Lista de Poemas

Prometeo

Bajo el dosel de gigantesca roca
Yace el Titán, cual Cristo en el Calvario,
Marmóreo, indiferente y solitario,
Sin que brote el gemido de su boca.

Su pie desnudo en el peñasco toca
Donde agoniza un buitre sanguinario
Que ni atrae su ojo visionario
Ni compasión en su ánimo provoca.

Escuchando el hervor de las espumas
Que se deshacen en las altas peñas,
Ve de su redención luces extrañas,

Junto a otro buitre de nevadas plumas,
Negras pupilas y uñas marfileñas
Que ha extinguido la sed en sus entrañas.
624

Salomé

En el palacio hebreo, donde el suave
Humo fragante por el sol deshecho,
Sube a perderse en el calado techo
O se dilata en la anchurosa nave,

Está el Tetrarca de mirada grave,
Barba canosa y extenuado pecho,
Sobre el trono, hierático y derecho,
Como dormido por canciones de ave.

Delante de él, con veste de brocado
Estrellada de ardiente pedrería,
Al dulce son del bandolín sonoro,

Salomé baila y, en la diestra alzado,
Muestra siempre, radiante de alegría,
Un loto blanco de pistilos de oro.
584

La Aparición

Nube fragante y cálida tamiza
El fulgor del palacio de granito,
Ónix, pórfido y nácar. Infinito
Deleite invade a Herodes. La rojiza

Espada fulgurante inmoviliza
Hierático el verdugo, y hondo grito
Arroja Salomé frente al maldito
Espectro que sus miembros paraliza.

Despójase del traje de brocado
Y, quedando vestida en un momento,
De oro y perlas, zafiros y rubíes,

Huye del Precursor decapitado
Que esparce en el marmóreo pavimento
Lluvia de sangre en gotas carmesíes.
642

La Agonía De Petronio

LA AGONÍA DE PETRONIO


A Francisco A. de Icaza



Tendido en la bañera de alabastro

Donde serpea el purpurino rastro

De la sangre que corre de sus venas,

Yace Petronio, el bardo decadente,

Mostrando coronada la ancha frente

De rosas, terebintos y azucenas.


Mientras los magistrados le interrogan,

Sus jóvenes discípulos dialogan

O recitan sus dáctilos de oro,

Y al ver que aquéllos en tropel se alejan

Ante el maestro ensangrentado dejan

Caer las gotas de su amargo lloro.


Envueltas en sus peplos vaporosos

Y tendidos los cuerpos voluptuosos

En la muelle extensión de los triclinios,

Alrededor, sombrías y livianas,

Agrúpanse las bellas cortesanas

Que habitan del imperio en los dominios.


Desde el baño fragante en que aún respira,

El bardo pensativo las admira,

Fija en la más hermosa la mirada

Y le demanda, con arrullo tierno,

La postrimera copa de falerno

Por sus marmóreas manos escanciada.


Apurando el licor hasta las heces,

Enciende las mortales palideces

Que oscurecían su viril semblante,

Y volviendo los ojos inflamados

A sus fieles discípulos amados

Háblales triste en el postrer instante,


Hasta que heló su voz mortal gemido,

Amarilleó su rostro consumido,

Frío sudor humedeció su frente,

Amoratáronse sus labios rojos,

Densa nube empañó sus claros ojos,

El pensamiento abandonó su mente.


Y como se doblega el mustio nardo,

Dobló su cuello el moribundo bardo,

Libre por siempre de mortales penas,

Aspirando en su lánguida postura

Del agua perfumada la frescura

Y el olor de la sangre de sus venas.

644

El Camino De Damasco

EL CAMINO DE DAMASCO

A Manuel Gutiérrez Nájera


Lejos brilla el Jordán de azules ondas

Que esmalta el Sol de lentejuelas de oro,

Atravesando las tupidas frondas,

Pabellón verde del bronceado toro.


Del majestuoso Líbano en la cumbre

Erige su ramaje el cedro altivo,

Y del día estival bajo la lumbre

Desmaya en los senderos el olivo.


Piafar se escuchan árabes caballos

Que a través de la cálida arboleda,

Van levantando con sus férreos callos

En la ancha ruta, opaca polvareda.


Desde el confín de las lejanas costas

Sombreadas por los ásperos nopales,

Enjambres purpurinos de langostas

Vuelan a los ardientes arenales.


Ábrense en las llanuras las cavernas

Pobladas de escorpiones encarnados,

Y al borde de las límpidas cisternas

Embalsaman el aire los granados.


En fogoso corcel de crines blancas,

Lomo robusto, refulgente casco,

Belfo espumante y sudorosas ancas,

Marcha por el camino de Damasco.


Saulo y eleva su bruñida lanza

Que a los destellos de la luz febea,

Mientras el bruto relinchando avanza,

Entre nubes de polvo centellea.


Tras las hojas de oscuros olivares

Mira de la ciudad los minaretes,

Y encima de los negros almenares

Ondear los azulados gallardetes.


Súbito, desde lóbrego celaje

Que desgarró la luz de hórrido rayo,

Oye la voz del célico mensaje;

Cae transido de mortal desmayo,


Bajo el corcel ensangrentado rueda,

Su lanza estalla con vibrar sonoro

Y, a los reflejos de la luz, remeda

Sierpe de fuego con escamas de oro.

652

Horridum Somnium

HORRIDUM SOMNIUM


Al señor don Raimundo Cabrera



¡Cuántas noches de insomnio pasadas

En la fría blancura del lecho,

Ya abrevado de angustia infinita,

Ya sumido en amargos recuerdos,

Perturbando la lóbrega calma

Difundida en mi espíritu enfermo,

Como errantes luciérnagas verdes

Del jardín en los lirios abiertos,

Ha venido a posarse en mi alma

Áureo enjambre de sacros ensueños!


Cual penetran los rayos de la luna,

Por la escala sonora del viento,

En el hosco negror del sepulcro

Donde yace amarillo esqueleto,

Tal desciende la dicha celeste,

En las alas de fúlgidos sueños,

Hasta el fondo glacial de mi alma

Cripta negra en que duerme el deseo.


Así he visto llegar a mis ojos

En la fría tiniebla etreabiertos,

Desde lóbregos mares de sombra

Alumbrados por rojos destellos,

A las castas bellezas marmóleas

Que, ceñidos de joyas los cuerpos

Y una flor elevada en las manos,

Colorea entre eriales roqueños

El divino Moreau; a las frías

Hermosuras de estériles senos

Que, cual flores del mal, han caído

De la vida al oscuro sendero;

A Anactoria, la amada doliente,

Emperlados de sangre los pechos

Y encendidos los ojos diabólicos

Por la fiebre de extraños deseos;

A María, la virgen hebrea,

Con sus tocas brillantes de duelo

Y su manto de estrellas de oro

Centelleando en sus largos cabellos;

A la mística Eloa, cruzadas

Ambas manos encima del pecho

Y tornados los húmedos ojos

Hacia el cálido horror del Infierno;

Y a Eleonora, la pálida novia,

Que, ahuyentando la sombra del cuervo,

Cicatriza mis rojas heridas

Con el frío mortal de sus besos.


Mas un día —¡oh, Rembrandt!, no ha trazado

Tu pincel otro cuadro más negro—

Agrupados en ronda dantesca

De la fiebre los rojos espectros,

Al rumo de canciones malditas

Arrojaron mi lánguido cuerpo

En el fondo de fétido foso

Donde ariados croajaban los cuervos.


Como eleva la púdica virgen

Al dejar los umbrales del templo,

La mantilla de negros encajes

Que cubría su rostro risueño,

Así entonces el astro nocturno,

Los celajes opacos rompiendo,

Ostentaba su disco de plata

En el negro azulado de cielo.


Y, al fulgor que esparcía en el aire,

Yo sentí deshacerse mis miembros,

Entre chorros de sangre violácea,

sobre capas humeantes de cieno,

En viscoso licor amarillo

Que goteaban mis lívidos huesos.

Alrededor de mis fríos depojos,

En el aire, zumbaban insectos

Que, ensanchados los húmedos vientres

Por la sangre absorbida de mi cuerpo,

Ya ascendían en rápido impulso

Ya embriagados caían al suelo.


De mi cráneo, que un globo formaba

Erizado de rojos cabellos,

Descendían al rostro deforme,

Saboreando el licor purulento,

Largas sierpes de piel solferina

Que llegaban al borde del pecho

Donde un cuervo de pico acerado

Implacable roíame el sexo.


Junto al foso, espectrales mendigos

Sumergidos los pies en el cieno

Y rasgadas las ropas mugrientas,

Contemplaban el largo tormento

Mientras grupos de impuras mujeres,

En unión de aterrados mancebos,

Retorcían los cuerpos lascivos

Exhalando alaridos siniestros.


Muchos días, llenando mi alma

De pavor y de frío y de miedo,

He mirado este fúnebre cuadro

Resurgir a mis ojos abiertos,

Y al pensar que no pude en la vida

Realizar mis felices anhelos,

Con los ojos preñados de lágrimas

Y el horror de la muerte en el pecho,

Ante el Dios de mi infancia pregunto:

—«Del enjambre incesante de ensueños

Que persiguen mi alma sombría

De la noche en el frío silencio,

¿Será sólo el ensueño pasado

el que logre palpar mi deseo

En la triste jornada terrestre?

