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Poemas en este tema

Arte

Rubén Darío

Rubén Darío

Azul

Cuando iba a la floresta, junto al corzo o jabalí herido y sangriento, hacía improvisar a sus profesores de retórica canciones alusivas; los criados llenaban las copas de vino de oro que hierve, y las mujeres batían palmas con movimientos rítmicos y gallardos. Era un rey sol, en su Babilonia llena de músicas, de carcajadas y de ruido de festín. Cuando se hastiaba de la ciudad bullente iba de caza atronando el bosque con sus tropeles, y hacía salir de sus nidos a las aves asustadas, y el vocerío repercutía en lo más escondido de las cavernas. Los perros de patas elásticas iban rompiendo la maleza en la carrera, y los cazadores, inclinados sobre el pescuezo de los caballos, hacían ondear los mantos purpúreos y llevaban las caras encendidas y las cabelleras al viento.
(...)
Señor, ha tiempo que yo canto el verbo del porvenir. He tenido mis alas al huracán, he nacido en el tiempo de la aurora; busco la raza escogida que debe esperar, con el himno en la boca y la lira en la mano, la salida del gran sol. He abandonado la inspiración de la ciudad malsana, la alcoba llena de perfumes, la musa de carne que llena el alma de pequeñez y el rostro de polvos de arroz. He roto el arpa adulona de las cuerdas débiles contra las copas de Bohemia y las jarras donde espumea el vino que embriaga sin dar fortaleza; he arrojado el manto que me hacía parecer histrión o mujer, y he vestido de modo salvaje y espléndido; mi harapo es de púrpura. He ido a la selva, donde he quedado vigoroso y ahíto de leche fecunda y licor de nueva vida; y en la ribera del mar áspero, sacudiendo la cabeza bajo la fuerte y negra tempestad, como un ángel soberbio, o como un semidiós olímpico, he ensayado el yambo dando al olvido el madrigal. He acariciado a la gran Naturaleza, y he buscado el calor ideal, el verso que está en el astro, en el fondo del cielo, y el que está en la perla, en lo profundo del océano. ¡He querido ser pujante! Porque viene el tiempo de las grandes revoluciones, con un Mesías todo luz, todo agitación y potencia, y es preciso recibir su espíritu con el poema que sea arco triunfal, de estrofas de acero, de estrofas de oro, de estrofas de amor. ¡ Señor, el arte no está en los fríos envoltorios de mármol, ni en los cuadros lamidos; ni en el excelente señor Ohnet! ¡Señor! El arte no viste pantalones, ni habla burgués, ni pone los puntos en todas las íes. Él es augusto, tiene mantos de oro, o de llamas, o anda desnudo, y amasa la greda con fiebre, y pinta con luz, y es opulento, y da golpes de ala como las águilas o zarpazos como los leones. Señor, entre un Apolo y un ganso, preferid el Apolo, aunque el uno sea de tierra cocida y el otro de marfil.
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Rubén Darío

Rubén Darío

Canción De Carnaval

Musa, la máscara apresta,
ensaya un aire jovial
y goza y ríe en la fiesta
del Carnaval.

Ríe en la danza que gira,
muestra la pierna rosada,
y suene, como una lira,
tu carcajada.

Para volar más ligera
ponte dos hojas de rosa,
como hace tu compañera
la mariposa.

Y que en tu boca risueña,
que se une al alegre coro,
deje la abeja porteña
su miel de oro.

Únete a la mascarada,
y mientras muequea un clown
con la faz pintarrajeada
como Frank Brown;

mientras Arlequín revela
que al prisma sus tintes roba
y aparece Pulchinela
con su joroba,

di a Colombina la bella
lo que de ella pienso yo,
y descorcha una botella
para Pierrot.

Que él te cuente cómo rima
sus amores con la Luna
y te haga un poema en una
pantomima.

Da al aire la serenata,
toca el auro bandolín,
lleva un látigo de plata
para el spleen.

Sé lírica y sé bizarra;
con la cítara sé griega;
o gaucha, con la guitarra
de Santos Vega.

Mueve tu espléndido torso
por las calles pintorescas,
y juega y adorna el Corso
con rosas frescas.

De perlas riega un tesoro
de Andrade en el regio nido,
y en la hopalanda de Guido,
polvo de oro.

