Poemas en este tema
Relaciones y Familia
Amado Nervo
Lo Más Inmaterial
Me dejaste —como ibas de pasada—
lo más inmaterial que es tu mirada.
Yo te dejé —como iba tan de prisa—
lo más inmaterial, que es mi sonrisa.
Pero entre tu mirada y mi risueño
rostro quedó flotando el mismo sueño.
lo más inmaterial que es tu mirada.
Yo te dejé —como iba tan de prisa—
lo más inmaterial, que es mi sonrisa.
Pero entre tu mirada y mi risueño
rostro quedó flotando el mismo sueño.
1.424
1
Álvaro Mutis
Batallas Hubo
Casi al amanecer, el mar morado,
llanto de las adormideras, roca viva,
pasto a las luces del alba,
triste sábana que recoge entre asombros
la mugre del mundo.
Casi al amanecer, en playas de pizarra
y agudos caracoles y cortantes corolas,
batallas hubo, grandes guerras mudas
dejaron sus huellas.
Se trataba, por fin,
del amor y sus hirientes hojas,
nada nuevo.
Batallas hubo a orillas del mar
que rebota ciego y desordenado,
como un reptil preso en los cristales del alba.
Cenizas del amor en los altares del mundo,
nada nuevo.
llanto de las adormideras, roca viva,
pasto a las luces del alba,
triste sábana que recoge entre asombros
la mugre del mundo.
Casi al amanecer, en playas de pizarra
y agudos caracoles y cortantes corolas,
batallas hubo, grandes guerras mudas
dejaron sus huellas.
Se trataba, por fin,
del amor y sus hirientes hojas,
nada nuevo.
Batallas hubo a orillas del mar
que rebota ciego y desordenado,
como un reptil preso en los cristales del alba.
Cenizas del amor en los altares del mundo,
nada nuevo.
1.078
1
Alí Chumacero
Espejo Y Agua
Tu alma en mí dejó su fría imagen,
sólo recuerdo de lo que vivías,
y si al espejo miro y me reflejo
allí encuentro tus ojos, tu silencio de cera
con un reposo de apagado aliento,
como si descendiendo arenas
o un tropel de recuerdos
sobre mi piel, con sosegado paso
hacia el cristal cayeran.
¿No caen hojas como frases muertas,
y mis ojos en ti no fueron rosas
ahogadas en tu aroma?
Si al agua miras, mira
mi corazón ornado de sepulcros
bajo las olas que lo mueven,
crecido entre las ruinas de tu nombre,
entre perderse en muerte o florecer
como una eterna espera o el lamento
de un Adán impasible que soñaba
contigo y tu mentido Paraíso.
Porque al mirarte contra el agua, miras
mi pensamiento en tu alma suspendido.
sólo recuerdo de lo que vivías,
y si al espejo miro y me reflejo
allí encuentro tus ojos, tu silencio de cera
con un reposo de apagado aliento,
como si descendiendo arenas
o un tropel de recuerdos
sobre mi piel, con sosegado paso
hacia el cristal cayeran.
¿No caen hojas como frases muertas,
y mis ojos en ti no fueron rosas
ahogadas en tu aroma?
Si al agua miras, mira
mi corazón ornado de sepulcros
bajo las olas que lo mueven,
crecido entre las ruinas de tu nombre,
entre perderse en muerte o florecer
como una eterna espera o el lamento
de un Adán impasible que soñaba
contigo y tu mentido Paraíso.
Porque al mirarte contra el agua, miras
mi pensamiento en tu alma suspendido.
892
1
Manuel Acuña
Hojas Secas
Mañana que ya no puedan
encontrarse nuestros ojos,
y que vivamos ausentes,
muy lejos uno del otro,
que te hable de mí este libro
como de ti me habla todo.
encontrarse nuestros ojos,
y que vivamos ausentes,
muy lejos uno del otro,
que te hable de mí este libro
como de ti me habla todo.
3.354
1
Alí Chumacero
Entre Mis Manos
Entre mis manos vives
en confusión de nacimiento y corazón herido,
como desvanecerse o contemplar
un alto simulacro de ruinas;
sobre mis dedos mueres,
materia pensativa que se abate
bajo el murmullo de mi tacto,
y eres tristeza en mí,
suave como la forma de la nieve,
como cerrar la puerta
o mirar la inocencia de una pluma.
Nacida para mi caricia,
con un perdón que olvida y un comienzo
de éxtasis y aromas,
me acerco hacia tu aliento,
tu oído con mis labios toco y digo
que nuestro amor es agonía,
que escuches mi temor y mi palabra de humo
y que yo, como tú, de noche oigo
cómo se pierde el pensamiento,
confuso entre mi carne y tu recuerdo.
Mas retiro mi rostro de tus ojos
porque ya no podré pensar una palabra
que no habite tu nombre,
y porque surges hasta del silencio
como enemiga que desdeña el arma
y de improviso nace entre las sombras,
cuando sin ti yo no sería
sino un olvido abandonado
entre las ruinas de mi pensamiento.
en confusión de nacimiento y corazón herido,
como desvanecerse o contemplar
un alto simulacro de ruinas;
sobre mis dedos mueres,
materia pensativa que se abate
bajo el murmullo de mi tacto,
y eres tristeza en mí,
suave como la forma de la nieve,
como cerrar la puerta
o mirar la inocencia de una pluma.
Nacida para mi caricia,
con un perdón que olvida y un comienzo
de éxtasis y aromas,
me acerco hacia tu aliento,
tu oído con mis labios toco y digo
que nuestro amor es agonía,
que escuches mi temor y mi palabra de humo
y que yo, como tú, de noche oigo
cómo se pierde el pensamiento,
confuso entre mi carne y tu recuerdo.
Mas retiro mi rostro de tus ojos
porque ya no podré pensar una palabra
que no habite tu nombre,
y porque surges hasta del silencio
como enemiga que desdeña el arma
y de improviso nace entre las sombras,
cuando sin ti yo no sería
sino un olvido abandonado
entre las ruinas de mi pensamiento.
1.121
1
Bruno Kampel
¡Sí..!
Las alfombras lloran la ausencia
de sus huellas
y las paredes sudan clamores
que inundan el recuerdo
de sus pasos.
La ventana empaña sus cristales
al descubrir que en la pared
no cuelgan cuadros sino penas
y que sobre los tapices
planea el eco insomne
de unos pasos de otros días.
En las macetas florecen
telarañas cuajadas de memorias
donde cada pétalo es un beso
y cada flor una caricia
y cada día un abrazo
y cada sombra un espejo
y cada noche el reflejo
de su piel sobre la mía
y cada instante una angustia
que se arrastra en las alfombras
de mis noches y mis días.
