Naturaleza y Elementos
Federico García Lorca
Mi Niña Se Fue A La Mar
a contar olas y chinas,
pero se encontró, de pronto,
con el río de Sevilla.
Entre adelfas y campanas
cinco barcos se mecían,
con los remos en el agua
y las velas en la brisa.
¿Quién mira dentro la torre
enjaezada, de Sevilla?
Cinco voces contestaban
redondas como sortijas.
El cielo monta gallardo
al río, de orilla a orilla.
En el aire sonrosado,
cinco anillos se mecían.
Federico García Lorca
Nocturnos De La Ventana
A LA MEMORIA DE JOSÉ DE CIRIA Y ESCALANTE. POETA
1
Alta va la luna.
Bajo corre el viento.
(Mis largas miradas,
exploran el cielo.)
Luna sobre el agua.
Luna bajo el viento.
(Mis cortas miradas,
exploran el suelo.)
Las voces de dos niñas
venían. Sin esfuerzo,
de la luna del agua,
me fui a la del cielo.
2
Un brazo de la noche
entra por mi ventana.
Un gran brazo moreno
con pulseras de agua.
Sobre un cristal azul
jugaba al río mi alma.
Los instantes heridos
por el reloj... pasaban.
3
Asomo la cabeza
por mi ventana, y veo
cómo quiere cortarla
la cuchilla del viento.
En esta guillotina
invisible, yo he puesto
la cabeza sin ojos
de todos mis deseos.
Y un olor de limón
llenó el instante inmenso,
mientras se convertía
en flor de gasa el viento.
4
Al estanque se le ha muerto
hoy una niña de agua.
Está fuera del estanque,
sobre el suelo amortajada.
De la cabeza a sus muslos
un pez la cruza, llamándola.
El viento le dice "niña",
mas no puede despertarla.
El estanque tiene suelta
su cabellera de algas
y al aire sus grises tetas
estremecidas de ranas.
Dios te salve. Rezaremos
a Nuestra Señora de Agua
por la niña del estanque
muerta bajo las manzanas.
Yo luego pondré a su lado
dos pequeñas calabazas
para que se tenga a flote,
¡ay!, sobre la mar salada.
Residencia de Estudiantes, 1923
Federico García Lorca
Cazador
Cuatro palomas por el aire van.
Cuatro palomas
vuelan y tornan.
Llevan heridas
sus cuatro sombras.
¡Bajo pinar!
Cuatro palomas en la tierra están.
Felipe Benítez Reyes
Infancia
del cuarto siempre cerrado.
El viento llama a la puerta.
El viento quiere abrir
la puerta en que detiene su camino
ese caballo blanco con ojos de cristal.
El viento araña
la puerta con su garra de dragón errabundo.
Los sioux y comanches
van tensando sus arcos.
La paloma mecánica
mueve sus alas frías.
Pero el viento
derriba al fin la puerta.
Y deja ver
la habitación de sombra y amargura.
Felipe Benítez Reyes
El Soneto Nocturno
que flotaba en el circo de la nada
y el niño retenía la mirada
su hipnótico vagar de astro cegado.
La noche es un jardín narcotizado
con esencias de alquimia y sombra helada
y tu infancia una estrella disecada
en el taller de niebla del pasado.
La luna vive ahora en los relojes
que lanzan sus saetas venenosas
sobre la esfera blanca de este sueño.
De este sueño sin fin del que recoges
la ceniza dorada de esas cosas
de las cuales un día fuiste dueño.
Francisco de Aldana
Al Cielo
rico de luminarias, patrio Cielo,
casa de la verdad sin sombra o velo,
de inteligencias ledo, almo reposo:
¡oh cómo allá te estás, cuerpo glorioso,
tan lejos del mortal caduco velo,
casi un Argos divino alzado a vuelo,
de nuestro humano error libre y piadoso!
¡Oh patria amada!, a ti sospira y llora
esta en su cárcel alma peregrina,
llevada errando de uno en otro instante;
esa cierta beldad que me enamora
suerte y sazón me otorgue tan benina
que, do sube el amor, llegue el amante.
