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Poemas en este tema

Sueños e Imaginación

Vicente Aleixandre

Vicente Aleixandre

Acaba

En volandas,
como si no existiera el avispero,
aquí me tienes con los ojos desnudos,
ignorando las piedras que lastiman,
ignorando la misma suavidad de la muerte.

¿Te acuerdas? He vivido dos siglos, dos minutos,
sobre un pecho latiente,
he visto golondrinas de plomo triste anidadas en ojos
y una mejilla rota por una letra.
La soledad de lo inmenso mientras media la capacidad de una gota.

Hecho pura memoria,
hecho aliento de pájaro,
he volado sobre los amaneceres espinosos,
sobre lo que no puede tocarse con las manos.

Un gris, un polvo gris parado impediría siempre el beso sobre la tierra,
sobre la única desnudez que yo amo,
y de mi tos caída como una pieza
no se esperaría un latido, sino un adiós yacente.

Lo yacente no sabe.
Se pueden tener brazos abandonados.
Se pueden tener unos oídos pálidos
que no se apliquen a la corteza ya muda.
Se puede aplicar la boca a lo irremediable.
Se puede sollozar sobre el mundo ignorante.

Como una nube silenciosa yo me elevaré de mí mismo.
Escúchame. Soy la avispa imprevista.
Soy esa elevación a lo alto
que como un ojo herido
se va a clavar en el azul indefenso.
Soy esa previsión triste de no ignorar todas las venas,
de saber cuándo, cuándo la sangre pasa por el corazón
y cuándo la sonrisa se entreabre estriada.

Todos los aires azules...
No.
Todos los aguijones dulces que salen de las manos,
todo ese afán de cerrar párpados, de echar oscuridad o sueño,
de soplar un olvido sobre las frentes cargadas,
de convertirlo todo en un lienzo sin sonido,

me transforma en la pura brisa de la hora,
en ese rostro azul que no piensa,
en la sonrisa de la piedra,
en el agua que junta los brazos mudamente.
En ese instante último en que todo lo uniforme pronuncia la palabra:
ACABA.
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Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

Memorias Del Circo

MEMORIAS DEL CIRCO

A Carlos González Peña


Los circos trashumantes,

de lamido perrillo enciclopédico

y desacreditados elefantes,

me enseñaron la cómica friolera

y las magnas tragedias hilarantes.

El aeronauta previo,

colgado de los dedos de los pies,

era un bravo cosmógrafo al revés

que, si subía hasta asomarse al Polo

Norte, o al Polo Sur, también tenía

cuestiones personales con Eolo.

Irrumpía el payaso

como una estridencia

ambigua, y era a un tiempo

manicomio, niñez, golpe contuso,

pesadilla y licencia.

Amábanlo los niños

porque salía de una bodega mágica

de azúcares. Su faz sólo era trágica

por dos lágrimas sendas de carmín.

Su polvorosa apariencia toleraba

tenerlo por muy limpio o por muy sucio,

y un cónico bonete era la gloria

inestable y procaz de su occipucio.

El payaso tocaba a la amazona

y la hallaba de almendra,

a juzgar por la mímica fehaciente

de toda su persona

cuando llevaba el dedo temerario

hasta la lengua cínica y glotona.

Un día en que el payaso dio a probar

su rastro de amazona al ejemplar

señor Gobernador de aquel Estado,

comprendí lo que es

Poder Ejecutivo aturrullado.

¡Oh remoto payaso: en el umbral

de mi infancia derecha

y de mis virtudes recién nacidas

yo no puedo tener una sospecha

de amazonas y almendras prohibidas!

Estas almendras raudas

hechas de terciopelos y de trinos

que no nos dejan ni tocar sus caudas...

Los adioses baldíos

a las augustas Evas redivivas

que niegan la migaja, pero inculcan

en nuestra sangre briosa una patética

mendicidad de almendras fugitivas...

Había una menuda cuadrumana

de enagüilla de céfiro

que, cabalgando por el redondel

con azoros de humana,

vencía los obstáculos de inquina

y los aviesos aros de papel.

Y cuando a la erudita

cavilación de Darwin

se le montaba la enagüilla obscena,

la avisada monita

se quedaba serena.

como ante un espejismo,

despreocupada lastimosamente

de su desmantelado transformismo.

La niña Bell cantaba:

«Soy la paloma errante»;

y de botellas y de cascabeles

surtía un abundante

surtidor de sonidos

acuáticos, para la sed acuática

de papás aburridos,

nodriza inverecunda

y prole gemebunda.

