempre, asfixiada,

muerta en todas las muertes,

ciega en todas las vidas,

bajo todo el silencio universal

y en todos los abismos.


Tajín, el trueno, el mito, el sacrificio.

Y después, nada.

Junio de 1963

967

Santa Juana De Asbaje

SANTA JUANA DE ASBAJE


... en plumas de oro vuela ...
GÓNGORA


Celestemente dueña de la forma y del vuelo

—la forma de la orquídea, el vuelo en la paloma—,

maravillosamente gentil y maliciosa

doncella de las nubes.


Transparente de nieve,

ángel de pensamientos que perduran

como la roca viva o el mármol sosegado.

Ágiles aires dieron a tus ojos el brillo

de pétalos que abrasan al ojo que los mira,

y en un millón de versos tu inspiración fluía

como clara corriente de penetrante acento.


Hiciste el verso santo junto al verso de amor

—la forma de la lágrima, el vuelo de la fe—,

y en un siglo de luces que se caían de secas

asombró tu magnífica condición estelar.

Estrella en el bautismo y estrella en la madura

soledad de la celda.


¿Cómo no amar tus voces

y no beber tu aliento donde rosas anidan?

Celestemente extraña, inusitado y tierno

prodigio de fervor: milagro entre milagros.


Como un ángel de bella sonoridad, como un

mensaje sin destino, mas destinado a todos,

vino a la tierra el sueño de tu grata presencia

y la soberbia lira resonó como un coro.

¿Cómo no amar tus voces de purísima estirpe

y no admirar la espada del soneto perfecto?

De tu sabia palabra y de tu esbelta rima

en valles y volcanes se inmortaliza el eco.


Brilladora entre nieblas, estremecido cisne,

candor que no se nombra, magia, pluma y aroma:

tuya es la bugambilia del altiplano y tuyo

el cálido perfume de jerónimas rosas.


No hay espejo a la altura de tu impecable sombra,

piedra que no te viva, verso que no te sueñe.

¿Qué música decirte sin perturbar la música

que en tus alas reposa y en tus pupilas duerme?


Duerme y vive, señora, tu gracia y tu belleza.

Y que duerman tus manos o azucenas de oro.

Matices virginales de retóricas albas

divinizan tu suave contacto con el polvo.


Pero tu corazón, como ave bendecida,

es luz insobornable, estilo de tu huella.

Guárdanos en tu reino de serena pureza,

oh clavel, fresca dalia, bugambilia y estrella.

13-14 de noviembre de 1961

764

órdenes De Amor

ÓRDENES DE AMOR


¡Ten piedad de nuestro amor

y cuídalo, oh Vida!
Carlos Pellicer


1


Amor mío, embellécete.

Perfecto, bajo el cielo, lámpara

de mil sueños, ilumíname.

Orquídea de mil nubes,

desnúdate, vuelve a tu origen,

agua de mis vigilias,

lluvia mía, amor mío.

Hermoso seas por siempre

en el eterno sueño

de nuestro cielo,

amor.
2


Amor mío, ampárame.

Una piedad sin sombra

de piedad es la vida. Sombra

de mi deseo, rosa de fuego.

Voy a tu lado, amor,

como un desconocido.

Y tú me das la dicha

y tú me das el pan,

la claridad del alba

y el frutal alimento,

dulce amor.
3


Amor mío, obedéceme:

ven despacio, así, lento,

sereno y persuasivo:

Sé dueño de mi alma,

cuando en todo momento

mi alma vive en tu piel.

Vive despacio, amor,

y déjame beber,

muerto de ansia,

dolorido y ardiente,

el dulce vino, el vino

de tu joven imperio,

dueño mío.
4


Amor mío, justifícame,

lléname de razón y de dolor.

Río de nardos, lléname

con tus aguas: ardor de ola,

mátame...


Amor mío.

Ahora sí, bendíceme

con tus dedos ligeros,

con tus labios de ala,

con tus ojos de aire,

con tu cuerpo invisible,

oh tú, dulce recinto

de cristal y de espuma,

verso mío tembloroso,

amor definitivo.
5


Amor mío, encuéntrame.

Aislado estoy, sediento

de tu virgen presencia,

de tus dientes de hielo.