Penas y duelos olvida,
canta deleites y amores;
busca la flor de las flores
por Florida:

Con la armonía te encantas
de las rimas de cristal,
y deshojas a sus plantas,
un madrigal.

Piruetea, baila, inspira
versos locos y joviales;
celebre la alegre lira
los carnavales.

Sus gritos y sus canciones,
sus comparsas y sus trajes,
sus perlas, tintes y encajes
y pompones.

Y lleve la rauda brisa,
sonora, argentina, fresca,
¡la victoria de tu risa
funambulesca!
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Evaristo Carriego

Evaristo Carriego

A Carlos De Soussens

Caballero de Friburgo, de un castillo de aventuras
cuyas águilas audaces remontaron el Ideal,
soñadoras de los nidos de las líricas futuras,
la pupila al Sol abierta, coronando las alturas,
en el vuelo de armonías de una musa: la orquestal.
Visionario de un ensueño que inspiró un vino divino,
melancólicas vendimias de las uvas de tu Abril
tú también tendrás un Murget, y verá el Barrio Latino
perpetuarse tu bohemia, milagroso peregrino,
compañero de prisiones en la Torre de marfil

Que se cumpla, por tu gloria, la promesa de Darío,
al decirte de una estatua sobre firme pedestal,
que relinchen tus corceles los clarines de su brío,
que la virgen del sudario no desole con su frío
el jardín de poesía de un eterno Floreal.

En las misas de tu credo, más cordiales, más inquietas,
que te canten y consagren fugitivo de Verlaine,
que te nombren compasivas las Mimís y las Musetas,
y relaten conmovidos sus pintores y poetas
cuando entrabas predicando por tu azul Jerusalén

Que tus pálidas princesas de inefables corazones,
lleven lirios de tus rimas a un olímpico París
con las hostias fraternales de tus suaves comuniones
que el orfebre de los triunfos en tus líricos blasones,
grabe todos tus laureles con olivo y flor de lis.

¡Ya serás, en el recuerdo, cuando seas un pasado,
como aquel de la leyenda que tus éxtasis meció,
ya serás, para in eternum, de algún bronce perpetuado,
como guardan tus memorias infantiles, por sagrado,
aquel beso con que Hugo tu niñez acarició!
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Pepín Bello

Pepín Bello

Conversaciones con José Pepín Bello

Recuerdo que un día en mi cuarto de la Residencia de Estudiantes Federico [García Lorca] nos leyó, a Juan Ramón Jiménez y a mí, Mariana Pineda. Escena impresionante. Juan Ramón, con los ojos cerrados, lo escuchaba atentamente y mostraba una gran concentración. Cuando acabó de leerla, y tras percatarse de que a los dos nos había complacido, Federico le dijo a Juan Ramón: «Bueno, a ver cuando me la estrena». Juan Ramón Jiménez, sorprendido, le contestó: «¡No, no, eso nunca! Estrenar no!». Él consideraba que era una impureza para ganar dinero. Ya estaba bien con escribir una obra, pero estrenarla no, eso nunca. Que hubiera dinero de por medio de ninguna manera, era inconcebible.
¿El teatro representado no entraba en sus planes?
Tenía un concepto de la dramaturgia un poco extraño. Juan Ramón tenía una salud quebradiza y nunca trabajó. Era un hombre dificilísimo. De una pureza exacerbada, casi un místico. ¡Era intratable! Había que tener cuidado con él. Podías meter sin querer la pata enseguida. Había reñido hace tiempo con la Residencia de Estudiantes. También con muchos de los poetas. Estaba reñido con gente tan encantadora como Dámaso Alonso y Jorge Guillén. A pesar de eso, JR estaba muy informado de lo que hacían las nuevas juventudes de artistas. Dalí y Buñuel le enviaron una carta muy hiriente atacando con firmeza el Platero y yo, diciéndole que era el burro menos burro que habían conocido y acusándolo, eso sí, de «putrefacto».
¿Cómo reaccionó Juan Ramón?
Juan Ramón se enfadó muchísimo. Y les contestó despachándose a su gusto llamándoles maricas. Juan Ramón pretendía vivir del aire. El dinero lo ganaba su esposa, Zenobia Camprubí, alquilando pisos. Ella, que era una mujer muy inteligente, descubrió, hace unos ochenta años, el negocio de los pisos. Los decoraba, los amueblaba y los alquilaba por temporadas de un año a diplomáticos y a científicos. Juan Ramón, gracias a ella, podía dedicarse completamente a escribir poesías.
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Eliseo Diego