Enrique Villagrasa González
Luz
A Manuel López Azorín
qué precisas palabras que la espuma decía
Vicente Aleixandre
Los poemas esconden
en precisas palabras
lo no dicho.
¿El secreto?,
su espuma,
su vacío.
¿Acaso dudas poeta
del fugaz espejo
y su transparencia?
¡Ah, luminosa luz
que elige el ocultamiento!
Invierno
Herido por tu beso
y su locura
y lacerado por el gemido,
de invierno borracho,
todo es pasión oculta
en este nido de algas:
océano de sensaciones.
Nieva, otra vez, ya sabes,
yo escribo pobres palabras
tras los cristales.
Y sigo,
continúo bebiendo
en el latir de su boca
y sus múltiples destellos.
Voz, luz, palabra
En el surco del verso,
que tu voz siembra,
el verbo se encierra.
Misterio, línea de luz,
que ni el sabio conoce.
Cuándo germinará tu voz;
y dónde, pues, la línea de luz;
¿y la línea de sombra?
Oscuro poema
este canto
por el agua clara.
Sólo la palabra es el infinito.
Sendero
En tinieblas y más sombras,
sin luz,
así camino por este canto.
Y me encuentro
con demasiados
poemas sombríos,
con demasiados
versos pálidos,
con demasiados
poetas aburridos.
¿Para cuándo el blanco verso
con su luz y tan intensa
que ciegue la página blanca?
Adiós
La ceniza de unos versos olvidados,
vomita paseos por la orilla de la noche.
Y es que su cadencia grita música
por las caricias de tus dedos.
No ladrón…
y sí soñar otra vez
tu mismo sueño.
…y sí soñar otra vez
tu mismo sueño.
Evaristo Carriego
La Lluvia En La Casa Vieja
quien se atreve a salir de su agujero
¡Qué modo de llover! Furiosamente
en el techo de zinc el aguacero
tamborilea sin cesar. Lo grave
es que se llueve aquí peor que afuera,
y hay para rato, es natural. Quién sabe
cómo diablos se ha abierto esta gotera.
¡Esta gotera! Por el cielo raso
se filtra el agua: baja a las paredes,
se divide en las grietas, y, de paso,
alcanza a las arañas en sus redes.
Pero hay que ver el patio. La fangosa
reciente lagunita que rodea
el pozo, y la tinaja que rebosa
mientras el viejo caño canturrea.
Las muchachas están en la cocina:
una se ha puesto a preparar la masa,
algo quejosa de que falte harina,
y otra derrite en la sartén la grasa.
Las demás, como siempre, en discusiones,
lo de todas las noches: sobre el juego.
Bueno, a contar bolillas y cartones:
¿Es que tendremos lotería, luego?
Alegres charlan No han de ser muy pocas
las historias ¡Conversan tan de prisa!
¿Qué se conversará cuando esas locas
apenas pueden aguantar la risa?
¿Bromitas a la novia? Se conoce
que hoy se llevó un buen reto de la abuela:
¡La niña estuvo anoche hasta las doce
leyendo, muy oronda, una novela!
¡Sí, señor! Como suena, muy oronda
Pero, lo sospechamos al culpable:
no es ella, no. Es inútil que se esconda,
ya verá el pillo cuando abuela lo hable.
Y sigue el chaparrón. ¡Cómo diluvia
en el jardín! Adiós el enrejado:
era un adorno al fin, maldita lluvia
¡Daba una vista, así, recién pintado!
¡Adiós, con este viento, la glorieta!
¡Los claveles, muchachas, los claveles!
Quien no vuelva trayendo una maceta
se quedará esta noche sin pasteles.
A ver, Florinda, a ver dónde pisamos:
Las baldosas del patio se hallan flojas
y te salpican toda entera. Vamos,
por ahí no, con cuidado, ¡Que te mojas!
Tan a destiempo el resbalón ¿No es cierto?
¡Ah, ese primo, si hubiera andado listo!
¡Y se atreve a decir que ha descubierto
unas cosas más lindas! ¡Lo que ha visto!
¿Reproches? Se ha lucido la lectora.
¡También la otra zonza es tan autera!
Se ha lucido. Si lo supiese ahora
alguno que yo sé ¡Si lo supiera!