Hállame, dócil fiera,

bajo la breve sombra de tu pecho,

y mírame morir,

contémplame desnudo

acechando tu danza,

el vuelo de tu pie,

y vuélveme a decir

las sílabas antiguas del alba:

Amor, amor-ternura,

amor-infierno,

desesperado amor.
6


Amor, despiértame

a la hora bendita, alucinada,

en que un hombre solloza

víctima de sí mismo y ábreme

las puertas de la vida.

Yo entraré silencioso

hasta tu corazón, manzana de oro,

en busca de la paz

para mi duelo. Entonces

amor mío, joven mía,

en ráfagas la dicha placentera

será nuestro universo.

Despiértame y espérame,

amoroso amor mío.

1958

987

Las Voces Prohibidas

LAS VOCES PROHIBIDAS

Más despacio que nunca, casi agónicas,

marchan y duelen estas voces o estrellas.

Húmedos pies descalzos, breves pieles,

dulce origen, impío desorden. Voces

que purifican lo que tocan. Voces

todo milagro. Suaves voces de amor.

Voces para decir amor toda la vida

y todo el santo día y a la lenta distancia

de una noche de sueño, amor y voces.

Cálidas o despiertas, dormidas o ya frías,

estas voces se pegan a los labios

y dicen y se dicen altos, duros misterios,

prohibidos latidos, esbeltos calosfríos.


Despaciosas y firmes, llegan como

las bestias, crecen como el encino,

y no hay en ellas nada que no sea verdadero.

Pero duelen. Son dardos de amorosa ponzoña

y dan la seca muerte del olvido.

No perdonan, no aman,

no son ríos serenos sino fuego,

ardiente maldición, dolorosa quietud.

Vienen así, calladas, caminando caminos

de helado polvo. Son las voces

que ya nunca se dicen.


Por eso duelen y por eso ardo

junto a ellas, como al pie de una hoguera.

Ardo y adoro al mismo tiempo

porque nada me callan o no me dicen nada.

Asciendo rudas catedrales de miedo

y el vacío es un lago de hambre y sal.

Me maldigo con ellas

pero duermo con ellas.

Cuando la sed se haya quemado

en mi garganta,

cuando no tenga paz ni amor,

cuando todo sea voces y no llantos,

una pequeña sombra habrá a mi lado.

No la rosa del ansia ni el clavel de miseria,

sino la joven luz del alba,

la joven voz del alba mía.

20 de julio de 1960

647

Para Gozar De Tu Paz

PARA GOZAR DE TU PAZ


Como el viento agita las altas hierbas

así mis dedos vuelan sobre tu cabellera de diamantes,

y la noche de alcohol y los árboles de oro

encierran para siempre un sollozo de triunfo,

el ay de la alegría, el ah definitivo.

Como el aire de junio en la colina

mueve la dulce sombra de la nube,

así mi corazón se sacrifica

en el húmedo templo de tu pelo.


Nave sin dueño, sombra de ardorosa

violencia, ésta mi mano canta

bajo el murmullo alado de tu gloria.

Porque tienes la luz y la belleza

en el sereno estanque de tu rostro,

así el negro laurel es tu corona

y es mi fatiga y es

la sangre del insomnio.


Sólo cuando el pecado es la guirnalda

y la atadura, la cadena infinita

y el profundo latido; sólo cuando

la hora ha llegado, y tú,

joven de rosas y jazmines,

miras al horizonte del deseo

y dejas que el tesoro de seda y maravilla

sea la noche en mis manos,

sólo entonces, dorada,

todo me pertenece;

las hierbas agitadas y el viento

corriendo como el agua entre mis dedos:

agua de mi delirio, eterna fiebre,

espejismo y violencia, dura espina,

pedernal de la muerte, lento mármol,

millón de espigas negras.


Donde nace la idea,

donde tus pensamientos

—aves en dulce selva sometidas—,

donde mis labios buscan el milagro,

ahí estará mi fuerza.

Ahí estará el dolor de mi presencia:

al pie de tu dominio y tu pureza,

sin más aroma que el júbilo

y una medalla de aire,

palpitante, como el fuego

de una lágrima viva.


Crece la hierba, el río,

y el ala de la garza

es la mano de Dios que se despide.

Crece el amor en invisible grito

(quemante, activa espada),

y el corazón despierta

como herido de muerte.