El jardín luce esperanzas
marchitadas que contemplan
la ventana que refleja
las paredes que contienen
los dolores que declaman
los quejidos que caminan
el camino que conduce
a las alfombras que calladas
sufren la ausencia de sus pasos.
Y caminan mis recuerdos
las alfombras de otras huellas
y pasea en las paredes
la fragancia de su ausencia
y dibujo en los cristales
cicatrices tapizadas
con dolores desteñidos
con deseos desplumados
con reproches sin palabras
y discursos sin sentido.
Sí.
Soledad.
Ni más
ni menos.
de sus huellas
y las paredes sudan clamores
que inundan el recuerdo
de sus pasos.
La ventana empaña sus cristales
al descubrir que en la pared
no cuelgan cuadros sino penas
y que sobre los tapices
planea el eco insomne
de unos pasos de otros días.
En las macetas florecen
telarañas cuajadas de memorias
donde cada pétalo es un beso
y cada flor una caricia
y cada día un abrazo
y cada sombra un espejo
y cada noche el reflejo
de su piel sobre la mía
y cada instante una angustia
que se arrastra en las alfombras
de mis noches y mis días.
El jardín luce esperanzas
marchitadas que contemplan
la ventana que refleja
las paredes que contienen
los dolores que declaman
los quejidos que caminan
el camino que conduce
a las alfombras que calladas
sufren la ausencia de sus pasos.
Y caminan mis recuerdos
las alfombras de otras huellas
y pasea en las paredes
la fragancia de su ausencia
y dibujo en los cristales
cicatrices tapizadas
con dolores desteñidos
con deseos desplumados
con reproches sin palabras
y discursos sin sentido.
Sí.
Soledad.
Ni más
ni menos.
331
Enrique Jaramillo Levi
Caracol
- Le decíamos Caracol - comentaron. - Un niño triste. Esta playa era su casa - Pero allá dormía, con la abuela -añadieron compungidos, señalando un sitio, ya oscuro, que se perfilaba a poca distancia.
Sin escuchar explicaciones, sin aceptar mi ayuda, sin decir palabra, la anciana ha ido lavando y vistiendo, trabajosamente, el maltrecho cuerpecito. Ahora, como recuperando un ritual, peina los húmedos cabellos moviendo apenas los labios, el casi olvidado rostro de salitre una mueca que deja de ser piedra antigua.
Desolado contemplo la escena: el pálido rostro cediendo a la rigidez; el peine oscuro que en la mano venosa va y vuelve y nuevamente se interna en la cabeza, sobrecargándose de arena; la mueca dejándose mirar. No llora, no se lamenta, nada me reclama. Diez años detenidos entre el rumor del aire que afuera empieza a enfriar la rotunda noche y la oscilación de las sombras interiores, a la luz de una vela, como si nunca hubieran transcurrido. Pero yo sé que el tiempo, tenaz asedio de la vida, existe.
Sin escuchar explicaciones, sin aceptar mi ayuda, sin decir palabra, la anciana ha ido lavando y vistiendo, trabajosamente, el maltrecho cuerpecito. Ahora, como recuperando un ritual, peina los húmedos cabellos moviendo apenas los labios, el casi olvidado rostro de salitre una mueca que deja de ser piedra antigua.
Desolado contemplo la escena: el pálido rostro cediendo a la rigidez; el peine oscuro que en la mano venosa va y vuelve y nuevamente se interna en la cabeza, sobrecargándose de arena; la mueca dejándose mirar. No llora, no se lamenta, nada me reclama. Diez años detenidos entre el rumor del aire que afuera empieza a enfriar la rotunda noche y la oscilación de las sombras interiores, a la luz de una vela, como si nunca hubieran transcurrido. Pero yo sé que el tiempo, tenaz asedio de la vida, existe.
635
Ramón Díaz Eterovic
Correr tras el viento
En el humo de los cigarrillos de tabaco negro que fumaba por las noches, Changa intuía que el peor enemigo del pasado son lo recuerdos. Y por eso, o porque el amor es el único sentimiento que permite observar la vida, volvía una y otra vez a la tarde en que se descubrió a solas con Rendic en aquella casa donde se imponía un olor a flores secas y humedad, Las pupilas se habían marchado diciendo que era preciso orear las habitaciones y espantar el fantasma de la finada. Una orden que Changa se dispuso a cumplir antes que la nostalgia o la necesidad la obligara a regresar a la casa donde las mañanas eran lentas y las noches largas y bulliciosas.
Al iniciar el trabajo, vio salir a Rendic del cuarto que había sido de Martina y sintió un miedo similar al de aquella noche que ninguno de los dos olvidaba y que a veces, cuando el aguardiente hacía su juego de caracolas y ensueños, recordaban como un secreto que de tarde en tarde era necesario airear para contar con un motivo para seguir viviendo.
Rendic maldijo a las mujeres que habían abandonado la casa y ordenó a Changa dejar tranquilas las ventanas, porque desde ese instante, o más bien desde la muerte de Martina, todo lo que ocurriera en la casona rosada dependía de su voluntad. Envuelto en el silencio que lo caracterizaba Changa se ocupó de trozar leña, vaciar cantoras y lavar las sábanas impegnadas del semen urgente de los últimos visitantes. A la medianoche, mientras barajaba un sucio mazo de naipes españoles, escuchó los gritos que desde la calle daba un cliente y observó a Rendic abrir una ventana y exclamar a voz en cuello la verdad entristecida de esa hora. Lo oscuridad devolvió las protestas del extraño y Rendic, sin ánimo de iniciar una reyerta, retornó a la pieza de Martina para seguir hurgando en la cómoda que contenía sus corpiños, pañuelos y medias de antaño. Las telas rojas del deseo, las negras del olvido, las amarillas de la suerte. Lo vio tomar las prendas, apreciar sus perfumes, las huellas de antiguas fiestas y supo que en ese ejercicio fetichista reconstruía la historia que los unía.
Al iniciar el trabajo, vio salir a Rendic del cuarto que había sido de Martina y sintió un miedo similar al de aquella noche que ninguno de los dos olvidaba y que a veces, cuando el aguardiente hacía su juego de caracolas y ensueños, recordaban como un secreto que de tarde en tarde era necesario airear para contar con un motivo para seguir viviendo.
