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Poemas en este tema

Literatura y Palabras

Octavio Paz

Octavio Paz

Carta De Creencia

Entre la noche y el día
hay un territorio indeciso.
No es luz ni sombra:

es tiempo.
Hora, pausa precaria,
página que se obscurece,
página en la que escribo,
despacio, estas palabras.

La tarde
es una brasa que se consume.
El día gira y se deshoja.
Lima los confines de las cosas
un río obscuro.

Terco y suave
las arrastra, no sé adónde.
La realidad se aleja.

Yo escribo:
hablo conmigo

—hablo contigo.

Quisiera hablarte
como hablan ahora,
casi borrados por las sombras
el arbolito y el aire;
como el agua corriente,
soliloquio sonámbulo;
como el charco callado,
reflector de instantáneos simulacros;
como el fuego:
lenguas de llama, baile de chispas,
cuentos de humo.

Hablarte
con palabras visibles y palpables,
con peso, sabor y olor
como las cosas.

Mientras lo digo
las cosas, imperceptiblemente,
se desprenden de sí mismas
y se fugan hacia otras formas,
hacia otros nombres.

Me quedan
estas palabras: con ellas te hablo.

Las palabras son puentes.
También son trampas, jaulas, pozos.
Yo te hablo: tú no me oyes.
No hablo contigo:

hablo con una palabra,
Esa palabra eres tú,

esa palabra
te lleva de ti misma a ti misma.
La hicimos tú, yo, el destino.
La mujer que eres
es la mujer a la que hablo:
estas palabras son tu espejo,
eres tú misma y el eco de tu nombre.
Yo también,

al hablarte,
me vuelvo un murmullo,
aire y palabras, un soplo,
un fantasma que nace de estas letras.

Las palabras son puentes:
la sombra de las colinas de Meknès
sobre un campo de girasoles estáticos
es un golfo violeta.
Son las tres de la tarde,
tienes nueve años y te has adormecido
entre los brazos frescos de la rubia mimosa.
Enamorado de la geometría
un gavilán dibuja un círculo.
Tiembla en el horizonte
la mole cobriza de los cerros.
Entre peñascos vertiginosos
los cubos blancos de un poblado.
Una columna de humo sube del llano
y poco a poco se disipa, aire en el aire,
como el canto del muecín
que perfora el silencio, asciende y florece
en otro silencio.

Sol inmóvil,
inmenso espacio de alas abiertas;
sobre llanuras de reflejos
la sed levanta alminares transparentes.
Tú no estás dormida ni despierta:
tú flotas en un tiempo sin horas.
Un soplo apenas suscita
remotos países de menta y manantiales.
Déjate llevar por estas palabras
hacia ti misma.
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José Coronel Urtecho

José Coronel Urtecho

Oda A Rubén Darío

"¿Ella? No la anuncian. No llega aún."Rubén Darío. Heraldos

I



(Acompañamiento de papel de lija)


Burlé tu león de cemento al cabo.

Tú sabes que mi llanto fue de lágrimas,

i no de perlas. Te amo.

Soy el asesino de tus retratos.

Por vez primera comimos naranjas.

Il n’y a pas de chocolat —dijo tu ángel de la guarda.


Ahora podías perfectamente

mostrarme tu vida por la ventana

como unos cuadros que nadie ha pintado.

Tu vestido de emperador, que cuelga

de la pared, bordado de palabras,

cuánto más pequeño que ese pajama

con que duermes ahora,

que eres tan sólo un alma.


Yo te besé las manos.

"Stella —tú hablabas contigo mismo—

llegó por fin después de la parada",

i no recuerdo qué dijiste luego.

Sé que reímos de ello.


(Por fin te dije: "Maestro, quisiera

ver el fauno".


Mas tú: "Vete a un convento").


Hablamos de Zorrilla. Tu dijiste:

"Mi padre" i hablamos de los amigos.

"Et le reste est literature" de nuevo

tu ángel impertinente.

Tú te exaltaste mucho.

"Literatura todo —el resto es esto".

Entonces comprendimos la tragedia.

Es como el agua cuando

inunda un campo, un pueblo

sin alboroto i se entra

por las puertas i llena los salones

de los palacios —en busca de un cauce,

del mar, nadie sabe.


Tú que dijiste tantas veces "Ecce

Homo" frente al espejo

i no sabías cuál de los dos era

el verdadero, si acaso era alguno.

(¿Te entraban deseos de hacer pedazos

el cristal?) Nada de esto

(mármol bajo el azul) en tus jardínes

—donde antes de morir rezaste al cabo—

donde yo me paseo con mi novia

i soy irrespetuoso con los cisnes.

II



(Acompañamiento de tambores)


He tenido una reyerta

con el Ladrón de tus Corbatas

(yo mismo cuando iba a la escuela),

el cual me ha roto tus ritmos

a puñetazos en las orejas…


Libertador, te llamaría,

si esto no fuera una insolencia

contra tus manos provenzales

(i el Cancionero de Baena)

en el "Clavicordio de la Abuela"

—tus manos, que beso de nuevo,

Maestro.


En nuestra casa nos reuníamos

para verte partir en globo

i tú partías en una galera

—después descubrimos que la luna

era una bicicleta—

y regresabas a la gran fiesta

de la apertura de tu maleta.