Doblo la lenta hoja del silencio

y te apareces tú, página y perla,

con el cabello al viento

y una cierta sonrisa de alta luna.


Suave y veloz, como el aire de junio,

beso tu cabellera de diamantes,

el tesoro escondido de tu sueño,

y digo adión a la violencia

para gozar tu paz,

tu dulce, tu gloriosa geografía,

por siempre detenido,

por siempre enamorado.

1957

650

Avenida Juárez

Uno pierde los días, la fuerza y el amor a la patria,

el cálido amor a la mujer cálidamente amada,

la voluntad de vivir, el sueño y el derecho a la ternura;

uno va por ahí, antorcha, paz, luminoso deseo,

deseos ocultos, lleno de locura y descubrimientos,

y uno no sabe nada, porque está dicho que uno no debe saber nada,

como si las palabras fuesen los pasos muertos del hambre

o el golpear en el oído de la espesa ola del vicio

o el brillo funeral de los fríos mármoles

o la desnudez angustiosa del árbol

o la inquietud sedosa del agua...


Hay en el aire un río de cristales y llamas,

un mar de voces huecas, un gemir de barbarie,

cosas y pensamientos que hieren;

hay el breve rumor del alba

y el grito de agonía de una noche, otra noche,

todas las noches del mundo

en el crispante vaho de las bocas amargas.


Se camina como entre cipreses,

bajo la larga sombra del miedo,

siempre al pie de la muerte.

Y uno no sabe nada,

porque está dicho que uno debe callar y no saber nada,

porque todo lo que se dice parecen órdenes,

ruegos, perdones, súplicas, consignas.

Uno debe ignorar la mirada de compasión,

caminar por esa selva con el paso del hombre

dueño apenas del cielo que lo ampara,

hablando el español con un temor de siglos,

triste bajo la ráfaga azul de los ojos ajenos,

enano ante las tribus espigadas,

vencido por el pavor del día y la miseria de la noche,

la hipocresía de todas las almas y, si acaso,

salvado por el ángel perverso del poema y sus alas.


Marchar hacia la condenación y el martirio,

atravesado por las espinas de la patria perdida,

ahogado por el sordo rumor de los hoteles

donde todo se pudre entre mares de whisky y de ginebra.


Marchar hacia ninguna parte, olvidado del mundo,

ciego al mármol de Juárez y su laurel escarnecido

por los pequeños y los grandes canallas;

perseguido por las tibias azaleas de Alabama,

las calientes magnolias de Mississippi,

las rosas salvajes de las praderas

y los políticos pelícanos de Louisiana,

las castas violetas de Illinois,

las bluebonnets de Texas...

y los millones de Biblias

como millones de palomas muertas.


Uno mira los árboles y la luz, y sueña

con la pureza de las cosas amadas

y la intocable bondad de las calles antiguas,

con las risas antiguas y el relámpago dorado

de la piel amorosamente dorada por un sol amoroso.

Saluda a los amigos, y los amigos

parecen la sombra de los amigos,

la sombra de la rosa y el geranio,

la desangrada sombra del laurel enlutado.


¿Qué país, qué territorio vive uno?

¿Dónde la magia del silencio, el llanto

del silencio en que todo se ama?

(¿Tantos millones de hombres hablaremos inglés?)

Uno se lo pregunta

y uno mismo se aleja de la misma pregunta

como de un clavo ardiendo.

Porque todo parece que arde

y todo es un montón de frías cenizas,

un hervidero de perfumados gusanos

en el andar sin danza de las jóvenes,

un sollozar por su destino

en el rostro apagado de los jóvenes,

y un juego con la tumba

en los ojos manchados del anciano.


Todo parece arder, como

una fortaleza tomada a sangre y fuego.

Huele el corazón del paisaje,

el aire huele a pensamientos muertos,

los poetas tienen el seco olor de las estatuas

—y todo arde lentamente

como en un ancho cementerio.


Todo parece morir, agonizar,

todo parece polvo mil veces pisado.

La patria es polvo y carne viva, la patria

debe ser, y no es, la patria

se la arrancan a uno del corazón

y el corazón se lo pisan sin ninguna piedad.