Rendic maldijo a las mujeres que habían abandonado la casa y ordenó a Changa dejar tranquilas las ventanas, porque desde ese instante, o más bien desde la muerte de Martina, todo lo que ocurriera en la casona rosada dependía de su voluntad. Envuelto en el silencio que lo caracterizaba Changa se ocupó de trozar leña, vaciar cantoras y lavar las sábanas impegnadas del semen urgente de los últimos visitantes. A la medianoche, mientras barajaba un sucio mazo de naipes españoles, escuchó los gritos que desde la calle daba un cliente y observó a Rendic abrir una ventana y exclamar a voz en cuello la verdad entristecida de esa hora. Lo oscuridad devolvió las protestas del extraño y Rendic, sin ánimo de iniciar una reyerta, retornó a la pieza de Martina para seguir hurgando en la cómoda que contenía sus corpiños, pañuelos y medias de antaño. Las telas rojas del deseo, las negras del olvido, las amarillas de la suerte. Lo vio tomar las prendas, apreciar sus perfumes, las huellas de antiguas fiestas y supo que en ese ejercicio fetichista reconstruía la historia que los unía.
604
Pepín Bello
Conversaciones con José Pepín Bello
Recuerdo que un día en mi cuarto de la Residencia de Estudiantes Federico [García Lorca] nos leyó, a Juan Ramón Jiménez y a mí, Mariana Pineda. Escena impresionante. Juan Ramón, con los ojos cerrados, lo escuchaba atentamente y mostraba una gran concentración. Cuando acabó de leerla, y tras percatarse de que a los dos nos había complacido, Federico le dijo a Juan Ramón: «Bueno, a ver cuando me la estrena». Juan Ramón Jiménez, sorprendido, le contestó: «¡No, no, eso nunca! Estrenar no!». Él consideraba que era una impureza para ganar dinero. Ya estaba bien con escribir una obra, pero estrenarla no, eso nunca. Que hubiera dinero de por medio de ninguna manera, era inconcebible.
¿El teatro representado no entraba en sus planes?
Tenía un concepto de la dramaturgia un poco extraño. Juan Ramón tenía una salud quebradiza y nunca trabajó. Era un hombre dificilísimo. De una pureza exacerbada, casi un místico. ¡Era intratable! Había que tener cuidado con él. Podías meter sin querer la pata enseguida. Había reñido hace tiempo con la Residencia de Estudiantes. También con muchos de los poetas. Estaba reñido con gente tan encantadora como Dámaso Alonso y Jorge Guillén. A pesar de eso, JR estaba muy informado de lo que hacían las nuevas juventudes de artistas. Dalí y Buñuel le enviaron una carta muy hiriente atacando con firmeza el Platero y yo, diciéndole que era el burro menos burro que habían conocido y acusándolo, eso sí, de «putrefacto».
¿Cómo reaccionó Juan Ramón?
Juan Ramón se enfadó muchísimo. Y les contestó despachándose a su gusto llamándoles maricas. Juan Ramón pretendía vivir del aire. El dinero lo ganaba su esposa, Zenobia Camprubí, alquilando pisos. Ella, que era una mujer muy inteligente, descubrió, hace unos ochenta años, el negocio de los pisos. Los decoraba, los amueblaba y los alquilaba por temporadas de un año a diplomáticos y a científicos. Juan Ramón, gracias a ella, podía dedicarse completamente a escribir poesías.
¿El teatro representado no entraba en sus planes?
Tenía un concepto de la dramaturgia un poco extraño. Juan Ramón tenía una salud quebradiza y nunca trabajó. Era un hombre dificilísimo. De una pureza exacerbada, casi un místico. ¡Era intratable! Había que tener cuidado con él. Podías meter sin querer la pata enseguida. Había reñido hace tiempo con la Residencia de Estudiantes. También con muchos de los poetas. Estaba reñido con gente tan encantadora como Dámaso Alonso y Jorge Guillén. A pesar de eso, JR estaba muy informado de lo que hacían las nuevas juventudes de artistas. Dalí y Buñuel le enviaron una carta muy hiriente atacando con firmeza el Platero y yo, diciéndole que era el burro menos burro que habían conocido y acusándolo, eso sí, de «putrefacto».
¿Cómo reaccionó Juan Ramón?
Juan Ramón se enfadó muchísimo. Y les contestó despachándose a su gusto llamándoles maricas. Juan Ramón pretendía vivir del aire. El dinero lo ganaba su esposa, Zenobia Camprubí, alquilando pisos. Ella, que era una mujer muy inteligente, descubrió, hace unos ochenta años, el negocio de los pisos. Los decoraba, los amueblaba y los alquilaba por temporadas de un año a diplomáticos y a científicos. Juan Ramón, gracias a ella, podía dedicarse completamente a escribir poesías.
503
Dulce Chacón
Algún amor que no mate
Prudencia, hija, deberías haber aprovechado y hablar con el representante, ya ves cómo los hombres no son todos iguales, como dices tú. Contarle tus penas. Porque de mí estás un poco cansada, y yo de ti, Prudencia. Por eso esta mañana, cuando me dijiste que tú también ibas a morirte me entró alivio por dentro y no te pregunté de qué.
556
Emiliano Hernández
A una ausente
Torvo peñón que en la ribera fría
proyecta su cabeza mutilada,
yo sé de una gaviota enamorada
que va a besarlo cuando muere el día.
Carnal hechizo que adoró el ausente;
cuando mi verso, en la Siberia ignota
de la vida, fulgura de repente,
Y una dulzura extática me anega,
es tu raro cariño de gaviota,
tu viejo amor que a visitarme llega.
proyecta su cabeza mutilada,
yo sé de una gaviota enamorada
que va a besarlo cuando muere el día.
Carnal hechizo que adoró el ausente;
cuando mi verso, en la Siberia ignota
de la vida, fulgura de repente,
Y una dulzura extática me anega,
es tu raro cariño de gaviota,
tu viejo amor que a visitarme llega.
519
Dylan Thomas
Desposorio de una virgen
Al despertar sola entre una multitud de amores
cuando la luz de la mañana sorprendía
en el abrir de sus ojos extensos como la noche su dorado ayer
de él dormido sobre su iris y el sol de éste día
altaba hasta el cielo desde su regazo
la milagrosa virginidad fue tan antigua como los panes y los peces
aunque el momento de un milagro es un relampaguear sin fin
y los astilleros de las huellas de Galilea esconden una flota de palomas.
