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Vicente García de la Huerta

Vicente García de la Huerta

Canción Que Por Encargo De La Real Academia De San Fernando Compuso

Dulce, canora Clío,
robate un breve rato al sacro coro,
dejándote traer del leve viento,
y pulsa a ruego mío
los trastes de cristal, las cuerdas de oro
del celestial dulcísono instrumento;
que, si proteges mi glorioso intento,
lograrás que a la dulce melodía
suspendan las esferas
su voluble porfía,
las aguas sus corrientes lisonjeras,
y el sol su curso pare,
mientras tu lira con mi voz sonare.

Teatro suntuoso
era un regio salón a circo grave
de ingenios de Minerva laureados.
Su recinto espacioso
parece que archivó con rica llave
los primores allí más delicados.
De piedras y de lienzos animados,
no cubrirse, formarse parecía
la magnífica pieza;
y como el arte había
en ellos apurado su destreza,
engañado el discurso
los juzgó tal vez parte del concurso.

El acto presidían
bajo regios doseles elevados
todas las Gracias sólo en dos matronas.
En sus ojos lucían,
y en su vestido virginal sembrados,
los astros más brillantes de las zonas.
Ostentaba una y otra seis coronas
a concurso de espíritus alados,
que con graves tareas
a lienzos preparados
piedra y metal trasladan mil ideas,
y compiten activos
del laurel los honores siempre vivos.


Los mármoles molestos
unos hendían, otros figuraban
edificios que a líneas dividían;
otros los indigestos
colores con fatiga quebrantaban;
templar el duro hierro otros porfían.
Aquí el luciente cobre sacudían,
haciéndole al buril más obediente;
liquidaban metales
allí con llama ardiente,
y todos daban en su afán señales,
que su ingenio fecundo
formaba el embrión de un nuevo mundo.

Sus obras ya ofrecían,
del último primor acrisoladas,
tímidos al examen riguroso.
Unos se prometían
las coronas al digno reservadas;
otro desconfiaba temeroso.
La expectación del circo numeroso
severidad al acto acrecentaba;
y al tiempo que ya Astrea
el premio preparaba
con que ilustrar la más feliz tarea,
un extraño suceso
el acto suspendió, pasmó el congreso.

Las ajustadas puertas
de fuerzas soberanas impelidas
con súbito rumor y común susto
parecieron abiertas;
retrajo de las venas comprimidas
el rojo humor el pecho más robusto.
A todos ocupaba el terror justo
cuando, sembrando luces celestiales,
con luminosa huella
ilustró los umbrales
una deidad, cuya presencia bella,
cual Febo el claro día,
a los ánimos trajo la alegría.


Torreada corona,
como suele a Minerva atribuirse,
su hermosa frente con honor ceñía.
Ornaba su persona
un ropaje, cuya obra distinguirse
el celeste esplendor no permitía.
En la siniestra por blasón regía,
en vez de cetro, del metal precioso
compás y escuadra, dando
su ademán generoso
muestras de majestad, y provocando
con amable violencia
su augusto aspecto a culto y reverencia.

La noble Arquitectura,
con real esplendor condecorada,
de todos conocida fue al momento;
y con civil dulzura,
de las caras hermanas saludada,
llegó a ocupar el superior asiento.
Entonces, dando al aire el blando acento
en delicadas voces y suaves,
con notable energía,
estas razones graves
articuló, bañando la armonía
la región leve y pura,
y el ánimo, el deleite y la dulzura.

«En vano los laureles
en mi agravio destina vuestra mano
a triunfos que a mí sola se han debido.
Pues ni Fidias ni Apeles,
ni cuantos por su ingenio soberano
libertaron sus nombres del olvido,
ni cuantos larga edad ha producido
en los climas de Europa venturosos,
disputarme pudieran
sus blasones gloriosos;
y cuando a empresa tanta se movieran,
sería el vencimiento
pena segura al ciego atrevimiento».


Sacó entonces del seno,
sobre el terso papel delineadas,
dos fábricas de dórico artificio,
en el blanco terreno
con tan grande primor perficionadas,
que el más severo dio de pasmo indicio.
No encontró el más escrupuloso juicio
sino la admiración en sus primores;
primores que excedían
los aplausos mayores
que al numeroso circo merecían,
cuyo asombro advirtiendo,
así la diosa prosiguió diciendo:

«A mí se deben sola
coronas de mayor merecimiento
y premios de más alta jerarquía;
pues el hado acrisola
su influjo grato a mi favor atento,
colmándome de dichas y alegría.
¡Oh, memorable, venturoso día
de mí con blanca piedra señalado
y digno sacrificio!
En mi pecho obligado
templo tendrás, y con humilde oficio
el ánimo devoto
repetirá cada momento el voto.