Entonces uno tiene que huir ante el acoso de los búfalos

que todo lo derrumban, ante la furia imperial

del becerro de oro que todo lo ha comprado

—la pequeña república, el pequeño tirano,

los ríos, la energía eléctrica y los bancos—,

y es inútil invocar el nombre de Lincoln

y es por demás volver los ojos a Juárez,

porque a los dos los ha decapitado el hacha

y no hay respeto para ninguna paz,

para ningún amor.


No se tiene respeto ni para el aire que se respira

ni para la mujer que se ama tan dulcemente,

ni siquiera para el poema que se escribe.

Pues no hay piedad para la patria,

que es polvo de oro y carne enriquecida

por la sangre sagrada del martirio.


Pues todo parece perdido, hermanos,

mientras amargamente, triunfalmente,

por la Avenida Juárez de la ciudad de México

—perdón, Mexico City

las tribus espigadas, la barbarie en persona,

los turistas adoradores de Lo que el viento se llevó,

las millonarias neuróticas cien veces divorciadas,

los gángsters y Miss Texas,

pisotean la belleza, envilecen el arte,

se tragan la Oración de Gettysburg y los poemas de Walt Whitman,

el pasaporte de Paul Robeson y las películas de Charles Chaplin,

y lo dejan a uno tirado a media calle

con los oídos despedazados

y una arrugada postal de Chapultepec

entre los dedos.

1956

1.736

Los Sueños

LOS SUEÑOS


Miro pasar las nubes de la noche.

Miro pasar tu cuerpo, tu sombra de laurel.

Oigo los sueños de la noche

(nubes también, o aves)

y conozco el misterio de lo eterno,

la sabia voz de lo desconocido.


Oigo ese sueño jubiloso de la mujer amada,

el negro sueño de los asesinos,

el sueño doloroso del niño.


Y no hay sueño en la noche

que no parezca ser mi propio sueño.


Miro pasar los sueños

como navíos cargados de esperanza.

Y hay un hombre en el sueño

y el hombre sueña rosas, sueña sangre,

sueña su propia infancia

y una lágrima turbia le corre por el rostro.


Un poeta que sueña

(viva imagen del sueño, estatua desolada)

gime en el sueño y pide

la nueva voz del ansia y el grito del amor.

Sean el sueño y la paz para el poeta.

Sean la dicha y el pan para el poeta.

La libertad para el poeta.


Miro el puro prodigio de los sueños.

El sueño de tu cuerpo, los laureles

de tu sombra en la sombra

de esta noche de encendidos perdones.


Oigo ese sueño amargo del traidor en su nido,

su aurora mutilada,

su larga noche de agonía,

su pasión de belleza y de martirio.

(Profunda noche o cabellera

para el ciego del alma).


Oigo el suave nacer de los amores,

el suspiro anhelante, el beso despiadado.

Oigo ese fuego lento

de un pobre amor sin patria

y de un amor tan noble como el llanto.


Oigo el amor en triunfo:

la estrella temblorosa en su trono de luz,

la enamorada música, la selva

de estremecidos pasos de gacela

y las hojas que caen

como abrazos perdidos.

¡Amor encarcelado, amor divino,

atormentado amor, espiga de dulzura!


No hay amor en la noche

que no parezca ser mi propio amor.


Van los navíos del sueño

por el profundo mar de la esperanza;

los oigo navegar, ebrios, danzando

la danza de una noche constelada de espinas.


Va mi sueño en los sueños

de bondad, en los sueños

que despiertan al mundo, virginales,

y en el sueño marchito

y en el doliente sueño

de una infinita adolescencia.


Resplandece tu sueño,

tu sueño de laurel y mariposa,

y lo miro pasar

como una espada en vuelo,

desnuda de dolor, virgen de heridas.


Y no hay vuelo en tu sueño

que no parezca ser mi propio vuelo.


Miro pasar un ángel

y un silencio de bosques,

como una catedral de frías cenizas,

me envenena los ojos, los oídos,

y penetro en el alba

con los brazos abiertos al corazón del mundo.

782

Praga, Mi Novia

PRAGA, MI NOVIA


Lily me espera a las 11 en el puente del rey Carlos,

al pie de San Juan Nepomuceno, santo de piedra,

santo de agua, mudo, ahogado.

