Citas
Citas para inspirar y reflexionar
Gran parte de los cuerpos vivos pasará a través de los cuerpos de otros animales, a saber, las casas deshabitadas pasarán en pedazos por las casas habitadas, dándoles algo útil y llevándose lo perjudicial: en otras palabras, la vida del hombre se hace de las cosas que come, las cuales llevan consigo la parte muerta del hombre.
Será muerto a golpes despiadados quien los nutre.
Los hombres correrán tras la cosa que más temen, es decir, que serán miserables por temor a la miseria.
De los que se hacen más avaros a medida que envejecen. Veranse hombres, apreciados por su juicio y experiencia, que cuanto menos necesitan las cosas con más avidez las buscan y rebuscan.
Muchos habrá que, con gran solicitud y fatiga, perseguirán desesperadamente algo que siempre les asustó, sin conocer su maldad.
Con piedra y con fierro se harán visibles, cosas que antes no se veían.
Del pedernal que, con el fuego que produce, incendia los bosques y consume la leña cuyas brasas cuecen la carne de los animales. Las grandes piedras de los montes, lanzarán fuego bastante para quemar la leña de muchos y grandes bosques y la carne de numerosas bestias salvajes o domésticas.
Gracias a las estrellas, se verán hombres velocísimos, al par de cualquier animal veloz.
Saldrá de bajo tierra quien aturdirá con sus gritos espantables a los circunstantes, y con su aliento dará muerte a los hombres y arruinará ciudades y castillos.
Los muertos saldrán de bajo tierra, y con sus fieros movimientos expulsarán del mundo a innumerables criaturas humanas.
De las espadas y lanzas que por sí mismas son inofensivas. El que por sí mismo es apacible y sin maldad alguna, se volverá feroz y terrible a causa de las malas compañías, y privará, con crueldad extrema, de la vida a muchas gentes; y más aún destruiría, si ciertos cuerpos sin alma, salidos de los peñascos, no las defendieran: esto es, las corazas de hierro.
Obras del hombre causarán su muerte: las espadas y las lanzas
Habrá muchos que crecerán derrumbándose
Volverán los tiempos de Herodes, pues los hijos inocentes serán arrancados a sus nodrizas, y morirán de grandes heridas causadas por la crueldad de los hombres.
Tus hijos, ciudad de África, serán despedazados en sus mismas casas por crueles y rapaces animales de tu país.
Muchos tesoros y grandes riquezas serán confiadas a animales cuadrúpedos, que las llevarán a diversos lugares.
Se oirán en muchos países de Europa instrumentos de varios tamaños y diversas armonías, con mucho cansancio de quienes los oyen de cerca.
Los hombres se hablarán y responderán desde remotísimos países
Los hombres verán con placer gastar y romper sus propias obras
Los árboles más grandes de las selvas serán llevados por el ímpetu de los vientos del Oriente al Occidente, es decir, por mar.
Los hombres arrojarán sus propias vituallas que, para sustentarse, guardaban en sus casas.
Muchos llorarán a sus padres muertos, llevándoles velas encendidas.
Gran parte del mar se escapará hacia el cielo, y no volverá por mucho tiempo: desde las nubes.
Apenas el vino entra en el estómago, comienza a hervir y a fermentarse; el alma empieza a abandonar el cuerpo, dirigiéndose hacia el cielo encuentra el cerebro, que es la causa de que ella haya abandonado el cuerpo; ya empieza a contaminarlo y a enfurecerlo a la manera de un loco; ya comete irreparables errores, matando a sus amigos…
Se rendirán muy grandes y pomposos honores a ciertos hombres, sin que ellos lo sepan.
La hormiga encontró un grano de mijo, que sintiéndose ya en su poder, le gritó:
Hallándose el vino, ese sublime licor extraído de la uva, en una rica taza de oro, ensoberbecido por tanto honor, se sintió de pronto asaltado por un pensamiento contrario, y se dijo a sí mismo:
Habiéndose dormido el asno sobre el hielo de un profundo lago, su calor derritió el hielo, y el asno, para su daño, hundiéndose en el agua, se ahogó apenas despierto.
Viendo cómo tajaban un peral, el laurel y el mirto, gritaron con altas voces:
Observando una higuera las ramas estériles de un olmo, su vecino, las cuales osaba robar el sol a sus frutas, verdes todavía, díjole en son de reproche:
El cangrejo se mantenía oculto bajo una piedra y cogía los peces que penetraban en su escondrijo. Sobrevino una crecida, con su devastador arrastre de piedras, las cuales, rodando sobre el cangrejo, lo despachurraron.
