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Poemas en este tema

Nación y Patriotismo

Vicente García de la Huerta

Vicente García de la Huerta

Hizán Y Daraja

Por cabo de cien jinetes,
el noble Gutierre marcha
sobre el campo de Gumiel
desde la fuerza de Aranda.

El más valiente caudillo,
de cuantos ve la campaña
desde el Duero al claro Tormes,
desde el Pisuerga al Adaja.

Monta una manchada yegua,
que riberas del Riaza
nació a ser exhalación
y asombro de las comarcas.

Lleva pendiente del hombro
una berberisca adarga,
a Celín ganada, jeque
de Medina y Almenara.

En la vigorosa diestra,
defensa ya de su patria,
rige el animoso joven
un recio roble por asta.

Una ancha cuchilla ciñe
en mil reencuentros probada,
contra las vidas alarbes
fatal segur de la parca.

Sale, pues, tan orgullosa
la juventud castellana,
que a mirar su bizarría
suspende el Duero sus aguas.

Los generosos caballos
marcial música compasan
al son del hierro que imprimen,
y al son del hierro que tascan.

Ya descubren de Gumiel
las ardientes atalayas,
y en los cultivados campos
las adultas mieses talan.

Sintiendo el rebato Hizán,
presuroso se levanta
a los brazos de la muerte
de los brazos de Daraja.

Daraja, deidad morisca,
de cuyo amor a las aras
seis años fueron de Hizán
servicios ofrendas vanas.

Al primer paso tropieza,
y requiriendo las armas,
herida la diestra mano,
con sangre el estrado mancha.

Túrbase la bella mora
con señales tan infaustas,
y de tan tristes acasos
tristes vaticinios saca.

Enmudécela el dolor;
pero una sola mirada
dijo de una vez más cosas
que dijeran mil palabras.

Cadenas hace sus brazos,
que el cuello de Hizán enlazan,
y de sus lágrimas tiernas
segundas cadenas labra.

Mas, viendo el valiente moro
que hace ya en el campo falta,
sus lágrimas reprimiendo,
así, al despedirse, la habla:

«No temas, Daraja bella,
que a los enemigos salga,
que a quien venció tus desdenes
no habrá que resista nada».

Salió al campo; y don Gutierre
al encuentro se adelanta,
y de los demás seguido,
la sangrienta lid se traba.

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Ricardo Jaimes Freyre

Ricardo Jaimes Freyre

Rusia

¡Enorme y santa Rusia, la tempestad te llama!
Ya agita tus nevados cabellos, y en tus venas
la sangre de Rucico, vieja y heroica inflama...
Desde el Neva hasta el Cáucaso con tu rugido llenas

las selvas milenarias, las estepas sombrías...
—Mujik, tu arado hiere; tu hoz, mujik, hiere y mata;
como la negra tierra los pechos abrirías;
tiñéranse en tus manos las hoces de escarlata...

—Padre Zar, ese pueblo te llama padre. Tiene
callosas las rodillas y las manos callosas;
si hasta el umbral de mármol de tu palacio viene
con manos y rodillas se arrrastrará en sus losas.

—Allá lejos, muy lejos, donde el sol nace, luchan,
mujik, mujik, tus hijos, desfalllecen y mueren...
—Padre Zar, los esclavos tu sacra voz no escuchan
aunque las rojas lenguas del knut sus flancos hieren.

—Mujik, en tus entrañas el hambre ruge...

—El cielo,
señor, te dio su vida...

—Mujik, cuando las fieras
sienten el hambre, aguzan sus garras en hielo.
Tú... ¡que el pastor te entregue la cervatilla esperas!

—Padre Zar, los gusanos quieren ser hombres. Miran
de frente al sol. Te miran de frente... ¿Qué malignos
genios sus tentaciones de rebelión inspiran
cuando son de tu misma misericordia indignos?

—Llenas están de sangre las lúgubres prisiones,
llenos están de aullidos los hondos subterráneos...
De la vida y la muerte, tú como Dios, dispones;
¡ya saben el camino las hachas de los cráneos!

—Mujik, las muchedumbres que tu señor domina,
que tiemblan si al mirarlas sus ojos centellean,
van del brumoso Báltico a la apartada China
y las naciones todas a sus pies serpentean.