Pues noble empleo he sido,
de maestra gozando privilegios
y honores que llegó nadie a lograrlos,
y estudio ennoblecido
del desvelo de dos jóvenes regios,
digna progenie del glorioso Carlos.
Dos jóvenes excelsos, que al nombrarlos
el orbe todo con razón se humilla
y la dichosa España,
doblando la rodilla,
por cuanto el Betis, Ebro y Tajo baña
en floridos vergeles
rinde a sus pies olivas y laureles.

Aquestos monumentos,
con que hoy enriquecemos han querido
sus ilustres tareas venturosas
y sublimes talentos,
con dignidad y con honor debido,
logren veneraciones obsequiosas.
Vosotras ¡oh! deidades generosas,
y genios a la gloria consagrados,
depositarios fieles
de tan ricos dechados,
alfombras prevenid, colgad doseles,
y construid altares
a vuestros nuevos dioses tutelares.


Empresas que acreditan
aun en la tierra edad maduros bríos,
en breve el orbe llenarán de glorias,
cuando ya supeditan
tan ancho campo a los elogios míos,
y tan fértil materia a las historias.
Acumular victorias a victorias,
a ser vendrá su más digno ejercicio,
y adquirirse renombres
del común beneficio,
siendo, por eso eternizar sus nombres,
blasón de los pinceles,
gloria de los buriles y cinceles.

Los ingenios sutiles,
que los néctares liban de Helicona,
y al Pindo huellan la cerviz sombría,
en sus cultos pensiles
a sus dos frentes tejerán corona;
corona que a los siglos desafía.
Darán feliz asunto a su armonía
las conquistas de bárbaras naciones,
seguidas e imitadas
las paternas acciones,
de la fama en el templo atesoradas,
la paz establecida,
y Astrea al suelo restituida.

Las ciencias obsequiosas,
fomentadas también por todas partes,
publicarán sus timbres igualmente;
y con muestras piadosas
favorecidas las sutiles artes
extenderán su fama al continente
del nuestro más remoto y diferente.
Pasmo será y envidia al extranjero
la relación gloriosa
del paternal esmero,
con que las honren, y será famosa
en cuanto Febo baña
por tan heroicos príncipes España.

Aunque a tantos primores
con que hoy ilustran nuestro docto gremio,
y en permanentes sellos reduplican
nuestras glorias mayores,
podremos prevenir en vano premio
competente al honor que nos aplican.
Pero ya las esferas les dedican
en sus estancias plácidas y bellas
premios más permanentes
en coronas de estrellas,
cuando, felices hechas ya las gentes
de los dos hemisferios,
trasladen a los astros sus imperios.


Y en tanto, porque vea
el orbe de su amor claras señales,
a Carlos y Gabriel el premio debe
la dichosa tarea,
y el círculo de ramas inmortales,
con que el sudor ilustre se promueve».
Esto dijo, y lloviendo el viento leve
guirnaldas, en un punto coronadas
las vencedoras sienes
quedaron, y embargadas
del súbito placer y extraños bienes
del cuerpo las acciones,
y hecho el sentido un mar de admiraciones.

La común algazara,
los dos amados nombres repitiendo,
al cielo con estrépito subía.
La esfera pura y clara,
a las voces del suelo respondiendo,
el aplauso esforzó con su armonía.
Y yo, que parte fui de la alegría,
obedeciendo al superior mandato
que me ilustra y apremia,
perpetuar así trato
el suceso feliz, docta Academia,
si por ventura Clío
no desdeñó el humilde ruego mío.

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Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

El Candil

EL CANDIL


A Alejandro Quijano


En la cúspide radiante

que el metal de mi persona

dilucida y perfecciona,

y en que una mano celeste

y otra de tierra me fincan

sobre la sien la corona;

en la orgía matinal

en que me ahogo en azul

y soy como un esmeril

y central y esencial como el rosal;

en la gloria en que melifluo

soy activamente casto

porque lo vivo y lo inánime

se me ofrece gozoso como pasto;

en esta mística gula

en que mi nombre de pila

es una candente cábala

que todo lo engrandece y lo aniquila;

he descubierto mi símbolo

en el candil en forma de bajel

que cuelga de las cúpulas criollas

su cristal sabio y su plegaria fiel.