Eliseo Diego

Del objeto cualquiera

Un ciego de nacimiento tropezó, por casualidad, con cierto objeto que llegó a ser su única posesión sobre la tierra. No pudo nunca saber qué cosa fuese, pero le bastaba que sus dedos lo tocasen en un punto y, a partir de este principio, recorriesen el maravilloso nacer de las formas unas de otras en sucesivos regalos de increíble gracia. Pero en realidad no le bastaba, porque la parte que sabía no era más que la sed de lo perdido, y comprendiendo que jamás llegaría a poseerlo enteramente, lo regaló a un sordo, amigo suyo de la infancia, que lo visitó por casualidad una tarde.
-¡Qué hermosas muchachas!-, vociferó el sordo.
-¿Qué muchachas?-, gritó el ciego. -¡Ésas!-, aulló el sordo, señalando el objeto. Al fin comprendió que no se entenderían nunca de aquel modo y le puso al ciego el objeto entre las manos. El ciego repasó el peso familiar de las formas. -¡Ah, sí, las muchachas!-, murmuró. Y se las regaló al sordo.
El sordo se las llevó a la casa. Eran tres muchachas, cogidas de las manos. Gráciles e infinitas respondíanse las líneas de los cabellos, los brazos y los mantos. Eran de marfil casi transparente. Vetas de lumbre atravesábanla por dentro. El sordo, cuyos ojos eran de águila, sorprendió en el pedestal un resorte. Al apretarlo comenzaron a danzar las doncellas. Pero luego el sordo comprendió que jamás llegaría a poseerlas enteramente, y regaló las tres danzantes a un amigo que vino a visitarlo.
-¡Qué hermosa música!-, dijo el hombre, señalando a las doncellas. -¿Cómo?-, dijo el sordo. -¡La música de la danza!-, explicó el hombre. -Sí -dijo el sordo-, música entendí, pero no sabía que hubiese.- Y regaló al hombre las tres danzantes.
El hombre se las llevó a la casa. Era la música como el soplar del viento en las cañas: agonizaba y nacía de sí misma, y su figura eran las tres danzantes. Maravillado, el hombre contemplaba la perfecta unidad de la figura, la música y la danza. Pero luego comprendió que jamás llegaría a poseerlas enteramente y las regaló a un sabio que vino a visitarlo.
-¡Las Tres Gracias!-, exclamó el sabio. -¿Sabe usted lo que tiene? ¡Son las Tres Gracias que hizo Balduino para la hija del Duque de Borgoña!- El hombre comprendió que aquéllos eran los nombres del misterioso apartamento que había en los rostros de las danzantes. -Usted piensa en ellas-, confirmó, señalándolas. Y el sabio se llevó las Tres Gracias a su casa.
Allí, encerrado en su gabinete, las hacía danzar y les pensaba en alta voz los nombres verdaderos, las secretas relaciones de sus cuerpos en la danza y de la danza y los sonidos, el mágico nacimiento de sus cuerpos, hijos de la divinidad y el amor del artesano. Pero a poco murió el sabio, llevándose la angustiosa sensación de que jamás, por mucho que viviese, las poseería enteramente.
Su ignorante familia vendió las Tres Gracias a un anticuario, no menos ignorante, que las abandonó en el escaparate de los juguetes. Allí las vio un niño, cierta noche. Con la nariz pegada al vidrio se estuvo largo tiempo, amargo porque jamás las tendría. Así había de ser, porque, a poco de marcharse el niño a su casa, un incendio devoró la tienda, y, en la tienda, las Gracias.
Esa noche el niño las sonó al dormirse. Y fueron suyas, enteras, eternas.
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José Emilio Pacheco

José Emilio Pacheco

Elogio del jabón

El objeto más bello y más limpio de este mundo es el jabón oval que
sólo huele a sí mismo. Trozo de nieve tibia o marfil inocente, el
jabón resulta lo servicial por excelencia. Dan ganas de conservarlo
ileso, halago para la vista, ofrenda para el tacto y el olfato. Duele
que su destino sea mezclarse con toda la sordidez del planeta.
En un instante celebrará sus nupcias con el agua, esencia de
todo. Sin ella el jabón no sería nada, no justificaría su indispensable
existencia. La nobleza de su vínculo no impide que sea destructivo
para los dos.
Inocencia y pureza van a sacrificarse en el altar de la inmundicia.
Al tocar la suciedad del planeta ambos, para absolvernos,
dejarán su condición de lirio y origen para ser habitantes de las
alcantarillas y lodo de la cloaca.
También el jabón por servir se acaba y se acaba sirviendo. Cumplido
su deber será laja viscosa, plasta informe contraria a la perfección
que ahora tengo en la mano.
Medios lustrales para borrar la pesadumbre de ser y las
corrupciones de estar vivos, agua y jabón al redimirnos de la noche
nos bautizan de nuevo cada mañana. Sin su alianza sagrada, no tardaríamos
en descender a nuestro infierno de bestias repugnantes.
Lo sabemos, preferimos ignorarlo y no darle las gracias.
[13]
Nacemos sucios, terminaremos como trozos de abyecta podredumbre.
El jabón mantiene a raya las señales de nuestra asquerosidad primigenia,
desvanece la barbarie del cuerpo, nos permite salir una y otra
vez de las tinieblas y el pantano.
Parte indispensable de la vida, el jabón no puede estar exento
de la sordidez común a lo que vive. Tampoco le fue dado el no ser
cómplice del crimen universal que nos ha permitido estar un día
más sobre la Tierra.
Mientras me afeito y escucho un concierto de cámara, me niego a
recordar que tanta belleza sobrenatural, la música vuelta espuma del
aire, no sería posible sin los árboles destruidos (los instrumentos
musicales), el marfil de los elefantes (el teclado del piano), las tripas
de los gatos (las cuerdas).
Del mismo modo, no importan las esencias vegetales, las sustancias
químicas ni los perfumes añadidos: la materia prima del
jabón impoluto es la grasa de los mataderos. Lo más bello y lo más
pulcro no existirían si no estuvieran basados en lo más sucio y en lo
más horrible. Así es y será siempre por desgracia.
Jabón también el olvido que limpia del vivir y su exceso. Jabón la
memoria que depura cuanto inventa como recuerdo. Jabón la palabra
escrita. Poesía impía, prosa sarnosa. Lo más radiante encuentra
su origen en lo más oscuro. Jabón la lengua española que lava en el
poema las heridas del ser, las manchas del desamparo y el fracaso.
Contra el crimen universal no puedo hacer nada. Aspiro el aroma a
nuevo del jabón. El agua permitirá que se deslice sobre la piel y nos
devuelva una inocencia imaginaria.
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Octavio Paz

Octavio Paz

Felicidad en Herat, de Ladera este

Vine aquí
como escribo estas líneas,
sin idea fija:
una mezquita azul y verde,
seis minaretes truncos,
dos o tres tumbas,
memorias de un poeta santo,
los nombres de Timur y su linaje.

Encontré al viento de los cien días.
Todas las noches las cubrió de arena,
acosó mi frente, me quemó los párpados.
La madrugada:
dispersión de pájaros
y ese rumor de agua entre piedras
que son los pasos campesinos.
(Pero el agua sabía a polvo.)
Murmullos en el llano,
apariciones
desapariciones,
ocres torbellinos
insubstanciales como mis pensamientos.
Vueltas y vueltas
en un cuarto de hotel o en las colinas:
la tierra un cementerio de camellos
y en mis cavilaciones siempre
los mismos rostros que se desmoronan.
¿El viento, el señor de las ruinas,
es mi único maestro?
Erosiones:
el menos crece más y más.

En la tumba del santo,
hondo en el árbol seco,
clavé un clavo,
no,
como los otros, contra el mal de ojo:
contra mí mismo.
(Algo dije:
palabras que se lleva el viento.)