En la época del plenilunio, la ostra se abre cuanto puede; el cangrejo, introduciéndose entonces un guijarro o una astilla, que le impide cerrarse, la devora. Tal ocurre a quien abre la boca y dice su secreto para provecho del malintencionado auditorio.
La araña, queriendo envolver a la mosca en sus redes traidoras, pereció cruelmente entre ellas, muerta por el zángano.
El halcón, no pudiendo soportar con paciencia que el pato huyese de él, escondiéndose bajo el agua, quiso, imitándolo, perseguirlo también bajo el agua; pero humedecidas sus plumas, no pudo remontar el vuelo y pereció ahogado, mientras el pato, remontándose en el aire, se burlaba de él.
La ostra que, junto con unos peces, había sido descargada cerca de la casa del pescador, próxima al mar, pidió al ratón que la condujese al mar. El ratón, con la intención de comerla, hace que se abra y la muerde. Pero ella la aprieta la cabeza y lo mantiene inmóvil: el gato sobreviene y lo mata.
Una araña metida entre las uvas, cogía las moscas que de esas uvas se alimentaban: vino la vendimia y fue machacada junto con las uvas.
Encontró el mono un nido de pequeños pájaros y, muy contento, se arrojó sobre ellos, pero como ellos sabían ya volar, sólo consiguió apresar uno. Lleno de alegría, volvió con él en mano a su albergue y empezó a contemplarlo y a besarlo con entrañable amor; y tanto al fin lo besó, acarició y apretó, que acabó por sofocarlo. Decimos esto por aquellos cuyos hijos se pierden por no haber sido castigados a tiempo.
La viña envejecida sobre el viejo árbol, arrastrada por su triste compañero, compartió su ruina.
El sauce que, gracias a sus largas ramas, pretende superar a los demás árboles, por haber trabado compañía con la vid, podada todos los años, era estropeado siempre al mismo tiempo que ella.
Viendo el castaño a un hombre que, trepado sobre una higuera, doblaba sus ramas hacia sí y de ellas arrancaba los maduros frutos que iba metiendo en la abierta boca para romperlos y dilacerarlos con los duros dientes, empezó a sacudir sus largas ramas y a decir:
Cayó, pues, del cielo y fue bebida por la seca tierra, en la cual por mucho tiempo encarcelada hizo penitencia de su pecado.
Encontrándose el agua en el soberbio mar, que es su elemento, le vino el deseo de subir sobre el aire, y ayudada por el fuego elemental, elevándose en sutil vapor, parecía casi tan ligera como el aire mismo. Subiendo en alto, llegó adonde la atmósfera es menos densa y más fría, y allí fue abandonada del fuego; y las pequeñas partículas condensándose y uniéndose, se hicieron pesadas. Su descenso, convirtió la soberbia en fuga.
Así acontece a los que, alejándose de la vida solitaria y contemplativa, vienen a vivir en las ciudades y entre gentes llenas de infinitos vicios.
Una piedra de buen tamaño, cubierta por el agua hasta hacía poco, se mostraba sobre un lugar elevado, en el límite de un bosquecillo deleitoso y junto a un áspero camino. Rodeábanla hierbas y diversas flores de bellos colores, pero al ver las muchas piedras que debajo de ella estaban desparramadas en el camino, entrole el deseo de dejarse caer sobre ellas, diciéndose a sí misma: «¿Qué hago yo aquí con estas hierbas? Es en compañía de estas hermanas mías donde deseo instalarme».
Viéndose el papel todo manchado de la negrura de la tinta, se lo reprocha; pero ella le demuestra que las palabras escritas sobre él serán motivo de su perduración.
Saliéndose un día la hoja de afeitar de su mango, que le sirve también de estuche, y habiéndose expuesto al sol, lo vio reflejado en su cuerpo, de lo que se envaneció grandemente y volviendo atrás su pensamiento, exclamó:
El torrente arrastró tanta tierra y tantas piedras en su lecho que tuvo que cambiar su curso.
Colgada en la cumbre de un peñasco situado sobre la altura extrema de una altísima montaña, se hallaba un puñado de nieve que, recogiéndose en sí misma, empezó a trabajar con su imaginación y a decirse para sus adentros: