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Sueños e Imaginación

Julián del Casal

Julián del Casal

Horridum Somnium

HORRIDUM SOMNIUM


Al señor don Raimundo Cabrera



¡Cuántas noches de insomnio pasadas

En la fría blancura del lecho,

Ya abrevado de angustia infinita,

Ya sumido en amargos recuerdos,

Perturbando la lóbrega calma

Difundida en mi espíritu enfermo,

Como errantes luciérnagas verdes

Del jardín en los lirios abiertos,

Ha venido a posarse en mi alma

Áureo enjambre de sacros ensueños!


Cual penetran los rayos de la luna,

Por la escala sonora del viento,

En el hosco negror del sepulcro

Donde yace amarillo esqueleto,

Tal desciende la dicha celeste,

En las alas de fúlgidos sueños,

Hasta el fondo glacial de mi alma

Cripta negra en que duerme el deseo.


Así he visto llegar a mis ojos

En la fría tiniebla etreabiertos,

Desde lóbregos mares de sombra

Alumbrados por rojos destellos,

A las castas bellezas marmóleas

Que, ceñidos de joyas los cuerpos

Y una flor elevada en las manos,

Colorea entre eriales roqueños

El divino Moreau; a las frías

Hermosuras de estériles senos

Que, cual flores del mal, han caído

De la vida al oscuro sendero;

A Anactoria, la amada doliente,

Emperlados de sangre los pechos

Y encendidos los ojos diabólicos

Por la fiebre de extraños deseos;

A María, la virgen hebrea,

Con sus tocas brillantes de duelo

Y su manto de estrellas de oro

Centelleando en sus largos cabellos;

A la mística Eloa, cruzadas

Ambas manos encima del pecho

Y tornados los húmedos ojos

Hacia el cálido horror del Infierno;

Y a Eleonora, la pálida novia,

Que, ahuyentando la sombra del cuervo,

Cicatriza mis rojas heridas

Con el frío mortal de sus besos.


Mas un día —¡oh, Rembrandt!, no ha trazado

Tu pincel otro cuadro más negro—

Agrupados en ronda dantesca

De la fiebre los rojos espectros,

Al rumo de canciones malditas

Arrojaron mi lánguido cuerpo

En el fondo de fétido foso

Donde ariados croajaban los cuervos.


Como eleva la púdica virgen

Al dejar los umbrales del templo,

La mantilla de negros encajes

Que cubría su rostro risueño,

Así entonces el astro nocturno,

Los celajes opacos rompiendo,

Ostentaba su disco de plata

En el negro azulado de cielo.


Y, al fulgor que esparcía en el aire,

Yo sentí deshacerse mis miembros,

Entre chorros de sangre violácea,

sobre capas humeantes de cieno,

En viscoso licor amarillo

Que goteaban mis lívidos huesos.

Alrededor de mis fríos depojos,

En el aire, zumbaban insectos

Que, ensanchados los húmedos vientres

Por la sangre absorbida de mi cuerpo,

Ya ascendían en rápido impulso

Ya embriagados caían al suelo.


De mi cráneo, que un globo formaba

Erizado de rojos cabellos,

Descendían al rostro deforme,

Saboreando el licor purulento,

Largas sierpes de piel solferina

Que llegaban al borde del pecho

Donde un cuervo de pico acerado

Implacable roíame el sexo.


Junto al foso, espectrales mendigos

Sumergidos los pies en el cieno

Y rasgadas las ropas mugrientas,

Contemplaban el largo tormento

Mientras grupos de impuras mujeres,

En unión de aterrados mancebos,

Retorcían los cuerpos lascivos

Exhalando alaridos siniestros.


Muchos días, llenando mi alma

De pavor y de frío y de miedo,

He mirado este fúnebre cuadro

Resurgir a mis ojos abiertos,

Y al pensar que no pude en la vida

Realizar mis felices anhelos,

Con los ojos preñados de lágrimas

Y el horror de la muerte en el pecho,

Ante el Dios de mi infancia pregunto:

—«Del enjambre incesante de ensueños

Que persiguen mi alma sombría

De la noche en el frío silencio,

¿Será sólo el ensueño pasado

el que logre palpar mi deseo

En la triste jornada terrestre?