Lo hizo de gusto, madre, sí, de gusto:
la empujó adrede, ¿Sabes? ¡Mentiroso!
¡Por culpa de él la pobre se dio un susto!
¡Y festeja sus gracias, el odioso!
La rubia ¡Cómo viene de agitada!
¿Que le ganó a correr a las eternas
despaciosas? ¡Jesús, qué colorada!
¿Será porque al saltar mostró las piernas?
¡Míralas, madre, llegan hechas sopas!
A mudarse, muchachas, a mudarse.
Sí, no dejarse estar con estas ropas
empapadas, no vayan a enfermarse
Y aún se quedan a porfiar. ¡Las fachas!
¿Hay más? Caramba con las señoritas
¡Hasta cuándo, por Dios! ¡Pronto, muchachas,
que se van a enfriar las tortas fritas!
Evaristo Carriego
El Otoño, Muchachos
sin sentirlo siquiera,
lluvioso, melancólico, callado.
El familiar bullicio de la acera
tan alegre en las noches de verano
se va apagando a la oración. La gente
abandona las puertas más temprano.
Las abandona silenciosamente.
Tardecita de otoño, el ciego entona
menos frecuente el aire que en la esquina
gemía el organillo ¡Qué tristona
anda, desde hace días, la vecina!
¿La tendrá así algún nuevo
desengaño?
Otoño melancólico y lluvioso,
¿Qué dejarás, otoño, en casa este
año?
¿Qué hoja te llevarás? Tan silencioso
llegas que nos das miedo.
Sí, anochece
y te sentimos, en la paz casera,
entrar sin un rumor ¡Cómo envejece
nuestra tía soltera!
Evaristo Carriego
A Carcavallo En Su Noche
En su noche
A Doña Leonor Acevedo de Borges
Porque esta hora todos la vivimos contigo,
y es propicia la noche y el ambiente es cordial,
vaya el trovar, gustado en el rincón amigo,
con un antiguo y vago sabor sentimental.
Por los que todavía creen un poco en la Luna,
por los que riman una canción de juventud,
por las damas que escuchan, suaves como en alguna
primavera de versos, ¡Compañero, salud!
Salud, por esta hora que vivimos contigo,
salud, porque al conjuro del verso que te digo
realicen su serena gloriosa comunión,
la Amistad y la Lira, la gracia femenina,
un puñado de rosas de la tierra argentina
y una copa del rojo vino del corazón.
Evaristo Carriego
Mamboretá
Es la risa del barrio con su rostro feúcho
y su andar azorado de animalito enfermo.
Tiene apenas diez años, pero ha sufrido mucho
Los domingos temprano, de regreso de misa
la encuentran los muchachos vendedores de diarios,
y enseguida comienza la jarana, la risa,
y las zafadurías de los más perdularios.
Como cuando la gritan su apodo no responde,
la corren, la rodean y: «Mamboretá, ¿En dónde
está Dios?», La preguntan los muchachos traviesos.
Mamboretá suspira, y si es que alguno insiste:
¿Dónde está Dios?, Le mira mansamente con esos
sus ojos pensativos de animalito triste.
Evaristo Carriego
En La Sombra
Llorando de miedo la tarde caía,
y en hondas y abiertas prisiones, se oía
correr desbocados los potros del viento.
Tomaba infinito contorno sangriento
el áspero traje que todo cubría.
«Misterio» en un símbolo negro reía,
mostrando en su risa terrible contento.
El Mal, desataba los monstruos del Vicio.
Marchaba un apóstol hacia el sacrificio
cantando sus grandes, sus fuertes ideales,
sus fuertes ideales cantando muy quedo
Y, allá, amenazada por sombras fatales,
la tarde caía llorando de miedo.
Evaristo Carriego
Los Perros Del Barrio
a husmear trozos entre los residuos:
caridad de afables cristianas sirvientas
que tienen por ellos cuidados asiduos.
La humildad que baja de sus lagrimales
se trueca en desplantes de ladridos fieros:
no en vano regresan de sucios portales
cumplida su ingrata misión de cerberos.