¡Ay, si de cada pecho brotara un solo grito!
¡Si un solo golpe diera cada afrentada mano,
su empuje arrancaría la mole de granito,
como el de los millones de gotas del oceano!

¡Enorme y santa Rusia! De tu dolor sagrado
como de un nuevo Gólgota, fe y esperanza llueve...
La hoguera que consuma los restos del pasado
saldrá de las entrañas del país de la nieve.

El pueblo con la planta del déspota en la nuca,
muerde la tierra esclava con sus rabiosos dientes
¡y tíñese entretanto la sociedad caduca
con el sangriento rojo de todos los ponientes!
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Rubén Darío

Rubén Darío

Canto A La Argentina

Argentina, el día que te vistes
de gala, en que brillan tus calles
y no hay aspectos ni almas tristes
en alturas, pampas y valles;
el día en que desde tus fuertes,
tus cruceros y tus cuarteles
salvas lanzas, músicas viertes
entre las palmas y laureles,
visitada por los príncipes
de reinos y tierras lejanas
y mensajeros de repúblicas,
son las patrias americanas
las que más comparten tu júbilo.
Son las próximas hermanas
las que te proclaman primera
en el decoro familiar,
después de heroica y guerrera,
hospitalaria y maternal.
Argentina tiarada de ónice
y de mármol, se puede ver
cuál luce sobre tu frente
el diamante refulgente
de las alturas, Lucifer:
pues eres la aurora de América.
Magnifícase tu apoteosis,
regazo de múltiples climas,
preferida del nuevo siglo,
y en sus cláusulas y en sus rimas
te profetizan tus profetas
y te poetizan tus poetas.
Crece el tesoro año por año,
mientras prosigues las tareas
de las por Dios suspendidas
civilizaciones de antaño;
encarnas, produces, creas
cerebro para otras ideas,
útero para nuevas vidas.
Tus hijos llevarán en sí,
por su sangre, el hierro y rubí
de los cuatro puntos del globo.
Concentración de los varones
de vedas, biblias y coranes,
en el colmo de sus afanes,
en el logro de sus acciones,
tu floración de floraciones
tendrá un perfume latino.
En el primitivo crisol,
Roma influyó en tu destino,
cuando a través del español
puso su enérgico metal.
Y sus históricas llamas
animarán genios y famas
al argentino Arco Triunfal.
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Rubén Darío

Rubén Darío

Canto A La Argentina

¡Argentina! el cantor ha oteado
desde la alta región tu futuro.
Y vio en lo inmemorial del pasado
las metrópolis reinas que fueron,
las que por Dios malditas cayeron
en instante pestífero; el muro
que crujió remordido de llamas
la hervorosa Persépolis, Tiro,
la imperial Babilonia que aún brama,
y las urbes que vieron a Ciro,
a Alejandro, y a todos los fuertes
que escoltaron victorias y muertes.
Y miró a Bizancio y a Atenas,
y a la que, domadora del mundo,
siendo Lupa indomable, fue Roma.
Y vio tronos, suplicios, cadenas,
y con tiaras a tigres y hienas.
Y cien más capitales precitas
donde el hombre fue ciego a la vasta
Libertad, donde fueron escritas
terroríficas y duras leyes,
contra tribus y pueblos y casta,
o las leyes fueron voluntades;
y a través de tragedias y gestas,
derrumbáronse tronos y reyes,
o se hicieron cenizas ciudades
por ensalmos de frases funestas.
Y después otros siglos y luchas,
otra vez lo que arrasa y escombra,
muchos reinos que surgen y muchas
vanidades que caen en la sombra
infinita. Mane, Thecel, Phares.
Y el poeta miró un astro eterno
sobre ruinas y tierras y mares,
que alumbraba con su claridad
nuevos cultos, cultura y gobierno,
y a su brillo quedó deslumbrado:
era el astro de la Libertad.
Argentinos, la inmortal estrella
a vosotros simbólica es Sol:
las naciones son grandes por ella;
lo sabía el abuelo español.
Dad a todas las almas abrigo,
sed nación de naciones hermana,
convidad a la fiesta del trigo,
al domingo del lino y la lana
thanks-giving, yon kipour, romería,
la confraternidad de destinos.
la confraternidad de oraciones,
la confraternidad de canciones,
bajo los colores argentinos.
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