¿Será el único ¡oh Dios! verdadero?»

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Julián del Casal

Julián del Casal

Flores De Éter

Flores de éter

A la memoria de Luis II de Baviera


Rey solitario como la aurora,

Rey misterioso como la nieve,

¿En qué mundo tu espíritu mora?

¿Sobre qué cimas sus alas mueve?

¿Vive con diosas en una estrella

Como guerrero con sus cautivas,

O está en la tumba —blanca doncella—

Bajo coronas de siemprevivas?...


Aún eras niño, cuando sentías,

Como legado de tus mayores,

Esas tempranas melancolías

De los espíritus soñadores,

Y huyendo lejos de los palacios

Donde veías morir tu infancia,

Te remontabas a los espacios

En que esparcíase la fragancia

De los sueños que, hora tras hora,

Minado fueron tu vida breve,

Rey solitario como la aurora,

Rey misterioso como la nieve.


Si así tu alma gozar quería

Y a otras regiones arrebatarte,

En bajel tuvo: la Fantasía,

Y un mar espléndido: el mar del Arte.

¡Cómo veías sobre sus ondas

Temblar las luces de nuevos astros

Que te guiaban a las Golcondas

Donde no hallabas del hombre rastros;

Y allí sintiendo raros deleites

Tu alma encontraba deliquios santos,

Como en los tintes de los afeites

Las cortesanas frescos encantos!

Por eso mi alma la tuya adora

Y recordándola se conmueve,

Rey solitario como la aurora,

Rey misterioso como la nieve.


Colas abiertas de pavos reales,

Róseos flamencos en la arboleda,

Fríos crepúsculos matinales,

Áureos dragones en roja seda,

Verdes luciérnagas en las lilas,

Plumas de cisnes alabastrinos,

Sonidos vagos de las esquilas,

Sobre hombros blancos encajes finos,

Vapor de lago dormido en calma,

Mirtos fragantes, nupciales tules,

Nada más bello fue que tu alma

Hecha de vagas nieblas azules

Y que a la mía sólo enamora

De las del siglo décimo nueve,

Rey solitario como la aurora,

Rey misterioso como la nieve.


Aunque sentiste sobre tu cuna

Caer los dones de la existencia,

Tú no gozaste de dicha alguna

Más que en los brazos de la Demencia.

Halo llevabas de poesía

Y más que el brillo de tu corona

A los extraños les atraía

Lo misterioso de tu persona

Que apasionaba nobles mancebos,

Porque ostentabas en formas bellas

La gallardía de los efebos

Con el recato de las doncellas.


Tedio profundo de la existencia,

Sed de lo extraño que nos tortura,

De viejas razas mortal herencia,

De realidades afrenta impura,

Visión sangrienta de la neurosis,

Deliscuescencia de las pasiones,

Entre fulgores de apoteosis

Tu alma llevaron a otras regiones

Donde gloriosa ciérnese ahora

Y eterna dicha sobre ella llueve,

Rey solitario como la aurora,

Rey misterioso como la nieve.

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Julián del Casal

Julián del Casal

El Poeta Y La Sirena

El poeta y la sirena


A mi buen amigo Carlos Noreña



Coronada de vivos resplandores

Luce la tarde en el azul del cielo,

Va tendiendo la noche su ancho velo

Y en el Ocaso se sepulta el Sol.

Su veste de esmeraldas pliega el césped,

Su cáliz las galanas florecillas,

Y truecan las celestes nubecillas

En armiño su bello tornasol.


La nacarada estrella de la tarde

Su luz, vertiendo, plácida y serena,

Semeja una purísima azucena

Sobre un manto de grana y de zafir,

Como virgen que oculta sus hechizos

Bajo el cendal flotante de una nube,

Así la Luna, majestuosa sube,

Bañada de alabastro hacia el cenit.


En un océano de plateadas luces

Flotan el monte, el valle y la pradera,

Y esparce la brillante primavera

De sus flores la esencia virginal.