¡Oh candil, oh bajel, frente al altar

cumplimos, en dúo recóndito,

un solo mandamiento: venerar!

Embarcación que iluminas

a las piscinas divinas:

en tu irisada presencia

mi humildad se esponja y se anaranja,

porque en la muda eminencia

están anclados contigo

el vuelo de mis gaviotas

y el humo sollozante de mis flotas.

¡Oh candil, oh bajel: Dios ve tu pulso

y sabe que anonadas

en las cúpulas sagradas

no por decrépito ni por insulso!

Tu alta oración animas

con el genio de los climas.

Tú conoces el espanto

de las islas de leprosos,

el domicilio polar

de los donjuanescos osos,

la magnética bahía

de los deliquios venéreos,

las garzas ecuatoriales

cual escrúpulos aéreos,

y por ello ante el Señor

paralizas tu experiencia

como el olor que da tu mejor flor.

Paralelo a tu quimera,

cristalizo sin sofismas

las brasas de mi ígnea primavera,

enarbolo mi júbilo y mi mal

y suspendo mis llagas como prismas.

Candil, que vas como yo

enfermo de lo absoluto,

y enfilas la experta proa

a un dorado archipiélago sin luto;

candil, hermético esquife:

mis sueños recalcitrantes

enmudecen cual un cero

en tu cristal marinero,

inmóviles excelsos y adorantes.


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Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

La Doncella Verde

LA DONCELLA VERDE


En la muerte de José Enrique Rodó.


En la quieta impostura virginal de la noche

que cobija al amor con un tenue derroche

de luceros, padrinos del erótico abrazo,

el mundo de Rubén Darío se contrista

por el cordial filósofo que sembró en el regazo

de América esperanzas, por el espectro artista

que hoy arroba al Zodíaco con su arenga optimista.

Yo alabo al confesor de la Santa Esperanza

y a la doncella verde en la misma alabanza.

Esperanza, doncella verde, tu vestidura

es el matiz de una corteza prematura.

Esperanza, en el arco iris, tu cabellera

ameniza los cielos como una enredadera.

Esperanza, los astros en que titila el verde

son el feudo en que moras y en que tu luz se pierde.

Los ojos vegetales con que miras y salvas

parodian a la felpa rústica de las malvas.

En la luz teologal de tus dos ojos claros

se surten las luciérnagas, las joyas y los faros.

Rayan la oscuridad del más oscuro mes

las puntas de esmeralda de tus ínclitos pies.

Y tapizas el antro submarino, y la armónica

cuita de los cipreses, y la paleta agónica.

¡Oh doncella, que guardas los suspiros más graves

del hombre, como guarda un llavero sus llaves:

un relámpago anuncia que el instante se acerca

en que tiñas de ti las aguas de mi alberca,

y a tu paso, fosfórica e inviolable mujer,

mi corazón se abre, pronto a reverdecer!

Y bajo la impostura virginal de la noche

que cobija al amor con un tenue derroche

de luceros, un mito saludable me afianza

y alabo al confesor de la santa Esperanza

y a la doncella verde en la misma alabanza.


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Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

Memorias Del Circo

MEMORIAS DEL CIRCO

A Carlos González Peña


Los circos trashumantes,

de lamido perrillo enciclopédico

y desacreditados elefantes,

me enseñaron la cómica friolera

y las magnas tragedias hilarantes.

El aeronauta previo,

colgado de los dedos de los pies,

era un bravo cosmógrafo al revés

que, si subía hasta asomarse al Polo

Norte, o al Polo Sur, también tenía

cuestiones personales con Eolo.

Irrumpía el payaso

como una estridencia

ambigua, y era a un tiempo

manicomio, niñez, golpe contuso,

pesadilla y licencia.

Amábanlo los niños

porque salía de una bodega mágica

de azúcares. Su faz sólo era trágica

por dos lágrimas sendas de carmín.

Su polvorosa apariencia toleraba

tenerlo por muy limpio o por muy sucio,

y un cónico bonete era la gloria

inestable y procaz de su occipucio.

El payaso tocaba a la amazona

y la hallaba de almendra,

a juzgar por la mímica fehaciente

de toda su persona

cuando llevaba el dedo temerario

hasta la lengua cínica y glotona.