Las vibraciones del sol ya no codiciarán más su almohada profunda
como el mar dónde un tiempo desposóse sola
su corazón todo ojos y oídos
labios que cogían la avalancha del espíritu de oro
que ensortijaba su hueso mercurial con su corriente
y que al pie de sus ventanas izaba su bagaje de oro
pues duerme un hombre donde cayó el fuego
y ella experimenta por su brazo ese otro sol
el celoso fluir de la sangre sin rival.
cuando la luz de la mañana sorprendía
en el abrir de sus ojos extensos como la noche su dorado ayer
de él dormido sobre su iris y el sol de éste día
altaba hasta el cielo desde su regazo
la milagrosa virginidad fue tan antigua como los panes y los peces
aunque el momento de un milagro es un relampaguear sin fin
y los astilleros de las huellas de Galilea esconden una flota de palomas.
Las vibraciones del sol ya no codiciarán más su almohada profunda
como el mar dónde un tiempo desposóse sola
su corazón todo ojos y oídos
labios que cogían la avalancha del espíritu de oro
que ensortijaba su hueso mercurial con su corriente
y que al pie de sus ventanas izaba su bagaje de oro
pues duerme un hombre donde cayó el fuego
y ella experimenta por su brazo ese otro sol
el celoso fluir de la sangre sin rival.
528
Roque Dalton
Desnuda, de El turno del ofendido
Amo tu desnudez
porque desnuda me bebes con los poros,
como hace el agua cuando entre sus paredes me sumerjo.
Tu desnudez derriba con su calor los límites,
me abre todas las puertas para que te adivine,
me toma de la mano como un niño perdido
que en ti dejara quietas su edad y sus preguntas.
Tu piel dulce y salobre que respiro y que sorbo
pasa a ser mi universo, el credo que me nutre;
la aromática lámpara que alzo estando ciego
cuando junto a las sombras los deseos me ladran.
Cuando te me desnudas con los ojos cerrados
cabes en una copa vecina de mi lengua,
cabes entre mis manos como el pan necesario,
cabes bajo mi cuerpo más cabal que su sombra.
El día en que te mueras te enterraré desnuda
para que limpio sea tu reparto en la tierra,
para poder besarte la piel en los caminos,
trenzarte en cada río los cabellos dispersos.
El día en que te mueras te enterraré desnuda,
como cuando naciste de nuevo entre mis piernas.
porque desnuda me bebes con los poros,
como hace el agua cuando entre sus paredes me sumerjo.
Tu desnudez derriba con su calor los límites,
me abre todas las puertas para que te adivine,
me toma de la mano como un niño perdido
que en ti dejara quietas su edad y sus preguntas.
Tu piel dulce y salobre que respiro y que sorbo
pasa a ser mi universo, el credo que me nutre;
la aromática lámpara que alzo estando ciego
cuando junto a las sombras los deseos me ladran.
Cuando te me desnudas con los ojos cerrados
cabes en una copa vecina de mi lengua,
cabes entre mis manos como el pan necesario,
cabes bajo mi cuerpo más cabal que su sombra.
El día en que te mueras te enterraré desnuda
para que limpio sea tu reparto en la tierra,
para poder besarte la piel en los caminos,
trenzarte en cada río los cabellos dispersos.
El día en que te mueras te enterraré desnuda,
como cuando naciste de nuevo entre mis piernas.
582
Tobias Barreto
Amar
Amar es hacer un nido,
que dos almas contienen,
tener miedo de estar sólos,
decir con lágrimas: viene,
Flor, querida, novia, mujer…
Contenemos el mismo cuadro negro…
Julieta, yo su Romeo:
Correr, gritar: ¿dónde vamos?
¡Que luz! ¡Que olor! ¿dónde estamos?
Y oír una voz: ¡en el cielo!
Vagar por los campos florecidos
Que la tierra misma no alcanza;
Llegamos locos, perdidos
dónde no llega nadie…
Y, al pie de las corrientes tranquilas,
Que reflejan vivientes palmas,
Decirte: siéntate aquí;
¡Y además, en el margen sombrío,
Ver un escorzo salvaje,
Asombrado observándote!
que dos almas contienen,
tener miedo de estar sólos,
decir con lágrimas: viene,
Flor, querida, novia, mujer…
Contenemos el mismo cuadro negro…
Julieta, yo su Romeo:
Correr, gritar: ¿dónde vamos?
¡Que luz! ¡Que olor! ¿dónde estamos?
Y oír una voz: ¡en el cielo!
Vagar por los campos florecidos
Que la tierra misma no alcanza;
Llegamos locos, perdidos
dónde no llega nadie…
Y, al pie de las corrientes tranquilas,
Que reflejan vivientes palmas,
Decirte: siéntate aquí;
¡Y además, en el margen sombrío,
Ver un escorzo salvaje,
Asombrado observándote!
600
Tobias Barreto
Amar
Amar es hacer un nido,
que dos almas contienen,
tener miedo de estar sólos,
decir con lágrimas: viene,
Flor, querida, novia, mujer…
Contenemos el mismo cuadro negro…
Julieta, yo su Romeo:
Correr, gritar: ¿dónde vamos?
¡Que luz! ¡Que olor! ¿dónde estamos?
Y oír una voz: ¡en el cielo!
Vagar por los campos florecidos
Que la tierra misma no alcanza;
Llegamos locos, perdidos
dónde no llega nadie…
Y, al pie de las corrientes tranquilas,
Que reflejan vivientes palmas,
Decirte: siéntate aquí;
¡Y además, en el margen sombrío,
Ver un escorzo salvaje,
Asombrado observándote!
que dos almas contienen,
tener miedo de estar sólos,
decir con lágrimas: viene,
Flor, querida, novia, mujer…
Contenemos el mismo cuadro negro…
Julieta, yo su Romeo:
Correr, gritar: ¿dónde vamos?
¡Que luz! ¡Que olor! ¿dónde estamos?
Y oír una voz: ¡en el cielo!
Vagar por los campos florecidos
Que la tierra misma no alcanza;
Llegamos locos, perdidos
dónde no llega nadie…
Y, al pie de las corrientes tranquilas,
Que reflejan vivientes palmas,
Decirte: siéntate aquí;
¡Y además, en el margen sombrío,
Ver un escorzo salvaje,
Asombrado observándote!
600
Pablo Neruda
Hemos perdido aún éste crepúsculo, de Veinte poemas de amor
Nadie nos vio esta tarde con las manos unidas
mientras la noche azul caía sobre el mundo.
He visto desde mi ventana
la fiesta del poniente en los cerros lejanos.
A veces como una moneda
se encendía un pedazo de sol entre mis manos.
Yo te recordaba con el alma apretada
de esa tristeza que tú me conoces.
Entonces, dónde estabas?
Entre qué gentes?
Diciendo qué palabras?
Por qué se me vendrá todo el amor de golpe
cuando me siento triste, y te siento lejana?
Cayó el libro que siempre se toma en el crepúsculo,
y como un perro herido rodó a mis pies mi capa.