Lily cree en Dios y yo corro hacia ella

y hacia el río y después

los dos iremos hacia las colinas,

hacia el Castillo, hacia la Catedral,

y caminaremos la Callejuela de los Alquimistas

donde Lily descubre oro en las puertas y en las flores

y uno es un gigante que no cabe en las pequeñas casas.


Veremos grandes patios, hermosos panoramas,

y ella me obsequiará el prometido retrato de Neruda

—del viejo checo Jan, no del chileno Pablo—

y yo habré de contarle cómo es el mar

y si algún día regresaré.


Lily me dirá que cuente con ella

y que Praga es mi novia

y que ya no sueñe con las noches danubias

ni con «la negra Viena de los ojos azules»,

porque aquí, a nuestros pies,

un río de bronce y plata nos mira

y es un río que se llama Voltava.


Corro porque Lily me espera

y es posible que ya no crea en Dios

—lo que sería sencillamente horrible para ella.

Sus ojos que tanto han llorado deben mirar

hacia la dulzura del santo que no dijo nada

como ella tampoco parece decir nada cuando la beso

y en su español murmura «No me beséis»

y yo tengo que reírme y casi me muero de risa.


Al día siguiente

—porque ya Carlos Augusto León se ha ido a Zurich

a volar hacia América con su medalla de oro

en el pecho y sus cuentos de llaneros venezolanos—,

al día siguiente bailaremos valses

y al otro día Lily (sólo me queda ella)

esperará el filo de oro de la tarde

para llevarme hasta la puerta del Cementerio Judío

y dejarme de la mano de Dios

para que yo solo con mi alma pise aquellas flores de pavor

y me quiebre los ojos sobre las lápidas labradas

llenas de siglos

y a media voz recuerdo el poema de Nezval.

Porque ahí sólo pisamos la ceniza

y Lily, que cree en Dios,

no quiere entristecer su adoración

por el pequeño Niño Jesús de Praga

que se quedó en su nicho, allá en lo alto de la
Malá Strana

con sus quince vestiditos de oro y plata de todos los colores.


Y entonces, como no hay nada ni nadie a la vista,

sueño que los viejos huesos crecen en los dorados árboles

y que una flor tiene la lengua de fuera

porque Lily debe estar loca

y los rabinos están hechos polvo

y en la sinagoga el candelabro mueve los brazos

y el gran Libro abierto me habla

y la palabra «nazis» me da náuseas

y debo entonces pedir la paz en todos los ríos

y para todos los poetas, hombres, niños, mujeres,

y no solamente para la turbia paz del Cementerio

ni la paz para la ceniza que se come

ni para las astillas de huesos que recogí en Oswiecim

ni mucho menos la paz del ghetto de Varsovia.


Por eso, Lily, que cree en Dios y es hermosa y católica,

me dice que si estoy en Praga es porque soy malo

y debo ser un sanguinario comunista

pero que todo me lo perdona

(es tan buena) porque le corrijo su español

y le cuento de mis amigos de México y de las estrellas de cine

y que hay un pueblo lleno de canales y guitarras

y dos terribles volcanes muertos cubiertos de nieve

y para su consuelo una gran cantidad

de iglesias y mucho sacerdotes.


Por eso corro y dejo atrás la fina lluvia

y ya no quiero tampoco recordar la fría tierra de
Lídice,

porque me encanta la vieja ciudad y aunque me canse

(cuando regrese a México haré que me operen)

no puedo dejar a Lily con sus panes

y sus frutas, tampoco con sus ojos

que parecen ojos de santa flagelada

ni con su amarga risa de niña.


No me pierdo por Praga, porque ¿cómo perderme

en brazos de una novia amorosa?

Lily me dijo apenas ayer que me entregaba

el corazón de la ciudad

y yo me bebo el aire del río

y va no le pido más porque nada me niega

y porque debo llegar a una hora fija, a las 11,

al pie de San Juan Nepomuceno,

santo de piedra,

santo de agua,

mudo,

ahogado.

630

La Paloma Y El Sueño

LA PALOMA Y EL SUEÑO

Tú no veías el árbol, ni la nube ni el aire.

Ya tus ojos la tierra se los había bebido

y en tu boca de seda sólo un poco de gracia

fugitiva de rosas, y un lejano suspiro.


No veías ni mi boca que se moría de pena

ni tocabas mis manos huecas, deshabitadas.

