Efraín Huerta

Efraín Huerta

1914–1982 · vivió 67 años -- --

Efraín Huerta fue un poeta, periodista y militante comunista mexicano, conocido por su poesía social y su compromiso político. Su obra se caracteriza por una voz apasionada y combativa, que retrata la realidad de los marginados, los trabajadores y la lucha por la justicia. Apodado "El Ciano", su estilo directo y su lenguaje coloquial conectaron profundamente con las clases populares. Fue un cronista de su tiempo, abordando temas como la desigualdad social, la opresión y la esperanza de un mundo mejor.

n. 1914-06-18, Silao de la Victoria Municipality · m. 1982-02-03, Cidade do México

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¿quién Que Es No Ama A Virginia Woolf?

¿QUIÉN QUE ES NO AMA A VIRGINIA WOOLF?


Señora mía: sus labios son perfectos

y su mirada tan grande me tiembla la piel;

su falda de terciopelo naranja me parece infinita

—y su andar, como su bañar y hablar a solas, es

un cisne afilado corrigiendo vocablos, diciendo cómo

amasar correctamente la pasta para

cocer los panes nuestros de cada mañana.


Fue usted, Virginia, la que dijo

un lleno de neblina domingo de marzo:

Me hundiré con mis banderas flameando.


Ahora bien, ¿por qué siempre supe

que había sido en el mar y con su perro en brazos?


Esta mañana de octubre, muy clara y muy domingo,

Louie su sirvienta, sollozando cual herida gaviota,

me cuenta que fue en un río de lirios

y palomas y olas, olitas que devoraron

su falda, su lisa cabellera y esos ojos

que no dejan de mirarme

jamás, Señora nuestra,

porque leo y releo Orlando y To the Lighthouse

y Three Guineas y me hundo en el agua tan dulce

de su Diario —y ahora soy yo

quien cae, Virginia-luz, rayísimo,

y se pierde y ahoga de dicha

porque el suicidio —diga que sí—

es una corriente de palabras bien dichas

y las olitas nos comen otra vez

los huesos y yo muero feliz

porque la amé hasta

no cansarme nunca de amarla

tanto.

21 de octubre de 1974

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Biografía

Identificación y contexto básico

Efraín Huerta, conocido popularmente como "El Ciano", fue un poeta, periodista y activista político mexicano, nacido el 18 de junio de 1914 en Ciudad de México. Murió el 3 de noviembre de 1982 en la misma ciudad. Escribió en español y vivió gran parte del siglo XX, un periodo de intensos cambios sociales y políticos en México.

Infancia y formación

Nació en el seno de una familia humilde. A pesar de las dificultades económicas, mostró desde joven una gran inquietud intelectual y literaria. Fue autodidacta en gran medida, pero su militancia política y su trabajo periodístico le permitieron estar en contacto con diversas realidades y corrientes de pensamiento.

Trayectoria literaria

Su carrera literaria estuvo intrínsecamente ligada a su activismo político. Comenzó a publicar poesía en revistas y periódicos de izquierda en la década de 1930. Fue fundador de importantes publicaciones como "El Machete" y "La Voz de México". Su obra poética, que se extendió a lo largo de varias décadas, se caracteriza por su evolución y constancia en la defensa de los ideales sociales.

Obra, estilo y características literarias

La obra de Huerta es eminentemente social y política. Su poesía es un canto a los oprimidos, a los trabajadores, a la lucha por la libertad y la justicia. Utilizó un lenguaje directo, a menudo coloquial, lleno de fuerza y pasión. Temas recurrentes son la desigualdad, la explotación, la resistencia, la dignidad humana y la utopía de un mundo mejor. Su estilo se aleja de las convenciones elitistas para conectar directamente con el sentir popular. Obras destacadas incluyen "Estación de violencia" (1941), "Poesía para jóvenes" (1945), "El mismo amor" (1950) y "Los hombres del alba" (1954).

Contexto cultural e histórico

Vivió y participó activamente en el México de la post-revolución, un periodo marcado por la consolidación de un proyecto nacional y, a la vez, por profundas contradicciones sociales. Fue un miembro prominente del Partido Comunista Mexicano y un intelectual comprometido con las causas populares. Estuvo influenciado por poetas como Pablo Neruda y Nicolás Guillén, y a su vez, su obra dialogó con las inquietudes de su generación y de los movimientos sociales de su tiempo.

Vida personal

"El Ciano" fue una figura querida y respetada en los círculos de izquierda y entre los trabajadores. Su vida estuvo marcada por la militancia, el periodismo y la escritura. Fue un hombre de convicciones firmes, cuya vida personal se entrelazó de manera inseparable con su compromiso social y político.

Reconocimiento y recepción

Aunque su obra tuvo una gran resonancia entre las clases populares y los círculos de izquierda, su reconocimiento académico y oficial tardó en llegar. Sin embargo, con el tiempo, se ha consolidado como uno de los poetas sociales más importantes de México, valorándose su autenticidad, su fuerza expresiva y su compromiso ético.