Siempre, siempre te alejas en las tardes
hacia donde el crepúsculo corre borrando estatuas.
mientras la noche azul caía sobre el mundo.
He visto desde mi ventana
la fiesta del poniente en los cerros lejanos.
A veces como una moneda
se encendía un pedazo de sol entre mis manos.
Yo te recordaba con el alma apretada
de esa tristeza que tú me conoces.
Entonces, dónde estabas?
Entre qué gentes?
Diciendo qué palabras?
Por qué se me vendrá todo el amor de golpe
cuando me siento triste, y te siento lejana?
Cayó el libro que siempre se toma en el crepúsculo,
y como un perro herido rodó a mis pies mi capa.
Siempre, siempre te alejas en las tardes
hacia donde el crepúsculo corre borrando estatuas.
1.005
José Carlos Cataño
El hombre de Montevideo
Ahora eres viejo y resides al lado de la luna, justo en medio del Atlántico.
Recitas de memoria para viejas damas y, mientras cabecean en la chaise longue, tus ojos están en otra parte.
Como de joven, libras los domingos y viajas a provincias. Tus pasos de incógnito miden balcones sombríos, habitaciones de damasco donde, entre jarrones con violetas, copas de anís sobre la alfombra, los amantes de toda la vida andan en lo suyo. Vuelvo a oír tu imprecación:
-Hommes, soyez corrects! ô femmes, minaudez!
Pero déjalos en paz. Que lo repugnante no es el amor que sobrevive en la humedad de lo remoto, sino los encuentros a plena luz, el temple de los varones, la resolución de las señoras, los coitos sin remordimiento.
Recitas de memoria para viejas damas y, mientras cabecean en la chaise longue, tus ojos están en otra parte.
Como de joven, libras los domingos y viajas a provincias. Tus pasos de incógnito miden balcones sombríos, habitaciones de damasco donde, entre jarrones con violetas, copas de anís sobre la alfombra, los amantes de toda la vida andan en lo suyo. Vuelvo a oír tu imprecación:
-Hommes, soyez corrects! ô femmes, minaudez!
Pero déjalos en paz. Que lo repugnante no es el amor que sobrevive en la humedad de lo remoto, sino los encuentros a plena luz, el temple de los varones, la resolución de las señoras, los coitos sin remordimiento.
521
Andrés Eloy Blanco
Cuántas estrellas tiene el cielo?
La última noche que pasamos juntos,
lo preguntó:
-¿Cuántas estrellas tiene el cielo?
- Trescientas cincuenta mil.
-¿A que no?
-¿A que sí?
- Cállate. Esta noche
no quiero que preguntes esas cosas.
Esta noche, si quieres preguntar
cuántas estrellas tiene el cielo,
o cualquier otra cosa,
pregunta algo así como ¿me quieres?
¿tienes frío? ¿quién dice que tiene hambre?
Esta noche, pregunta algo que sea
contestado en el mundo sin palabras.
Interroga con toda tu sangre
algo en que toda la vida del mundo
esté preguntando,
algo así como ¿quién llora?
¿hace falta algo?
Y verás como todo hace falta
y sabrás cuántas estrellas tiene el cielo
cuando sepas que el cielo tiene una sola estrella
para cada momento,
porque con una que se pierda
dará un paso de sombra la luz del Universo.
lo preguntó:
-¿Cuántas estrellas tiene el cielo?
- Trescientas cincuenta mil.
-¿A que no?
-¿A que sí?
- Cállate. Esta noche
no quiero que preguntes esas cosas.
Esta noche, si quieres preguntar
cuántas estrellas tiene el cielo,
o cualquier otra cosa,
pregunta algo así como ¿me quieres?
¿tienes frío? ¿quién dice que tiene hambre?
Esta noche, pregunta algo que sea
contestado en el mundo sin palabras.
Interroga con toda tu sangre
algo en que toda la vida del mundo
esté preguntando,
algo así como ¿quién llora?
¿hace falta algo?
Y verás como todo hace falta
y sabrás cuántas estrellas tiene el cielo
cuando sepas que el cielo tiene una sola estrella
para cada momento,
porque con una que se pierda
dará un paso de sombra la luz del Universo.
1.355
Angela Figuera Aymerich
Bombardeo
Noches de sueño incierto, triturado
por la tremenda sinfonía
del frente en erupción y los caballos
del miedo galopando en explosivos.
Y la sangre con hambre que se exprime
hasta la última esencia
para nutrir al hijo sazonándose.
Y la desnuda soledad del cuerpo,
desorientado, desgajado en vivo
del cuerpo del amante.
Aquellas noches del pavor sin luces,
apelmazadas de odios y de ruinas,
yo te esperaba. Me llegaste a veces.
Del último bisel de la tragedia,
del borde mismo de la hirviente sima
venías hasta mí. Me contemplabas
con unos ojos llenos de agua sucia
donde asomaban rostros de cadáveres.
Ojos que procuraban ser risueños
y mansos al pasar por mi figura
y acariciar con luces de esperanza
la curva de mi vientre.
¡Con qué exaltada fuerza, con qué prisa,
con qué vibrar de nervios y raíces
nos quisimos entonces!
Yacíamos unidos, sin lujuria,
absortos en el hondo tableteo
de nuestros corazones. Escuchando
de vez en vez el tímido latido
del otro corazón encarcelado
que ya, para nosotros, gorjeaba.
Yo sonreía señalando el sitio
en que un talón menudo percutía
mis íntimas paredes en un ansia
gozosa de correr por los senderos
apenas presentidos.
Y, en medio del olvido refrescante,
en lo mejor del conseguido sueño,
surgía denso, alucinante, bronco,
el bélico zumbar de la escuadrilla.
Bramando, sacudiendo, despeñándose,
atropellándose los ecos
iban las explosiones avanzando,
cada vez más cercanas,
hasta que, al fin, la muerte en torrentera,
en avalancha loca, trascurría
sobre nuestras cabezas sin refugio.
Entonces tú, imperioso, dominante,
con un impulso elemental de macho
que guarda la nidada, con un gesto
ardiente y violento como el acto
de la amorosa posesión, cubrías
mi cuerpo con tu cuerpo enteramente,
haciendo de tus largos huesos duros,
de tu apretada carne exacerbada,
un ilusorio escudo indestructible
para el hijo y la madre.
Así, unidas las bocas, trasvasándonos
el tembloroso aliento, diluidos
en éxtasis de espanto y de delicia,
las almas contraídas, esperábamos...
No. Nunca nos quisimos como entonces.
por la tremenda sinfonía
del frente en erupción y los caballos
del miedo galopando en explosivos.
