Poeta cubano de gran relevancia en la transición del Romanticismo al Modernismo, Julián del Casal es reconocido por su profunda sensibilidad y la exploración de temas como la melancolía, la soledad y la fugacidad de la vida. Su obra se caracteriza por una cuidada musicalidad y una imaginería rica y a menudo decadente, reflejando las corrientes estéticas de su tiempo y su propia introspección.
n. 1863-11-07, Havana·m. 1893-10-21, Havana
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En El Campo
Tengo el impuro amor de las ciudades,
Y a este sol que ilumina las edades
Prefiero yo del gas las claridades.
A mis sentidos lánguidos arroba,
Más que el olor de un bosque de caoba,
El ambiente enfermizo de una alcoba.
Mucho más que las selvas tropicales,
Plácenme los sombríos arrabales
Que encierran las vetustas capitales.
A la flor que se abre en el sendero,
Como si fuese terrenal lucero,
Olvido por la flor de invernadero.
Más que la voz del pájaro en la cima
De un árbol todo en flor, a mi alma anima
La música armoniosa de una rima.
Nunca a mi corazón tanto enamora
El rostro virginal de una pastora
Como un rostro de regia pecadora.
Al oro de las mieses en primavera,
Yo siempre en mi capricho prefiriera
El oro de teñida cabellera.
No cambiara sedosas muselinas
Por los velos de nítidas neblinas
Que la mañana prende en las colinas.
Más que al raudal que baja de la cumbre,
Quiero oír a la humana muchedumbre
Gimiendo en su perpetua servidumbre.
El rocío que brilla en la montaña
No ha podido decir a mi alma extraña
Lo que el llanto al bañar una pestaña.
Y el fulgor de los astros rutilantes
No trueco por los vívidos cambiantes
Del ópalo la perla o los diamantes.
Julián Nicolás del Casal y de la Lastra fue un poeta cubano, considerado una figura clave en la literatura de su país, especialmente en la transición del Romanticismo al Modernismo.
Infancia y formación
Nació en La Habana en el seno de una familia de clase media. Su infancia estuvo marcada por la enfermedad y la pérdida temprana de su madre, lo que influyó en su temperamento melancólico. Recibió una educación esmerada, mostrando desde joven una gran afición por la lectura y la poesía.
Trayectoria literaria
Casal comenzó a escribir poesía en su juventud, influenciado por autores románticos y parnasianos. Su obra evolucionó hacia formas más depuradas y temas introspectivos propios del Modernismo. Publicó en diversas revistas literarias de la época, ganando reconocimiento gradual.
Obra, estilo y características literarias
Sus obras más destacadas incluyen "Hojas al viento" (1890) y "Nieve" (1892). Su estilo se caracteriza por la melancolía, la búsqueda de la belleza formal, la musicalidad y el uso de imágenes a menudo exóticas y decadentes. Explora temas como la soledad, la muerte, el paso del tiempo y la evasión.
Contexto cultural e histórico
Vivió en una época de efervescencia cultural en Cuba, con el auge del Modernismo. Su obra dialoga con las corrientes estéticas europeas de la época, como el Parnasianismo y el Simbolismo, adaptándolas a su sensibilidad caribeña.
Vida personal
Su vida fue relativamente breve y marcada por la fragilidad de la salud y una profunda introspección. Las experiencias personales, especialmente las relacionadas con la pérdida y la soledad, se reflejan intensamente en su poesía.
Reconocimiento y recepción
Aunque en vida obtuvo un reconocimiento moderado, su obra fue revalorizada póstumamente, siendo considerado uno de los precursores y máximos exponentes del Modernismo en Cuba.
Influencias y legado
Fue influenciado por poetas como Edgar Allan Poe, Baudelaire y los parnasianos franceses. Su legado reside en la renovación del lenguaje poético cubano y su aportación al Modernismo hispanoamericano.
Interpretación y análisis crítico
Se ha analizado su obra desde la perspectiva del decadentismo, el simbolismo y la expresión de una sensibilidad herida por la realidad. Su poesía es vista como un reflejo de las tensiones entre la vida y el arte, lo exótico y lo cotidiano.
Infancia y formación
Era conocido por su carácter introvertido y su dedicación casi exclusiva a la poesía. Su sensibilidad extrema a menudo lo llevaba a estados de profunda melancolía.
Muerte y memoria
Falleció prematuramente en La Habana a causa de una tuberculosis. Su muerte fue lamentada por el mundo literario y su obra ha perdurado como un pilar de la poesía cubana.
Poemas
75
Galatea
En el seno radioso de su gruta,
Alfombrada de anémonas marinas,
Verdes algas y ramas coralinas,
Galatea, del sueño el bien disfruta.
Desde la orilla de dorada ruta
Donde baten las ondas cristalinas,
Salpicando de espumas diamantinas
El pico negro de la roca bruta,
Polifemo, extasiado ante el desnudo
Cuerpo gentil de la dormida diosa,
Olvida su fiereza, el vigor pierde,
Y mientras permanece, absorto y mudo,
Mirando aquella piel color de rosa,
Incendia la lujuria su ojo verde.
716
Salomé
En el palacio hebreo, donde el suave
Humo fragante por el sol deshecho,
Sube a perderse en el calado techo
O se dilata en la anchurosa nave,
Está el Tetrarca de mirada grave,
Barba canosa y extenuado pecho,
Sobre el trono, hierático y derecho,
Como dormido por canciones de ave.
Delante de él, con veste de brocado
Estrellada de ardiente pedrería,
Al dulce son del bandolín sonoro,
Salomé baila y, en la diestra alzado,
Muestra siempre, radiante de alegría,
Un loto blanco de pistilos de oro.
600
La Aparición
Nube fragante y cálida tamiza
El fulgor del palacio de granito,
Ónix, pórfido y nácar. Infinito
Deleite invade a Herodes. La rojiza
Espada fulgurante inmoviliza
Hierático el verdugo, y hondo grito
Arroja Salomé frente al maldito
Espectro que sus miembros paraliza.
Despójase del traje de brocado
Y, quedando vestida en un momento,
De oro y perlas, zafiros y rubíes,
Huye del Precursor decapitado
Que esparce en el marmóreo pavimento
Lluvia de sangre en gotas carmesíes.
655
La Agonía De Petronio
LA AGONÍA DE PETRONIO
A Francisco A. de Icaza
Tendido en la bañera de alabastro
Donde serpea el purpurino rastro
De la sangre que corre de sus venas,
Yace Petronio, el bardo decadente,
Mostrando coronada la ancha frente
De rosas, terebintos y azucenas.
Mientras los magistrados le interrogan,
Sus jóvenes discípulos dialogan
O recitan sus dáctilos de oro,
Y al ver que aquéllos en tropel se alejan
Ante el maestro ensangrentado dejan
Caer las gotas de su amargo lloro.
Envueltas en sus peplos vaporosos
Y tendidos los cuerpos voluptuosos
En la muelle extensión de los triclinios,
Alrededor, sombrías y livianas,
Agrúpanse las bellas cortesanas
Que habitan del imperio en los dominios.
Desde el baño fragante en que aún respira,
El bardo pensativo las admira,
Fija en la más hermosa la mirada
Y le demanda, con arrullo tierno,
La postrimera copa de falerno
Por sus marmóreas manos escanciada.
Apurando el licor hasta las heces,
Enciende las mortales palideces
Que oscurecían su viril semblante,
Y volviendo los ojos inflamados
A sus fieles discípulos amados
Háblales triste en el postrer instante,
Hasta que heló su voz mortal gemido,
Amarilleó su rostro consumido,
Frío sudor humedeció su frente,
Amoratáronse sus labios rojos,
Densa nube empañó sus claros ojos,
El pensamiento abandonó su mente.
Y como se doblega el mustio nardo,
Dobló su cuello el moribundo bardo,
Libre por siempre de mortales penas,
Aspirando en su lánguida postura
Del agua perfumada la frescura
Y el olor de la sangre de sus venas.
654
El Camino De Damasco
EL CAMINO DE DAMASCO
A Manuel Gutiérrez Nájera
Lejos brilla el Jordán de azules ondas
Que esmalta el Sol de lentejuelas de oro,
Atravesando las tupidas frondas,
Pabellón verde del bronceado toro.
Del majestuoso Líbano en la cumbre
Erige su ramaje el cedro altivo,
Y del día estival bajo la lumbre
Desmaya en los senderos el olivo.
Piafar se escuchan árabes caballos
Que a través de la cálida arboleda,
Van levantando con sus férreos callos
En la ancha ruta, opaca polvareda.
Desde el confín de las lejanas costas
Sombreadas por los ásperos nopales,
Enjambres purpurinos de langostas
Vuelan a los ardientes arenales.
Ábrense en las llanuras las cavernas
Pobladas de escorpiones encarnados,
Y al borde de las límpidas cisternas
Embalsaman el aire los granados.
En fogoso corcel de crines blancas,
Lomo robusto, refulgente casco,
Belfo espumante y sudorosas ancas,
Marcha por el camino de Damasco.
Saulo y eleva su bruñida lanza
Que a los destellos de la luz febea,
Mientras el bruto relinchando avanza,
Entre nubes de polvo centellea.
Tras las hojas de oscuros olivares
Mira de la ciudad los minaretes,
Y encima de los negros almenares
Ondear los azulados gallardetes.
Súbito, desde lóbrego celaje
Que desgarró la luz de hórrido rayo,
Oye la voz del célico mensaje;
Cae transido de mortal desmayo,
Bajo el corcel ensangrentado rueda,
Su lanza estalla con vibrar sonoro
Y, a los reflejos de la luz, remeda
Sierpe de fuego con escamas de oro.
670
Horridum Somnium
HORRIDUM SOMNIUM
Al señor don Raimundo Cabrera
¡Cuántas noches de insomnio pasadas
En la fría blancura del lecho,
Ya abrevado de angustia infinita,
Ya sumido en amargos recuerdos,
Perturbando la lóbrega calma
Difundida en mi espíritu enfermo,
Como errantes luciérnagas verdes
Del jardín en los lirios abiertos,
Ha venido a posarse en mi alma
Áureo enjambre de sacros ensueños!
Cual penetran los rayos de la luna,
Por la escala sonora del viento,
En el hosco negror del sepulcro
Donde yace amarillo esqueleto,
Tal desciende la dicha celeste,
En las alas de fúlgidos sueños,
Hasta el fondo glacial de mi alma
Cripta negra en que duerme el deseo.
Así he visto llegar a mis ojos
En la fría tiniebla etreabiertos,
Desde lóbregos mares de sombra
Alumbrados por rojos destellos,
A las castas bellezas marmóleas
Que, ceñidos de joyas los cuerpos
Y una flor elevada en las manos,
Colorea entre eriales roqueños
El divino Moreau; a las frías
Hermosuras de estériles senos
Que, cual flores del mal, han caído
De la vida al oscuro sendero;
A Anactoria, la amada doliente,
Emperlados de sangre los pechos
Y encendidos los ojos diabólicos
Por la fiebre de extraños deseos;
A María, la virgen hebrea,
Con sus tocas brillantes de duelo
Y su manto de estrellas de oro
Centelleando en sus largos cabellos;
A la mística Eloa, cruzadas
Ambas manos encima del pecho
Y tornados los húmedos ojos
Hacia el cálido horror del Infierno;
Y a Eleonora, la pálida novia,
Que, ahuyentando la sombra del cuervo,
Cicatriza mis rojas heridas
Con el frío mortal de sus besos.
Mas un día ¡oh, Rembrandt!, no ha trazado
Tu pincel otro cuadro más negro
Agrupados en ronda dantesca
De la fiebre los rojos espectros,
Al rumo de canciones malditas
Arrojaron mi lánguido cuerpo
En el fondo de fétido foso
Donde ariados croajaban los cuervos.
Como eleva la púdica virgen
Al dejar los umbrales del templo,
La mantilla de negros encajes
Que cubría su rostro risueño,
Así entonces el astro nocturno,
Los celajes opacos rompiendo,
Ostentaba su disco de plata
En el negro azulado de cielo.