Un día en que el payaso dio a probar

su rastro de amazona al ejemplar

señor Gobernador de aquel Estado,

comprendí lo que es

Poder Ejecutivo aturrullado.

¡Oh remoto payaso: en el umbral

de mi infancia derecha

y de mis virtudes recién nacidas

yo no puedo tener una sospecha

de amazonas y almendras prohibidas!

Estas almendras raudas

hechas de terciopelos y de trinos

que no nos dejan ni tocar sus caudas...

Los adioses baldíos

a las augustas Evas redivivas

que niegan la migaja, pero inculcan

en nuestra sangre briosa una patética

mendicidad de almendras fugitivas...

Había una menuda cuadrumana

de enagüilla de céfiro

que, cabalgando por el redondel

con azoros de humana,

vencía los obstáculos de inquina

y los aviesos aros de papel.

Y cuando a la erudita

cavilación de Darwin

se le montaba la enagüilla obscena,

la avisada monita

se quedaba serena.

como ante un espejismo,

despreocupada lastimosamente

de su desmantelado transformismo.

La niña Bell cantaba:

«Soy la paloma errante»;

y de botellas y de cascabeles

surtía un abundante

surtidor de sonidos

acuáticos, para la sed acuática

de papás aburridos,

nodriza inverecunda

y prole gemebunda.

¡Oh memoria del circo! Tú te vas

adelgazando en el frecuente síncope

del latón sin compás;

en la apesadumbrada

somnolencia del gas;

en el talento necio

del domador aquel que molestaba

a los leones hartos, y en el viudo

oscilar del trapecio...


479
Rubén Darío

Rubén Darío

Yo Soy Aquel Que Ayer No Más Decía

Yo soy aquel que ayer no más decía
el verso azul y la canción profana,
en cuya noche un ruiseñor había
que era alondra de luz por la mañana.

El dueño fui de mi jardín de sueño,
lleno de rosas y de cisnes vagos;
el dueño de las tórtolas, el dueño
de góndolas y liras en los lagos;

y muy siglo diez y ocho y muy antiguo
y muy moderno; audaz, cosmopolita;
con Hugo fuerte y con Verlaine ambiguo,
y una sed de ilusiones infinita.

Yo supe de dolor desde mi infancia,
mi juventud.... ¿fue juventud la mía?
Sus rosas aún me dejan su fragancia...
una fragancia de melancolía...

Potro sin freno se lanzó mi instinto,
mi juventud montó potro sin freno;
iba embriagada y con puñal al cinto;
si no cayó, fue porque Dios es bueno.

En mi jardín se vio una estatua bella;
se juzgó mármol y era carne viva;
una alma joven habitaba en ella,
sentimental, sensible, sensitiva.

Y tímida ante el mundo, de manera
que encerrada en silencio no salía,
sino cuando en la dulce primavera
era la hora de la melodía...

Hora de ocaso y de discreto beso;
hora crepuscular y de retiro;
hora de madrigal y de embeleso,
de «te adoro», y de «¡ay!» y de suspiro.

Y entonces era la dulzaina un juego
de misteriosas gamas cristalinas,
un renovar de gotas del Pan griego
y un desgranar de músicas latinas.

Con aire tal y con ardor tan vivo,
que a la estatua nacían de repente
en el muslo viril patas de chivo
y dos cuernos de sátiro en la frente.

Como la Galatea gongorina
me encantó la marquesa verleniana,
y así juntaba a la pasión divina
una sensual hiperestesia humana;

todo ansia, todo ardor, sensación pura
y vigor natural; y sin falsía,
y sin comedia y sin literatura...:
si hay un alma sincera, esa es la mía.

La torre de marfil tentó mi anhelo;
quise encerrarme dentro de mí mismo,
y tuve hambre de espacio y sed de cielo
desde las sombras de mi propio abismo.

Como la esponja que la sal satura
en el jugo del mar, fue el dulce y tierno
corazón mío, henchido de amargura
por el mundo, la carne y el infierno.

Mas, por gracia de Dios, en mi conciencia
el Bien supo elegir la mejor parte;
y si hubo áspera hiel en mi existencia,
melificó toda acritud el Arte.

Mi intelecto libré de pensar bajo,
bañó el agua castalia el alma mía,
peregrinó mi corazón y trajo
de la sagrada selva la armonía.

¡Oh, la selva sagrada! ¡Oh, la profunda
emanación del corazón divino
de la sagrada selva! ¡Oh, la fecunda
fuente cuya virtud vence al destino!