Y la sangre con hambre que se exprime
hasta la última esencia
para nutrir al hijo sazonándose.
Y la desnuda soledad del cuerpo,
desorientado, desgajado en vivo
del cuerpo del amante.
Aquellas noches del pavor sin luces,
apelmazadas de odios y de ruinas,
yo te esperaba. Me llegaste a veces.
Del último bisel de la tragedia,
del borde mismo de la hirviente sima
venías hasta mí. Me contemplabas
con unos ojos llenos de agua sucia
donde asomaban rostros de cadáveres.
Ojos que procuraban ser risueños
y mansos al pasar por mi figura
y acariciar con luces de esperanza
la curva de mi vientre.
¡Con qué exaltada fuerza, con qué prisa,
con qué vibrar de nervios y raíces
nos quisimos entonces!
Yacíamos unidos, sin lujuria,
absortos en el hondo tableteo
de nuestros corazones. Escuchando
de vez en vez el tímido latido
del otro corazón encarcelado
que ya, para nosotros, gorjeaba.
Yo sonreía señalando el sitio
en que un talón menudo percutía
mis íntimas paredes en un ansia
gozosa de correr por los senderos
apenas presentidos.
Y, en medio del olvido refrescante,
en lo mejor del conseguido sueño,
surgía denso, alucinante, bronco,
el bélico zumbar de la escuadrilla.
Bramando, sacudiendo, despeñándose,
atropellándose los ecos
iban las explosiones avanzando,
cada vez más cercanas,
hasta que, al fin, la muerte en torrentera,
en avalancha loca, trascurría
sobre nuestras cabezas sin refugio.
Entonces tú, imperioso, dominante,
con un impulso elemental de macho
que guarda la nidada, con un gesto
ardiente y violento como el acto
de la amorosa posesión, cubrías
mi cuerpo con tu cuerpo enteramente,
haciendo de tus largos huesos duros,
de tu apretada carne exacerbada,
un ilusorio escudo indestructible
para el hijo y la madre.
Así, unidas las bocas, trasvasándonos
el tembloroso aliento, diluidos
en éxtasis de espanto y de delicia,
las almas contraídas, esperábamos...
No. Nunca nos quisimos como entonces.
386
Miguel Hernández
Hijo de la sombra, de Hijo de la luz y de la sombra
Eres la noche, esposa: la noche en el instante
mayor de su potencia lunar y femenina.
Eres la medianoche: la sombra culminante
donde culmina el sueño, donde el amor culmina.
Forjado por el día, mi corazón que quema
lleva su gran pisada del sol adonde quieres,
con un sólido impulso, con una luz suprema,
cumbre de las montañas y los atardeceres.
Daré sobre tu cuerpo cuando la noche arroje
su avaricioso anhelo de imán y poderío.
Un astral sentimiento febril me sobrecoge,
incendia mi osamenta con un escalofrío.
El aire de la noche desordena tus pechos,
y desordena y vuelca los cuerpos con su choque.
Como una tempestad de enloquecidos lechos,
eclipsa las parejas, las hace un solo bloque.
La noche se ha encendido como una sorda hoguera
de llamas minerales y oscuras embestidas.
Y alrededor la sombra late como si fuera
las almas de los pozos y el vino difundidas.
Ya la sombra es el nido cerrado, incandescente,
la visible ceguera puesta sobre quien ama;
ya provoca el abrazo cerrado, ciegamente,
ya recoge en sus cuevas cuanto la luz derrama.
La sombra pide, exige seres que se entrelacen,
besos que la constelen de relámpagos largos,
bocas embravecidas, batidas, que atenacen,
arrullos que hagan música de sus mudos letargos.
Pide que nos echemos tú y yo sobre la manta,
tú y yo sobre la luna, tú y yo sobre la vida.
Pide que tú y yo ardamos fundiendo en la garganta,
con todo el firmamento, la tierra estremecida.
El hijo está en la sombra que acumula luceros,
amor, tuétano, luna, claras oscuridades.
Brota de sus perezas y de sus agujeros,
y de sus solitarias y apagadas ciudades.
El hijo está en la sombra: de la sombra ha surtido,
y a su origen infunden los astros una siembra,
un zumo lácteo, un flujo de cálido latido,
que ha de obligar sus huesos al sueño y a la hembra.
Moviendo está la sombra sus fuerzas siderales,
tendiendo está la sombra su constelada umbría,
volcando las parejas y haciéndolas nupciales.
Tú eres la noche, esposa. Yo soy el mediodía.
mayor de su potencia lunar y femenina.
Eres la medianoche: la sombra culminante
donde culmina el sueño, donde el amor culmina.
Forjado por el día, mi corazón que quema
lleva su gran pisada del sol adonde quieres,
con un sólido impulso, con una luz suprema,
cumbre de las montañas y los atardeceres.
Daré sobre tu cuerpo cuando la noche arroje
su avaricioso anhelo de imán y poderío.
Un astral sentimiento febril me sobrecoge,
incendia mi osamenta con un escalofrío.
El aire de la noche desordena tus pechos,
y desordena y vuelca los cuerpos con su choque.
Como una tempestad de enloquecidos lechos,
eclipsa las parejas, las hace un solo bloque.
La noche se ha encendido como una sorda hoguera
de llamas minerales y oscuras embestidas.
Y alrededor la sombra late como si fuera
las almas de los pozos y el vino difundidas.
Ya la sombra es el nido cerrado, incandescente,
la visible ceguera puesta sobre quien ama;
ya provoca el abrazo cerrado, ciegamente,
ya recoge en sus cuevas cuanto la luz derrama.
La sombra pide, exige seres que se entrelacen,
besos que la constelen de relámpagos largos,
bocas embravecidas, batidas, que atenacen,
arrullos que hagan música de sus mudos letargos.
Pide que nos echemos tú y yo sobre la manta,
tú y yo sobre la luna, tú y yo sobre la vida.
Pide que tú y yo ardamos fundiendo en la garganta,
con todo el firmamento, la tierra estremecida.
El hijo está en la sombra que acumula luceros,
amor, tuétano, luna, claras oscuridades.
Brota de sus perezas y de sus agujeros,
y de sus solitarias y apagadas ciudades.
El hijo está en la sombra: de la sombra ha surtido,
y a su origen infunden los astros una siembra,
un zumo lácteo, un flujo de cálido latido,
que ha de obligar sus huesos al sueño y a la hembra.
Moviendo está la sombra sus fuerzas siderales,
tendiendo está la sombra su constelada umbría,
volcando las parejas y haciéndolas nupciales.