¡Oh memoria del circo! Tú te vas

adelgazando en el frecuente síncope

del latón sin compás;

en la apesadumbrada

somnolencia del gas;

en el talento necio

del domador aquel que molestaba

a los leones hartos, y en el viudo

oscilar del trapecio...


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Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

Para El Zenzontle Impávido

He vuelto a media noche a mi casa, y un canto
como vena de agua que solloza, me acoge...
Es el músico célibe, es el solista dócil
y experto, es el zenzontle que mece los cansancios
seniles y la incauta ilusión con que sueñan
las damitas... No cabe duda que el prisionero
sabe cantar. Su lengua es como aquellas otras
que el candor de los clásicos llamó lenguas arpadas.
No serían los clásicos minuciosos psicólogos,
pero atinaban con el mundo elemental
y daban a las cosas sus nombres...

Sigo oyendo
la musical tarea del zenzontle, y lo admiro
por impávido y fuerte, porque no se amilana
en el caos de las lóbregas vigilias, y no teme
despertar a los monstruos de la noche. Su pico
repasa el cuerpo de la noche, como el de una
amante; el valeroso pico de este zenzontle
va recorriendo el cuerpo de la noche: las cejas,
y la nuca, y el bozo. Súbitamente, irrumpe
el arpegio animoso que reta en su guarida
a todas las hostiles reservas de la amante...

¿Hay acaso otro solo poeta que, como éste,
desafíe a las incógnitas potestades, y hiera
con su venablo lírico el silencio despótico?
Respondamos nosotros, los necios y cobardes
que en la noche tememos aventurar la mano
afuera de las sábanas...

El zenzontle me lleva
hasta los corredores del patio solariego
en que había canarios, con el buche teñido
con un verde inicial de lechuga, y las alas
como onzas acabadas de troquelar. También
había por aquellos corredores, las roncas
palomas que se visten de canela y se ajustan
los collares de luto... Corredores propicios
en que José Manuel y Berta platicaban
y en que la misma Berta, con un gentil descoco,
me dijo alguna vez: «Si estos corredores
como tumbas, hablaran ¡qué cosas no dirían!»
Mas en estos momentos el zenzontle repite
un silbo montaraz, como un pastor llamando
a una pastora; y caigo en la lúgubre cuenta
de que el zenzontle vive castamente, y su limpia
virtud no ha de obtener un premio en Josafat.
Es seguro que al pobre cantor, que da su música
a la erótica letra de las lunas de miel,
lo aprisionaron virgen en su monte; y me apena
que ignore que la dicha de amar es un galope
del corazón sin brida, por el desfiladero
de la muerte. Deploro su castidad reclusa
y hasta le cedería uno de mis placeres.

Mas ya el sueño me vence... El zenzontle prolonga
su confesión melódica frente a las potestades
enemigas, y corto aquí mi panegírico
para el zenzontle impávido, virgen y confesor.
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Roberto Juarroz

Roberto Juarroz

4

Todo pudo haber sido nada más que silencio.
Tendríamos que haber soñado entonces con más
fuerza,
hasta que las imágenes del sueño
quedaran estampadas como figuras totales
en cualquier parte del tablero unánime.
Tendríamos que haber hecho de los ojos
un instrumento de música,
para concentrar de otra manera
los efímeros intervalos de la nada.
Tendríamos que haber convertido cada abrazo
en un único grito de materia sin dueño
y haber llevado entre los dientes una bandera de adioses,
más bien como memoria de lo que pudo haber sido
que como ondulante signo de saludo.
Y sobre todo
tendríamos que haber definido de nuevo a la muerte.

Pero todo pudo haber sido también nada más que sonido.
Tendríamos que haber recogido entonces la sombra de las cosas
y haberla guardado toda junta en un rincón del mundo,
para esconder en ella la triste anormalidad del pensamiento.
Tendríamos que haber convertido el amor
en un censo de los fundamentos del olvido,
para que creciera nada más que desde allí,
como un extraño animal
que no ocupase ningún lugar en el presente
al saltar desde el pasado hacia el futuro.
Y tendríamos que haber encogido las palabras
hasta transformarlas en neutros guijarros,
para pavimentar con ellas el camino impasible
o arrojarlas al aire demasiado sonoro
como manos suplentes del hombre.
Y sobre todo
tendríamos que haber definido de nuevo a la vida.
Pero aunque en cualquiera de ambos casos
hubiera quedado el hombre dispensado
de ser esta señal que nadie entiende ni recoge,
su forma habría seguido siendo un irónico signo
entre las nuevas definiciones,
también seguramente tautológicas,
de la vida y la muerte.
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