Espeso polvo en torno daba un sabor a muerte

al solemne vivir la vida más amarga.


Había sed en tus ojos. Suave sudor tu frente

recordaba los ríos de suave, lenta infancia.

Yo no podía con mi alma. Mi alma ya no podía

con mi cuerpo tan roto de rotas esperanzas.


Tus palabras sonaban a olas de frágil vuelo.

Tus palabras tan raras, tan jóvenes, tan fieles.

Una estrella miraba cómo brilla tu vida.

Una rosa de fuego reposaba en tu frente.


Y no veías los árboles, ni la nube ni el aire.

Parecías desmayarte bajo el beso y su llama.

Parecías la paloma extraviada en su vuelo:

la paloma del ansia, la paloma que ama.


Te dije que te amaba, y un temblor de misterio

asomó a tus pupilas. Luego miraste, en sueños,

los árboles, la nube y el aire estremecido,

y en tus húmedos ojos hubo un aire de reto.


No parecías la misma de otras horas sin horas.

Ya sueñas, o ya vuelas y ni vuelas ni sueñas.

Te fatigan los brazos que te abrazan, paloma,

y, al sollozar, a un lirio desmayado recuerdas.


Ya sé que estoy perdido, pero siempre ganado.

Perdido entre tu sombra, ganado para nunca.

Mil besos son mil pétalos protegiendo tu piel

y tu piel es la lámpara que mis ojos alumbra.


¡Oh geografía del ansia, geografía de tu cuerpo!

Voy a llorar las lágrimas más amargas del mundo.

Voy a besar tu sombra y a vivir tu recuerdo.

Voy a vivir muriendo. Soy el que nunca estuvo.

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éste Es Un Amor

ÉSTE ES UN AMOR

A Rosaura Revueltas



Éste es un amor que tuvo su origen

y en un principio no era sino un poco de miedo

y una ternura que no quería nacer y hacerse fruto.


Un amor bien nacido de ese mar de sus ojos,

un amor que tiene a su voz como ángel y bandera,

un amor que huele a aire y a nardos y a cuerpo húmedo,

un amor que no tiene remedio, ni salvación,

ni vida, ni muerte, ni siquiera una pequeña agonía.


Éste es un amor rodeado de jardines y de luces

y de la nieve de una montaña de febrero

y del ansia que uno respira bajo el crepúsculo de San Ángel

y de todo lo que no se sabe, porque nunca se sabe

por qué llega el amor y luego las manos

—esas terribles manos delgadas como el pensamiento—

se entrelazan y un suave sudor de —otra vez— miedo,

brilla como las perlas abandonadas

y sigue brillando aún cuando el beso, los besos,

los miles y millones de besos se parecen al fuego

y se parecen a la derrota y al triunfo

y a todo lo que parece poesía —y es poesía.


Ésta es la historia de un amor con oscuros y tiernos orígenes:

vino como unas alas de paloma y la paloma no tenía ojos

y nosotros nos veíamos a lo largo de los ríos

y a lo ancho de los países

y las distancias eran como inmensos océanos

y tan breves como una sonrisa sin luz

y sin embargo ella me tendía la mano y yo tocaba su piel llena de gracia

y me sumergía en sus ojos en llamas

y me moría a su lado y respiraba como un árbol despedazado

y entonces me olvidaba de mi nombre

y del maldito nombre de las cosas y de las flores

y quería gritar y gritarle al lado que la amaba

y que yo ya no tenía corazón para amarla

sino tan sólo una inquietud del tamaño del cielo

y tan pequeña como la tierra que cabe en la palma de la mano.

Y yo veía que todo estaba en sus ojos —otra vez ese mar—,

ese mal, esa peligrosa bondad,

ese crimen, ese profundo espíritu que todo lo sabe

y que ya ha adivinado que estoy con el amor hasta los hombros,

hasta el alma y hasta los mustios labios.

Ya lo saben sus ojos y ya lo sabe el espléndido metal de sus muslos,

ya lo saben las fotografías y las calles

y ya lo saben las palabras —y las palabras y las calles y las fotografías

ya saben que lo saben y que ella y yo lo sabemos

y que hemos de morirnos toda la vida para no rompernos el alma

y no llorar de amor.

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