Temas
Poemas en este tema

Fe, Espiritualidad y Religión

Vicente Aleixandre

Vicente Aleixandre

Teresa de Ávila

Teresa de Ávila

Super Flumina Babylonis

Encima de las corrientes
que en Babilonia hallava
allí me senté llorando
allí la tierra regava
acordándome de ti
¡o Sión! a quien amava
era dulce tu memoria,
y con ella más llorava.
Dexé los traxes de fiesta
los de trabaxo tomava
y colgué en los verdes sauzes
la música que llevaba
puniéndola en esperança
de aquello que en ti esperava.
Allí me hyrió el amor
y el coraçón me sacava.
Díxele que me matase
pues de tal suerte llagava
yo me metía en su fuego
sabiendo que me abrasava
desculpando el avezica
que en el fuego se acababa
estávame en mí muriendo
y en ti solo respirava
en mí por ti me moría
y por ti resucitava
que la memoria de ti
daba vida y la quitava.
Gozábanse los estraños
entre quien cautivo estava.
Preguntávanme cantares
de lo que en Sión cantava
—Canta de Sión un hynno
veamos cómo sonava.
—Dezid, ¿cómo en tierra ajena
donde por Sión llorava
cantaré yo la alegría
que en Sión se me quedava?
Echaríala en olbido
si en la ajena me gozava.
Con mi paladar se junte
la lengua con que hablava
si de ti yo me olbidare
en la tierra do morava.
Sión por los verdes ramos
que Babilonia me dava
de mí se olbide mi diestra
que es lo que en ti más amava
si de ti no me acordare
en lo que más me gozava
y si yo tuviere fiesta
y sin ti la festejava.
¡O hija de Babilonia
mísera y desventurada!
Bienaventurado era
aquel en quien confiava
que te a de dar el castigo
que de tu mano llevava
y juntará sus pequeños
y a mí, porque en ti esperava
a la piedra que era Christo
por el qual yo te dexaba.


Debetur soli gloria vera Deo
473
Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

El Candil

EL CANDIL


A Alejandro Quijano


En la cúspide radiante

que el metal de mi persona

dilucida y perfecciona,

y en que una mano celeste

y otra de tierra me fincan

sobre la sien la corona;

en la orgía matinal

en que me ahogo en azul

y soy como un esmeril

y central y esencial como el rosal;

en la gloria en que melifluo

soy activamente casto

porque lo vivo y lo inánime

se me ofrece gozoso como pasto;

en esta mística gula

en que mi nombre de pila

es una candente cábala

que todo lo engrandece y lo aniquila;

he descubierto mi símbolo

en el candil en forma de bajel

que cuelga de las cúpulas criollas

su cristal sabio y su plegaria fiel.

¡Oh candil, oh bajel, frente al altar

cumplimos, en dúo recóndito,

un solo mandamiento: venerar!

Embarcación que iluminas

a las piscinas divinas:

en tu irisada presencia

mi humildad se esponja y se anaranja,

porque en la muda eminencia

están anclados contigo

el vuelo de mis gaviotas

y el humo sollozante de mis flotas.

¡Oh candil, oh bajel: Dios ve tu pulso

y sabe que anonadas

en las cúpulas sagradas

no por decrépito ni por insulso!

Tu alta oración animas

con el genio de los climas.

Tú conoces el espanto

de las islas de leprosos,

el domicilio polar

de los donjuanescos osos,

la magnética bahía

de los deliquios venéreos,

las garzas ecuatoriales

cual escrúpulos aéreos,

y por ello ante el Señor

paralizas tu experiencia

como el olor que da tu mejor flor.

Paralelo a tu quimera,

cristalizo sin sofismas

las brasas de mi ígnea primavera,

enarbolo mi júbilo y mi mal

y suspendo mis llagas como prismas.

Candil, que vas como yo

enfermo de lo absoluto,

y enfilas la experta proa

a un dorado archipiélago sin luto;

candil, hermético esquife:

mis sueños recalcitrantes

enmudecen cual un cero

en tu cristal marinero,

inmóviles excelsos y adorantes.


708
Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

A La Patrona De Mi Pueblo

Señora: llego a Ti
desde las tenebrosas anarquías
del pensamiento y la conducta, para
aspirar los naranjos
de elección, que florecen
en tu atrio, con una
nieve nupcial... Y entro
a tu Santuario, como un herido
a las hondas quietudes hospicianas
en que sólo se escucha
el toque saludable de una esquila.

Vestida de luto eres,
Nuestra Señora de la Soledad,
un triángulo sombrío
que preside la lúcida neblina
del valle; la arboleda que se arropa
de las cocinas en el humo lento;
la familiaridad de las montañas;
el caserío de estallante cal;
el bienestar oscuro del rebaño,
y la dicha radiante de los hombres.

Señora: cuando ingreso a la comarca
que riges con tus lágrimas benévolas,
y va la diligencia fatigosa
sobre la sierra, y van los postillones
cantando bienandanza o desamor,
súbita surge la lección esbelta
y firme de tus torres, y saludo
desde lejos tu altar.

Tú me tienes comprado en alma y cuerpo.
Cuando la pesarosa
dueña ideal de mi primer suspiro,
recurre desolada
a tus plantas, y llora mansamente,
nunca has dejado de envolverla en el
descanso de tus hijas predilectas.
Me acuerdo de una tarde
en que, como una reina
que acaba de abdicar,
salía por el atrio de naranjos
y llevaba en la frente
el lucero novísimo
de tu consolación.

Confortándola a Ella, Tú me obligas
como si con la orla
dorada de tu manto,
agitases un soplo
del Paraíso a flor de mi conciencia.
Porque siempre un lucero
va a nacer de tus manos
para la hora en que Ella
te implore, Tú me tienes
comprado en cuerpo y alma.

En las noches profanas
de novenario (orquestas
difusas, y cohetes
vívidos, y tertulias
de los viejos, y estrados
de señoritas sobre
la regada banqueta)
hay en tus torres ágiles
una policromía de faroles
de papel, que simulan
en la tiniebla comarcana un tenue
y vertical incendio.

Y yo anhelo, Señora,
que en mi tiniebla pongas para siempre
una rojiza aspiración, hermana
del inmóvil incendio de tus torres,
y que me dejes ir
en mi última década
a tu nave, cardíaco
o gotoso, y ya trémulo,
para elevarte mi oración asmática
junto al mismo cancel
que oyó mi prez valiente,
en aquella alborada en que soñé
prender a un blanco pecho
una fecunda rama de azahar.
441