Bosque ideal que lo real complica,
allí el cuerpo arde y vive y Psiquis vuela;
mientras abajo el sátiro fornica,
ebria de azul deslíe Filomela.

Perla de ensueño y música amorosa
en la cúpula en flor del laurel verde,
Hipsipila sutil liba en la rosa,
y la boca del fauno el pezón muerde.

Allí va el dios en celo tras la hembra,
y la caña de Pan se alza del lodo;
la eterna vida sus semillas siembra,
y brota la armonía del gran Todo.

El alma que entra allí debe ir desnuda,
temblando de deseo y fiebre santa,
sobre cardo heridor y espina aguda:
así sueña, así vibra y así canta.

Vida, luz y verdad, tal triple llama
produce la interior llama infinita.
El Arte puro como Cristo exclama:
Ego sum lux et veritas et vita!

Y la vida es misterio, la luz ciega
y la verdad inaccesible asombra;
la adusta perfección jamás se entrega,
y el secreto ideal duerme en la sombra.

Por eso ser sincero es ser potente;
de desnuda que está, brilla la estrella;
el agua dice el alma de la fuente
en la voz de cristal que fluye de ella.

Tal fue mi intento, hacer del alma pura
mía, una estrella, una fuente sonora,
con el horror de la literatura
y loco de crepúsculo y de aurora.

Del crepúsculo azul que da la pauta
que los celestes éxtasis inspira,
bruma y tono menor —¡toda la flauta!,
y Aurora, hija del Sol— ¡toda la lira!

Pasó una piedra que lanzó una honda;
pasó una flecha que aguzó un violento.
La piedra de la honda fue a la onda,
y la flecha del odio fuese al viento.

La virtud está en ser tranquilo y fuerte;
con el fuego interior todo se abrasa;
se triunfa del rencor y de la muerte,
y hacia Belén... ¡la caravana pasa!
1.056
Rubén Darío

Rubén Darío

Canto A La Argentina

¡Oh, Sol! ¡Oh, padre teogénico!
¡Sol simbólico que irradias
en el pabellón! Salomónico
y helénico, lumbre de Arcadias,
mítico, incásico, mágico!
¡Foibos, triunfante en el trágico
vencimiento de las sombras;
Tabú y Tótem del abismo!
¡Oh, Sol! que inspiras y asombras,
que perdure tu portento
que el orbe todo ilumina
tal como en el firmamento
desde la enseña argentina.
Y con la lluvia sagrada
y con el aire propicio,
brinda a la tierra labrada
en el rural ejercicio
plurales savias y fragancias
y el dón de matriz y de ubre
que de cosechas pingües cubre
los edenes de las estancias.
Ilumina el advenimiento
del creciente pensamiento
que crea el caudal en la banca,
o en el taller la estatua blanca
que decora el monumento.
Al lírico que el verso arranca
del corazón del instrumento.
A los que un Píndaro diera,
por los olímpicos juegos,
por el salto, por la carrera
la oda cara a los griegos,
que se cerniría sonora
sobre el aquilino aeroplano
que es grifo, pegaso y quimera;
sobre el remero que evoca
haciendo volar la prora
los de la pristina galera;
sobre los que en lucha loca
disputan la elástica esfera;
sobre las sudorosas frentes
de los sanos adolescentes.
Ilumina el casco griego
que cubre la cabeza altiva
de los combatientes del fuego;
vierte tu luz genitiva
sobre las mil procesiones
que arbolan sus estandartes
y cantan en sus canciones
la paz, la dicha y las artes.
Van los magistrados egregios,
van las espadas relumbrosas,
van las pompas y lujos regios,
van las niñas de los colegios
como lirios y como rosas.
¡Sonad, oh claros clarines,
sonad tambores guerreros,
en el milagroso escenario;
los nombres de los paladines,
nombres oros, nombres aceros,
se oyen en vuestros sones fieros
en la fiesta del Centenario!
Viento de amor en la floresta
cívica pasa. Es la fiesta
de las guirnaldas de fe,
de los ramos de esperanza,
de los mirtos de amor y de
los olivos de bonanza.
Hojas de roble, hojas de hiedra,
para el fundador de ciudades,
que puso la primera piedra,
que unificó las voluntades,
que dedicara las vigilias,
que consagrara los dineros,
al colmenar de los obreros
y a los nidos de las familias.
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