Y, al fulgor que esparcía en el aire,
Yo sentí deshacerse mis miembros,
Entre chorros de sangre violácea,
sobre capas humeantes de cieno,
En viscoso licor amarillo
Que goteaban mis lívidos huesos.
Alrededor de mis fríos depojos,
En el aire, zumbaban insectos
Que, ensanchados los húmedos vientres
Por la sangre absorbida de mi cuerpo,
Ya ascendían en rápido impulso
Ya embriagados caían al suelo.
De mi cráneo, que un globo formaba
Erizado de rojos cabellos,
Descendían al rostro deforme,
Saboreando el licor purulento,
Largas sierpes de piel solferina
Que llegaban al borde del pecho
Donde un cuervo de pico acerado
Implacable roíame el sexo.
Junto al foso, espectrales mendigos
Sumergidos los pies en el cieno
Y rasgadas las ropas mugrientas,
Contemplaban el largo tormento
Mientras grupos de impuras mujeres,
En unión de aterrados mancebos,
Retorcían los cuerpos lascivos
Exhalando alaridos siniestros.
Muchos días, llenando mi alma
De pavor y de frío y de miedo,
He mirado este fúnebre cuadro
Resurgir a mis ojos abiertos,
Y al pensar que no pude en la vida
Realizar mis felices anhelos,
Con los ojos preñados de lágrimas
Y el horror de la muerte en el pecho,
Ante el Dios de mi infancia pregunto:
«Del enjambre incesante de ensueños
Que persiguen mi alma sombría
De la noche en el frío silencio,
¿Será sólo el ensueño pasado
el que logre palpar mi deseo
En la triste jornada terrestre?
¿Será el único ¡oh Dios! verdadero?»
546
Bajo-relieve
Bajo-relieve
A Vivino Govantes y Govantes
El joven gladiador yace en la arena
Manchada por la sangre purpurina
Que arroja sin cesar la rota vena
De su robusto brazo. Entre neblina
Azafranada luce su armadura
Como si el Sol, dejando sus regiones,
Bajado hubiera al redondel. Oscura
La fosa está en que rugen los leones
Olfateando la carne. Aglomerada
Bulle en torno impaciente muchedumbre
Que tiende hacia el mancebo la mirada,
Y, de las gradas en la erguida cumbre,
Abierto el abanico entre las manos,
Ostentan su hermosura las patricias
A los ojos de amantes cortesanos
Ávidos de gozar de sus caricias.
Sacudiendo el cansancio del vencido
¡Arriba, gladiador, una voz grita,
Que para ornar tus sienes han crecido
Los laureles del Arno! ¡Necesita
El pueblo, otra voz clama, que al combate
Tornes de nuevo y venzas al contrario!
¡Lidia y triunfa que, a más de tu rescate,
Dice el edil, cual don extraordinario,
Pondremos en tus manos un tesoro
De sextercios! Si vences todavía,
En mi litera azul, bordada de oro,
Juntos iremos por la Sacra Vía,
Murmura una hetaira. ¡Y en mi lecho
Perfumado de mirra, al punto exclama
Otra más bella, encima de tu pecho
Extinguiré de mi pasión la llama
Que en lo interior del alma siento ahora,
Y, aprisionado por ardientes lazos,
Cuando aparezca la rosada aurora
Ebrio de amor te encontrará en mis brazos!
Al escuchar las voces agitadas,
Levanta el gladiador la mustia frente,
Fija en la muchedumbre sus miradas,
Muéstrale una sonrisa indiferente
Y, desdeñando los placeres vanos
Que ofrecen a su alma entristecida,
Sepulta la cabeza entre las manos
Viendo correr la sangre de su herida.
678
Flores De Éter
Flores de éter
A la memoria de Luis II de Baviera
Rey solitario como la aurora,
Rey misterioso como la nieve,
¿En qué mundo tu espíritu mora?
¿Sobre qué cimas sus alas mueve?
¿Vive con diosas en una estrella
Como guerrero con sus cautivas,
O está en la tumba blanca doncella
Bajo coronas de siemprevivas?...