Tú eres la noche, esposa. Yo soy el mediodía.
801
Jaime Sabines
Autonecrología V , de Yuria
Te quiero porque tienes las partes de la mujer en el lugar preciso
y estás completa. No te falta ni un pétalo, ni un olor, ni una sombra.
Colocada en tu alma, dispuesta a ser rocío en la yerba del mundo,
leche de luna en las oscuras hojas. Quizás me ves, tal vez, acaso un día,
en una lámpara apagada, en un rincón del cuarto donde duermes,
soy la mancha, un punto en la pared, alguna raya
que tus ojos, sin ti, se quedan viendo. Quizás me reconoces como una hora antigua
cuando a solas preguntas, te interrogas con el cuerpo cerrado y sin respuesta.
Soy una cicatriz que ya no existe, un beso ya lavado por el tiempo,
un amor y otro amor que ya enterraste. Pero estás en mis manos y me tienes
y en tus manos estoy, brasa, ceniza, para secar tus lágrimas que lloro.
¿En qué lugar, en dónde, a qué deshorasme dirás que te amo? Esto es urgente
porque la eternidad se nos acaba. Recoge mi cabeza. Guarda el brazo
con que amé tu cintura. No me dejesen medio de tu sangre en esa toalla.
y estás completa. No te falta ni un pétalo, ni un olor, ni una sombra.
Colocada en tu alma, dispuesta a ser rocío en la yerba del mundo,
leche de luna en las oscuras hojas. Quizás me ves, tal vez, acaso un día,
en una lámpara apagada, en un rincón del cuarto donde duermes,
soy la mancha, un punto en la pared, alguna raya
que tus ojos, sin ti, se quedan viendo. Quizás me reconoces como una hora antigua
cuando a solas preguntas, te interrogas con el cuerpo cerrado y sin respuesta.
Soy una cicatriz que ya no existe, un beso ya lavado por el tiempo,
un amor y otro amor que ya enterraste. Pero estás en mis manos y me tienes
y en tus manos estoy, brasa, ceniza, para secar tus lágrimas que lloro.
¿En qué lugar, en dónde, a qué deshorasme dirás que te amo? Esto es urgente
porque la eternidad se nos acaba. Recoge mi cabeza. Guarda el brazo
con que amé tu cintura. No me dejesen medio de tu sangre en esa toalla.
714
Efraín Huerta
Declaración de amor
Ciudad que llevas dentro
mi corazón, mi pena,
la desgracia verdosa
de los hombres del alba,
mil voces descompuestas
por el frío y el hambre.
Ciudad que lloras, mía,
maternal, dolorosa,
bella como camelia
y triste como lágrima,
mírame con tus ojos
de tezontle y granito,
caminar por tus calles
como sombra o neblina.
Soy el llanto invisible
de millares de hombres.
Soy la ronca miseria,
la gris melancolía,
el fastidio hecho carne.
Yo soy mi corazón desamparado y negro.
Ciudad, invernadero,
gruta despedazada.
Bajo tu sombra, el viento del invierno
es una lluvia triste, y los hombres, amor,
son cuerpos gemidores, olas
quebrándose a los pies de las mujeres
en un largo momento de abandono
-como nardos pudriéndose.
Es la hora del sueño, de los labios resecos,
de los cabellos lacios y el vivir sin remedio.
Pero si el viento norte una mañana,
una mañana larga, una selva,
me entregara el corazón desecho
del alba verdadera, ¿imaginas, ciudad,
el dolor de las manos y el grito brusco, inmenso,
de una tierra sin vida?
Porque yo creo que el corazón del alba
en un millón de flores,
el correr de la sangre
o tu cuerpo, ciudad, sin huesos ni miseria.
Los hombres que te odian no comprenden
cómo eres pura, amplia,
rojiza, cariñosa, ciudad mía;
cómo te entregas, lenta,
a los niños que ríen,
a los hombres que aman claras hembras
de sonrisa despierta y fresco pensamiento,
a los pájaros que viven limpiamente
en tus jardines como axilas,
a los perros nocturnos
cuyos ladridos son mares de fiebre,
a los gatos, tigrillos por el día,
serpientes en la noche,
blandos peces al alba;
cómo te das, mujer de mil abrazos,
a nosotros, tus tímidos amantes:
cuando te desnudamos, se diría
que una cascada nace del silencio
donde habitan la piel de los crepúsculos,
las tibias lágrimas de los relojes,
las monedas perdidas,
los días menos pensados
y las naranjas vírgenes.
Cuando llegas, rezumando delicia,
calles recién lavadas
y edificios-cristales,
pensamos en la recia tristeza del subsuelo,
en lo que tienen de agonía los lagos
y los ríos,
en los campos enfermos de amapolas,
en las montañas erizadas de espinas,
en esas playas largas
donde apenas la espuma
es un pobre animal inofensivo,
o en las costas de piedra
tan cínicas y bravas como leonas;
pensamos en el fondo del mar
y en sus bosques de helechos,
en la superficie del mar
con barcos casi locos,
en lo alto del mar
con pájaros idiotas.
Yo pienso en mi mujer:
en su sonrisa cuando duerme
y una luz misteriosa la protege,
en sus ojos curiosos cuando el día
es un mármol redondo.
Pienso en ella, ciudad,
y en el futuro nuestro:
en el hijo, en la espiga,
o menos, en el grano de trigo
que será también tuyo,
porque es de tu sangre,
de tus rumores,
de tu ancho corazón de piedra y aire,
de nuestros fríos o tibios,
o quemantes y helados pensamientos,
humildades y orgullo, mi ciudad,
Mi gran ciudad de México:
el fondo de tu sexo es un criadero
de claras fortalezas,
tu invierno es un engaño
de alfileres y leche,
tus chimeneas enormes
dedos llorando niebla,
tus jardines axilas la única verdad,
tus estaciones campos
de toros acerados,
tus calles cauces duros
para pies varoniles,
tus templos viejos frutos
alimento de ancianas,
tus horas como gritos
de monstruos invisibles,
¡tus rincones con llanto
son las marcas de odio y de saliva
carcomiendo tu pecho de dulzura!
mi corazón, mi pena,
la desgracia verdosa
de los hombres del alba,
mil voces descompuestas
por el frío y el hambre.
Ciudad que lloras, mía,
maternal, dolorosa,
bella como camelia
y triste como lágrima,
mírame con tus ojos
de tezontle y granito,
caminar por tus calles
como sombra o neblina.
Soy el llanto invisible
de millares de hombres.
Soy la ronca miseria,
la gris melancolía,
el fastidio hecho carne.