Influencias y legado

Fue influenciado por la poesía social de Pablo Neruda y la lírica comprometida de otros autores latinoamericanos. Su legado reside en su capacidad para dar voz a los sin voz, en su poesía que es a la vez arte y herramienta de lucha social. Ha influenciado a generaciones de poetas y activistas que buscan una literatura comprometida con la realidad.

Interpretación y análisis crítico

Se ha analizado su poesía como un reflejo de las luchas sociales y políticas de México en el siglo XX, destacando su realismo crudo, su lirismo combativo y su profunda humanidad.

Infancia y formación

El apodo "El Ciano" proviene de su intensa actividad y "colorido" en la lucha política y periodística. Era conocido por su carácter directo y su gran sentido del humor.

Muerte y memoria

Falleció en 1982, dejando un importante legado literario y político. Su memoria se mantiene viva en los corazones de quienes luchan por un mundo más justo y en la obra de los escritores que continúan su tradición de poesía comprometida.

Poemas

95

El Río

Hoy estuvo paciente y apacible,
digno, sucio y solemne.
Surtidor de canales donde el lirio amanece.
Gigante río, río niño,
donde Louisiana escribe su gris melancolía.
669

La Negra Fea

LA NEGRA FEA

Para Abel Quezada



Outside!, chilló la negra,

la negra fea del bar.

Outside!, volvió a chillar

con una voz más negra

que su negro mirar.


OK, negra maldita,

negrita fea del bar.

OK, con tu chillar

me llevo una bendita

visión de Nueva Orleans.

641

Una Paloma En Los Ferries

Lentamente, la paloma violeta
anidó en el hombro derecho de la muchacha negra.
Lentamente, una sonrisa de oro
se hizo luz en los labios de la muchacha negra.
616

Beaumont, Tex

Bajo la luz de la luna, en Beaumont, Texas,
los blancos a la derecha, los negros a la izquierda.
603

La Bluebonnet

La bluebonnet me preguntó: ¿Y Andrea?
Yo me quedé mirándola con amarga mirada.
¿Andrea? Oh flor, oh dulce flor de cielo
y humedecida tierra,
¿por qué con tu pregunta, vino al mundo
esta lágrima de perfecta nostalgia?
542

La Noche De La Perversión

El caracol del ansia, ansiosamente
se adhirió a las pupilas, y una especie de muerte
a latigazos creó lo inesperado.
A pausas de veneno, la desdichada flor de la miseria
nos penetró en el alma, dulcemente,
con esa lenta furia de quien sabe lo que hace.

Flor de la perversión, noche perfecta,
tantas veces deseable maravilla y tormenta.
Noche de una piedad que helaba nuestros labios.
Noche de a ciencia cierta saber por qué se ama.
Noche de ahogarme siempre en tu ola de miedo.
Noche de ahogarte siempre en mi sordo desvelo.

Noche de una lujuria de torpes niños locos.
Noche de asesinatos y sólo suave sangre.
Noche de uñas y dientes, mentes de calosfrío.
Noches de no oír nada y ser todo, imperfectos.
Hermosa y santa noche de crueles bestezuelas.

Y el caracol del ansia, obsesionante,
mataba las pupilas, y mil odiosas muertes
a golpes de milagro crearon lo más sagrado.
Fue una noche de espanto, la noche de los diablos.
Noche de corazones pobres y enloquecidos,
de espinas en los dedos y agua hirviendo en los labios.
Noche de fango y miel, de alcohol y de belleza,
de sudor como llanto y llanto como espejos.
Noche de ser dos frutos en su plena amargura:
frutos que, estremecidos, se exprimían a sí mismos.

Yo no recuerdo, amada, en qué instante de fuego
la noche fue muriendo en tus brazos de oro.
La tibia sombra huyó de tu aplastado pecho,
y eras una guitarra bellamente marchita.
Los cuchillos de frío segaron las penumbras
y en tu vientre de plata se hizo la luz del alba.
595

El Retorno

Las paredes tienen oídos,
vientre y sangre.
Pero que no lo sepa el aire,
que lo ignoren el invierno
y el vendedor de esponjas;
que no se enteren mis fotografías que hablan;
que mi amor, oh montañas, oh cielos,
no levante su voz como raíz dulcísima.

Las paredes tienen oídos,
dientes, venas.
Pero que yo nunca, fumando,
diga su breve nombre de madera.
Que yo nunca sonriendo, pronuncie
su verdad: la cálida verdad.

Porque las paredes, como los sótanos,
tienen grandes oídos de herrumbre y frío,
desesperanza y pavor,
desconsuelo y locura.

Que yo nunca, en voz baja,
diga que he vuelto a amar.
744

La Rosa Primitiva

Escribo bajo el ala del ángel más perverso:
la sombra de la lluvia y el sonreír de cobre de la niebla
me conducen, oh estatuas, hacia un aire maduro,
hacia donde se encierra la gran severidad de la belleza.
Escribo las palabras y el penetrante nombre del poema,
y no encuentro razón, flor que no sea
la rosa primitiva de la ciudad que habito.
Nunca el poema fue tan serio como hoy, y nunca el verso
tuvo la estatura de bronce de lo que no se oculta.
Hacia el amor, las manos, y en las manos, gimiendo,
hojas de yerba amarga del pensamiento gris,
secas raíces de una melancolía sin huesos,
la danza del deseo muerto a vuelta de esquina
y un sollozo frustrado gracias a la ternura.
Hacia el amor, sonrisas, y en ellas, como almas,
el malogrado espíritu de un mensaje que un día
cobró cierta estructura, y que hoy, entorpecido,
circula por las venas.