Espíritus sabios en sus devociones,
ladran sus blasfemias como ángeles malos,
pero en los oficios de las contriciones
los mueve a ser santos la unción de los palos.
Tal vez ellos mismos, en noches aciagas
son los milagreros geniales artistas,
de bíblicas lenguas, que curan las llagas
de anónimos Cristos sin evangelistas
En las castas horas de amables ensueños,
son, regularmente, como nadie parcos
en el decir, pero se tornan risueños
cuando beben agua de luna en los charcos.
Gozan la primicia de las confidencias
en los soliloquios de los criminales,
y, como sus dueños, buscan las pendencias
y aman los presidios y los hospitales.
De noche, consuelan la angustia infinita
de los incurables que en los conventillos,
dulcemente lloran a la Margarita
que muere en las teclas de los organillos.
Puntuales consignas, jamás olvidadas
con los que despiertan, fielmente severos,
a las obreritas, en las madrugadas
que anuncian las dianas de los gallineros.
Se entristecen cuando la mujer insulta
a ese sinvergüenza que aún no ha venido
Y en su compañía descubren la oculta
lejana cantina donde está el marido.
Final de la ofensa nunca perdonada,
rencor de los héroes de almas agresivas,
gustan la belleza de la puñalada
que alcanza a las locas muchachas esquivas.
Crías corajudas, de castigo eximen
a las delincuentes famas orilleras,
si es que se discute la causa del crimen
que apasionó al barrio semanas enteras
Ponen sus rabiosas babas en los cuentos
de las enredistas brujas habladoras,
y asisten en días de arrepentimientos
a las confesiones de las pecadoras.
Luctuosos de mugre van a los velorios
donde, haciendo cruces, arañan las puertas
y, muy compasivos, gruñen responsorios
y recitan Salves por las novias muertas.
Hallan escondrijos de cosas guardadas,
y cautos, divulgan en el vecindario
fórmulas secretas de alquimias, robadas
al hosco silencio de algún visionario.
Con mucho sigilo, ferozmente, serios
en el amplio, oscuro templo de la acera
celebran sus ritos de foscos misterios,
aullando exorcismos contra la perrera.
Custodian el acto, de extrañas figuras,
los insospechados de infames traiciones,
hay autoritarias torvas cataduras
de perros caudillos y perros matones.
Uno, sobre todo, terror de valientes,
jamás derrotado volvió a la covacha:
¡Quizás Juan Moreira le puso en los dientes
su daga de guapo sin miedo y sin tacha!
Y hay otro, apacible, gentilmente culto,
de finos modales, ingenioso y diestro
en estratagemas de escurrir el bulto,
y a quien los noveles le llaman Maestro.
Y hay otro, que, cuando la fiesta termina
hablando a los fieles con raro lenguaje
parece un apóstol de gleba canina
que dice a las gentes su Verbo salvaje.
Y otro, primer premio de anuales concursos
y que, en saber, ante ninguno se agacha,
es una promesa que sigue los cursos
de las academias de un perro Vizcacha.
Y otro, que en su orgullo se llama nietzscheano,
siempre maculado de filosofías,
en cien bellas frases, de credo inhumano,
expone a la horda tremendas teorías
Y otro, que con aire de doncel apuesto
finge repulsiones hablando de gracia,
cuidando la forma de su noble gesto
impone el buen gusto de su aristocracia.
Y el otro, que el domingo va a las conferencias,
donde dragonea ya de libertario,
afirma que toda clase de violencias
es en estos días un mal necesario.
Y otro, patriotero, bravo y talentoso,
nació en Entre Ríos elogiando el suelo
de su cuna, agrega, que en tiempo glorioso
fue hermano en Calandria, y hermano en mi abuelo.
Y otro, de impecada frescura de asceta,
que a veces fulmina no sé qué amenaza,
es el escuchado tonante profeta
que augura el destino mejor de la Raza.
Y algunos, que acaso fueran ovejeros
en las mocedades de sus correrías,
relatan historias de gauchos matreros
con quienes pelearon a las policías.