En la margen de un lago bullicioso

Alza un poeta su inspirado acento,

Que se pierde en las ráfagas del viento,

O del lago en el límpido cristal.


Surge de entre las ondas azuladas

Una deidad risueña y misteriosa,

De frescos labios de color de rosa

Y un seno de marfil, encantador.

Su lúcido cabello de azabache

Rueda sobre sus hombros de alabastro,

Tienen sus ojos el fulgor de un astro

Y el fuego centelleante del amor.


Su breve pie de nacarado esmalte

Cubren sandalias de zafir hermoso,

Orna con cintas de color azul

Lleva en sus manos una lira de oro

Con cuerdas de diamante decorada,

Y el eco seductor de su trovada

Vuela a las nubes del celeste tul.


El genio misterioso de la noche

Las estrellas de mágicos fulgores,

Los silfos bellos y lucientes flores

En torno suyo se les ve girar.

Tendida entre la espuma cristalina,

Con halagüeña inspiración secreta,

Dirige el melancólico poeta

Este armonioso y seductor cantar:


—«Tú creas en la noche
fantásticas visiones

Radiantes de pureza, de gloria y de esplendor,

Pero tus gratos sueños se alejan y evaporan

Dejándote tan sólo recuerdos de dolor.


»Aquí bajo esta espuma de
armónicos rumores

Habito yo un palacio de perlas y coral;

Mi lecho forman rosas del valle más ameno,

De fúlgidos colores, de esencia virginal.


»Las sílfides y ondinas que moran en el
lago

Me cantan en la noche, sublime trovador,

Y a su argentino acento y al rayo de la Luna,

Apuro deleitosa la esencia del amor.


»Suspende esos cantares al céfiro del
valle

Que juega entre los lirios del plácido jardín,

O a la gentil violeta, o a la doncella pura

De Labios sonrosados y aliento de jazmín.


»La vida tiene encantos, poeta de los
sueños;

La gloria sólo ofrece martirios y dolor:

¡Oh!, ven a mis palacios de perlas y corales

Para apurar beodos la esencia del amor».
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .


—¡Cesa:—le dijo, un eco de los montes

Con voz de trueno asolador, profundo;—

Tú simbolizas el error del mundo

Y el poeta la luz de la verdad.

Despareció la maga entre la espuma

Exánime, sin vida y sin aliento;

Alzó el poeta su inspirado acento

Y el eco resonó en la eternidad.

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José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

Entre Los Beduinos

ENTRE LOS BEDUINOS


Nos recogíamos en un cauce labrado por las
aguas de la lluvia y respirábamos del sobresalto perenne. Los
torbellinos de tierra cegaban el horizonte.

Las nubes regaban al azar y brevemente el
país del ensueño. El sol mitigaba la arena cándida
y el guijarro de bronco perfil esparciendo una gasa de amatista,
dibujando una ilusión vespertina del Bósforo.

No osábamos elevar la voz en el silencio
ritual. El pensamiento se anegaba en el éxtasis infinito. El
polvo continuaba indemne bajo el pie elástico del camello. Los
guías invocaban en secreto el nombre y la asistencia de
Moisés.

Los monjes de un convento secular, adictos al dogma
griego, comparecieron a facilitarnos la visita del área del
resol. Habían labrado su casa guerrera y feudal en presencia de
un bajo relieve esculpido en la faz de una piedra. Yo reconocí
la efigie de Sesostris.

Siempre he guardado algún desvío a las
reliquias del reino del Faraón y les he atribuido anuncios
malignos. Un salteador de los arenales, señalado por un tatuaje
supersticioso, me visitó con el fin de venderme un arco
infalible, de fábrica milenaria y de una sola saeta recurrente.
Yo pensé en el privilegio del martillo de Thor.

Yo disparé el arma falaz en seguimiento de
unas aves grifas, encarnizadas con las liebres. Yo perdía de
vista la fuga de la saeta en el seno del aire y el volátil
amenazado se desvanecía en la calina del estío.

Un dolor me derribó súbitamente en el
caudal de mi sangre.


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José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

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José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

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