¿Será el único ¡oh Dios! verdadero?»

532

Bajo-relieve

Bajo-relieve


A Vivino Govantes y Govantes



El joven gladiador yace en la arena

Manchada por la sangre purpurina

Que arroja sin cesar la rota vena

De su robusto brazo. Entre neblina

Azafranada luce su armadura

Como si el Sol, dejando sus regiones,

Bajado hubiera al redondel. Oscura

La fosa está en que rugen los leones

Olfateando la carne. Aglomerada

Bulle en torno impaciente muchedumbre

Que tiende hacia el mancebo la mirada,

Y, de las gradas en la erguida cumbre,

Abierto el abanico entre las manos,

Ostentan su hermosura las patricias

A los ojos de amantes cortesanos

Ávidos de gozar de sus caricias.

Sacudiendo el cansancio del vencido

—¡Arriba, gladiador, una voz grita,

Que para ornar tus sienes han crecido

Los laureles del Arno! —¡Necesita

El pueblo, otra voz clama, que al combate

Tornes de nuevo y venzas al contrario!

—¡Lidia y triunfa que, a más de tu rescate,

Dice el edil, cual don extraordinario,

Pondremos en tus manos un tesoro

De sextercios! —Si vences todavía,

En mi litera azul, bordada de oro,

Juntos iremos por la Sacra Vía,

Murmura una hetaira. —¡Y en mi lecho

Perfumado de mirra, al punto exclama

Otra más bella, encima de tu pecho

Extinguiré de mi pasión la llama

Que en lo interior del alma siento ahora,

Y, aprisionado por ardientes lazos,

Cuando aparezca la rosada aurora

Ebrio de amor te encontrará en mis brazos!


Al escuchar las voces agitadas,

Levanta el gladiador la mustia frente,

Fija en la muchedumbre sus miradas,

Muéstrale una sonrisa indiferente

Y, desdeñando los placeres vanos

Que ofrecen a su alma entristecida,

Sepulta la cabeza entre las manos

Viendo correr la sangre de su herida.

664

Blanco Y Negro

Sonrisas de las vírgenes difuntas
En ataúd de blanco terciopelo
Recamado de oro; manos juntas
Que os eleváis hacia el azul del cielo
Como lirios de carne; tocas blancas
De pálidas novicias absorbidas
Por ensueños celestiales; francas
Risas de niños rubios; despedidas
Que envían los ancianos moribundos
A los seres queridos; arreboles
De los finos celajes errabundos
Por las ondas del éter; tornasoles
Que ostentan en sus alas las palomas
Al volar hacia el Sol; verdes palmeras
De les desiertos africanos; gomas
Árabes en que duermen las quimeras;
Miradas de los pálidos dementes
Entre las flores del jardín; crespones
Con que se ocultan sus nevadas frentes
Las vírgenes; enjambres de ilusiones
Color de rosa que en su seno encierra
El alma que no hirió la desventura;
Arrebatadme al punto de la Tierra,
Que estoy enfermo y solo y fatigado
Y deseo volar hacia la altura,
Porque allí debe estar lo que yo he amado.
572

Flores De Éter

Flores de éter

A la memoria de Luis II de Baviera


Rey solitario como la aurora,

Rey misterioso como la nieve,

¿En qué mundo tu espíritu mora?

¿Sobre qué cimas sus alas mueve?

¿Vive con diosas en una estrella

Como guerrero con sus cautivas,

O está en la tumba —blanca doncella—

Bajo coronas de siemprevivas?...


Aún eras niño, cuando sentías,

Como legado de tus mayores,

Esas tempranas melancolías

De los espíritus soñadores,

Y huyendo lejos de los palacios

Donde veías morir tu infancia,

Te remontabas a los espacios

En que esparcíase la fragancia

De los sueños que, hora tras hora,

Minado fueron tu vida breve,

Rey solitario como la aurora,

Rey misterioso como la nieve.


Si así tu alma gozar quería

Y a otras regiones arrebatarte,

En bajel tuvo: la Fantasía,

Y un mar espléndido: el mar del Arte.

¡Cómo veías sobre sus ondas

Temblar las luces de nuevos astros

Que te guiaban a las Golcondas

Donde no hallabas del hombre rastros;

Y allí sintiendo raros deleites

Tu alma encontraba deliquios santos,

Como en los tintes de los afeites

Las cortesanas frescos encantos!

Por eso mi alma la tuya adora

Y recordándola se conmueve,

Rey solitario como la aurora,

Rey misterioso como la nieve.