Una tarde pactaron las alturas.
Sin cambiar de lugar
caminaron los chopos.
Sol en los azulejos
súbitas primaveras.
En el Jardín de las Señoras
subí a la cúpula turquesa.
Minaretes tatuados de signos:
la escritura cúfica, más allá de la letra,
se volvió transparente.
No tuve la visión sin imágenes,
no vi girar las formas hasta desvanecerse
en claridad inmóvil,
el ser ya sin substancia del sufí.
No bebí plenitud en el vacío
ni vi las treinta y dos señales
del Bodisatva cuerpo de diamante.
Vi un cielo azul y todos los azules,
del blanco al verde
todo el abanico de los álamos
y sobre el pino, más aire que pájaro,
el mirlo blanquinegro.
Vi al mundo reposar en sí mismo.
Vi las apariencias.
Y llame a esa media hora:
Perfección de lo Finito.
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Vicente Gallego

Vicente Gallego

Vicente García de la Huerta

Vicente García de la Huerta

Canción Que Por Encargo De La Real Academia De San Fernando Compuso

Dulce, canora Clío,
robate un breve rato al sacro coro,
dejándote traer del leve viento,
y pulsa a ruego mío
los trastes de cristal, las cuerdas de oro
del celestial dulcísono instrumento;
que, si proteges mi glorioso intento,
lograrás que a la dulce melodía
suspendan las esferas
su voluble porfía,
las aguas sus corrientes lisonjeras,
y el sol su curso pare,
mientras tu lira con mi voz sonare.

Teatro suntuoso
era un regio salón a circo grave
de ingenios de Minerva laureados.
Su recinto espacioso
parece que archivó con rica llave
los primores allí más delicados.
De piedras y de lienzos animados,
no cubrirse, formarse parecía
la magnífica pieza;
y como el arte había
en ellos apurado su destreza,
engañado el discurso
los juzgó tal vez parte del concurso.

El acto presidían
bajo regios doseles elevados
todas las Gracias sólo en dos matronas.
En sus ojos lucían,
y en su vestido virginal sembrados,
los astros más brillantes de las zonas.
Ostentaba una y otra seis coronas
a concurso de espíritus alados,
que con graves tareas
a lienzos preparados
piedra y metal trasladan mil ideas,
y compiten activos
del laurel los honores siempre vivos.


Los mármoles molestos
unos hendían, otros figuraban
edificios que a líneas dividían;
otros los indigestos
colores con fatiga quebrantaban;
templar el duro hierro otros porfían.
Aquí el luciente cobre sacudían,
haciéndole al buril más obediente;
liquidaban metales
allí con llama ardiente,
y todos daban en su afán señales,
que su ingenio fecundo
formaba el embrión de un nuevo mundo.

Sus obras ya ofrecían,
del último primor acrisoladas,
tímidos al examen riguroso.
Unos se prometían
las coronas al digno reservadas;
otro desconfiaba temeroso.
La expectación del circo numeroso
severidad al acto acrecentaba;
y al tiempo que ya Astrea
el premio preparaba
con que ilustrar la más feliz tarea,
un extraño suceso
el acto suspendió, pasmó el congreso.

Las ajustadas puertas
de fuerzas soberanas impelidas
con súbito rumor y común susto
parecieron abiertas;
retrajo de las venas comprimidas
el rojo humor el pecho más robusto.
A todos ocupaba el terror justo
cuando, sembrando luces celestiales,
con luminosa huella
ilustró los umbrales
una deidad, cuya presencia bella,
cual Febo el claro día,
a los ánimos trajo la alegría.


Torreada corona,
como suele a Minerva atribuirse,
su hermosa frente con honor ceñía.
Ornaba su persona
un ropaje, cuya obra distinguirse
el celeste esplendor no permitía.
En la siniestra por blasón regía,
en vez de cetro, del metal precioso
compás y escuadra, dando
su ademán generoso
muestras de majestad, y provocando
con amable violencia
su augusto aspecto a culto y reverencia.

La noble Arquitectura,
con real esplendor condecorada,
de todos conocida fue al momento;
y con civil dulzura,
de las caras hermanas saludada,
llegó a ocupar el superior asiento.
Entonces, dando al aire el blando acento
en delicadas voces y suaves,
con notable energía,
estas razones graves
articuló, bañando la armonía
la región leve y pura,
y el ánimo, el deleite y la dulzura.

«En vano los laureles
en mi agravio destina vuestra mano
a triunfos que a mí sola se han debido.
Pues ni Fidias ni Apeles,
ni cuantos por su ingenio soberano
libertaron sus nombres del olvido,
ni cuantos larga edad ha producido
en los climas de Europa venturosos,
disputarme pudieran
sus blasones gloriosos;
y cuando a empresa tanta se movieran,
sería el vencimiento
pena segura al ciego atrevimiento».