Y otros, caballeros que leen Don Quijote
y ya han recibido más de una pedrea,
casi pontifican que siempre el azote
ha sido recurso de toda ralea
Y otros, familiares reliquias vivientes
que atiende el Estado, sarnosos y viejos
mas con su prestigio de bocas sin dientes,
inician a varios que piden consejos.
Y ahí están. De pronto vuelven, todos juntos,
a narrarse, en orden, sus melancolías:
pregunta y respuesta, como en contrapuntos
de fúnebres salmos que son letanías.
¡Parece que el alma de los payadores
hubiese pasado por sobre la tropa,
y que, frente a graves jueces gruñidores,
está Santos Vega y está Juan sin Ropa!
¿Qué será ese inquieto pavor tumultuario
que desde la sombra llega, a la sordina?
¡Cómo si rezasen lúgubres rosarios,
de hostiles rumores se puebla la esquina!
Se van galopando ¿Por qué habrán huido?
¡Qué sola ha quedado la calle! ¡Qué honda
la pena del ronco furor del aullido!
¿No sientes, hermano? Se aleja la ronda.
Evaristo Carriego
Buenos Ratos
reviven en las noches de verano!
Se queja una guitarra, allá a lo lejos,
y mi vecina hace reír el piano.
Escucho, fumo y bebo, mientras el fino
teclado da otra vez su sinfonía:
El cigarro, la música y el vino
familiar, generosa trilogía
¡Tengo unas ganas de vivir la riente
vida de placidez que me rodea!
Y por eso quizás, inútilmente,
en el cerebro un cisne me aletea
¡Qué bien se está, cuando el ensueño en una
tranquila plenitud se ve tan vago!
¡Oh, quién pudiera diluir la Luna
y beberla en la copa, trago a trago!
Todo viene apacible del olvido
en una claridad de cosas bellas,
así como si Dios, arrepentido,
se hubiese puesto a regalar estrellas.
¡Qué agradable quietud! ¡Y qué sereno
el ambiente, al que empiezo a acostumbrarme,
sin un solo recuerdo, malo o bueno,
que, importuno, se acerque a conturbarme!
Y me siento feliz, porque hoy tampoco
ha soñado imposibles mi cabeza:
En el fondo del vaso, poco a poco
se ha dormido, borracha, la tristeza.
Evaristo Carriego
Después Del Olvido
con tus adorables gracias exquisitas,
alguien ha llenado de rosas mi cuarto
como en los instantes de pasadas citas.
¿Te acuerdas? Recuerdo de noches lejanas,
aún guardo, entre otras, aquella novela
con la que soñabas imitar, a ratos,
no sé si a Lucía, no sé si a Graciela.
Y aquel abanico, que sentir parece
la inquieta, la tibia presión de tu mano,
aquel abanico ¿Te acuerdas?, Trasunto
de aquel apacible, distante verano
¡Y aquellas memorias que escribiste un día!
Un libro risueño de celos y quejas.
¡Rincón asoleado! ¡Rincón pensativo
de cosas tan vagas, de cosas tan viejas!
Pero no hay los versos: ¡Qué quieres! ¡Te fuiste!
¡Visión de saudades, ya buenas, ya malas!
La nieve incesante del bárbaro hastío
¿No ves?, Ha quemado mis líricas alas.
¿Para qué añoranzas? Son filtros amargos
como las ausencias sus hoscos asedios
Prefiero las rosas, prefiero tu risa
que pone un rayito de sol en mis tedios.
¡Y porque al fin vuelves, después del olvido,
en hora de angustias, en hora oportuna,
alegre como antes, es hoy mi cabeza
una pobre loca borracha de luna!
Evaristo Carriego
De Primavera
y envueltas en flotantes muselinas,
con impudor de audacias femeninas
han llegado las nuevas doce horas.
El viejo de las frígidas doloras,
lloradas en letales sonatinas,
va huyendo, incorruptible en sus neblinas,
de las doce muchachas pecadoras.
¡Una orgía de luz! ¡Hoy se ha llenado
de músicas el nido fecundado!
Y el cantor de selváticos poemas,
heraldo de los sueños germinales
anuncia en sus pregones orquestales
¡El reventar glorioso de las yemas!
Evaristo Carriego
La Muerte Del Cisne
los heraldos, sombríos, la anunciaron,
y las faunas errantes se aprontaron
a dejar el amor de la aspereza.