Nunca digas a nadie que tienes la verdad en un puño,
o que a tus plantas, quieta, perdura la virtud.
Ama con sencillez, como si nada.
Sé dueño de tu infierno, propietario absoluto
de tu deseo y tus ansias, de tu salud y tus odios.
Fabrícate, en secreto, una ciudad sagrada,
y equilibra en su centro la rosa primitiva.
Al pueblo y a la hembra que enciendan cuanto hay en ti de hermoso,
y murmuren mensajes en tus oídos frágiles,
debes verlos con santa melancolía y un aire desdeñoso,
mandarlos hacia nunca, hacia siempre,
hacia ninguna parte...

Quédate con la rosa del calosfrío,
la rosa del espanto estatuario,
la inmaculada rosa de la calle,
la rosa de los pétalos hirientes,
la rosa-herrumbre del fiero desencanto,
la primitiva rosa de carne y desaliento,
la rosa fiel, la rosa que no miente,
la rosa que en tu pecho debe ser la paloma
del latido fecundo y el vivir con un pulso
de gran deseo hirviendo a flor de labio.

La rosa, en fin, de las espinas de oro
que nuestra piel desgarran y la elevan
hacia el sereno cielo de donde la poesía
nos llega mutilada, como ruinas del alba.
900

Declaración De Amor

Ciudad que llevas dentro
mi corazón, mi pena,
la desgracia verdosa
de los hombres del alba,
mil voces descompuestas
por el frío y el hambre.

Ciudad que lloras, mía,
maternal, dolorosa,
bella como camelia
y triste como lágrima,
mírame con tus ojos
de tezontle y granito,
caminar por tus calles
como sombra o neblina.

Soy el llanto invisible
de millares de hombres.
Soy la ronca miseria,
la gris melancolía,
el fastidio hecho carne.
Yo soy mi corazón
desamparado y negro.

Ciudad, invernadero,
gruta despedazada.
1.272

Los Hombres Del Alba

Y después, aquí, en el oscuro seno del río más oscuro,
en lo más hondo y verde de la vieja ciudad,
estos hombres tatuados: ojos como diamantes,
bruscas bocas de odio más insomnio,
algunas rosas o azucenas en las manos
y una desesperante ráfaga de sudor.

Son los que tienen en vez de corazón
un perro enloquecido
o una simple manzana luminosa
o un frasco con saliva y alcohol
o el murmullo de la una de la mañana
o un corazón como cualquiera otro.

Son los hombres del alba.
Los bandidos con la barba crecida
y el bendito cinismo endurecido,
los asesinos cautelosos
con la ferocidad sobre los hombros,
los maricas con fiebre en las orejas
y en los blandos riñones,
los violadores,
los profesionales del desprecio,
los del aguardiente en las arterias,
los que gritan, aúllan como lobos
con las patas heladas.
Los hombres más abandonados,
más locos, más valientes:
los más puros.

Ellos están caídos de sueño y esperanzas,
con los ojos en alto, la piel gris
y un eterno sollozo en la garganta.
Pero hablan. Al fin la noche es una misma
siempre, y siempre fugitiva:
es un dulce tormento, un consuelo sencillo,
una negra sonrisa de alegría,
un modo diferente de conspirar,
una corriente tibia temerosa
de conocer la vida un poco envenenada.
Ellos hablan del día. Del día,
que no les pertenece, en que no se pertenecen,
en que son más esclavos; del día,
en que no hay más camino
que un prolongado silencio
o una definitiva rebelión.

Pero yo sé que tienen miedo del alba.
Sé que aman la noche y sus lecciones escalofriantes.
Sé de la lluvia nocturna cayendo
como sobre cadáveres.
Sé que ellos construyen con sus huesos
un sereno monumento a la angustia.
Ellos y yo sabemos estas cosas:
que la gemidora metralla nocturna,
después de alborotar brazos y muertes,
después de oficiar apasionadamente
como madre del miedo,
se resuelve en rumor,
en penetrante ruido,
en cosa helada y acariciante,
en poderoso árbol con espinas plateadas,
en reseca alambrada:
en alba. En alba
con eficacia de pecho desafiante.

Entonces un dolor desnudo y terso
aparece en el mundo.
Y los hombres son pedazos de alba,
son tigres en guardia,
son pájaros entre hebras de plata,
son escombros de voces.
Y el alba negrera se mete en todas partes:
en las raíces torturadas,
en las botellas estallantes de rabia,
en las orejas amoratadas,
en el húmedo desconsuelo de los asesinos,
en la boca de los niños dormidos.

Pero los hombres del alba se repiten
en forma clamorosa,
y ríen y mueren como guitarras pisoteadas,
con la cabeza limpia
y el corazón blindado.
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