Colas abiertas de pavos reales,

Róseos flamencos en la arboleda,

Fríos crepúsculos matinales,

Áureos dragones en roja seda,

Verdes luciérnagas en las lilas,

Plumas de cisnes alabastrinos,

Sonidos vagos de las esquilas,

Sobre hombros blancos encajes finos,

Vapor de lago dormido en calma,

Mirtos fragantes, nupciales tules,

Nada más bello fue que tu alma

Hecha de vagas nieblas azules

Y que a la mía sólo enamora

De las del siglo décimo nueve,

Rey solitario como la aurora,

Rey misterioso como la nieve.


Aunque sentiste sobre tu cuna

Caer los dones de la existencia,

Tú no gozaste de dicha alguna

Más que en los brazos de la Demencia.

Halo llevabas de poesía

Y más que el brillo de tu corona

A los extraños les atraía

Lo misterioso de tu persona

Que apasionaba nobles mancebos,

Porque ostentabas en formas bellas

La gallardía de los efebos

Con el recato de las doncellas.


Tedio profundo de la existencia,

Sed de lo extraño que nos tortura,

De viejas razas mortal herencia,

De realidades afrenta impura,

Visión sangrienta de la neurosis,

Deliscuescencia de las pasiones,

Entre fulgores de apoteosis

Tu alma llevaron a otras regiones

Donde gloriosa ciérnese ahora

Y eterna dicha sobre ella llueve,

Rey solitario como la aurora,

Rey misterioso como la nieve.

615

Un Torero

Tez morena encendida por la navaja,
Pecho alzado de eunuco, talle que aprieta
Verde faja de seda, bajo chaqueta
Fulgurante de oro cual rica alhaja.

Como víbora negra que un muro baja
Y a mitad del camino se enrosca quieta,
Aparece en su nuca fina coleta
Trenzada por los dedos de amante maja.

Mientras aguarda oculto tras un escaño
Y cubierta la espada con rojo paño
Que, mugiendo, a la arena se lance el toro,

Sueña en trocar la plaza febricitante
En purpúreo torrente de sangre humeante
Donde quiebre el ocaso sus flechas de oro.
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Identificación y contexto básico

Julián Nicolás del Casal y de la Lastra fue un poeta cubano, considerado una figura clave en la literatura de su país, especialmente en la transición del Romanticismo al Modernismo.

Infancia y formación

Nació en La Habana en el seno de una familia de clase media. Su infancia estuvo marcada por la enfermedad y la pérdida temprana de su madre, lo que influyó en su temperamento melancólico. Recibió una educación esmerada, mostrando desde joven una gran afición por la lectura y la poesía.

Trayectoria literaria

Casal comenzó a escribir poesía en su juventud, influenciado por autores románticos y parnasianos. Su obra evolucionó hacia formas más depuradas y temas introspectivos propios del Modernismo. Publicó en diversas revistas literarias de la época, ganando reconocimiento gradual.

Obra, estilo y características literarias

Sus obras más destacadas incluyen "Hojas al viento" (1890) y "Nieve" (1892). Su estilo se caracteriza por la melancolía, la búsqueda de la belleza formal, la musicalidad y el uso de imágenes a menudo exóticas y decadentes. Explora temas como la soledad, la muerte, el paso del tiempo y la evasión.

Contexto cultural e histórico

Vivió en una época de efervescencia cultural en Cuba, con el auge del Modernismo. Su obra dialoga con las corrientes estéticas europeas de la época, como el Parnasianismo y el Simbolismo, adaptándolas a su sensibilidad caribeña.

Vida personal

Su vida fue relativamente breve y marcada por la fragilidad de la salud y una profunda introspección. Las experiencias personales, especialmente las relacionadas con la pérdida y la soledad, se reflejan intensamente en su poesía.

Reconocimiento y recepción

Aunque en vida obtuvo un reconocimiento moderado, su obra fue revalorizada póstumamente, siendo considerado uno de los precursores y máximos exponentes del Modernismo en Cuba.

Influencias y legado

Fue influenciado por poetas como Edgar Allan Poe, Baudelaire y los parnasianos franceses. Su legado reside en la renovación del lenguaje poético cubano y su aportación al Modernismo hispanoamericano.

Interpretación y análisis crítico

Se ha analizado su obra desde la perspectiva del decadentismo, el simbolismo y la expresión de una sensibilidad herida por la realidad. Su poesía es vista como un reflejo de las tensiones entre la vida y el arte, lo exótico y lo cotidiano.

Infancia y formación

Era conocido por su carácter introvertido y su dedicación casi exclusiva a la poesía. Su sensibilidad extrema a menudo lo llevaba a estados de profunda melancolía.

Muerte y memoria

Falleció prematuramente en La Habana a causa de una tuberculosis. Su muerte fue lamentada por el mundo literario y su obra ha perdurado como un pilar de la poesía cubana.