Con el Genio del bosque a la cabeza,
una noche y un día galoparon,
y cual corceles épicos llegaron
en un tropel de bárbara grandeza.
Y ahí están. Ya salvajes emociones,
rugen coros de líricos leones
cuando allá en los remansos de lo Inerte,
como surgiendo de una pesadilla,
¡Grazna un ganso alejado de la orilla
la bondad provechosa de la Muerte!
Emilio Prados
Rincón De La Sangre
y... ¡cómo huele!
Tan chico.
De noche, bajo el lucero,
tan chico el almoraduj
y, ¡cómo huele!
Y... cuando en la tarde llueve,
¡cómo huele!
Y cuando levanta el sol,
tan chico el almoraduj
¡cómo huele!
Y, ahora, que del sueño vivo
¡cómo huele,
tan chico, el almoraduj!
¡Cómo duele!...
tan chico el almoraduj
Tan chico.
Emilio Prados
Media Noche
(Málaga, 6 de enero)
Duerme la calma en el puerto
bajo su colcha de laca,
mientras la luna en el cielo
clava sus anclas doradas.
¡Corazón,
rema!
Emilio Prados
Media Noche
(Málaga, 6 de enero)
Duerme la calma en el puerto
bajo su colcha de laca,
mientras la luna en el cielo
clava sus anclas doradas.
¡Corazón,
rema!
Eunice Odio
Sinfonía Pequeña
cascabelín,
para que duerma el lebrel
la Luna pone un cojín
campanón
campanería,
la noche roba un ropón
para vestirse de día.
violoncín,
violoncelo,
el sol deja su pañuelo
y se lleva su espadín,
campanolín,
campanada,
el pájaro cantarín
se bebe la madrugada.
Eunice Odio
Sinfonía Pequeña
cascabelín,
para que duerma el lebrel
la Luna pone un cojín
campanón
campanería,
la noche roba un ropón
para vestirse de día.
violoncín,
violoncelo,
el sol deja su pañuelo
y se lleva su espadín,
campanolín,
campanada,
el pájaro cantarín
se bebe la madrugada.
Enrique Lihn
Caleta
el amor vive a dos pasos del odio
y la ternura, muerta, se refugia en el sueño
que agranda la mirada del loco del villorrio.
Amanecer: el mar se duerme bajo el sol
como un gigante ebrio después de una batalla;
alguien perdió la vida, anoche, entre sus manos
enguantadas de blanco, más crueles que la nieve.
Pero los compañeros del caído volvieron
en sus valvas ahítas de sangrienta semilla
y extienden en la arena sus trofeos agónicos.
Mediodía: a la mesa se sientan los tatuados
y sus mujeres les guardan las espaldas
atentas al peligro de sus gestos que ordenan
otro vaso de vino
más loco cada vez.
Luego, la guerra a vida entre los eexos
y los gañanes bajan a la playa
como a una amante más que escarnecieran
a remar en un sueño furioso de borrachos.
Varadero del sol herido a cielo
en la linea de fuego de las olas.
Es hora de ir al mar a capturar sus pájaros
si una riña de hombres, de perros o de gallos
no retiene en la orilla la jauría de barcas.
La noche trae un poco de alma a la caleta:
un poco de agua dulce que en los ojos del loco
se enturbia en el olvido de sí misma.
Alguien que no he podido olvidar se me agranda
corno la ola a un mar preso de luna
y golpea mi cara por dentro hasta cegarme.
Enrique Lihn
Gallo
iluminado por el primero de los rayos del sol;
este rey que se plasma en mi ventana con su corona viva, odiosamente,
no pregunta ni responde, grita en la Sala del Banquete
como si no existieran sus invitados, las gárgolas
y estuviera más solo que su grito.
Grita de piedra, de antigüedad, de nada,
lucha contra mi sueño pero ignora que lucha;
sus esposas no cuentan para él ni el maíz que en la tarde
lo hará besar el polvo.
Se limita a aullar como un hereje en la hoguera de sus plumas.
Y es el cuerno gigante
que sopla la negrura al caer al infierno.