Sacó entonces del seno,
sobre el terso papel delineadas,
dos fábricas de dórico artificio,
en el blanco terreno
con tan grande primor perficionadas,
que el más severo dio de pasmo indicio.
No encontró el más escrupuloso juicio
sino la admiración en sus primores;
primores que excedían
los aplausos mayores
que al numeroso circo merecían,
cuyo asombro advirtiendo,
así la diosa prosiguió diciendo:

«A mí se deben sola
coronas de mayor merecimiento
y premios de más alta jerarquía;
pues el hado acrisola
su influjo grato a mi favor atento,
colmándome de dichas y alegría.
¡Oh, memorable, venturoso día
de mí con blanca piedra señalado
y digno sacrificio!
En mi pecho obligado
templo tendrás, y con humilde oficio
el ánimo devoto
repetirá cada momento el voto.

Pues noble empleo he sido,
de maestra gozando privilegios
y honores que llegó nadie a lograrlos,
y estudio ennoblecido
del desvelo de dos jóvenes regios,
digna progenie del glorioso Carlos.
Dos jóvenes excelsos, que al nombrarlos
el orbe todo con razón se humilla
y la dichosa España,
doblando la rodilla,
por cuanto el Betis, Ebro y Tajo baña
en floridos vergeles
rinde a sus pies olivas y laureles.

Aquestos monumentos,
con que hoy enriquecemos han querido
sus ilustres tareas venturosas
y sublimes talentos,
con dignidad y con honor debido,
logren veneraciones obsequiosas.
Vosotras ¡oh! deidades generosas,
y genios a la gloria consagrados,
depositarios fieles
de tan ricos dechados,
alfombras prevenid, colgad doseles,
y construid altares
a vuestros nuevos dioses tutelares.


Empresas que acreditan
aun en la tierra edad maduros bríos,
en breve el orbe llenarán de glorias,
cuando ya supeditan
tan ancho campo a los elogios míos,
y tan fértil materia a las historias.
Acumular victorias a victorias,
a ser vendrá su más digno ejercicio,
y adquirirse renombres
del común beneficio,
siendo, por eso eternizar sus nombres,
blasón de los pinceles,
gloria de los buriles y cinceles.

Los ingenios sutiles,
que los néctares liban de Helicona,
y al Pindo huellan la cerviz sombría,
en sus cultos pensiles
a sus dos frentes tejerán corona;
corona que a los siglos desafía.
Darán feliz asunto a su armonía
las conquistas de bárbaras naciones,
seguidas e imitadas
las paternas acciones,
de la fama en el templo atesoradas,
la paz establecida,
y Astrea al suelo restituida.

Las ciencias obsequiosas,
fomentadas también por todas partes,
publicarán sus timbres igualmente;
y con muestras piadosas
favorecidas las sutiles artes
extenderán su fama al continente
del nuestro más remoto y diferente.
Pasmo será y envidia al extranjero
la relación gloriosa
del paternal esmero,
con que las honren, y será famosa
en cuanto Febo baña
por tan heroicos príncipes España.

Aunque a tantos primores
con que hoy ilustran nuestro docto gremio,
y en permanentes sellos reduplican
nuestras glorias mayores,
podremos prevenir en vano premio
competente al honor que nos aplican.
Pero ya las esferas les dedican
en sus estancias plácidas y bellas
premios más permanentes
en coronas de estrellas,
cuando, felices hechas ya las gentes
de los dos hemisferios,
trasladen a los astros sus imperios.


Y en tanto, porque vea
el orbe de su amor claras señales,
a Carlos y Gabriel el premio debe
la dichosa tarea,
y el círculo de ramas inmortales,
con que el sudor ilustre se promueve».
Esto dijo, y lloviendo el viento leve
guirnaldas, en un punto coronadas
las vencedoras sienes
quedaron, y embargadas
del súbito placer y extraños bienes
del cuerpo las acciones,
y hecho el sentido un mar de admiraciones.

La común algazara,
los dos amados nombres repitiendo,
al cielo con estrépito subía.
La esfera pura y clara,
a las voces del suelo respondiendo,
el aplauso esforzó con su armonía.
Y yo, que parte fui de la alegría,
obedeciendo al superior mandato
que me ilustra y apremia,
perpetuar así trato
el suceso feliz, docta Academia,
si por ventura Clío
no desdeñó el humilde ruego mío.

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