Citas
Citas para inspirar y reflexionar
Lo más doloroso que el pensador puede decir a los artistas suena así: «¿No podríais velar una hora conmigo?».
Las personas más espirituales, suponiendo que tengan el máximo coraje, son también las que viven las tragedias más dolorosas. Pero esas personas honran la vida justo porque ésta les opone su máxima hostilidad.
Si en nuestros monólogos no respetamos el honor de otras personas igual que en público, somos unos indecentes.
Cuando vivimos solos no hablamos demasiado alto, tampoco escribimos demasiado alto, pues tenemos miedo a la resonancia vacía, a la crítica de la ninfa Eco. ¡Y en la soledad todas las voces suenan de manera diferente!
No conseguiremos que la muchedumbre grite «hosanna» hasta que no entremos en la ciudad a lomos de un asno.
Algunos pueden decir y escribir lo que quieran, que siempre habrá en ello algo de buena música. Y en el caso de otros, algo de mala música. En los más falta toda música.
El éxito ha sido siempre el máximo mentiroso, y la «obra» misma es un éxito. El gran estadista, el conquistador, el descubridor están envueltos en el disfraz de sus creaciones hasta el punto de resultar irreconocibles; la «obra», la del artista, la del filósofo, es la inventora de quien la ha creado, de quien la habría creado. Los «grandes hombres», tal como se los venera, son poemas pequeños y malos compuestos con posterioridad. En el mundo de los valores históricos domina la moneda falsa.
Perdonas hoy lo que alguien te ha hecho. Pero aún no has tenido una vivencia cabal de ello. Pasado medio año no lo perdonarás ni olvidarás nunca.
Hay personas muy listas que opinan que, cerrando obstinadamente los ojos ante una cosa, ésta ya no existe en el mundo.
Resulta mucho más agradable ofender y pedir más tarde perdón que ser ofendido y otorgar perdón. Quien hace lo primero da una muestra de poder y, luego, una muestra de buen carácter. El segundo, si no quiere ser considerado inhumano, se ve forzado a perdonar; esa forzosidad hace que sea escaso el goce de humillar al otro.
A veces bastan ya unas gafas mejores para curar a un enamorado; y quien tuviese fuerza de imaginación para imaginarse un rostro, una figura, veinte años más viejos, pasaría tal vez muy tranquilo por la vida.
Los inexpertos, tan pronto como una sentencia les resulta enseguida evidente por su sencilla verdad, opinan siempre que es antigua y conocida y entonces miran con ojos atravesados a su autor, como si éste hubiera querido robar lo que es bien común de todos, mientras que se alegran con las semiverdades picantes y así se lo dan a entender al autor. Éste sabe apreciar esa señal y fácilmente adivina por ello dónde le han salido bien las cosas y dónde le han salido mal.
Cuando se hace una promesa, lo que la hace no es la palabra, sino lo inexpreso que se halla tras la palabra. Más aún, las palabras debilitan una promesa, por cuanto quitan y consumen una fuerza que es parte de la fuerza que hace la promesa. Daos, pues, la mano y llevad, al hacerlo, un dedo a la boca; así haréis las más seguras promesas solemnes.
No me inquieta lo que él haga y urda contra mí durante el día, pero que por la noche yo aparezca en sus sueños... Eso me horroriza.
La envidia habitual suele ponerse a cacarear tan pronto como la gallina envidiada ha puesto un huevo: con ello se alivia y se calma. Pero hay una envidia más honda: la que, cuando ocurre lo dicho, se calla como un muerto y desea que sean selladas todas las bocas y se enfurece cada vez más porque no es precisamente eso lo que ocurre. La envidia silenciosa crece en el silencio.
Dos personas que se cruzan y cuya vanidad es igual de grande conservan luego una mala impresión recíproca, pues cada una de ellas estaba tan ocupada con la impresión que quería producir en la otra que ésta no le causó ninguna impresión; ambas acaban notando que sus esfuerzos estaba equivocados y se echan mutuamente la culpa de ello.
Quien se ha negado algo a fondo y durante largo tiempo, cuando vuelva a encontrarse con ello por azar, casi pensará que lo ha descubierto. ¡Y qué felicidad la de los descubridores! Seamos más listos que las serpientes que se tienden demasiado tiempo al mismo sol.
Endurecernos lentamente, lentamente, como una piedra preciosa, y, al final, yacer inmóviles, para alegría de la eternidad.
Lo mejor de una gran victoria es que le quita al triunfador el miedo a una derrota. «¿Por qué no perder alguna vez?», se dice, «ahora soy suficientemente rico para ello».
Buen consejo a un amigo. Aún no es demasiado tarde para ti para llegar a la grandeza de carácter.
Toda filosofía esconde también una filosofía; toda opinión es también un escondite; toda palabra, también una máscara.
Preferimos tener como enemigo al amigo cuyas esperanzas ya no podemos satisfacer.
Quien posee grandeza es cruel con sus virtudes y reflexiones de segundo rango.
La crítica, tanto la parcial e injusta como la razonable, procura tales deleites a quien la ejerce que el mundo debe gratitud a toda obra y a toda acción que incite mucho y a muchos a la crítica, pues tras la crítica se arrastra una resplandeciente cola de alegría, ingenio, admiración de sí mismo, orgullo, enseñanza, propósitos de enmienda. El dios de la alegría creó las cosas malas y mediocres por la misma razón por la que creó las cosas buenas.
A: «¡Eres afortunado! Cada vez que tu carácter está en la cresta de su ola, también lo está tu intelecto». B: «¡Olvidas algo!».
La ayuda más segura contra la enfermedad masculina del desprecio de sí mismo es ser amados por una mujer inteligente.
A: «¿Pero por qué esa soledad?». B: «No estoy enojado con nadie. Pero cuando estoy solo me parece que veo a mis amigos con mayor claridad y belleza que cuando estoy con ellos; y cuando más he amado y sentido la música ha sido cuando vivía lejos de ella. Parece que yo necesito las perspectivas lejanas para pensar bien de las cosas».
Si queremos quitarnos de encima a alguien, sólo necesitamos empequeñecernos ante él. Eso causa un efecto inmediato sobre su vanidad y saldrá corriendo.
El modo más seguro de corromper a un adolescente es incitarlo a estimar más a los que piensan igual que él que a los que piensan de manera diferente.
Quien se permite hablar en público tiene el deber, tan pronto modifique sus opiniones, de contradecirse también en público.
Esos dos de ahí tienen en el fondo el mismo mal gusto. El uno quisiera, sin embargo, convencerse a sí mismo y a nosotros de que su gusto es el mejor. Y el otro se avergüenza de su mal gusto y quisiera convencerse a sí mismo y a nosotros de que tiene otro gusto, un gusto mejor; el nuestro. Todos los cultifilisteos son de una de esas dos especies.
Sacado de viejas novelas florentinas, y además, de la vida: «Buona femmina e mala femmina vuol bastone» (Sacchetti, Nov. 86).
¡Una obra encantadora! Pero qué insoportable resulta que su creador esté siempre recordándonos que es su obra. ¿Es que no sabe que «el padre» es siempre un personaje cómico?
Una buena sentencia es demasiado dura para el diente del tiempo y no es devorada por todos los milenios, aunque sirve de alimento a todo tiempo. Por ello una buena sentencia es la gran paradoja de la literatura, lo imperecedero en medio de lo cambiante, la comida que siempre se aprecia, como la sal, y que, como ésta, jamás se vuelve insípida.
Quien ha mirado hondo dentro del mundo adivina sin duda cuál es la sabiduría que hay en el hecho de que la gente sea superficial.
¿Quién no se ha sacrificado ya alguna vez a sí mismo por salvar su buena reputación?
Preferimos regalar a alguien todo nuestro corazón que todo nuestro dinero. ¿Cómo es que ocurre eso? Regalamos nuestro corazón y continuamos teniéndolo, pero el dinero ya no lo tenemos.
Al comienzo de los vicios nos encontramos aún muy cerca de la virtud.
Tras una desavenencia y altercado personales entre una mujer y un hombre, una de las partes sufre ante todo por la idea de haber causado daño a la otra; mientras que ésta sufre ante todo por la idea de no haber causado bastante daño a la primera, por lo cual se afana, con lágrimas, sollozos y rostro descompuesto, en apesadumbrarle todavía el corazón.
La inclinación al lujo penetra hasta la profundidad de una persona. Delata que lo superfluo y lo desmesurado es el agua en que más le gusta nadar a su alma.
Poco a poco ha ido manifestándoseme qué es lo que ha sido hasta ahora toda gran filosofía; a saber, la autoconfesión de su autor y una especie de no queridas y no advertidas; asimismo, que las intenciones morales (o inmorales) han constituido en toda filosofía el auténtico germen vital del que ha brotado siempre la planta entera.
La prensa, la máquina, el ferrocarril, el telégrafo son premisas de las cuales aún no se ha atrevido nadie a sacar las conclusiones que se sacarán dentro de mil años.
La mujer juega de manera mediocre cuando en el juego no intervienen el amor o el odio.
«No el que tú me hayas mentido, sino el que yo ya no te crea a ti, eso es lo que me ha hecho estremecer».
Madurez del adulto: significa haber reencontrado la seriedad que teníamos de niños al jugar.
Algo dicho con brevedad puede ser el fruto y cosecha de algo largamente pensado. Pero el lector, que es un novato en este campo y aún no ha reflexionado sobre ello, ve en todo lo dicho con brevedad algo embrionario, no sin hacer una señal de censura al autor por haberle puesto en la mesa como comida también esas cosas no acabadas de crecer, inmaduras.
«¿Quieres disponer a alguien en favor tuyo? Fíngete desconcertado ante él».
Nuestro tiempo soporta un único género de ricos, los que se avergüenzan de su riqueza.