La Abuela se enfurecía

de tus sinfonías parisienses,

i los chicuelos nos comíamos

tus peras de cera.


(Oh tus sabrosas frutas de cera)


Tú comprendes.

Tú que estuviste en el Louvre,

entre los mármoles de Grecia,

y ejecutaste una marcha

a la Victoria de Samotracia,

tú comprendes por qué te hablo

como una máquina fotográfica

en la plaza de la Independencia

de las Cosmópolis de América,

donde enseñaste a criar Centauros

a los ganaderos de las Pampas.


Porque, buscándome en vano

entre tus cortinajes de ensueño,

he terminado por llamarte

"Maestro, maestro",

donde tu música suntuosa

es la armonía de tu silencio…

(¿Por qué has huído, maestro?)

(Hay unas gotas de sangre

en tus tapices).


Comprendo.

Perdón. Nada ha sido.

Vuelvo a la cuerda de mi contento.

¿Rubén? Sí. Rubén fue un mármol

griego. (¿No es esto?)


"All’s right with the world", nos dijo

con su prosaísmo soberbio

nuestro querido sir Roberto

Browning. Y es cierto.

FINAL




(Con pito)


En fin, Rubén,

paisano inevitable, te saludo

con mi bombín,

que se comieron los ratones en

mil novecientos veinte i cin-

co. Amén.


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Jorge Luis Borges

Jorge Luis Borges

El Otro Tigre

EL OTRO TIGRE


And the craft createth a semblance.
Morris: Sigurd the Volsung (1876)



Pienso en un tigre. La penumbra exalta

La vasta Biblioteca laboriosa

Y parece alejar los anaqueles;

Fuerte, inocente, ensangrentado y nuevo,

él irá por su selva y su mañana

Y marcará su rastro en la limosa

Margen de un río cuyo nombre ignora

(En su mundo no hay nombres ni pasado

Ni porvenir, sólo un instante cierto.)

Y salvará las bárbaras distancias

Y husmeará en el trenzado laberinto

De los olores el olor del alba

Y el olor deleitable del venado;

Entre las rayas del bambú descifro,

Sus rayas y presiento la osatura

Baja la piel espléndida que vibra.

En vano se interponen los convexos

Mares y los desiertos del planeta;

Desde esta casa de un remoto puerto

De América del Sur, te sigo y sueño,

Oh tigre de las márgenes del Ganges.


Cunde la tarde en mi alma y reflexiono

Que el tigre vocativo de mi verso

Es un tigre de símbolos y sombras,

Una serie de tropos literarios

Y de memorias de la enciclopedia

Y no el tigre fatal, la aciaga joya

Que, bajo el sol o la diversa luna,

Va cumpliendo en Sumatra o en Bengala

Su rutina de amor, de ocio y de muerte.

Al tigre de los simbolos he opuesto

El verdadero, el de caliente sangre,

El que diezma la tribu de los búfalos

Y hoy, 3 de agosto del 59,

Alarga en la pradera una pausada

Sombra, pero ya el hecho de nombrarlo

Y de conjeturar su circunstancia

Lo hace ficción del arte y no criatura

Viviente de las que andan por la tierra.


Un tercer tigre buscaremos. Éste

Será como los otros una forma

De mi sueño, un sistema de palabras

Humanas y no el tigre vertebrado

Que, más allá de las mitologías,

Pisa la tierra. Bien lo sé, pero algo

Me impone esta aventura indefinida,

Insensata y antigua, y persevero

En buscar por el tiempo de la tarde

El otro tigre, el que no está en el verso.


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Evaristo Carriego

Evaristo Carriego

A Carlos De Soussens

Caballero de Friburgo, de un castillo de aventuras
cuyas águilas audaces remontaron el Ideal,
soñadoras de los nidos de las líricas futuras,
la pupila al Sol abierta, coronando las alturas,
en el vuelo de armonías de una musa: la orquestal.
Visionario de un ensueño que inspiró un vino divino,
melancólicas vendimias de las uvas de tu Abril
tú también tendrás un Murget, y verá el Barrio Latino
perpetuarse tu bohemia, milagroso peregrino,
compañero de prisiones en la Torre de marfil

Que se cumpla, por tu gloria, la promesa de Darío,
al decirte de una estatua sobre firme pedestal,
que relinchen tus corceles los clarines de su brío,
que la virgen del sudario no desole con su frío
el jardín de poesía de un eterno Floreal.

En las misas de tu credo, más cordiales, más inquietas,
que te canten y consagren fugitivo de Verlaine,
que te nombren compasivas las Mimís y las Musetas,
y relaten conmovidos sus pintores y poetas
cuando entrabas predicando por tu azul Jerusalén

Que tus pálidas princesas de inefables corazones,
lleven lirios de tus rimas a un olímpico París
con las hostias fraternales de tus suaves comuniones
que el orfebre de los triunfos en tus líricos blasones,
grabe todos tus laureles con olivo y flor de lis.

¡Ya serás, en el recuerdo, cuando seas un pasado,
como aquel de la leyenda que tus éxtasis meció,
ya serás, para in eternum, de algún bronce perpetuado,
como guardan tus memorias infantiles, por sagrado,
aquel beso con que Hugo tu niñez acarició!
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