Aún eras niño, cuando sentías,
Como legado de tus mayores,
Esas tempranas melancolías
De los espíritus soñadores,
Y huyendo lejos de los palacios
Donde veías morir tu infancia,
Te remontabas a los espacios
En que esparcíase la fragancia
De los sueños que, hora tras hora,
Minado fueron tu vida breve,
Rey solitario como la aurora,
Rey misterioso como la nieve.
Si así tu alma gozar quería
Y a otras regiones arrebatarte,
En bajel tuvo: la Fantasía,
Y un mar espléndido: el mar del Arte.
¡Cómo veías sobre sus ondas
Temblar las luces de nuevos astros
Que te guiaban a las Golcondas
Donde no hallabas del hombre rastros;
Y allí sintiendo raros deleites
Tu alma encontraba deliquios santos,
Como en los tintes de los afeites
Las cortesanas frescos encantos!
Por eso mi alma la tuya adora
Y recordándola se conmueve,
Rey solitario como la aurora,
Rey misterioso como la nieve.
Colas abiertas de pavos reales,
Róseos flamencos en la arboleda,
Fríos crepúsculos matinales,
Áureos dragones en roja seda,
Verdes luciérnagas en las lilas,
Plumas de cisnes alabastrinos,
Sonidos vagos de las esquilas,
Sobre hombros blancos encajes finos,
Vapor de lago dormido en calma,
Mirtos fragantes, nupciales tules,
Nada más bello fue que tu alma
Hecha de vagas nieblas azules
Y que a la mía sólo enamora
De las del siglo décimo nueve,
Rey solitario como la aurora,
Rey misterioso como la nieve.
Aunque sentiste sobre tu cuna
Caer los dones de la existencia,
Tú no gozaste de dicha alguna
Más que en los brazos de la Demencia.
Halo llevabas de poesía
Y más que el brillo de tu corona
A los extraños les atraía
Lo misterioso de tu persona
Que apasionaba nobles mancebos,
Porque ostentabas en formas bellas
La gallardía de los efebos
Con el recato de las doncellas.
Tedio profundo de la existencia,
Sed de lo extraño que nos tortura,
De viejas razas mortal herencia,
De realidades afrenta impura,
Visión sangrienta de la neurosis,
Deliscuescencia de las pasiones,
Entre fulgores de apoteosis
Tu alma llevaron a otras regiones
Donde gloriosa ciérnese ahora
Y eterna dicha sobre ella llueve,
Rey solitario como la aurora,
Rey misterioso como la nieve.
628
Blanco Y Negro
Sonrisas de las vírgenes difuntas
En ataúd de blanco terciopelo
Recamado de oro; manos juntas
Que os eleváis hacia el azul del cielo
Como lirios de carne; tocas blancas
De pálidas novicias absorbidas
Por ensueños celestiales; francas
Risas de niños rubios; despedidas
Que envían los ancianos moribundos
A los seres queridos; arreboles
De los finos celajes errabundos
Por las ondas del éter; tornasoles
Que ostentan en sus alas las palomas
Al volar hacia el Sol; verdes palmeras
De les desiertos africanos; gomas
Árabes en que duermen las quimeras;
Miradas de los pálidos dementes
Entre las flores del jardín; crespones
Con que se ocultan sus nevadas frentes
Las vírgenes; enjambres de ilusiones
Color de rosa que en su seno encierra
El alma que no hirió la desventura;
Arrebatadme al punto de la Tierra,
Que estoy enfermo y solo y fatigado
Y deseo volar hacia la altura,
Porque allí debe estar lo que yo he amado.
592
Un Torero
Tez morena encendida por la navaja,
Pecho alzado de eunuco, talle que aprieta
Verde faja de seda, bajo chaqueta
Fulgurante de oro cual rica alhaja.
Como víbora negra que un muro baja
Y a mitad del camino se enrosca quieta,
Aparece en su nuca fina coleta
Trenzada por los dedos de amante maja.
Mientras aguarda oculto tras un escaño
Y cubierta la espada con rojo paño
Que, mugiendo, a la arena se lance el toro,
Sueña en trocar la plaza febricitante
En purpúreo torrente de sangre humeante
Donde quiebre el ocaso sus flechas de oro.