Yo soy mi corazón desamparado y negro.
Ciudad, invernadero,
gruta despedazada.
Bajo tu sombra, el viento del invierno
es una lluvia triste, y los hombres, amor,
son cuerpos gemidores, olas
quebrándose a los pies de las mujeres
en un largo momento de abandono
-como nardos pudriéndose.
Es la hora del sueño, de los labios resecos,
de los cabellos lacios y el vivir sin remedio.
Pero si el viento norte una mañana,
una mañana larga, una selva,
me entregara el corazón desecho
del alba verdadera, ¿imaginas, ciudad,
el dolor de las manos y el grito brusco, inmenso,
de una tierra sin vida?
Porque yo creo que el corazón del alba
en un millón de flores,
el correr de la sangre
o tu cuerpo, ciudad, sin huesos ni miseria.
Los hombres que te odian no comprenden
cómo eres pura, amplia,
rojiza, cariñosa, ciudad mía;
cómo te entregas, lenta,
a los niños que ríen,
a los hombres que aman claras hembras
de sonrisa despierta y fresco pensamiento,
a los pájaros que viven limpiamente
en tus jardines como axilas,
a los perros nocturnos
cuyos ladridos son mares de fiebre,
a los gatos, tigrillos por el día,
serpientes en la noche,
blandos peces al alba;
cómo te das, mujer de mil abrazos,
a nosotros, tus tímidos amantes:
cuando te desnudamos, se diría
que una cascada nace del silencio
donde habitan la piel de los crepúsculos,
las tibias lágrimas de los relojes,
las monedas perdidas,
los días menos pensados
y las naranjas vírgenes.
Cuando llegas, rezumando delicia,
calles recién lavadas
y edificios-cristales,
pensamos en la recia tristeza del subsuelo,
en lo que tienen de agonía los lagos
y los ríos,
en los campos enfermos de amapolas,
en las montañas erizadas de espinas,
en esas playas largas
donde apenas la espuma
es un pobre animal inofensivo,
o en las costas de piedra
tan cínicas y bravas como leonas;
pensamos en el fondo del mar
y en sus bosques de helechos,
en la superficie del mar
con barcos casi locos,
en lo alto del mar
con pájaros idiotas.
Yo pienso en mi mujer:
en su sonrisa cuando duerme
y una luz misteriosa la protege,
en sus ojos curiosos cuando el día
es un mármol redondo.
Pienso en ella, ciudad,
y en el futuro nuestro:
en el hijo, en la espiga,
o menos, en el grano de trigo
que será también tuyo,
porque es de tu sangre,
de tus rumores,
de tu ancho corazón de piedra y aire,
de nuestros fríos o tibios,
o quemantes y helados pensamientos,
humildades y orgullo, mi ciudad,
Mi gran ciudad de México:
el fondo de tu sexo es un criadero
de claras fortalezas,
tu invierno es un engaño
de alfileres y leche,
tus chimeneas enormes
dedos llorando niebla,
tus jardines axilas la única verdad,
tus estaciones campos
de toros acerados,
tus calles cauces duros
para pies varoniles,
tus templos viejos frutos
alimento de ancianas,
tus horas como gritos
de monstruos invisibles,
¡tus rincones con llanto
son las marcas de odio y de saliva
carcomiendo tu pecho de dulzura!
1.075
Blanca Andreu
Cómo me parecerá extraño, de De una niña de provincias que se vino a vivir en un Chagall
Cómo me parecerá extraño el aire que me envuelve,
cómo será así extraño,
cuando tú ya no estés,
la catedral del día,
el claustro que condensa la gran edad de la luz
y el carácter de las tormentas.
Amor mío, amor mío, tú sin día para ti,
enjambrado entre espejos y entre las cosas malas,
muerta la plata trascendental
y las ya antiguas anémonas de égloga,
muerta esta versión, que ahora oscuro, y declino, para leerla,
más joven.
Amor mío de nunca, afiebrado y pacífico,
versos para el pequeño pulpo de la muerte,
versos para la muerte rara que hace la travesía de los teléfonos,
para mi mente debelada versos, para el circuito del violín,
para el circuito de la garza,
para el confín del sur, del sueño,
versos que no me asilen ni sean causa de vida,
que no me den la dulce serpiente umbilical
ni la sala glucosa del útero.
cómo será así extraño,
cuando tú ya no estés,
la catedral del día,
el claustro que condensa la gran edad de la luz
y el carácter de las tormentas.
Amor mío, amor mío, tú sin día para ti,
enjambrado entre espejos y entre las cosas malas,
muerta la plata trascendental
y las ya antiguas anémonas de égloga,
muerta esta versión, que ahora oscuro, y declino, para leerla,
más joven.
Amor mío de nunca, afiebrado y pacífico,
versos para el pequeño pulpo de la muerte,
versos para la muerte rara que hace la travesía de los teléfonos,
para mi mente debelada versos, para el circuito del violín,
para el circuito de la garza,
para el confín del sur, del sueño,
versos que no me asilen ni sean causa de vida,
que no me den la dulce serpiente umbilical
ni la sala glucosa del útero.
640
Alí Chumacero
Amor entre ruinas
Como un incendio al aire desatado
o una flor suspensa sobre el agua,
en lenta conjunción
nuestros desnudos abren el cauce del deseo
desbordándose en alas y gemidos de silencioso aroma;
encienden sobre el tacto un suave mar que inunda
con sus trémulas olas palpitando
a través de la piel, acumuladas
bajo el húmedo aliento de los labios
y este duro anegarse en humo o en temblor
surgido desde el sueño, como eterna marea que consume
el herido temor donde flotamos.
cerca mi cuerpo al tuyo dolorido,
cíngulo ardiente que a tu carne ciñe
volcándola hacia el vuelo de mi mano
al tacto deslizada,
ola, caricia o llama
sobre el silencio de tu piel,
en esta soledad de nuestro lecho.
o una flor suspensa sobre el agua,
en lenta conjunción
nuestros desnudos abren el cauce del deseo
desbordándose en alas y gemidos de silencioso aroma;
encienden sobre el tacto un suave mar que inunda
con sus trémulas olas palpitando
a través de la piel, acumuladas
bajo el húmedo aliento de los labios
y este duro anegarse en humo o en temblor
surgido desde el sueño, como eterna marea que consume
el herido temor donde flotamos.
cerca mi cuerpo al tuyo dolorido,
cíngulo ardiente que a tu carne ciñe
volcándola hacia el vuelo de mi mano
al tacto deslizada,
ola, caricia o llama
sobre el silencio de tu piel,
en esta soledad de nuestro lecho.
1.064